InspirARTE IMPROVISACION 2019
Córdoba Shopping Villa Cabrera
6 de julio de 2019
Escribe: Luis Carranza Torres
Pinta: Cecilia Testa
Palabras: Escuchame aunque haya ruido.
Empezar de cero
Hay
sonidos y sonidos. Lo del ruido es puro cuento, algo psicológico. Hay que saber
escuchar. Quien quiere oír oye, en donde sea. Y yo, esa tarde que pateaba ya
para noche, la quería escuchar a ella.
El
almacén de ramos generales en la ciudad del fin del mundo estaba por demás
concurrido. Plena temporada en el Cerro Castor y ese día las pistas habían
cerrado por una tormenta nívea de aquellas. Todos se vinieron a la ciudad.
Nos
cruzamos en la entrada, viniendo cada cual por su lado. Quedé atrás de ella en
la cola para entrar por la doble puerta. Adentro, no entraba un alfiler y no
había mesa disponible. Tuvimos que acomodarnos como pudimos. Nos dejaron en la
barra, a la espera que se desocupare una. Quedamos muy cerca, lo que en función
de las circunstancias, no era nada malo. Todo lo contrario.
Tenía
un aire etéreo. A mí, las morochas de ojos brumosos siempre han ejercido una
atracción extraña pero por demás placentera. El cabello, en ondas discretas, le
caía por debajo de los hombros, como acariciando la polera de lana tejida en
punto Santa Clara, con toda clase de adornos, de cuello alto, de blanco
impoluto. Me perdí en los aros con forma de pez en los lóbulos de esas orejas.
El mar siempre me ha tirado.
El
lugar, mezcla de bar y restaurante, hecho de madera lustrosa las paredes, las
mesas, la silla, la barra, estaba a
reventar. Se conversaba en seis idiomas, con el castellano en franca minoría.
El murmullo era intenso. Había que acercarse al otro para escucharlo. Mucho.
Empezamos
a charlar. No sé si empezó ella o yo. La morocha no estaba en el mejor día.
Tras saludarnos, me empezó a contar sobre un tipo que no la entendía. Fingí
comprenderla. Más que charla, fue primero un monólogo sin interrupción en que
le dio sin contemplaciones al pobre tipo. Sobre la barra, donde nos habíamos
quedado en tanto se desocupaba una mesa, alguien había dejado un ramillete de
flores silvestres. Azules, mi color de la suerte. Tomé una y la puse en su
oreja. Ella me miró, primero sorprendida y luego se sonrió, muy a pesar suyo.
Ahí la cosa se aflojó un poco. Supongo que cayó en la cuenta del tiempo que
llevaba monopolizando la palabra.
Aproveché
el lapsus para defender a ese congénere. A lo mejor no es mal pibe, por ahí uno
mete la pata sin quererlo, le comenté como al pasar. Ella asintió, sin terminar
de aceptarlo. Vi que buscaba poder volver de todo lo que había dicho, sin ceder
en el orgullo.
Perdonar
no es algo divino, le insistí, pero por ahí es necesario. Para no perder algo
valioso por una pavada. Ella no estuvo de acuerdo. No creía en las segundas
oportunidades. El no la entendía, me dijo.
Siguió
con el tema, pero la notaba más relajada. La bronca se le estaba pasando.
Empezaba a no ser tan terminante en algunas cosas. Le dije las bondades de
hacer borrón y cuenta nueva. De empezar de cero. Como si fueran dos
desconocidos. Por ahí, ayudaba a no perder a alguien que la había herido pero
al que todavía se quería.
Ella
asintió, sin terminar de convencerse. La cosa había llegado a ese punto en que
el partido podía ir para cualquier lado.
Me
acerqué, le dije lo bueno que era poder haber conversado a pesar de todo el
bullicio que nos rodeaba. Y tras acercarme aun más, la besé. Así de repente.
Sin dar lugar a reacción alguna. Tras unos segundos de indecisión que se
antojaron eternos, se dejó besar y luego me empezó a devolver el beso. Y eso marcó
la diferencia.
A
nuestro alrededor, la gente seguía en la suya. Uno nunca es más anónimo que
dentro de una multitud. La mesa seguía sin desocuparse para nosotros. Le hice
una seña, en dirección a la puerta. Se levantó sin dudarlo. Yo la seguí.
Salimos
al frío y al silencio. El sol se extinguía sobre los canales fueguinos y pronto
habría más frío y más silencio. Éramos como dos espectros, caminando por la
avenida costera, cerca del puerto, alumbrados cada tanto por las luces de algún
auto que pasaba.
Ella
caminaba a mi lado, mirándome de reojo con esos ojos encapotados. No hablamos
de nada por dos cuadras. Luego, simplemente me dijo: “Tenías razón con eso de empezar de cero. Como si fuéramos dos
desconocidos”.
Supe,
en ese momento, que nos habíamos reconciliado. Nos habíamos escuchado a pesar
del ruido. Yo a ella y ella a mí. El futuro todavía existía para nosotros, de a
dos. A un tris de perderse sin remedio. Y eso era algo tan bueno como
desafiante.
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