martes, 22 de octubre de 2019

6 de Septiembre - Macro Selecta Cordoba - Marcelo Lopez


InspirARTE MACRO SELECTA   
Escribe: Marcelo López
Pinta: Cecilia Testa
Palabras: NOCHE-PAZ-DIFERENTE-TRAVESIA-SEDUCCION-CREAR-

La de ayer fue una noche diferente, empezó como todas las del pueblo en los últimos 20 años o los últimos de los que tengo memoria. Aburridas, vagas, secas, sin nada que las distinga una de otra como en una consecución de noches oscuras, de finales de días que terminan inexorables y que resultan uno tras otros en pasar el tiempo o dejar que se vaya pasando incontenible como un rio, una catarata. Aca, en el pueblo este, el tiempo no pasa, el tiempo te arrolla, te pasa por encima sin que te des cuenta y te seca por dentro, te va matando como un veneno, sin que lo sientas, como un veneno que de una u otra forma te va a matar.
La de ayer fue una noche diferente, salí decidido a ir a algún lado, a otro lugar aunque sea para poder escaparme de eso que sentía que me ahogaba. Fui hasta la casa de Raúl, golpee, rápido salieron los perros a ladrarme, los espante con un grito y un par de golpes al piso. No escuche sonido alguno, volvi a gritar su nombre. ¡Raúl! . Nada, los perros me volvieron a ladrar pero mas timidos ahora, desconfiados, mirándome de reojo. No salio nadie, no se prendio ni una luz, no se movio mas que la tierra, el polvo y alguna planta. Segui camino hasta lo de Pedro. Lo mismo ahí, un par de gritos, el nombre de mi amigo. ¡Pedro!... ¡Pedro! Nada, podrían haber salido los perros pero no se donde habrían quedado, una luz tenue se movia despacio adentro y eso me dio la esperanza de que Pedro saliera. Fue solo una casualidad mezclada con el viento y vaya a saber que cosa. Pedro no estaba, tampoco Lorena la mujer y ninguno de sus 3 hijos. Grité el nombre de todos, desde el otro lado del alambrado. Me rendi después de un tiempo. Por un instante no supe que hacer a donde ir. Levante la vista y la noche estaba cerrada, no había luna, no la merecíamos seguramente. EL viento era apenas una brisa pero se movia constante, traía el sonido de otras cosas, el ladrido de los perros, algún pájaro y esa cosa extraña que se forma en la travesía por el aire de los sonidos distorsionados que se juntan como en un embudo y producen un murmullo inteligible que se convierte en un fondo sostenido. Pensé que no me había dado cuenta de eso y de otras cosas, también. Camine un poco mas por la calle, la única calle del pueblo, la única por donde entramos, por donde salimos, por donde pasan y pasamos todos, por donde, al mismo tiempo, nunca sucede nada. Hablando con mis amigos, con la gente que me rodeo desde siempre me di cuenta de que había una poderosa seducción en la idea de salirme de esa historia, de alejarme de todo eso, de tratar de que el tiempo no me pasara sino de ir juntos, de correr una carrera, que sabía que iba a perder antes de empezar, pero que corriéndola al menos por un rato me daría la ilusión de vencerla. A veces la idea de competir, aunque sepamos que no ganaremos nunca, es suficiente para creernos por un momento a la altura de la circunstancia.
Camine la calle oscura y vacia con la idea de que un poco de paz me vendría bien, no la paz de los cementerios, no la paz de la meditación, del tibet, de la madre teresa de Calcuta ni de Ghandi. Una paz mas simple y mundana, una paz berreta quizás pero una paz que solo se gana alejándose.
Camine la calle oscuro, el viento suave y firme, la tierra suelta de tanta sequia y me acerque hasta otra casa, era la de Ernestina. Me pare en la puerta mirando hacia la casa, esperando
algo que no podía precisar. No dije su nombre, no la llame, no tenia sentido, estaba seguro de que tampoco estaría ahí. Podria haber pensado en crear alguna otra forma de explicarme alguna otra forma de sacar afuera eso que sentía durante tanto tiempo. Esa necesidad de salirme de lo de siempre.
La de ayer fue una noche diferente. Desde que Sali de casa con la pistola cargada supe que iba a ser distinta, fui pasando por cada uno de mis vecinos, llamándolos por su nombre, esperando que salieran y encargándome de que las balas fueran lo mas precisas posibles. Los perros ladraban, inexorablemente, jamas podría hacerle daño a un perro, a una abeja, a una flor, no soy un asesino. Fui recorriendo la calle principal hasta llegar aca, al final. Mario, Cesar, Lucas, Vidon, Nestor, Yanina, Maria, Paula… no eran muchos, afortunadamente. Fui cumpliendo uno a uno. Los últimos parece que escucharon los ruidos, los gritos de algunos (muy pocos), los lamentos de otros (varios pero apenas audibles) porque huyeron. Fue en vano llamarlos, gritarles, ya habían huido. De todas formas la misión se había cumplido.
La de ayer fue una noche diferente. La primera en mucho tiempo que disfrute verdaderamente.


10 de Agosto - Restaurante Nordico - Marcelo Lopez

InpirARTE Nordico 10/08/19
Escribe: Marcelo Lopez
Pinta: Pam Fir
Tema: Cuanto tiempo pensé lo mismo
El televisor estaba prendido, sonaba de fondo como si fuera música aunque no lo era. Habia algo, un programa, un evento, cualquier cosa, no importaba. Las persianas estaban entreabiertas apenas, la luz del sol amaneciendo entraba de costado como cuchilladas en la penumbra de la habitación. Todo era quietud, no había movimiento alguno, el silencio que de vez en cuando inauguraba una pausa del televisor dejaba escuchar una gota persistente que caia de una canilla alta, seguramente de la ducha, en el resumidero metalico oxidado. Afuera apenas había movimiento, era una calle lateral, de un barrio periférico, unos cuantos arboles, casas diseminadas entre baldios eternos, apenas el viento, casi nadie caminando, algún perro ladrando entre bostezos a una moto que pasaba despacio sufriendo el peso de tres personas.
Yo escuchaba todo, selectivamente, uno a uno cada movimiento, cada sonido, escuchaba todo desde la cama. Me había despertado hacia un rato pero contrariamente a mis instintos naturales no me había levantado como un resorte al sonar el despertador, no me había puesto de pie puteando con el sonido de la campanilla del teléfono que imitaba, tristemente, al despertador que alguna vez había tenido. Escuchaba todo, las voces en ingles del televisor, el tic…tic… de la gota, el perro ladrando, la moto acelerando apenas, casi imposible, el viento sacudiendo unas hojas que seguramente serian verdes y frescas. Queria seguir durmiendo o en realidad quería evitar despertarme, aunque ya lo había hecho, pero enigmáticamente no podía despegarme de cada uno de los sonidos que ahora también habitaban mi cabeza. Mire la mesa de luz. Estaba la botella de agua vacia que había dejado anoche, la copa de vino que estaba roja de tanto ir y venir, un pañuelo arrugado, el cargador del teléfono, una pastilla rosa que era para algo que ya no recordaba. En esa ventana, la mia, la de la habitación, también entraba el sol pero no ya como cuchillas sino como un fino papel invisible que se desparramaba por el suelo. Me resisti unos minutos, inmóvil como estaba tapado hasta el cuello con la sabana celeste que me habían regalado cuando me mude ahí 12 años atrás, el acolchado blanco que mantenía impoluto en viajes constantes al laverap. Seguia firme la gota cayendo en la ducha. No solo la escuchaba, de alguna forma también podía verla, formarse transparente y a la vez brillantes, crecer hacia abajo tomando una forma redonda que la gravedad terminaba por cortar de cuajo para hacer que se estrellara en el suelo mojado de mas gotas muertas. El televisor seguía andando, lo había dejado asi en algún momento de la madrugada cuando me traslade del sillón del living hasta la cama en una ruta inconsciente. No se que canal estaba puesto, probablemente cualquiera, el ultimo que el zapping involuntario y mecanico me había permitido. ¿Que habré pensado en ese momento final? ¿Habre pensado en ir al baño y volver? ¿ En ir a la cocina a buscar algo para comer, algo para tomar, quien sabe? No importaba. La cuestión es que el televisor seguía vivo.
Tenia una idea en la cabeza hacia mucho tiempo, demasiado tiempo. Se me había ocurrido que en algún momento iba a dejar de hacer lo que hacia por obligación, que eran muchas cosas, no solo el trabajo, pero especialmente el trabajo, pagar los impuestos, responderle a la gente, ser amable, sonreir sin ganas, esperar respuestas coherentes, creer en el futuro, pretender que los buenos ganan y que al final triunfamos. Cuantas veces pensé lo mismo…
En la vida las cosas finalmente suceden si las empujamos, las cosas pasan si las buscamos, si la empecinada fe que las promueve se decide a empujar hasta el final y de alguna forma insistir hasta que la piedra caiga, el sol salga o la suerte responda. Cuantas tiempo pensé lo mismo… y ese día me había propuesto, por alguna forma clásica de hartazgo, por una necesidad imperiosa de no esperar más a definirme de una vez por todas y poner en práctica eso que tanto tiempo había cargado en mi cabeza como un mantra, como un bollo de papel en un rincón.
La gota de la canilla seguía precipitándose a la ducha, una, tras otra. EL televisor parloteaba de fondo en un ruido insistente y anodino. En la calle un par de autos se habían sumado al tráfico escuálido de la mañana. El perro ya no ladraba.
Durante mucho tiempo ,como había dicho, había tenido en la cabeza la necesidad de cortar con todo y romper con las cadenas invisibles que la sociedad, las responsabilidades, la educación, las buenas costumbres, la iglesia, la tradición habían creado en nosotros solamente para enlentecernos el paso, cortarnos las alas, domesticarnos, tenernos quietos, sumisos, como una gran madeja de cadenas sosteniéndonos sin poder avanzar, convirtiéndonos en eso que eramos hoy. Un puñado de entes que se mueven, vienen y pasan. Hoy me había decidido a poner en practica de alguna forma lo que hacia tanto tiempo venia pensando.
La gota de la canilla seguía pegando en el resumidero oxidado, redonda, lagrimal, triste, final.
Me levante de la cama, fui hasta el lavadero y abri violentamente uno de los cajones, revolví todo, tirando al piso la mitad de las cosas, encontré el martillo enorme de mi abuelo, abri la puerta del baño y le di tan fuerte a la canilla de la ducha que volo hasta pegar contra los azulejos. Un chorro de agua exploto cambiándose por la gota antigua. Cerre la puerta del baño. Fui a la habitación y comencé a vestirme. La canilla de mierda, la gota insoportable habían pasado para otro dia la rebelión que me tenia prometida, me puse la camisa de la empresa, busque la chaqueta y asi, sin afeitarme ni lavarme los dientes Sali a la calle a seguir arrastrando la telaraña de cadenas que me tenia sujeto, hasta que otra mañana, otro dia de sol, pudiera hacer 

30 de Mayo - Selecta Macro Rio Cuarto - Daniela Kaplan


InspirARTE 2019
Banco Macro – Rio Cuarto
30 de Mayo 2019
Escribe: Daniela Kaplan
Pinta: Pam Fir
Palabras: ALAS – AMOR – BIENVENIDOS – ARMONÍA – ÁRBOL

“Abogada”. “¿Quién me mando a ser abogada?” Eso fue lo que me pregunté después que Julieta saliera de mi despacho. Después de unas tres horas -de reloj- en los que tuve que escucharla hablar de su ex marido, padre de su único hijo Benjamín. Habló y habló y habló de todo menos de AMOR. Me contó que tenía el record guiness en cuernos y estaba dispuesta a ir “con todo” contra su ex marido. “Con todo”: Así dijo con toda su ira y con toda la fuerza que, me pareció, salió de sus tripas. Y yo quedé…. ¡para clase de yoga!
Esto fue un viernes, divina manera de comenzar un fin de semana. Después de algunos años de ejercicio de la profesión fui aprendiendo a percibir a mis clientes y a reconocer a “los intensos” y, con todo el respeto que la señora merecía, me di cuenta que éste iba a ser un caso “intenso”. Me conmovió parte de su historia pero el caso iba a requerir de mucha paciencia. La señora estaba llena de bronca y con ella iba a ser muy complejo avanzar. Me fui pensando si tomar o no el caso. Cuando Julieta se estaba yendo me pidió mi número de celular y… se lo di. No alcancé a llegar a la cochera a donde debía retirar mi auto que mi celular estaba sonando. Era Julieta, se había olvidado de contarme la séptima mujer con la que había descubierto a su ex marido. En fin. Debía tomar la decisión. Acordamos que al próximo lunes nos volvíamos a contactar.  Me costó desconectarme del caso. No por ella ni por su ex marido, “el infiel” sino por ese niño, hijo de ambos, que estaba de algún modo sufriendo esta guerra que relataba Julieta. Para mí todo niño  merece un hogar en el que se respire ARMONÍA y, sin dudar, este niño lejos de respirar este aire.
Sábado. Sol radiante. Desayuné y me fui al parque dispuesta a caminar. Auriculares, música y empecé a dar la primera vuelta. A los pocos metros vi una sombra. Era un hombre frente a un ÁRBOL. Si, ya se lo que estas pensando pero… no no no.. .él señor estaba haciendo otra cosa a la que vos imaginás. El señor jugaba. Jugaba a las escondidas con un niño. Morí de ternura. El niño en su mano tenía un juguete. Era un pájaro, un pájaro  de tela y sin ALAS. Me enterneció la imagen que vi, me llevó de viaje, un viaje hacia mi infancia. Tal vez, mi corazón pedía regresar a mi niñez, a esos momentos en los que no tomamos decisiones importantes y en los que solo nos disponemos a jugar. Miré su pájaro y me pregunté a dónde habrán volado sus alas. Y volé. Caminé soñando despierta y me encantó mi sueño. Mi energía cambió por completo. Me olvidé de Julieta y me olvidé de toda la semana. Así pasó un fin de semana precioso. Me desconecté del celular absolutamente hasta el domingo. Cuando lo encendí tenía ocho mensajes de texto, dos mails, quince notificaciones de whatsapp y…. ¡todos de Julieta!
Lunes 10 am. Mi secretaria me avisa que Julieta espera en la sala. No tenía cita pero ella “cayó”. Yo tenía una audiencia a las 11 y no tenía mucho tiempo para recibirla. Sin pensarlo prácticamente le pedí a mi secretaria que le informe que el caso era aceptado. Le pedí también que le explique a Julieta que íbamos a pedir una audiencia con la asesora de familia y los pasos a dar.
Todo fluyó y el día de la audiencia se aproximaba. La audiencia había sido fijada para un 10 de marzo a las 10 de la mañana. Pensé si el ex marido comparecería o no. Pensé en cómo Julieta iba a comportarse con tantas demandas que llevaba. Eran muchas: cuota alimentaria, régimen de visita, tenencia. Reclamaba daños y perjuicios y un montón de cuestiones más.  Imaginé que la audiencia, de realizarse, iba a llevar un montón de horas de turbulencias y desencuentros para que, posiblemente, no lleguemos a un acuerdo. Reservé ese día de audiencia para no hacer mucho más. Perdón, para la audiencia y para tomar mi clase de yoga al final del día y con ella apagar la mente.
10 de marzo, 9:50 am. Nos encontramos en la sala de audiencia. Julieta, miembros de la asesoría y yo. Esperábamos “al infiel” y apareció él. Me quedé muda, paralizada, sin poder emitir sonido alguno. Julieta no comprendía. Me miró. Solo pedí retirarme unos minutos al baño. Era él. El señor del parque, el que se escondía atrás de un árbol para que el niño no lo vea. Para jugar. Era el papá del niñito que jugaba con un pájaro sin alas y el que me había llevado a volar. Al salir me encontré con la asesora de familia. Por algún motivo, impensado e improbable, Julieta y su ex marido quedaron solos en la sala de audiencia. Cuando advertí esta situación me preocupé. Me imaginé a Julieta agarrar de los pelos a su ex marido, de los pelos de veras. Alcancé a explicarle esta situación a la asesora: “vamos doctora, vamos rápido” me dijo la asesora. Entramos con la asesora diciendo “BIENVE…” pero no alcanzó a terminar la palabra, no alcanzó a decir “BIENVENIDOS”…. Ellos estaban ahí, lejos de estar agarrándose de los pelos estaban abrazados, besándose cual quinceañeros y… no te cuento mucho más…. Con la asesora nos retiramos de la sala y…. al final… ¡Te lo dejo a tu imaginación!


30 de Mayo - Selecta Macro Rio Cuarto - Luis Carranza Torres


InspirARTE 2019
Banco Macro – Río Cuarto
30 de mayo de 2019
Escribe: Luis Carranza Torres
Pinta: Carlos Vidal Aguirrebengoa
Palabras: felicidad – cielo – contexto – fortaleza - tolerancia

Echar fuera al Ello
Rodó por la cama, todavía con la ropa puesta de la noche anterior. Acababa, ese día, de rendir la última materia de psicología. Él también. Ella se había animado quedar a su lado, en un festejo de grupo mucho más amplio. Y se animó aún más, a seguirla solos cuando se aburrieron del resto.
Ella era una persona de metas simples. Su felicidad era haber terminado de cursar. También, su cielo. Él parecía ir también por ese lado.
Pensó, esa noche, varias veces, por qué no había estado más atenta a las señales de ese chico que le gustaba desde el primer día. Sobre todo, cuando él le confesó, todavía fingiendo ambos ser parte del grupo, que nunca se había terminado de decidir a proponerle algo. Descubrieron entonces, ambos, que se habían contemplado por años a la distancia, sin tener noción que al otro le pasaba lo mismo.
En el fondo, no era raro que se atrajeran. Una y otro no encajaban mucho con el resto, aunque siempre buscaran disimularlo. Jóvenes parcos, correctos, en la facu. Pero nada que ver. Simplemente tomaban distancia de ciertas situaciones y, en particular, de ciertas personas. Trataban de pasar desapercibidos, de cumplir solo con lo imposible de zafar de los mandatos sociales para luego poder, discretamente, ser como querían ser.
Como ella había descubierto desde hace tiempo, y se lo dijo a él en esa charla bajo las estrellas, mientras la acompañaba a su departamento, todo depende del contexto. Quien se adapta a eso, triunfa y quien no, va contra corriente hasta caer por alguna cascada de la vida. La tolerancia no existe mucho en realidad, en particular en aquellas sociedades que las declaman.   
Ahora, en la mañana siguiente a todo eso, ella se sentó en el borde de la cama. Todavía buscaba reaccionar del todo. Recomponer qué pasó luego de esa caminata y esa charla de dos.
Iba poco a poco, con dificultad, pudiendo mantener levantados los párpados de los ojos y enfocar la vista. Estaba en su cuarto, estaba en la cama de plaza y medio. Por entre las cortinas de la ventana, se filtraba la luz tenue de la primera mañana. Pero lo que más la asombró fue el hecho de constatar que no se hallaba sola. El seguía allí, tan vestido como ella.
Más allá, después del vidrio había un cielo oscuro, encapotado. Perfectamente a tono con las dudas que llevaba en el alma. Todavía sin poder dar forma a los hechos pasado, supo cuales habían sido las intensiones en el alma, para hacer lo que hubiera hecho.
Había querido probar los límites, ver hasta dónde puede llegar. Pero también, hacerlo sin ser juzgada o descalificada. Olvidarse por un rato de ese Super Yo y ver qué pasaba con eso.
Se volvió al otro lado, a mirarlo. Le encantó verlo ahí, dormido, aun terminando de armar por qué estaba en ese sitio. Por alguna extraña razón, que él estuviera en su cama, no la inquietó demasiado. Intentó recordar, otra vez, con la boca ácida, la noche anterior. Los recuerdos, perezosos, incompletos, empezaron a cobrar forma. Había tomado algo de más. Tal vez, más de lo razonable para ella a juzgar por la resaca que la poseía en esa mañana.
Al fin, pudo armar la secuencia mental de cómo se habían dado las cosas. Todo había sido era un carrusel vertiginoso. Habían jugado a quien tomaba más, una pendejada. Quien le ganaba al otro en eso de vaciar el vaso. La fortaleza menguó poco a poco, hasta terminar por evaporarse. Terminaron borrachos sobre la misma cama. Quebraron, en la forma más tonta, varias reglas no escritas entre ellos. Compañeros desde el primer año, nunca se habían animado a lograr algo más. El uno no se sentía mucho para el otro, y viceversa.   
Es que en el festejo del último examen descubrieron que los dos tenían una misma asignatura pendiente con el otro. Una que no figuraba en la curricula de la carrera, sino de la propia vida.  
No había pasado nada de nada, salvo por la borrachera. Demasiado vestidos para eso. Encima, le quedaba una jornada por delante rumiando el cuerpo a ritmo lento y molesto, los excesos etílicos de la noche. Pero ella no se arrepentía de nada y, como observó cuando despertó, él tampoco. No había vergüenza sino risas, cuando entre los dos armaron los que les había pasado.
Se sentía en el aire, al hacerlo, una complicidad entre ambos, en reemplazo de la anterior timidez y ansiedades reprimidas de la noche. Supo entonces, ella, comprendió también él, que habían hecho lo correcto. Esa pendejada de tomar cuando usualmente no tomaban en absoluto. De tomar y tomar, fue el modo de liberar todo el Ello de ambos y que fluyera la cosa. Esa era la filosofía de ella. Y, al parecer, la de él también.
Estaban felices, por varias razones. Por fin se habían acercado. De la forma más tonta, pero acercamiento al fin. No sería la última vez que se vieran, aunque no tuvieran que cursar nada más juntos. El camino a la felicidad a veces tiene unos extraños primeros pasos. Como en el caso de ellos.     
Descubría, esa novel psicóloga, a un tris de salir de estudiante a profesional, que la vida no era seguir reglas sino atreverse. Que dejar pasar el tiempo indecisa solo conducía a los mayores bolonquis por dentro. Que el destino no siempre es árido. A veces, nos salva de caer en dolorosas omisiones en el último minuto.
Por eso sonreía ella, por lo mismo que sonreía él. Por descubrir a tiempo lo tontos que habían sido y poder haber puesto las cosas en el carril correcto.
Por poder haber desterrado esa oscuridad que a veces nos niega ser lo que ambicionamos.
No era poco para un primer encuentro. Y se trataba de algo inmejorable para pensar en cómo seguir construyendo esa locura, juntos.


30 de Mayo - Macro Selecta Rio Cuarto - Marcelo Lopez


InspirARTE 2019
Banco Macro – Rio Cuarto
30 de Mayo 2019
Escribe: Marcelo López
Pinta: Enrique Llorens
Palabras:  MAR – FAMILIA – PASION – DISFRUTAR – PATRIA

Mediodía, el sol está arriba, vertical, mirándonos fijo sin ninguna nube que le tape la vista o modere el calor que derrama. Al fondo el verde de la selva se come la playa que lucha por mantenerse viva entre el agua del mar y esa frondosa masa verde que con cada segundo y gota que cae del cielo parece crecer. No hace calor, en realidad no hace un calor sofocante como uno podría suponer si la imagen que les cuento fuera una postal, una foto o un fotograma de un video de celular. La temperatura es suficiente como para que el día sea placentero y el agua transparente del mar se transforme en una de esas cosas que te dan ganas de sentir en la piel. Hace tiempo que estamos acá, en este barco, fondeados enfrentando la costa. El barco oscila, se mueve, se hamaca como dice un amigo mío que pretende ser conocedor de lo que pasa en el mar. Anclados a 30 o 40 metros de la costa el pequeño golpe del agua en el casco se podría convertir en un murmullo adormecedor si no fuera por lo que dejamos atrás.
El mar siempre ha sido una pasión para mí, una pasión que en algún momento compartí con mi familia pero que con el paso del tiempo, con el paso de las desgracias que nos fueron siguiendo pero sobretodo a partir del momento en que murió mamá se convirtieron en un campo de batalla. Parecía que mis hermanos estuvieran empecinados en combatir, de a poco, lentamente, con mucha astucia, aquellas cosas que me hacían feliz, que disfrutaba, que eran mi pasión, de alguna forma.
Es una verdad sin remedio que el dinero saca lo peor de las personas. Mamá murió, dejó muchas propiedades, bastante dinero, pocos recuerdos felices. Mamá murió y fue como si se rompiera un dique que de alguna forma contenía la codicia de los tres, como si se rompiera la cadena que mantenía a raya una bestia asesina. Mamá murió y en un par de horas ya estábamos todos discutiendo que hacer con ella pero sobretodo que hacer con lo que quedaba. Para mi hermano mayor la única razón de existir ha sido siempre el dinero y como él dice “la única patria donde le gusta vivir”. El del medio es un despreocupado y voluntarioso abogado que corre detrás de las cosas y los clientes que se le escapan con la misma facilidad que le llegan y los decepciona en los juicios. Para el ese dinero, el que le toca, no es suficiente, nunca lo será. Yo por otro lado solamente quiero lo que es mío e irme lejos, allá, acá, donde estoy ahora, pero en otro contexto.
Salimos temprano desde el puerto, pusimos proa a la isla de gipoia, esa donde tantas veces fuimos cuando éramos todavía una familia, atados por las cadenas invisibles de mi mamá en vida. Navegamos 20 minutos aproximadamente, no había viento así que lo hicimos a motor, giramos en la punta de la bahía del retiro, doblamos a la izquierda y seguimos paralelo a la costa, cuando llegamos a la altura de la ciudad giramos a la izquierda y avanzamos hasta encontrarla. En la punta norte hay una montículo de piedras enormes que hacen de entrada a la bahía, la playa de dentista esta al fondo y entrar en ese espacio es mágico aunque lo hayas hecho mil veces. Solté el motor y deje que el barco se deslizara suave acomodándose a las olas, al movimiento suave del agua.
Convencí a mis hermanos de venir hasta aca después de aceptar silencioso un monton de objeciones, humillaciones y desplantes. El mayor llego sobre la hora, con un vuelo de último minuto directamente desde Buenos Aires donde estaba por un negocio. Se bajó en Rio pero no llamo por teléfono ni pidió que lo buscaran. Apareció asi, de la nada, como a las dos de la madrugada golpeando la puerta de la casa. Afuera llovía torrencialmente como llueve siempre que llueve acá. Yo no escuche los golpes en la puerta. Luis, mi hermano del medio, se levantó porque de alguna forma presintió algo que yo no podía sentir. Ellos dos, Jorge, el mayor, Luis el del medio, siempre fueron más cercanos, casi amigos. Yo en cambio nunca me sentí parte, ni siquiera cuando, como ya conte, éramos una familia apretados por las cadenas de mamá. Jorge llego tarde, a destiempo, sin importarle nada del resto, como siempre. Luis había llegado por la mañana, me llamo desde Rio y fui a buscarlo. 150 kilometros por la montaña de ida, 150 kilometros de vuelta. En el fondo Luis siempre me cayo mejor, incluso en algún momento cuando eramos chicos lo sentí como un amigo.
EL barco flotaba suave. No había nadie. Tal como lo imaginaba, por la hora, por el dia de la semana, por la fecha del mes. Los barcos del fin de semana, los turistas de los escuna, llegarían más tarde. Levante la vista y mire el sol hasta que me hizo doler los ojos. Pensé en mamá y en todo lo que nos había negado y en todo lo que nos había dejado. Mire a mis hermanos, los dos en el suelo, pálidos, fríos, duros. No lo había planeado así pero de alguna forma se fueron dando las cosas para que terminaramos en esta situación. Los mire de nuevo, les puse los dos bloques de cemento, atados como si fueran un carretel de hilo anudado, ajustado y los eche al mar. Los mire hundirse. Levante el ancla y gire el barco saliendo de la bahía. Pensé en mama en todo lo que los había querido, lo poco que me había amado…


21 de Septiembre - Expolibro Salta - Marcelo Lopez


InpirARTE Expolibro SALTA 21/09/19
Escribe: Marcelo López
Pinta: Joaquín Robino
Tema: Una manzana en el camino

Subí al auto apurado. Se me hacía tarde. En realidad ya “era” tarde. Habíamos quedado en encontrarnos a las 3 y 15 y mirando el reloj me di cuenta, antes de salir, que ya era esa hora que habíamos pactado. Me quedaban a lo sumo 20 minutos de camino, no había forma que pudiera cubrir los 30 kilómetros que me separaban de mi reunión. Puse el GPS esperando que milagrosamente me diera un camino que acortara lo que yo ya sabía que era imposible. Uno, a veces, sabe que hay destinos, situaciones, que no tienen retorno pero igualmente se empecina en tratar de torcerlas. Es como si con ese pequeño acto calmáramos la conciencia y de alguna forma nos sintiéramos mejor.
El GPS no hizo milagros, era un aparato, nada más.
Me subí al auto, puse primera, me ajuste el cinturón mientras salía y acelere a fondo. Sonó la bocina de un camión que no había visto, no le di importancia, estaba apurado y no quedaba otro recurso que apretar el pedal hasta que casi sintiera que la última posibilidad era perforar la chapa.
Habían pasado apenas dos minutos pero los sentía como si fueran horas. Me imaginaba a la gente del directorio esperándome, sentados en la sala, en la mesa de vidrio enorme, el aire acondicionado prendido, los trajes ajustados, los vasos de agua y la jarra impecables sobre la bandeja de plata que siempre tenían. Me imaginaba al viejo Sanchez, el dueño, moviendo de un lado a otro el encendedor de plástico que llevaba siempre, aunque fuera multimillonario, de un lado a otro hasta que lo tiraba al suelo, se levantaba y se iba de la sala terminando todo y ese todo era mi contrato, para siempre.
Acelere sin importarme las multas que pudiera recibir, ya habría tiempo para pagarlas o tratar de evitarlas. Acelere sin pausa hasta que el marcador del velocímetro me mostro una aguja que vibraba intensamente entre el “8” y el “0” de los 180 kilómetros por hora.
Era un pelotudo. Me había quedado haciendo nada, enganchado en una conversación sin sentido con el vecino de mi oficina. Una conversación cualquiera que podríamos haber tenido en otro momento pero que por alguna razón preferí tener en ese preciso instante. ¿Sería que de una u otra forma tenía una capacidad innata en arruinarlo todo como decía Laura? Preferí pensar que no, que simplemente era un pelotudo.
EL tiempo se esfumaba, se volaba intenso y yo imaginaba al viejo Sanchez hablándole a los hijos y al administrador que usaban para todo, decirles que averiguaran donde estaba Ramírez, o sea donde estaba yo.
Me sonó el teléfono. Mire de reojo, era el teléfono de la empresa de Sanchez, no lo tenía agendado pero lo conocía de tanto marcarlo.
?Que le digo? Pensé. Si le digo que estoy demorado seguramente se vuelvan locos, son millonarios y con eso creen que tienen comprado el resto del mundo. Si les digo que pospongamos la reunión me van a decir que directamente no vaya nunca más. Opte por lo más simple, no atender.
Me asegure de que el auto siguiera sufriendo los 180 kilometros por hora que le exigía y que no se cruzara nada en mi camino. El GPS, con esa voz femenina, española, agotadora me dijo que quedaban “ 4 minutos para llegar a su destino”, no eran tanto, pensé. Quizás ellos también estaban demorados y yo no lo sabía. Mire sobre el asiento del costado y vi la manzana que me había comprado temprano, una manzana para el camino, cuando todavía tenía planeado llegar a horario, ir despacio, no ser un pelotudo o un fracaso como dice Laura. Mire la manzana y con cuatro minutos por delante decidí que era mejor llegar y ser despedido con el estómago lleno que con hambre. Estire el brazo derecho mientras buscaba la fruta, los ojos bien puestos sobre la ruta. Una pequeña curva, una lomada, la mano que no encontraba la manzana, una recta bajando al fondo, el velocímetro en 180 y mi mano que sintió con dos dedos la presencia de la manzana, intente agarrarla pero no pude, mire de reojo y la atrape. Al árbol apenas lo vi. Sentí los golpes de las ramas en la carrocería, los vidrios estallando y un instante de silencio aunque la radio seguía funcionando. Me vi volar, con el auto, por sobre un alambrado, girando en el aire dejando solo despojos. La manzana en la mano, el auto destrozándose, mi brazo con dolor, la mano igual. Después solo una tormenta de tierra que me perseguía me paso por encima, después quietud, silencio, dolor en algunas partes de mi cuerpo que todavía no podía precisar. Mire a todos lados, estaba en el medio de algún campo con el auto pulverizado, pero vivo. Pensé en el viejo Sanchez, ya no estaría esperándome, igual era imposible llegar ahora. Pensé en la manzana que había comprado para el camino, por alguna estúpida razón aun la tenia en la mano. Pense en Laura y en que tenia razón, como siempre, no había otra opción que confirmar que yo, era un pelotudo.


22 de Septiembre - Feria del Libro de Cordoba - Luis Carranza Torres


Inspirarte 2019
Feria Internacional del Libro de Buenos Aires
Sala Cortázar - 11 de mayo
Escribe: Luis Carranza Torres
Pinta: Enrique Llorens
Tema: Sin filtro.

Lo que también dejan los libros



Ella es así, sin filtros. Directa, frontal. Espera que la valoren por lo que es y no por como parece exteriormente. Sin éxito, la mayoría de las veces.
No tener filtro es vivir en estado puro. Sin reservas, sin disimulos.
La mayoría no la entiende, ni ella pretende que lo hagan. Vive como cree y hace lo que siente, lo que le gusta. Lectora voraz, cada año tiene una cita en ese lugar que aprendió a querer como suyo. Un universo de libros, de lectores ávidos.
Allí empieza, muy concentrada a vagar entre los pasillos y mesas de libros. Como de costumbre, no sabe muy bien por dónde empezar. Son tantos lo que le llaman la atención.
Camina por los distintos corredores, va y viene, se pierde en un eterno contemplar de libros. De observar portadas y analizar contratapas. 
Se acerca con interés a muchos sitios, pero reserva un tiempo para ir al stand de esa editorial que edita a uno de sus autores preferidos. No es la primera ni va a ser el última de esa tarde, sola y a sus anchas, en la Feria.
Ella no sale mucho, aunque sus amigas le insistan. Se los dice sin filtro, a pesar de todo lo que la presionen. No le atrae demasiado y no cree que vaya a encontrar allí algo que valga la pena. Prefiere quedarse viendo una buena peli o, mejor aún, leyendo un buen libro.
Sí, es rara. Así le dicen todos quienes la conocen un poco; alguna vez de frente y muchas otras por detrás. Ella misma lo reconoce para sus adentros. Y no se cuida de reconocerlo. Sin filtro, prefiere ser distinta a sus anchas que igual a muchos otros en un formato de vida que no le resulta cómodo.
Parece seria, reservada. Algunos dicen que siempre está como enojada. Nada que ver. En realidad, busca preservarse. Ya se ha peleado con bastante gente, por carecer de filtro. Está cansada que le recuerden cada cinco minutos que no encaja demasiado con el mundo en el que le ha tocado en suerte vivir. Lo banal, lo pasajero, el hedonismo siempre necesitado de cuotas mayores de placer, y el vivir siendo ciento por ciento autorreferencial no va con ella.
Tiene amigas, pocas. No se vincula con cualquiera y espera mucho de la amistad. Se reúne con ellas por gusto y no por obligación. Sabe que la quieren aunque no terminen de entenderla. Por eso, soporta estoicamente los consejos de vida que le dan, sin que ella se los pida. Salir más o vestirse distinto, con más color o mostrando un poco más, son algunos de ellos. Más necesidad de autocontrol tiene cuando quieren cambiarle el “look”, cortándole el pelo, aconsejándole que se desgaste las puntas, insistiendo para que se maquille para salir, o que use un color de labios rojo profundo.
No tiene los mismos gustos de los otros. Y disfruta de estar sola, con ella misma. Porque no tiene que explicar nada sobre lo que es.   
Pocas cosas en su vida le atraen como la feria del libro en la Rural. Apenas el año va tomando fuerza, a la vuelta de las vacaciones, también comienza para ella, a la par de retomar sus obligaciones, a ver cuándo será este año.
Durante los días que esté va a ir, al menos, tres y hasta cuatro veces. Si puede, la primera es el mismo día que abre. No se pierde un lugar para ir, recorre todos los pabellones y siempre encuentra algo nuevo para ver.
Puede que vaya a escuchar a algún autor que le interese. Sacarse una foto con Pérez-Reverte, conversar tres minutos con él ha sido siempre una gloria. Atento, profundo, de buena onda. Ojalá los jóvenes de su edad fueran así. Conversaría más y leería menos.
Vive su belleza como una maldición. Si no fuera tan llamativa, si no tuviera los ojos verdosos, si el cabello no tuviera ese color miel, encima brilloso, podría pasarla mucho mejor. No repararían en ella el aluvión de lanceros, babosos y otros desubicados que se sienten con derecho a incomodarla, en donde sea, para que les lleve el apunte. Que vienen a interrumpirla en lo que sea que esté haciendo con esos chistes tontos, de doble sentido e invitaciones interesadas. Que no pueden dirigirle una mirada, decir dos palabras, sin que aparezca la palabra sexo como un neón en el rostro.
Por eso se esconde, detrás de un par de lentes en lugar de usar los de contacto y lleva atado, muy firme, hacia atrás el cabello. Por lo mismo prefiere estar, una tarde de sábados, entre libros antes que tomando algo con un ser ubicado en las antípodas de ella. Va de tapa en tapa de libro, invariablemente tomándolos para leer la contratapa y decidir si lo abre o no. La mayoría de las veces, lo hace y salta de una página a otra leyendo alguna parte. O, si la engancha, el observar las primeras líneas se transforma en haber devorado, de parada y con el mundo a su alrededor detenido, todo un prólogo o primer capítulo.
Está en eso, cuando una voz joven, masculina, le pregunta por el libro que leyendo, si le gusta. Le parece raro que alguien le venga con eso, aunque no la molesta.
—Parece interesante—le contesta sin levantar la vista del texto.
Iba a quedar en eso la respuesta, pero agrega que creía haber leído todo de ese autor y no conocía que hubiera escrito ese.
—Es de los primeros que escribió, cuando todavía era reportero. Lo iba a publicar por entregas en el diario El País, pero finalmente la editorial decidió lanzarlo como una novela corta.
Al levantar la vista, descubre a un joven flacucho, alto, de cabello oscuro cayéndole en jopo sobre la frente y pequeños lentes de montura metálica cuadrangulares. Un poco grandes para el rostro que tiene.
—A mí también me gusta Pérez-Reverte—le dice.
Cierra el libro y conversan un poco más. Parece que ha dado con alguien tan devoto y entusiasta de los libros como ella. Le sonríe, sin proponérselo.
Tal vez, solo tal vez, haya encontrado a un ser tan directo como ella. Sin filtro para decir ciertas cosas, de buenas a primeras. Cosas que nadie diría, por el temor de ser encasillado como alguien distinto o incomprensible.
Entonces se descubre esperando, con creciente ansia, a que él le sugiera seguir la charla con un café de por medio. Decide también que, si así no se diera pronto, aguardará el momento propicio para sugerirlo, sin quedar en demasiada evidencia.




22 de Septiembre - Feria del Libro de Cordoba - Marcelo Lopez


InspirARTE Feria del Libro y el Conocimiento 2019
Escribe: Marcelo Lopez
Pinta:  Pam Fir
Tema: Palito de la Selva
Mi mamá odia a la gente grande que come chicles con la boca abierta. Una combinación muy precisa. Gente grande, lease mayor de 50. Come chicle, o sea no caramelo, no mentitas, quizás también le molesten los que comen chupetines, pero eso no lo se. A mi el chupetín me hace acordar a Kojac. Y con la boca abierta se entiende por masticar haciendo ruido. No se porque me acorde de eso hoy. Estaba por cruzar General Paz del lado de Rigar´s y me quede parado en la vereda repleta de papeles y chicles pegados en el suelo, quizás haya sido eso. La cuestión es que espere el semáforo para que cortara el trafico de la avenida y crucé. Camine por la vereda con sentido a Dean Funes. Tenia que llevar una carpeta hasta un departamento frente a la Legislatura. Era enero, hacía calor, de esos calores que cuando estas en el centro te hacen desear una pileta como si fuera agua en el desierto. Los ómnibus pasaban rápido y si prestabas atención se sentía el sonido de las gomas pegadas en el asfalto y su correspondiente “despegada” al girar. Subí por la General Paz hasta llegar a Dean Funes, doble a la izquierda y camine despacio evitando la gente que iba y venía, la mayoría escribiendo en sus teléfonos, atrás había quedado el tiempo donde podría haber dicho “hablando por teléfono”, ahora todo era inmediato, instantáneo, como el café, como la sopa, como los ñoquis, la fama, la desgracia, la miseria y la fortuna… bueno, en realidad si algo no se había logrado hacer instantáneo, ni masivo, ni nada, era la fortuna. Camine por Dean Funes hasta llegar a la legislatura y me fije en la numeración. Mi destino era la galería de al lado, la de las librerías de libros usados, la del mármol gris. Entre buscando el ascensor. Apreté el botón que se puso rojo como si me tuviera bronca.
Espere. Pasaron una buena cantidad de segundos hasta que empezaron a moverse las luces que indicaban los pisos, alguien seguramente lo había tenido parado en algún lado. 7,6,5,4,3,2,1 y finalmente la luz en planta baja. Llego, nadie dentro. Abri la puerta blanca y corri después la puerta esa de metal que le dicen “tijera” que tanta impresión me da pensando que podría agarrarme un dedo o la mano entera. Aprete el 3. Salimos lentamente, subiendo hasta llegar al 3er piso donde en un pequeño movimiento.  Sali al pasillo oscuro, busque a tientas el botón para prender la luz, lo alcance y se hizo la iluminación en el pasillo oscuro, que siguió ahora tenuemente iluminado, busque el departamento A. Contrariamente a lo que había supuesto estaba del otro lado de donde me había bajado, camine ahí. Golpee la puerta, todavía soy de los que golpea la puerta. Una generación intermedia entre los que aplauden y los que tocan el timbre. Nadie. Volvi a golpear y esperar. Nadie. Evolucione en mi sistema de anunciarme y toque el timbre que sono fuerte. No había dudas de que funcionaba. Nadie. Nada. Ni un ruido. Me fije en la caja que llevaba, prolijamente cerrada, envuelta en papel madera, cerrada con cinta ancha. La dirección era esa, el numero del piso el 3 y el departamento el A. No había errores en la ubicación asi que insisti. Esta vez fue primero portero, que volvió a sonar fuerte y ronco. Despues fue la mano golpeando la puerta y haciendo sonar la madera. Nada de nuevo. Espere unos segundos mas pensando que era lo que correspondia, por educación.
No tuve resultados, había cumplido con la educación y las buenas costumbres asi que tome el picaporte y probe, por las dudas, si estaba abierto. Estaba abierto. No supe que hacer. ¿Abrir? ¿Dejar cerrado y volver a tocar el timbre? Lo pensé, de nuevo. Tenia la fantasia de que alguien pudiera molestarse, ponerse violento, del otro lado de la puerta si yo abria de repente, invadiendo su hogar, su casa, su privacidad. EL argumento de la caja no me parecía suficiente. De todas formas tome de nuevo el picaporte y contrariamente a mis dudas y mis miedos abri la puerta, tímidamente primero, esperando que quien estuviera del otro lado se diera cuenta y en un gesto amable yo pudiera justificarme diciendo que “estaba abierta”. Abri despacio, un poquito, otro poquito, un poquito mas, hasta que estuvo abierta del todo y me dio cierto pudor. UN pudor absurdo, pero pudor al fin, como si entrando a esa casa yo mostrara algo mio aunque fuera al revés. Me quede entonces parado en la puerta, ahora abierta, mirando un living enorme, lleno de muebles y con la ventana abierta que hacia flamear una cortina nueva, blanca y flotante. EL aire que entraba era caliente como el de afuera, caliente como ese que te hace tener “sed” de una pileta, en enero, en cordoba; pero ahí era un poquito mas agradable. Me puse la caja bajo el brazo con cuidado, no sabia que había dentro, hacia un par de días que trabajaba en esa empresa de seguros, hacia un poco de todo, muchas veces nada porque se olvidaban que me tenían. Me puse entonces la caja bajo el brazo y avance por el living. Un par de revistas prolijamente acomodadas en la mesita ratona, dos portarretratos metálicos con fotos de un hombre de bigotes y una señora muy rubia. Los sillones estaban prolijamente ubicados, todo en el mas absoluto silencio.
- Buenas…- Dije tímidamente.
Nada, como antes, como con la puerta. Segui avanzando y sobre una mesa chicquita que decoraba el pasillo había un palito de la selva. Volvi a acordarme de mi mama y su odio intrínseco por la gente que come chicle y al mismo tiempo me excuse con ella y su memoria. Era un palito de la selva no un chicle. Segui camino timido por el pasillo. Una foto enorme de la señora super rubia y el señor de bigotes. Pase el baño, vacio y prolijo. Llegue a la puerta de lo que supuse seria la habitación. Golpee despacio ahora, como si fuera que la proximidad nos daba mayor intimidad. La puerta se movio y entonces con la confianza que me había dado la puerta de ingreso la empuje hasta que estuvo completamente abierta. En la cama estaba la señora rubísima, desnuda, con un disparo en la espalda. Al lado, como si estuviera abrazándola eternamente un señor, que NO tenia bigotes, pero si dos tiros en el pecho. Me quede petrificado. Casi se me cae la caja. La sostuve como pude y pensé rápidamente en que hacer. Busque el teléfono en mi bolsillo, lo saque, pero dude. Volvi a guardarlo. REcorri los metros del pasillo buscando la salida, todavía en shock. Llegue al living y me detuve, volvi al pasillo, infantilmente, tome el palito de la selva abandonado, deje la caja en el piso y Sali corriendo. No llame el ascensor, no espere que me abrieran, corri las escaleras hasta llegar abajo donde recupere un paso tranquilo como se supone que debe hacer uno para no llamar la atención. Sali de la galería despacio y me abrazo el calor de enero, ese que te hace tener sed de una pileta como si fuera el desierto. Mire a los dos lados, nadie me seguía. Camine a plaza san martin y me tome el 28 que llego justo. Me merecia ir a la pileta y olvidarme de ese trabajo de mierda donde por mas que hiciera lo imposible nadie se daba cuenta de mi existencia. 

6 de Julio - InspirARTE Cordoba Shopping - Luis Carranza Torres


InspirARTE IMPROVISACION 2019
Córdoba Shopping Villa Cabrera
6 de julio de 2019
Escribe: Luis Carranza Torres
Pinta: Cecilia Testa
Palabras: Escuchame aunque haya ruido.

Empezar de cero

Hay sonidos y sonidos. Lo del ruido es puro cuento, algo psicológico. Hay que saber escuchar. Quien quiere oír oye, en donde sea. Y yo, esa tarde que pateaba ya para noche, la quería escuchar a ella.
El almacén de ramos generales en la ciudad del fin del mundo estaba por demás concurrido. Plena temporada en el Cerro Castor y ese día las pistas habían cerrado por una tormenta nívea de aquellas. Todos se vinieron a la ciudad.
Nos cruzamos en la entrada, viniendo cada cual por su lado. Quedé atrás de ella en la cola para entrar por la doble puerta. Adentro, no entraba un alfiler y no había mesa disponible. Tuvimos que acomodarnos como pudimos. Nos dejaron en la barra, a la espera que se desocupare una. Quedamos muy cerca, lo que en función de las circunstancias, no era nada malo. Todo lo contrario.
Tenía un aire etéreo. A mí, las morochas de ojos brumosos siempre han ejercido una atracción extraña pero por demás placentera. El cabello, en ondas discretas, le caía por debajo de los hombros, como acariciando la polera de lana tejida en punto Santa Clara, con toda clase de adornos, de cuello alto, de blanco impoluto. Me perdí en los aros con forma de pez en los lóbulos de esas orejas. El mar siempre me ha tirado.
El lugar, mezcla de bar y restaurante, hecho de madera lustrosa las paredes, las mesas, la silla, la barra,  estaba a reventar. Se conversaba en seis idiomas, con el castellano en franca minoría. El murmullo era intenso. Había que acercarse al otro para escucharlo. Mucho.
Empezamos a charlar. No sé si empezó ella o yo. La morocha no estaba en el mejor día. Tras saludarnos, me empezó a contar sobre un tipo que no la entendía. Fingí comprenderla. Más que charla, fue primero un monólogo sin interrupción en que le dio sin contemplaciones al pobre tipo. Sobre la barra, donde nos habíamos quedado en tanto se desocupaba una mesa, alguien había dejado un ramillete de flores silvestres. Azules, mi color de la suerte. Tomé una y la puse en su oreja. Ella me miró, primero sorprendida y luego se sonrió, muy a pesar suyo. Ahí la cosa se aflojó un poco. Supongo que cayó en la cuenta del tiempo que llevaba monopolizando la palabra.
Aproveché el lapsus para defender a ese congénere. A lo mejor no es mal pibe, por ahí uno mete la pata sin quererlo, le comenté como al pasar. Ella asintió, sin terminar de aceptarlo. Vi que buscaba poder volver de todo lo que había dicho, sin ceder en el orgullo.
Perdonar no es algo divino, le insistí, pero por ahí es necesario. Para no perder algo valioso por una pavada. Ella no estuvo de acuerdo. No creía en las segundas oportunidades. El no la entendía, me dijo.
Siguió con el tema, pero la notaba más relajada. La bronca se le estaba pasando. Empezaba a no ser tan terminante en algunas cosas. Le dije las bondades de hacer borrón y cuenta nueva. De empezar de cero. Como si fueran dos desconocidos. Por ahí, ayudaba a no perder a alguien que la había herido pero al que todavía se quería.
Ella asintió, sin terminar de convencerse. La cosa había llegado a ese punto en que el partido podía ir para cualquier lado.
Me acerqué, le dije lo bueno que era poder haber conversado a pesar de todo el bullicio que nos rodeaba. Y tras acercarme aun más, la besé. Así de repente. Sin dar lugar a reacción alguna. Tras unos segundos de indecisión que se antojaron eternos, se dejó besar y luego me empezó a devolver el beso. Y eso marcó la diferencia.
A nuestro alrededor, la gente seguía en la suya. Uno nunca es más anónimo que dentro de una multitud. La mesa seguía sin desocuparse para nosotros. Le hice una seña, en dirección a la puerta. Se levantó sin dudarlo. Yo la seguí.
Salimos al frío y al silencio. El sol se extinguía sobre los canales fueguinos y pronto habría más frío y más silencio. Éramos como dos espectros, caminando por la avenida costera, cerca del puerto, alumbrados cada tanto por las luces de algún auto que pasaba.
Ella caminaba a mi lado, mirándome de reojo con esos ojos encapotados. No hablamos de nada por dos cuadras. Luego, simplemente me dijo: “Tenías razón con eso de empezar de cero. Como si fuéramos dos desconocidos”.
Supe, en ese momento, que nos habíamos reconciliado. Nos habíamos escuchado a pesar del ruido. Yo a ella y ella a mí. El futuro todavía existía para nosotros, de a dos. A un tris de perderse sin remedio. Y eso era algo tan bueno como desafiante.       
  

6 de Julio - InspirARTE Cordoba Shopping - Marcelo Lopez


Estaba oscuro. El lugar era oscuro. Obviamente no podía prender una luz, una linterna, ni siquiera un celular, el celular que había dejado en el auto. Me arrastre como pude por ese túnel pegajoso, sucio, asfixiante. Antes de venir, cuando lo estábamos planeando ese había sido uno de los temas que me tenía preocupado. Meterme por ese túnel, que no conocía, pero imaginaba, desagradable, sucio, pegajoso, con basura, ratas y cuarachas. La realidad ahora me daba la derecha. El tunwl era eso y también mas. Me arrastre como pude, decía. Atrás mio venia Anibal cumpliendo a rajatabla lo que habíamos pactado, siguiéndome, sin hacer cuerstionamientos, sin quedarse atrás. Todo iba como estaba planeado. Entramos al túnel por una de las bocas de ventilación mas grandeas, la que estaba en el pasillo que dba a la calle Corrientes. A esa hora había mucha gente, los que volvían a sus casas, y eso me preocupaba en un principio pero Anibal, tan pragmático como siempre me lo dijo claro “los que vuelven a esa hora de laburar están quemados, no nos van a ver y si nos ven les va a importar un carajo”, tal cual. Nos metimos, presentamos la sube, bajamos la escalera y en uno de los momentos en que pasaba el tren del “A” nos metimos en la ventilación. Nos miraron dos viejitos, los mire rápido, a los ojos como desafiándolos y los dos giraron la vista para otro lado.
Nos segiuamos arrastrando por el túnel. Era desagradable apoyar las manos en el hollín, los papeles pegados, la grasa de la ciudad que se había juntado toda en esa alcantarilla, pero no quedaba otra, había que seguir avanzando. Teníamos la indicación precisa de hasta donde debíamos llegar y hacia alla íbamos. El plan era bastante simple, como todos los que veníamos ejecutando hasta ese momento con Anibal en esta sociedad tan… especial.
La reunión previa fue en el bar de Cordoba y Florida, en una de las mesas de abajo, cerca de la ventana, como a las 7 de la tarde, una hora en la que ya no queda nadie en Buenos Aires, una hora en la que los que quedan o no tienen donde ir o no quieren llegar a ningún lado. En la mesa ya nos estaban esperando. Un gordo enorme, pero de verdad enorme, con un pullover de cuello alto, verde intenso, que lo hacia aparecer como una madeja de lana gigante o un planeta nuevo por descubrirse. Lo acompañaba una mujer, normal, ni linda ni fea, normal. De a ratos, según la miraras o según le diera el reflejo de la luz de los colectivos, se ponía bonita. Igual lo que mas me llamo la atención de esa reunión fue que estuviera ella, no “ella” precisamente, sino una mujer. Nunca en estos años me había pasado que una mujer estuviera encargándome un trabajo, no porque por ser mujer no tuviera necesidad de nuestros servicios sino porque en la mayoría de los casos preferían “preservar” su imagen. La cuestión es que nos reunimos ahí . nos invitaron un par de cafes que preferimos dejar pasar para irnos lo antes posible, no queremos hacer amigos, queremos hacer plata y para eso necesitamos clientes. Nos plantearon la “necesidad”, le pusimos un precio que aceptaron , nos dijeron quien era, nunca preguntamos porque. Nos pasaron por debajo de la mesa la mitad en efectivo y nos fuimos asi como habíamos llegado, rápido.
Esa reunión termino en hoy, arrastrándonos por el túnel inmundo este, oscuro, sin ventilación. Para llegar aca al túnel, a hoy, tuvimos que seguirlo al objetivo un par de días, analizar patrones, definir trayectorias y cosas por el estilo. Anibal me toco el pie desde atrás, me detuve.
¿Qué pasa?
Es aca.
 ¿Estas seguro? Para mi era un poquito mas alla, como dos metros.
No. Es aca – Reafirmo.
Si Anibal decía que era “ahí”, era ahí. Tenia defectos pero la capacidad de ubicarse no era uno de ellos. Le hice caso y me detuve, empece a mirar, sin luz, como estábamos. 50 o 60 centimetros mas alla teníamos una rejilla pequeña del tamaño de una baldosa. Me acerque y con el filo de una cuchilla que llevaba la saque. En ese momento paso el tren “A” que iba a la Plaza de Mayo, el ruido fue terrible, atronador y la estructura del túnel comenzó a moverse y temblar. Cuando volvió la calma le dije a Anibal que me alcanzara la pistola.
- Te falto el silenciador…
- Disculpa – me dijo y le devolví el arma para que la completara.
En ese instante llego el tren que iba a Congreso e inundo el lugar con un ruido terrible. Me tape los oídos, cerre un poco los ojos y de pronto vi que el objetivo aparecia en el momento justo, en el lugar que teníamos previsto, un poquito mas a la derecha de la ventilación en la que estábamos espiando, me desespere, teníamos un segundo, apenas.
- ¡Anibal! – grité y no me escucho.
Silencio y estruendo del tren.
- ¡Anibal, escúchame aunque haya ruido! – imploré desesperado como si eso tuviera sentido. Anibal no me escucho pero igualmente me paso la pistola, ahora con el silenciador puesto. Rápido la cargue y asome el caño por la ventilación y no encontré el objetivo, el tipo se había ido… por un segundo me desespere y el alma me volvió al cuerpo cuando lo vi cerca de un cesto de basura tirando un papel, algo sin sentido. Triste ultimo acto ese, pensé. Apunte y dispare. Lo vi caerse y en un segundomas note que no se movia. Nadie reacciono, todavía no habian tenido tiempo. El tren se fue.
- ¡Dale Anibal, vamos! – dije sin mirar.
me di vuelta y no estaba Anibal, no había luz, estaba oscuro, no había sonidos, no estaba Anibal. Me di vuelta como pude en el túnel mugriento, re rasgue el pantalón, con un borde de chapa, me puse a retornar como podía con esa asquerosidad, seguro de que había cumplido con mi objetivo,  que el disparo había sido limpio, que la muerte había sido instantánea. Avance por el túnel sin encontrar a Anibal, no estaba en ninguna parte, no podía pensar que se hubiera asustado, habíamos hecho esto un monton de veces, se habría sentido mal, pensé, hasta llegue incluso a pensar que había salido desesperado al baño. Segiu avanzando por el túnel hasta que sentí como si la piel del cuello me quemara con una brasa caliente. Fue instantáneo, me lleva la mano al cuello y sentí el liquido caliente que brotaba y sin ver reconoci como mi sangre. Intente avanzar un poco mas y apenas pude seguir unos metros. Cai sobre la mugre detestable de ese túnel cerca de otra rendija de ventilación. Juro que lo via Anibal abrazarlo amistosamente al gordo de pullover verde mientras miraban a la policía llegar hasta el cuerpo inmóvil. Me horrorice, sentía las fuerzas escaparse de mi cuerpo y al mismo tiempo imaginaba el complot, la traición que no había sabiado ver. Yo que todo creía saberlo, yo que todo podía esperarlo estaba ahora muriendo, en ese túnel, sucio, mugriento, que había imaginado un tiempo atrás, que había temido un tiempo atrás.

6 de Julio 2019- InspirARTE Cordoba Shopping - Daniela Kaplan


InspirARTE Improvisación
Córdoba Shopping Villa Cabrera
Escribe: Daniela Kaplan
Pinta: Isa Duarte
Tema elegido por el público: Escuchame aunque haya ruido

Para mí, haber conseguido ese trabajo había sido como tocar el cielo con las manos. Había estado muchos meses buscando un trabajo. Dejaba currículums en cual empresa se me hubiese ocurrido. Pasaba todas las entrevistas pero, vaya a saber por qué cuestión no me llamaban. Al borde de la depresión, un lunes cerca de las 12 am sonó mi celular. Era un número desconocido. “Hola” respondí. “Buenos días. ¿Con Magalí?” “Sí, ella misma” dije. “Buenos días, la contacta Silvina, de la empresa Event shows…”.. no le di tiempo a seguir hablando de la ansiedad que se despertó en mí… hacía tan solo cinco días había pasado la entrevista…  “Ah, si, si…. Claro…” agregué. “Magalí, por decisión de la empresa Usted ha sido seleccionada para incorporarse al área administrativa de nuestra empresa….”. El corazón se salía de mi pecho. Se me caían las lágrimas de la emoción y por un instante pensé estaba soñando. La señora que me estaba llamando me estaba dando la noticia que tanto había esperado y que tanto necesitaba. Me pidió que me presente en la empresa al día siguiente para completar algunas cuestiones administrativas y a la próxima semana comenzaba a trabajar.
Todo fluyó hermosamente. Mi escritorio estaba ubicado frente a una ventana que daba a las montañas y cada vez que empezaba el día laboral la montaña me recordaba la inmensidad de mi agradecimiento por haber sido seleccionada luego de tanta búsqueda.
Silvina era mi jefa, la responsable de recursos humanos de la empresa. Desde el inicio fue muy generosa conmigo. Todas las mañanas nos saludábamos, me preguntaba si quería café, se preocupaba de cómo iba sintiéndome y me ofrecía ayuda ante cualquier dificultad que pudiera surgirme. A los aproximados seis meses de mi incorporación apareció un tal Bruno. No pregunté mucho. De un día para otro apareció sentado en el escritorio del lado. Era simpático y… ¡un bombón!
Ambos entrabamos a la misma hora pero él siempre llegaba unos minutos antes. Normalmente nos daban una hora para almorzar pero, para terminar antes y poder irme a hacer deporte, yo solía tomar solo media hora y comía algo rápido en el comedor de la empresa que, para mi disfrute, era también frente a las montañas,  Mi compañero Bruno, con quien no compartíamos trabajo en sí sino más bien el espacio físico,  sí solía aprovechar la hora de almuerzo para escaparse de la jornada laboral.
La oficina en la que trabajaba tenía dos alas y en cada ala sectores de boxes y, adelante de los boxes, tres escritorios. Con Bruno compartíamos el ala izquierda. Yo me sentaba en el escritorio del medio, Bruno a mi derecha y a mi izquierda Julieta. Atrás nuestro, los diez boxes con personal encargado de atender los teléfonos y hacer las gestiones de marketting. La oficina de Silvina estaba en el primer piso, compartía piso con la gerencia.
Pasado un año de su incorporación, una mañana de diciembre llegué a la oficina. Tenía sobre mi escritorio un chocolate blanco. Nadie jamás me dejaba chocolates en mi escritorio. El chocolate no tenía dedicatoria. Era solo eso, un chocolate blanco. Lo miré, lo tomé, miré a los costados preguntándome quién podría haberme dejado ese chocolate pero nadie estaba mirándome. No hice preguntas. Trabajé como si nada hubiese sucedido y, de postre, me comí un riquísimo chocolate blanco.
A la semana, al retirarme de la oficina me dirigí a mi auto. Normalmente lo dejaba estacionado en la puerta de la empresa. Era un lugar seguro. A la salida, sobre el vidrio y abajo del limpiaparabrisas había un papel. Cuando subí al auto, estaba por arrancar y me di cuenta de ese papel. Como iba a molestarme para manejar, me bajé del auto, lo saqué y, al darlo vuelta, tenía dibujado un corazón. El chocolate, el corazón… ¿quién era mi admirador? La historia estaba empezando a ser divertida. Los regalos sorpresa fueron un montón y yo, sin poder descifrar quién era el enamorado. El 13 de febrero de ese mismo año llegó a mi escritorio un sobre. Lo trajo el Correo Argentino. Tenía sello del correo, fecha de envío, fecha de recepción. Era una carta que venía oficialmente hacia mi. La abrí y tenía una propuesta. Me pedía que al día siguiente, que era el día de los enamorados, vaya al estacionamiento del shopping que estaba al frente, que vaya entre las  7 y 8 am que ingresaba a trabajar específicamente a un sitio en el que iba a encontrar una llave. Que tome esa llave que correspondía a un locker ubicado en un lugar determinado en el shopping, que abra el casillero número siete y que saque una bolsa que iba a estar esperándome junto con una indicación específica la cual debía respetar y que el misterio de tanto tiempo iba a ser develado. Parecía todo un delirio pero a esa altura, de verdad, quería descifrar ese misterio.
Al día siguiente, tempranísimo me dirigí al sitio en el que iba a encontrar la llave que permitiera abrir el locker, en el que habría una bolsa con una indicación, todo lo cual me llevaba a develar la incertidumbre  que meses antes se había generado. Y así lo hice, encontré la llave, fui al locker número siete, lo abrí y había una bolsa. Abrí la bolsa y había una zapatilla. ¿Una sola zapatilla? Todo era tan extraño. La tome y adentro una carta. La carta decía que la zapatilla a partir de ese momento pertenecía a la princesa. Para que la princesa pueda usar el par debía encontrar la otra que tenía el rey que estaba esperando por la princesa desde hacía muchos meses. Que el rey estaba a su derecha todos los días, a solo unos metros del escritorio en el que trabaja. Para aceptar la propuesta solo debía dejar toda la noche la zapatilla en el segundo cajón del escritorio de mi cajón y el rey al tercer día iba a sorprenderme pero ya no anónimamente. ¡Era el bombón de Bruno! Obviamente dejé la zapatilla en el lugar indicado y al próximo día ¡el bombón me invitó a salir! Nos enamoramos como en las películas y todo fue hermosamente genial hasta que se enteró Silvina, la jefa de recursos humanos que me había tomado. El tema era que Silvina y Bruno habían sido pareja durante muchos años. Bruno la dejó pero ella siguió perdidamente enamorada de él. No sabía qué hacer para volver a estar con él y, pensó, que aunque no vuelvan a estar en pareja, empleándolo en la empresa  iba a poder verlo todos los días. Cuando Silvina se enteró me empezó de a poquito y sin escrúpulos a hacerme la vida imposible. Te puedo contar un montón de ejemplos de momentos en los que el enojo se apoderó de mi interior. Me borraba informes que tenía que presentar en la gerencia a solo unos minutos antes de tener que presentarlos, “se le caía” agua entre mis papeles, me faltaban cables para poder usar mi computadora y así… hasta que un día llegué a trabajar y un escribano me notificaba mi despido. Necesitaba trabajar. La situación familiar era compleja y la situación del país no era fácil para conseguir nuevo empleo. Me angustié pero no me di por vencida. Bruno, con quien ya estábamos conviviendo me acompañó en todo momento y la vida siguió su curso hasta que pasado un tiempo conseguí un nuevo empleo en una empresa afín a la que estaba, en verdad, la empresa de la competencia. Me nombraron directora del área más importante en la toma de decisiones de la empresa y al poco tiempo olvidé todo lo que aconteció con mi trabajo anterior. Con Bruno nos casamos, tuvimos dos nenas y nos fuimos a vivir a una casa entre montañas, alejados del ruido.
Pasados varios años, decidimos irnos unos días de vacaciones a la costa argentino. Tomamos un ruta que nunca habíamos tomado y para salir de la ciudad debíamos pasar por un peaje. De lejos “sonría que lo estamos filmando” se leía en el cartel. Nuestras hijas empezaron a sonreir. Llegamos al peaje. Bruno bajó el vidrio para pagar y….. ¡chan!... entre tanto ruido de bocinas, autos y viento pareció entre nosotros hacerse un silencio absoluto. Nos miramos preguntándonos si estábamos viendo lo mismo. ¡Era Silvina! ¡La jefa de recursos humanos que me había despedido después de tanto maltrato estaba en el peaje!
¡Waw! El vidrio estaba bajo.. y se me ocurrió decirle: “Escuchame aunque haya ruido, la vida… la vida da muchas vueltas”.   

#InspiradosEnCasa 2da Edición - Daniela Kaplan - 10 de Abril 2020

#InspiradosEnCasa Tema: Una Copa Vacía Escribe: Daniela Kaplan Pinta: Carlos Vidal Aguirrebengoa UNA COPA VACÍA Estaba desesperado del ...