viernes, 31 de mayo de 2019

5 Noches Canal 10 de Cordoba


Lemon Pie - Improvisación de Marcelo López Domingo 20 de Abril



Me sentí tentado de matarlo, de meterle un balazo entre las cejas, directo, limpio, solo uno, No más, uno solo, así, profesional, casi piadoso, impoluto. No sé por qué pero en las películas uno ve que una ráfaga de metralla impresiona pero no suena bien, un solo tiro en cambio es… es pura precisión, casi arte. Me sentí tentado pero no hice nada, como tantas otras veces en la vida, en las cosas que uno no soporta pero al final aguanta. Preferí seguir mirándolo, desde atrás, desde lejos.
Al rato se fue. Se fue diluyendo en la espesura de la nada y lo deje de ver, también de escucharlo. Por un momento me sentí cómodo con eso, sin haber cometido crimen alguno me libre de él. La mayoría de las veces si uno tiene la paciencia suficiente todo lo que molesta se extingue, acaba, pasa. El secreto está en tener la paciencia suficiente, poder vencer el impulso asesino como decía Calamaro en no me acuerdo que canción.
Volví a lo mio, segui caminando por el parque, iba por uno de los senderos que se meten entre las piedras, las plantas y dibujan pequeños paisajes en forma de ideas e ilusiones. Segui caminando despacio pensando. ¿Que me había querido decir con lo que me dijo? Al principio no le encontré sentido y para ser honesto ahora tampoco lo podía encontrar. Por mas que daba vueltas en mi cabeza y recordaba la conversación una y otra vez, nada parecía venir, nada parecía destacar especialmente. Cuando me pasan como esas hago exactamente lo mismo que cuando me encuentro con alguien que no recuerdo pero si me recuerda a mi. Mientras mantengo viva la conversación intentando no parecer descortes y, sobretodo, que no se me note el desconcierto voy imaginando a la persona que se supone debo conocer con distintas vestimentas y diferentes escenarios. Traje, ropa deportiva, de noche, de dia, en el club, en un banco, en la cancha, donde sea… es un ejercicio de combinación compleja. Unir la modificación mental del personaje en cuestión mientras le mantengo la conversación intentando no comprometerme con situaciones como “Tu mama bien?” “ Tu hermano consiguió trabajo?” en general siempre navegamos por frases del tipo: “todo bien?” “frio, no?” y asi.
Bueno, volviendo al tema que estaba pensando. Porque sigo pensando ahora que camino por una pequeña cuesta que lleva al lago mas pequeño del Central Park. ¿Qué quiso decirme con eso?
Vuelvo a la escena. Estabamos en la oficina, en la sala de reuniones, afuera hacia frio como ahora, lógicamente porque fue ayer y estamos en otoño… y hace frio. Yo estaba apagando el monitor led después de la reunión con la gente de Singapur. Ella estaba también pero no le prestaba atención a lo que hacia. EL resto ya se había ido cada uno a su oficina y de ahí seguramente a su casa, eran mas de las 5 pm y a esa hora todos volábamos desesperados. Yo mismo estaba apagando, cerrando, guardando para irme lo antes posible. Tenia la cabeza quemada, literalmente, el asunto de la empresa esta que venia de Singapur era una presión enorme, no solo para mi sino para todos.
Baje despacio entre las piedras y el caminito de tierra consolidado a fuerza de turistas pisando y pisando. Me llegue hasta el agua, ese lugar que tanto me gustaba y del que no sacaba mas fotos porque no tenia donde ponerlas, ni en paredes, ni en marcos, ni en memorias de teléfono. Me pare delante del agua, al borde justo. Al frente los arboles enormes, detrás, en un segundo plano como parte de un decorado extremo las torres de los edificios de la 58st, mas atrás algunos tan altos que no podían esconderse, la trump tower, el empire estate, a la izquierda el Chrysler ( no tan alto pero solitario) al fondo la nueva, la one world trade tower. Patee instintivamente una piedra al agua, se sumergio en una pequeñísima ola.
 ¿Qué habría querido decirme? Quizas nada mas que lo que me dijo… seguramente era asi… pero uno siempre tiene la tendencia a pensar mas allá a creer, a veces, que lo que se dice no es lo que suena o mejor dicho que lo que se expresa no es lo que se piensa. ¿Rebuscado?, ¿complejo?, ¿inutil?, ¿sin sentido?, si, definitivamente… pero bueno, cada uno es como puede.
El cielo estaba gris, no había viento, el ruido de la ciudad en esa parte del parque es sordo, apenas un murmullo grave pero bajo que se cuela por todas partes y de tan sordo se deja de escuchar.
Baje la vista, un par de patos daban vueltas por ahí.
 ¿Qué me habrá querido decir?
“ Estuve pensando… “
 ¿Qué pensaste? – Pregunte mientras caminaba a la cocina de la oficina.
“Que yo soy la mujer que tuviste la suerte de encontrar” – me había dicho.
Yo le conteste como un boludo, apurado, estupido… “ ¿Te gusta el lemon pie?
No lo podía creer… yo diciéndole si le gustaba el lemon pie… Me quería matar… como con el mimo que me cruce al entrar al parque… me quería matar.  
Levante la vista otra vez, un avión pasaba suave, seguro iba a La Guardia. Yo pensé de nuevo. ¿Qué me habrá querido decir?



Lemon Pie - Improvisación de Luis Carranza Torres Domingo 20 de Abril



Demasiado perfecto, como un Lemon pie, para ser real


Esa noche pintaba para ser una de aquellas. Te bailaste todo, en aquel sábado nocturno en Fly City. One Way or Another y Maria de Blondie; Cambodie de Kim Wilde o ese temazo de Zombie de Cranberries. Para no decir cómo te pegó Candy con Iggy Pop cantando a duo con Kate Pierson, prestada al efecto desde la banda The B-52's.
Temazos que los quisiste solo para vos. Sola, y no porque te faltaran ofrecimientos de compañía. Pero nada cuajó. Con Marcelo, que te llevó en el Renault 12, te peleaste porque no te entiende. El flaco no te tiene paciencia, se lo dijiste a todas, Daniela y Mirta incluidas, en la usual reunión de amigas en el baño de mujeres. Luciano te quiso sacar a bailar porque te tiene puesto el ojo desde hace rato. Pero no te termina de convencer. Muy formal, demasiado caballero para lo que tenés rondándote por la cabeza. Aparte no te gustan los tipos con el pelo más largo que vos. Le das salida, con la mejor excusa que podés inventar. Víctor, el siguiente, te entusiasma, pero quiere que la cosa vaya rápido, fluya y a vos eso no te va. Si alguien quiere estar con vos, que la reme. Por algo valés lo que pensás que vales, conforme a tu propia escala de autoestima.
Es que la vida, a fin de cuentas, es como el Lemon pie. Crocante por una parte, pegajoso por la otra. También, ácido, dulce y empalagoso. Sucesivamente o todo a la vez. Lo filosofas de ese modo, mientras te bajás el segundo fernet con cola.
Quizás por eso, lo hagas como lo hagas, te digan lo que te digan sobre lo que les parece tu Lemon pie a quienes se lo comen, nunca has quedado conforme con como lo cocinás. Como tampoco te conforma esa noche, en el boliche, ninguno de los prospectos masculinos disponibles.
Al final, promediando la madrugada, salís a la Yrigoyen embolada, preguntándote qué es lo que les pasa a los tipos. Diciéndote, para adentro, que no hay uno como la gente. Que, al final, es tal cual como dicen, son todos iguales.
Tratás de llevar el paso, por los tragos que te has echado encima. No la tenés mi clara lo que pasó después. Como llegaste a lo que llegaste. A encontrarlo por el camino. Un adonis a la medida de tus deseos y necesidades. El Lemon pie perfecto, con forma de tipo. De cierta facha, pero no un carilindo. Un poco más alto que vos, pero no demasiado. Ponerse en puntas de pie para besar no es negocio y vos ya sos medio bajita. Con ojos lindos, no azules, sino mejor todavía, verdes. Pelo corto, pero con jopo. Que fuera atento y afectuoso, pero sin asfixiar. Que no te quiera dirigir la vida pero esté ahí cuando lo necesitas.
En suma, te cruzaste, en el momento más inesperado, con quien era tu hombre ideal. Un perfecto Lemon pie. Y con ese, no sabés como, te fuiste a tu casa esa noche.  
Claro que era demasiado bueno para durar y a la mañana siguiente, pasado el mediodía cuando te despertás, con la cabeza con un bombo, ácido en la garganta y fuego en las tripas, no lo ubicas por ningún lado. Tratás de espabilarte, observando esa cama desarreglada donde parece que estuvieron dos. 
Tardas en comprender. Pero, finalmente, le sacás la ficha a la situación. Era algo destinado a pasar. Se trataba de emociones que llevaban la muerte en su naturaleza. Por ambicionarlo todo. El dolor por la pérdida no es enteramente dolor. Se trata de la angustia de tus fracasos, de los errores de mujer que cometiste antes de meterte con él y los que tendrás después. Porque sos, con ellos, a la hora de elegirlos, tan estricta como con vos misma en tu vida diaria. Como cuando tratás de cocinar un Lemon pie.
Buscás, seguís yendo y viniendo por tu casa y no lo hallás en ninguna parte. Era como si hubiera desparecido para ser uno más de sus recuerdos. Una gota de lluvia que se escurre, se evapora, se la traga una tierra de sentimientos sedienta, por demás, de ella.
Con todas las culpas por lo que has hecho, por cómo te ilusionaste con nada, por la forma que te vendiste un buzón a vos misma,  no terminas de arrepentirte de aquello que hiciste. Él era solo una mezcla de lo que sos y de lo que querés sentír. Tan fría como actuás frente a todos y tan sentimental como no te conoce nadie.
Acabás por aceptar lo que pasó realmente, lo que obligadamente tiene que ocurrir, cuando elegís intimar con un sueño, con un hombre que no existe en la realidad. Algo que te inventaste a vos misma. Quizás, tal como el Lemon pie perfecto, pertenezca solo al reino de lo irreal.
Por eso él está, a pesar de no existir, con esa persistencia, desafiando toda lógica y toda racionalidad, tan presente en todos tus sueños y tan ausente de tu vida real. Tal como tu obstinación por llegar a hacer, alguna vez, un Lemon pie que te conforme.


jueves, 23 de mayo de 2019

Sin filtro - Improvisación de Magda Tagtachian Feria Internacional del Libro de Bs As

Esa mañana se levantó y decidió vivir la vida sin filtro. Sin el velo que la atrapaba. Se desperezó lento, se refregó los ojos y caminó hasta la ventana. Asomó la cabeza al fresco. Levantó la mirada. El cielo se coló en su cuarto azul. Una nube no quiso soltarla. Tomó una bocanada de aire. Todo lo que pudo almacenar en sus pulmones de rosa.  Pestañeó. Decidió ir por lo suyo. Salir a cazar sus sueños sin red. No era cosa de todos los días. Ahora se sentía habilitada. ¿Quién se adueña de los filtros? ¿Bill Gates, el celular, su madre, su pareja, sus hijos, ella misma? ¿Quién?

Los pasos que ganaron la calle pronto se volvieron trote. La apuraba el impulso por volar. De arrancarle a esas cuadras hasta la última gota de sed. Tomó envión. No debía pensar. Sólo hacer. Dar. Recibir. Interactuar. Y si resultaba tan sencillo, ¿por qué no lo había encarado antes? ¿Dónde vislumbraba el límite? ¿Tenía claro qué quería? Su deseo clamaba interminable. Tramaba. Conspiraba para seducirla. Para adueñarse de ese cuerpo habitado, no siempre por ella. De pronto, se deshizo de otros rastros. Escuchó la rima de su corazón. Tuvo que afinar los oídos. En esa sintonía pudo vibrar. Rozó la belleza. ¿Hacia dónde escapan los límites cuando corremos los filtros? Una forma curiosa de discurrir. Aceptó el desafío.

Se durmió tarde. En ese estado donde su conciencia se fugaba, un aleteo la empoderó. Un fino compás la recorría. Se arremolinaba desde sus pies. Subía por sus venas. Irradiaba luz de ámbar. Las estrellas fulguraban por todos los rincones de su piel. Era vida y era calor.

Cuando la madrugada tocó a su puerta, sintió que nacía otra. La misma. La que siempre había sido. Se conocía y no se había dado cuenta. Comprendió que entrenaba un universo en sus entrañas. No le hizo falta nada más. Sonrió con toda la cara.

martes, 21 de mayo de 2019

Algunas imagenes de inspirARTE improvisación en La Feria Internacional del Libro de Bs As









Sin Filtro - Improvisación de Luis Carranza Torres Feria Internacional del Libro Bs As


Lo que también dejan los libros
Ella es así, sin filtros. Directa, frontal. Espera que la valoren por lo que es y no por como parece exteriormente. Sin éxito, la mayoría de las veces.
No tener filtro es vivir en estado puro. Sin reservas, sin disimulos.
La mayoría no la entiende, ni ella pretende que lo hagan. Vive como cree y hace lo que siente, lo que le gusta. Lectora voraz, cada año tiene una cita en ese lugar que aprendió a querer como suyo. Un universo de libros, de lectores ávidos.
Allí empieza, muy concentrada a vagar entre los pasillos y mesas de libros. Como de costumbre, no sabe muy bien por dónde empezar. Son tantos lo que le llaman la atención.
Camina por los distintos corredores, va y viene, se pierde en un eterno contemplar de libros. De observar portadas y analizar contratapas. 
Se acerca con interés a muchos sitios, pero reserva un tiempo para ir al stand de esa editorial que edita a uno de sus autores preferidos. No es la primera ni va a ser el última de esa tarde, sola y a sus anchas, en la Feria.
Ella no sale mucho, aunque sus amigas le insistan. Se los dice sin filtro, a pesar de todo lo que la presionen. No le atrae demasiado y no cree que vaya a encontrar allí algo que valga la pena. Prefiere quedarse viendo una buena peli o, mejor aún, leyendo un buen libro.
Sí, es rara. Así le dicen todos quienes la conocen un poco; alguna vez de frente y muchas otras por detrás. Ella misma lo reconoce para sus adentros. Y no se cuida de reconocerlo. Sin filtro, prefiere ser distinta a sus anchas que igual a muchos otros en un formato de vida que no le resulta cómodo.
Parece seria, reservada. Algunos dicen que siempre está como enojada. Nada que ver. En realidad, busca preservarse. Ya se ha peleado con bastante gente, por carecer de filtro. Está cansada que le recuerden cada cinco minutos que no encaja demasiado con el mundo en el que le ha tocado en suerte vivir. Lo banal, lo pasajero, el hedonismo siempre necesitado de cuotas mayores de placer, y el vivir siendo ciento por ciento autorreferencial no va con ella.
Tiene amigas, pocas. No se vincula con cualquiera y espera mucho de la amistad. Se reúne con ellas por gusto y no por obligación. Sabe que la quieren aunque no terminen de entenderla. Por eso, soporta estoicamente los consejos de vida que le dan, sin que ella se los pida. Salir más o vestirse distinto, con más color o mostrando un poco más, son algunos de ellos. Más necesidad de autocontrol tiene cuando quieren cambiarle el “look”, cortándole el pelo, aconsejándole que se desgaste las puntas, insistiendo para que se maquille para salir, o que use un color de labios rojo profundo.
No tiene los mismos gustos de los otros. Y disfruta de estar sola, con ella misma. Porque no tiene que explicar nada sobre lo que es.   
Pocas cosas en su vida le atraen como la feria del libro en la Rural. Apenas el año va tomando fuerza, a la vuelta de las vacaciones, también comienza para ella, a la par de retomar sus obligaciones, a ver cuándo será este año.
Durante los días que esté va a ir, al menos, tres y hasta cuatro veces. Si puede, la primera es el mismo día que abre. No se pierde un lugar para ir, recorre todos los pabellones y siempre encuentra algo nuevo para ver.
Puede que vaya a escuchar a algún autor que le interese. Sacarse una foto con Pérez-Reverte, conversar tres minutos con él ha sido siempre una gloria. Atento, profundo, de buena onda. Ojalá los jóvenes de su edad fueran así. Conversaría más y leería menos.
Vive su belleza como una maldición. Si no fuera tan llamativa, si no tuviera los ojos verdosos, si el cabello no tuviera ese color miel, encima brilloso, podría pasarla mucho mejor. No repararían en ella el aluvión de lanceros, babosos y otros desubicados que se sienten con derecho a incomodarla, en donde sea, para que les lleve el apunte. Que vienen a interrumpirla en lo que sea que esté haciendo con esos chistes tontos, de doble sentido e invitaciones interesadas. Que no pueden dirigirle una mirada, decir dos palabras, sin que aparezca la palabra sexo como un neón en el rostro.
Por eso se esconde, detrás de un par de lentes en lugar de usar los de contacto y lleva atado, muy firme, hacia atrás el cabello. Por lo mismo prefiere estar, una tarde de sábados, entre libros antes que tomando algo con un ser ubicado en las antípodas de ella. Va de tapa en tapa de libro, invariablemente tomándolos para leer la contratapa y decidir si lo abre o no. La mayoría de las veces, lo hace y salta de una página a otra leyendo alguna parte. O, si la engancha, el observar las primeras líneas se transforma en haber devorado, de parada y con el mundo a su alrededor detenido, todo un prólogo o primer capítulo.
Está en eso, cuando una voz joven, masculina, le pregunta por el libro que leyendo, si le gusta. Le parece raro que alguien le venga con eso, aunque no la molesta.
—Parece interesante—le contesta sin levantar la vista del texto.
Iba a quedar en eso la respuesta, pero agrega que creía haber leído todo de ese autor y no conocía que hubiera escrito ese.
—Es de los primeros que escribió, cuando todavía era reportero. Lo iba a publicar por entregas en el diario El País, pero finalmente la editorial decidió lanzarlo como una novela corta.
Al levantar la vista, descubre a un joven flacucho, alto, de cabello oscuro cayéndole en jopo sobre la frente y pequeños lentes de montura metálica cuadrangulares. Un poco grandes para el rostro que tiene.
—A mí también me gusta Pérez-Reverte—le dice.
Cierra el libro y conversan un poco más. Parece que ha dado con alguien tan devoto y entusiasta de los libros como ella. Le sonríe, sin proponérselo.
Tal vez, solo tal vez, haya encontrado a un ser tan directo como ella. Sin filtro para decir ciertas cosas, de buenas a primeras. Cosas que nadie diría, por el temor de ser encasillado como alguien distinto o incomprensible.
Entonces se descubre esperando, con creciente ansia, a que él le sugiera seguir la charla con un café de por medio. Decide también que, si así no se diera pronto, aguardará el momento propicio para sugerirlo, sin quedar en demasiada evidencia.


Sin Filtro - Improvisación de José Vales Feria Internacional del Libro Bs As


Desapareció una tarde. No volví a verlo nunca más sentado en el umbral de la casa de una frente rosa viejo. Lo busqué por las esquinas incipientes de ese barrio plagado de potreros, de sirenas obreras y de hollín de aromas diversos.  Nada.  Lo esperé durante varias noches, para  verlo salir de la casa de Bizca, con la que casi todos debutaban sexualmente y él estaba amurado a su anatomía como la enredadera que su madre cuidaba con pasión al muro. Nunca más volví a ver al Negro Lascana. Mi primer maestro, en la vida. EL que me enseñó cómo moverme en  la calle, a diferenciar lo que estaba mal de lo que estaba peor, en un país en donde según su lógica: “Nada puede salir bien, pibe…”
Era el sereno perfecto de aquellas calles. El cronista de sus felicidades y sus desdichas. Fuente inagotable de lo que pasaba en cada casa. No creía en nada ni en nadie, pero oficiaba para muchos de nosotros como un gurú de cabecera. Tanto en la cuarta de Palermo, como en la cruz de los días. Sin saberlo era un iconoclasta militante. Se cagaba en todo. “Pero con respeto, señora…”
En su anarquismo innato, se consideraba “un gran Argentino”.
-Somos los grande, nene. Somo un pueblo de gente decente. Cada vez que encontramos un laburo lo devolvemos.
Y él era estoico y consecuente. Devolvió sin dudar todos los trabajos que se le cruzaron en el camino. Leía y hablaba. Generoso con las fijas en Palermo o en San Isidro, deambulaba por la vida como un turista desclasado, en aquellas calles de La Nada, como alguna vez se conoció a ese barrio que del otro lado de la General Paz, se lo conocía como Villa Cascotito. El mundo comenzaba a tomar forma recién en la divisoria entre Buenos Aires y La Nada. Allí el Negro Lascana, ataviado con sus dos blazers (“uno es el saco y el otro el sobretodo, giles)  era un hombre de consulta permanente. A él acudían, desde los obreros para ver qué número jugaban esa tarde  (porque el Negro levantaba quiniela con una disciplina envidiable), hasta la Bizca, que le consultaba cómo invertir sus ahorros. Fue él, fruto de su atorrante imaginación, quien  le cambio el apodo a la Bizca. A partir de una tarde allá por los 70, pasó a ser Susana Giménez. Su pronunciado estrabismo, fue desde entonces su nueva partida de nacimiento.
-Ella es más gauchita y menos interesada que La Mary, nene y sino preguntale a Monzón. – me vaticinó un día.
Fue una fuente inagotable para los pocos estudiantes de derecho que se animaron a buscar una fuga decente de aquellas calles. Allá, en La Nada, no teníamos derecho a más de dos ambiciones: ser como Rojitas o como Pichón Laginestra, el mejor ladrón de bancos de todos los tiempos.
Y es que el Negro, sólo había cursado libre y cuan autodidacta, una materia de Abogacía: Derecho Penal. Como buena pierna de cuanto chorro amigo, él se veía en la obligación de ir los jueves a Caseros o a Devoto, a llevar el paquete, con la yerba, los fasos, las pastillas y algunos libros para labrar una defensa que nunca llegaba a ser tal.
Fue el Negro, consultor exclusivo de cada uno de nosotros, el que me dio la fórmula. “Nene, en este ispa, el combustible que lo mueve es la mediocridad. Cambía “El Tony” y “El Gráfico” por los libros y cuando puedas tomátelas, porque  este país ´ya no se vuelve (y entonaba las estrofas de “Yuyo verde”, su tango de cabecera´”.
Me lo dijo Sin Filtro. “A este país se lo timbean todos los días. Ustedes laburan de día y se lo chorean de noche.  Ni el nombre le van a dejar…
No le creía, por entonces. Y por entonces no lograba  entender por qué disparaba tanta desesperanza Y es que él vivía así, como hablaba. Sin Filtro.  Su texto de cabecera era “La Patria” de Cortázar y cuando nos encontraba a todos juntos en la esquina o en la canchita nos recibía con el mismo discurso : “Bienvenidos a la República de Peronia, compañeros. Acá, los gorilas no lo saben pero ellos, todos, también  son peronistas. Ni el nombre nos van a dejar….”
Nunca encontré respuesta al por qué desapareció de esa forma. Sin dejar rastros, sin una señal, sin un dato dónde ir a buscarlo.
Necesité  muchos años, para entender qué no fue ni iba a ser el único en desaparecer. De aquellas calles ya no queda nada. De aquellos sueños menos. Ni los obreros poblando las tardes, ni pibes queriendo fugar de su destino, ni la esperanza de un país mejor que poblaban las discusiones con Lascana.
Lo sigo buscando hoy para darle la razón en tantas cosas… Hasta quisiera  proponerle otro tango de cabecera. Decirle que Yuyo verde, ya fue… Que el himno perfecto de Peronia, no lo escribió López y Planes, ni Blas Parera. Sino Catulo Castillo.  “Desencuentro”.  Y  es que  por aquellos días, donde se forjó esta realidad, la vida y la muerte transcurrían sin filtro. 

Sin Filtro - Improvisacion de Marcelo Lopez Feria Internacional del Libro Bs As

Sin consecuencia, sin herida, sin consuelo.
Sin sentido, con desprecio, indiferente a todo.
Asi pensaba que era la expresión de mis sentimientos, de mis ideas, de mis pareceres, de esas cosas que uno cree que son convicciones pero no son más que temporarios segmentos de opiniones deformadas con el tiempo, las experiencias mas o menos ciertas, mas o menos reales, que nos vamos atropellando por ahí.
Sin dolor, perfectas, quirúrgicas, profesionales y expertas, serian al final solo palabras, nada mas que palabras, como si vivir sin filtro fuera valioso.  Solo que finalmente todo en este mundo, en esta vida, en este recorrido sinuoso a un destino que se mueve como si fuera un blanco imposible, tiene la consecuencia marcada en la frente.
Yo creía que no había mejor, que no había consecuencia o que si la había solo se trataba de un valor perfecto, que superaba el dolor y la angustia, el mal momento y la tristeza, la decepcion y el enojo, Sin embargo aprendí viendo el resultado, el daño realizado, la sangre corriendo, que mis palabras, mis sentimientos, mis ideas, expresadas sin cuidado podían ser navajas echadas a volar en el aire espeso de una conversación, cortando la atmosfera, rompiendo tejidos, cortando huesos, sacando sangre destruyendo lazos.
Me quede así pensando, en que decir, en que hacer, en definitiva si decir lo que pensaba era un defecto, una virtud o una maldición difícil de conjurar. Decidi, o podría decir preferí creer que todo eso era nada mas que una maldición, un poder difícil de contener. Preferi callarme, preferí mentirme sabiendo que nada de lo que pudiera omitir tendría la minima consecuencia en lo que pudiera hacer.
¿Te acordas? Fue ahí… caminábamos por la rambla, mirando el río, fue ahí… unos metros mas alla del puesto ese que vendía flores donde deje de decirte lo que pensaba. No de mentirte porque nunca lo hice y aun sostengo que hay una diferencia, aunque lo niegues, aunque no lo creas, aunque pienses que diciendo eso, inclusive, te miento.
Ella me miro desde atrás del vapor de la taza de café. Me estudiaba como a la mariposa que están por clavarla en el telgopor, viendo si el alfiler le va a romper el ala, si se va a quedar quieta, si es mejor matarla primero. Ella se acordaba, pero no me lo decía, no quería decirme lo que yo ya sabia.
 Se que puede parecer absurdo o hasta extraño pero pasamos por el puestito de las flores, había sol y el aire estaba fresco, esa dicotomía extraña que tienen los medios tiempos, que no me gustan, que no me cierran. Caminábamos por ahí hablando de algo que no recuerdo.
El café se había enfriado. No me hacía falta tocar la taza, ni ponerle encima los labios, podía verlo en el humo que había desaparecido. Ella seguía mirándome, ahora estaba seguro de que pensaba para que había llegado hasta ahí, para que había aceptado la invitación, la propuesta de hablar de algo tan antiguo e inútil que solo alguien como yo podía recordar. La mire mirarme y sentí el mismo frio que se había apoderado de la taza.
Hablábamos de nosotros. Me dijo en un tono apenas audible, como quien le pega un empujoncito mínimo al juguete a cuerda que se trabo por viejo y herrumbrado esperando que siga caminando.
Reaccionaste tan fría, fuiste tan cruda… - segui diciendo- que me di cuenta, de una vez por todas que no podía mas seguir diciendo lo que pensaba, lo que sentía… ¿Te acordas?

Me miró, se acordaba.
Te dije apenas pasamos las flores que ya no podía dejar de quererte…
Me miró de nuevo como me había mirado esa vez pero ahora había algo mas ahí atrás. Podía jurar, si creyera en algo, que había un recuerdo, un arrepentimiento, una duda. Si me dijiste eso… - respondió sin que le preguntara- pero parece que al final… pudiste dejar de quererme, dejarme, olvidarme.
Nos quedamos callados.
Desearía haber podido, desearía haber podido decirle lo que pensaba, como era yo, antes, cuando decía lo que pensaba pero ya no podía… no podía dejar de quererla, no podía volver a decírselo.

Daniela y Marcelo en el programa La Guerra de Las Rosas con Mel Gordillo y Ari Dutari en Radio Las Rosas

domingo, 19 de mayo de 2019

Sin filtro - Improvisacion de Daniela Kaplan Feria Internacional del Libro Bs As

SIN FILTRO
Sábado y mi cabeza estaba llena de pensamientos. ¿Qué mejor que ir al parque a caminar? Así empecé mi primera vuelta. El día estaba hermoso, sol radiante y yo rodeada de árboles que me soplaron el primer aire de descanso de mi fin de semana.  A los pocos, poquísimos, minutos de comenzar a caminar, mi mirada fue directo hacia ellos: una pareja de abuelitos caminando, tomados de la mano, como novios. Caminaban sonrientes y regalando dulzura a cualquiera que se le acercara. Los miré. Nos encontramos en el camino yendo hacia direcciones distintas. Nos encontramos.  Al cruzarnos en el mismo punto del trayecto entrecruzamos miradas y seguí mi vuelta. Los pensamientos de la semana desaparecieron al instante y caminando imaginé un montón de historias posibles sobre la vida de los abuelitos enamorados. Me encantó soñar despierta mientras caminaba. Seguí caminando, ya sobre la segunda vuelta al parque, y los volví a encontrar. Esta vez no solo nos miramos, también sonreímos y, casi alejándonos, la abuelita se acercó y me pidió… una selfie. Jamás hubiese imaginado ese pedido. En verdad lo que ella quería hacer era aprender a sacar selfies. Como entendí de inmediato lo que quería le enseñé y… hasta salí en la selfie. Me encantó la onda de la parejita enamorada. Seguí caminando con alegría. Me regalaron esperanza, eso que en estos tiempos a veces pareciera ha perdido vida. Mientras recorría mi tercer vuelta al parque deseé que ellos no se hayan ido y pensaba si podría detenerlos para que me cuenten qué había sido de sus vidas y de sus historias para llegar así, tomados de la mano, a ese sábado bajo el sol radiante. La abuelita que ya sabía sacar selfies me miró llegar a un nuevo encuentro en la caminata. Y me miró con una mirada tan hermosa que dejé de dudar y allí fui. Directo a mi pregunta. “Disculpe señora, ¿a usted le molestaría que nos sentemos un ratito al lado del pasto a conversar? Lo cierto es que, desde que los vi tomados de la mano en la primera vuelta de mi caminata me despertó mucha curiosidad saber cómo llegaron a este sábado tomados de la mano…”… No alcancé a terminar la pregunta que la señora me interrumpió para tomarme de la mano y caminar hacia el banco más próximo. Mientras caminábamos me contó que se llamaba Olga y que su marido era Ramón. Me dijo también que Ramón tenía Alzheimer, de algún modo me advirtió que si su marido decía cuestiones poco comprensibles tenía que ver con esta cuestión. Olga era muy simpática, claramente estaba re contenta con mi pregunta y tenía muchas ganas de contarme su historia. Me contó que Ramón estaba alojado en un geriátrico cercano al parque y que ella iba todos los sábados a la misma hora a retirarlo para llevarlo a dar unas vueltitas o a tomar un café con tostadas con dulce de leche como le gustaba a Ramón. “¿y sabes por qué mijita voy todos los sábados a la misma hora?” La miré. “Te voy a contar”. “Con Ramón nos casamos hace cuarenta años. Formamos una familia hermosa, tres hijos maravillosos, vivíamos supuestamente en un hogar cálido y lleno de amor… lleno de amor hasta que me enteré que no era la única Olga en su vida. El señor tenía otra Olga a la que visitaba, con quien viajaba, paseaba, dormía y a quien le hacía un montón de regalos. Por un tiempo largo –aunque llena de enojo, dolor e impotencia- y hasta que pude me hice la tonta y la que no estaba enterada de nada hasta que ¡pude mijita, pude! Un día él llegó de “viaje de trabajo” y lo recibí con una valijita en la puerta de casa. No volvimos a hablar hasta pasados cinco años que nos reencontramos en el casamiento de uno de nuestros hijos. Y la vida, querida, da vueltas y vueltas. Aunque él tenía a otra Olga en su vida siempre sentí que ese no iba a ser nuestro final. Y estaba convencida que yo no iba a ser una cornuda  toda la vida. Así, sin filtro te lo digo. Era una flor de boluda y tenía el record guiness en cuernos. Y eso… me indignaba. Algo tenía que pasar, la vida alguna vuelta tenía que dar. Y bueno, acá me tenés. La otra Olga lo busca, lo visita y le lleva chocolates. Por suerte tenemos el mismo nombre entonces, los sábados, me quedo en el taxi, el taxista –un maestro- me hace el aguante, se baja diciendo que “la señora Olga lo espera en el auto” y me lo trae a Ramón. Lo agarro a los besos, lo llevo a pasear por el parque y, la verdad, aunque todos me hablan de una demencia, en el fondo y no tan fondo yo sé - y estoy convencida- que sus besos son de amor y sus caricias son sinceras. ¿Y a la otra Olga qué le digo? Que uno tiene que hacer siempre las cosas bien porque en la vida se cosecha lo que se siembra, sin rencor y sin ego, con la conciencia tranquila, haciendo el bien y dando mucho amor. Todo: SIN FILTRO”.

jueves, 16 de mayo de 2019

Tengo auto pero no me gusta manejar - Improvisacion de Marta DÁrguello


Listo, ya lo tengo totalmente resuelto, rompo el chanchito y me compro el auto que vi en la agencia de la vuelta.

Lleno todos los papeles y me sacan más guita de la que realmente esperaba poner, pero… ¡¡Tengo auto, carajo!!

Bueno, aquí estamos, de pie en la vereda, frente a un hermoso Gol y con sus llaves en mi mano. Abro la puerta y me siento la persona más poderosa en éste sector de la tierra. Observo el habitáculo admirando cada detalle como si no lo hubiera visto antes de decidirme por el modelo. Definitivamente estoy ganando tiempo para no accionar, de una vez, el mecanismo dentro de mí que me impide avanzar al siguiente paso.
 Envuelvo con mis palmas el volante y… ¡Mierda! Creo que me está por dar un pequeño ataque de pánico. Confirmado, lo estoy sufriendo y esto no me está gustando nada.
«Tranquilo, respira, vamos… inhala y exhala. Tomá y largá el aire en pequeñas bocanadas como si fueras un pez fuera del agua» me digo a mí mismo repitiendo las palabras de Marcos, mi terapeuta.
Una vez, dos veces… tres… No está resultando. Me bajo e intento recomponerme fuera del espacio reducido del coche.
No pasa nada. Saco mi celular del bolsillo y llamo a mi hermano de la vida.
―Nacho
―Ey, máster ¿Qué haces?― me responde sin notar que falta poco para que yo me muera de terror a pocas cuadras de su casa.
―Loco, necesito que me des una mano―le digo con un tono de súplica que ya le puede ir dando una muestra de lo que me sucede.
― ¿Estás bien?
―No― le respondo sin dar vueltas.
― ¿A dónde estás? ―es un hecho, mi amigo del alma me conoce más que a sí mismo
―Estoy a dos cuadras de casa, en la agencia de…
―¡¡Te lo compraste!! ―me interrumpe intuyendo lo que sigue.
―Sí― y me da vergüenza reconocerlo, pero debo admitir que mi “querer poder” pudo más que la razón.
―Macho, lo hablamos un montón. Después de lo que pasó la última vez…
―Lo sé, lo sé…perdón; creí que ya estaba preparado para intentarlo, pero…
― ¿Podes respirar? ―con solo oírme se da cuenta de mi estado. No le digo nada. Corto la llamada y me siento en el cordón de la vereda entre rueda y rueda… Con la mirada perdida en el color rojo brillante de mi auto… “Mi auto”
Meto la cabeza entre mis rodillas y el tiempo me cobija
 llevándome a un lugar muy lejos del fracaso que termino de experimentar.
― ¿Andrés? ― escucho la voz de Nacho en el mismo momento que el calor de su mano se deposita en mi hombro, lo que me trae al aquí y ahora.
―Te juro que creí que iba a poder, pensé que ya estaba preparado para manejar.
Se sienta a mi lado y, aunque me cuesta aceptarlo, el muy desgraciado comienza a reírse a carcajadas.
― ¿Se puede saber de qué mierda te reís? ―le espeto con bronca― Yo te llamo para que me ayudes porque estoy mal,
realmente deprimido por no poder concretar éste sueño, éste desafío que me he propuesto y otra vez me enfrento a un nuevo fracaso ―no hay caso, cada palabra que le digo, cada motivo que justifique mi pedido de auxilio, parece darle más gracia.
― ¡Qué increíble! Te juro que me mata lo cabeza dura que sos ―larga de repente intentando recuperar un poco de aire, secándose las lágrimas que caen como cascadas por su rostro.
¡¡Es el colmo, hasta está llorando de la risa!!
Me paro con ímpetu y poniendo mis brazos en jarra lo miro fijo. Luego de unos segundos revoleo mis ojos hacia el cielo renunciando, casi por completo, al poco orgullo que me queda. Solo me reservo el que rescaté cuando vendí el auto anterior sin poder hacer ni un solo kilómetro en él por mi miedo a conducir, y le digo:
―Ok, lo admito…―confieso buscando la llave y entregándosela― Pero conste que no es lo que parece ―me observa desde abajo a través de sus  cejas conteniendo otra explosión de risa y antes de que me retruque exponiendo el verdadero motivo de mi cobardía, le gano de mano con la excusa perfecta― Tengo auto pero no me gusta manejar.

Tengo auto pero no me gusta manejar - Improvisacion de Marcelo Lopez - Sabado 20


Cuando la llamamos por teléfono pensamos que podía ser un poco complicada, era una persona difícil, pero igualmente la llamamos. Atendio desde algún lugar de su casa, se escuchaba agua caer, algunos sonidos como si fueran de pajaros y lo que yo crei que era viento.
- Diga – Pregunto.
Me parecio tan demodé, tan antiguo el “diga” que me hice acordar a esas peliculas viejas en blanco y negro.
- ¿Susana?  Pregunte sin hacer caso al “diga”
- Si, diga- Insistio.
Se hixo mas fuerte el sonido del viento en la línea y escuche algo asi como un chapuzon, agua saltando, brotando.
Segui igual, como si nada.
- Susana… me dio tu teléfono Elvira, de la asociación… ¿te dijo que iba a hablarte?
Se hizo silencio, en realidad no se hizo silencio, seguía escuchando agua, viento, pajaros y cosas por el estilo. Pregunte de nuevo.
- ¿Susana?
- Si! ¿Qué pasa? – La respuesta me sono a broma.
- te decía que te llamo porque me dio tu teléfono Elvira…
- si, Elvira, de la asociación – me interrumpio.
Me estaba poniendo de mal humor. Lo que se suponía iba a ser una llamada simple, rápida, expeditiva se estaba conviertiendo en un suplicio. Busque fuerza y paciencia para seguir enfocado.
- diga, diga… ¿que necesita?
Intente no enloquecer.
- Te explico Susana. Estuvimos hablando con gente de la asociación respecto a un proyecto que tenemos, vamos a traer a la ciudad la obra de un artista catalán muy importante…
- Picasso – dijo Susana interrumpiendo.
- Picasso no era Catalan – tuve que decírselo.
- ¿Entonces no es la obra de Picasso?
- no, definitivamente, no. Te decía… vamos a traer la obra de un artista catalán y nos dijeron desde la asociación que vos eras la persona indicada para hacer la curadoria de la muestra, organizarla… ponerla en orden de exhibición digamos…
- ¿Yo? – pregunto ella, como si de verdad estuviera sorprendida.
- Si… vos –dudé- ¿no sos Susana Corti¡?
- ¿Disculpame pero vos me estas llamando de donde? No puedo creer que no sepas quien soy…
Deje de dudar, esta mujer estaba completamente desquiciada. Ya me había dicho un amigo que los artistas están todos un poco locos… “viene uno y te prende fuego todo en nombre del arte” me había dicho. Preferia que incendiara la muestra, la asociación, lo que fuera y no tener que remar con alguien como Susana. Respire hondo, movi los omoplatos hacia atrás buscando descontracturarme y segui.
- Susana… corti… me dijeron que vos sos la persona indicada pero si estas ocupada, en otra cosa o no estas interesada puedo llamarte después o buscar a otro.
-¡Como no me va a interesar organizar la muestra de Picasso!
La puta madre, pensé. Esta mujer esta desquiciada. Pensé en cortarle pero por un momento quise insistir, no darme por vencido. Si me habían dicho que era tan bueno, tan capaz, algo de eso debería haber en algún lado de una mente retorcida, complicada, destruida de alguna forma.
Obvié a Picasso, obvié el delirio y segui.
- Ok Susana, vamos entonces a avanzar. ¿Te parece que nos organicemos de alguna forma para explicarte el trabajo, las fechas e ir poniéndonos de acuerdo?
otra vez la línea se invadio de agua, pajaros, viento y sonidos que no podía reconocer. No pronuncio palabra. En el tiempo que llevaba envuelto en esta conversación de locos ya había aprendido a soportar casi cualquier cosa, asi que espere.
Segundos después la escuche hablar nuevamente.
- Dale, buena idea…
Espere que continuara, que me diera una fecha, una hora, que me dijera cuando podía, cuando no, algún dato, algo que me permitiera seguir adelante y darle una respuesta coherente, pero nada.
- ok. Te parece mañana, quizás por la mañana… yo puedo desde las 9 hasta la hora que digas…
Otra vez el agua, el viento, los pajaros, la nada misma.
- si, dale, está bien.
 ¿Qué está bien? – pensé para mí- la mañana estaba claro, pero que hora, donde…
- Mañana a las 9 si te parece en nuestra oficina. Te doy la dirección. Azcuenaga 2777 es a la vuelta de la asociación. ¿te ubicas?
- Si me ubico perfectamente. Yo me llego entonces mañana a esa hora y te veo ahí. – Sorpresivamente todo había cobrado sentido y ella ahora tenia un sentido lógico en lo que decía. Me dieron ganas de sonreir como si hubiera completado una misión difícil. Alguna de esas cosas que uno no cree que pueda lograr pero igual intenta. Como ser mas amable, ponerse mas en forma, sentirse alegre todos los días o tener mas paciencia.
- Te espero entonces mañana – reconfirme esperando una nueva digresión, algo que volviera todo a la locura del comienzo- Nos vemos Susana.
Agua otra vez, viento, mas ruidos…
- Perfecto – cerró y corté, con miedo a que si seguíamos hablando todo pudiera caerse a pedazos.
Me recosté en el sillón, en verdad me hice hacia atrás aliviado. Mire por la ventana y vi el graffity de la pared del frente, tenia una línea roja que se enroscaba en bucles sobre un fondo azul, nunca lo había advertido. Me asalto una duda y abri la notebook, busque el navegador y googlee: Picasso Biografia. Lo busque convencido de que no tenia sentido pero lo único que faltaba era que esta mujer tuviera razón en su locura. Internet me devolviio una respuesta al instante, como siempre, Picasso no era Catalan. Me recosté otra vez en el sillón. Sono el teléfono. Conteste. Agua, ruido, pajaros, sonidos extraños. Susana pensé. Se arrepintió intuí.
- ¿Susana?
- Si querido, sabes que no te dije algo…
- Decime, decime por favor…- esperaba cualquier cosa incluso que me discutiera que Picasso era Catalan.
- ¿Me mandas un remis?
Ahora yo me quede en silencio.
- Si…
- Es que tengo auto pero no me gusta manejar.
Otra vez me quede en silencio.
- Como Picasso, que tenia auto y tampoco manejaba – me explico.
Me quede callado, no sabia que contestarle, estábamos entrando en una faceta de la vida de Picasso que no podía discutirle, que no conocía y que no hubiera nunca pensado en averiguar. Toque la barra espaciadora de la computadora para que saliera de su negro letargo. Googlee otra vez. “Picasso auto manejar” la lista de cosas sin sentido se hizo interminable. EMpece a buscar en cada vinculo, en ninguno hablaba de que Picasso tuviera o no auto, de que manejara o tuviera chofer o no le gustara o cualquier cosa por el estilo.
- ¿Estas ahí? – Me pregunto Susana- Ahora ella me apuraba a mi.
- Si Susana disculpa que me demore… bueno te mando un remis entonces… ¿puedo hacerte una pregunta?
No hubo sonido asi que interprete que si.
- ¿Si no te gusta manejar para que tenes auto?
Otra vez agua, pajaros, sonidos, viento.

Lo que hace los ojos brillar - Improvisacion de Mirta Fachini - Viernes 19


Una suave brisa hacía ondear el cabello largo de la hermosa joven que observaba el horizonte de un paisaje otoñal. Los recuerdos del pasado volvían a su mente. Un ave pasó rasante sobre su cabeza y la distrajo. Una leve sonrisa se dibujó en su boca. La añoranza de un amor perdido volvió a provocarle tristeza.
Pensar que cuando ese día, Gustavo le dijo Te  amo, sus  ojos hablaron por ella. El brillo aumentó la intensidad del  celeste de sus ojos. Ahora, en ellos la tristeza profunda los había tornado grises.
 Cuántos momentos de intenso amor vivió a su lado. La vida los había llevado por distintos caminos. Al recordarlos, pensó que al menos había sido suyo y que lo importante era haber experimentado intensos sentimientos que  llevaría grabados en su corazón.
Entonces, sonrió, suspiró hondo y sus ojos lentamente fueron recobrando la alegría, porque lo que hace a los ojos  brillar es el amor, que si es verdadero, nunca muere. 

Lo que hace los ojos brillar - Improvisación de Marta D'Arguello


Mi día laboral ha terminado. Fue una semana algo rara. Compañeros  nuevos que se han sumado a la empresa, y otros, que de manera sorpresiva, se van para buscar otros rumbos. Todos parten de after office   al bar de la esquina con la excusa de improvisar una despedida. Me disculpo inventando un dolor de cabeza como salvoconducto para volver lo antes posible a casa.
 En fin, ya en el subte me distraigo observando los rostros de cada una las personas, adivinando lo que pasa en su interior. Por ejemplo el de la señora que está a mi lado. Ella tiene dibujada una sonrisa como si un recuerdo la llevara a un sitio muy agradable. En cambio el joven que está de pie, justo frente a mí, masculla entre dientes palabras inentendibles, mirando de vez en cuando hacia los laterales con el ceño fruncido,  atento a que alguien lo toque para quejarse e insultarlo liberando así parte de la bronca que alguna situación le ha provocado.
Solo dos paradas más en el recorrido y llegaré a mi lugar en el mundo, aquel en donde encuentro la paz que añoro durante las horas que debo permanecer fuera, separado de la única persona con la que quiero estar. Ella ya debe encontrarse allá.  Seguramente estará aguardando tan expectante como yo contando los segundos para nuestro reencuentro.
Dejo atrás la estación, devorando las cuadras rumbo a mi departamento.
El ascensor  se detiene y mis pies apuran la marcha ganando el pasillo a pura zancadas. Busco en el bolsillo de mi saco la llave, pero antes de encontrarla, la puerta se abre y la imagen más hermosa que pueda soñar, está de pie bajo el umbral, conteniéndose tanto como yo para no  correr a ese abrazo  esperado durante todo el día.
Me quedo inmóvil suspendido en esa pequeña fracción del minuto que nos separa. Inhalo la fragancia que invade cada uno de mis sentidos alterando la poca coherencia que me queda al verla. Mis hormonas chocan entre sí, pidiendo a gritos que la toque, que su piel despierte y reaccione ante el contacto esperado. Lo hago. Sin mediar palabra alguna mis manos toman su rostro enmarcando la perfección de sus facciones, dejando insulsa la definición de la belleza.
Su boca se abre como preludio del beso que el calor del tacto le transmite.  Me sumerjo en su interior improvisando una danza con nuestras lenguas, un cortejo preliminar de lo que viene…, lo que he deseado durante todo el día.
Me separo lo suficiente como para que lea en mi mirada todo lo que quiero a partir de éste mismo momento.  Sonríe. Lo sabe…
Entramos envueltos en nuestras propias fantasías. Aquellas que se renuevan de manera permanente desde que estamos juntos creando nuestro propio mundo, descartando cualquier cosa que nos impida expresar lo que sentimos.  En silencio me guía hasta el cuarto segura de que ella y solo ella, tiene lo que hace a los ojos, mis ojos, brillar…

viernes, 3 de mayo de 2019

Lo que hace los ojos brillar - Improvisación de Marcelo Lopez - Viernes 19

-No se.
-Me hablas en serio?
-Si, no se.
-Esta bien, no es que tengas obligación de saberlo pero se supone…
-Supones vos!
-Bueno, esta bien… yo supongo que tenes que saberlo…
-Si, si… pero no se.
Me di vuelta y me asome a la ventana, afuera llovia, mucho. Llovia fuerte y parejo como si fuera una cortina de agua, pero una cortina espesa que se pudiera abrir con las manos.
Podia ver detrás de esa masa de agua incesante que caia vertical por la ausencia de viento las dos islitas que cuando había sol se veian claras y cercanas. Ahora eran siluetas grises acechadas por la presión de un clima que se ponía cada vez mas intenso.
En estos climas tropicales las lluvias están tan presentes como el sol, van, vienen, aparecen y desaparecen sin que uno los espere y a lo mejor eso es parte de la magia del lugar, no saber nunca como seguirá el dia cuando amanece.
Segui mirando por la ventana. El mar estaba planchado, apagado y plano desde lejos pero si miraba la costa ahí donde moria la arena podía ver claramente como las olas ya no eran tan pequeñas, eran seguidas, intensas. Podia imaginarme el agua ahí ,mas adentro, en donde solíamos nadar, agujereada en microsegundos con cada gota que caia desde la inmensidad de un cielo borroso.
Me di vuelta para seguir la conversación aunque verdaderamente no tenia ganas. Si no continuaba con esta conversación inultil no iba a poder librarme del peso de esta cosa sin sentido.
-La verdad es que quizás en algún momento lo supe pero después me olvide.
- Te olvidaste? Como pudiste olvidarte?
- Que se yo.. me olvide o elegi olvidarme… la verdad no me importo demasiado…
-Nada, nunca, te importo demasiado
- Me causa gracia. No podes decirme a mi que nunca nada me importo demasiado… justo a mi…
Ella se levanto de la mesa y se acerco a la puerta que daba a la galería. Si no hubiéramos estado en medio de una discusión tan trascendente, tan importante, me hubiera tomado la licencia de pensar que estábamos jugando. Hablabamos, tirábamos dos frases y nos íbamos a la ventana o a la galería a buscar el aire fresco de la lluvia como cuando los boxeadores vuelven a la esquina. Me gusto la idea y se la dije, aun a riesgo de que todo empeorara, pero igual ya no me importaba.
-Sabes que?
Se dio vuelta mirándome desde la galería suponiendo que iba a decirle algo importante, algo que tuviera algún sentido con lo que estábamos hablando.
-Que?
-Parecemos dos boxeadores…
Se quedo mirándome, ya sabia que ese iba a ser el resultado.
- Sos pelotudo?
Me rei, no pude evitarlo.
-Y encima te reis? – me cuestiono nuevamente
-Es que si te fijas bien, tiramos dos frases, como si fueran trompadas y nos volvemos al “rincón” a la ventana, a la galería, mirando el mar…
-Definitivamente sos un pelotudo… yo te hablo de algo seria y vos me salis con eso?
Me volvi a la mesa, me sente de nuevo mientras la veía venir de la galería. Desde ahí podía verse el primero de los techos de la casa, de tejas rojas, ahora oscuras por la lluvia, mas abajo las plantas, el deck, el techo pequeño del quincho y un poco mas abajo la arena de la playa. Al fondo como siempre las islitas, apenas afuera, flotando, ahora en el gris que todo lo uniformaba.
- Podemos seguir con esto?
le dije que si con la cabeza y aunque no me miro, siguió hablando.
-Asi que no te diste cuenta? Bueno igual a mi no me molesta porque en definitiva fue culpa tuya.
- Mia? – La miré extrañado. Hubiera preferido levantarme de la mesa y salir a mirar el mar otra vez  pero por educación me quede donde estaba,
- Si, tuya… fue idea tuya venir a vivir aca
-Pero no fue idea mia que empezaras a salir con Sergio.
Se quedo callada, ahí parecio que había pegado una buena piña, pero como toda mujer se levanto de la lona y busco la forma de devolverme el golpe.
- Hubieras hecho algo…
Ahí si, me levante de la mesa y me fui a la galería. Ahora el agua caia pero mas suave como si hubieran cerrado la canilla y estuviéramos recibiendo lo que quedaba en la cañería.
- Hubieras hecho algo – repitió mientras me iba.
- Hice, hice…
La sentía mirarme desde atrás, desde la mesa. Ahora las islitas se iban poniendo mas definidas, en hd como dirían los chicos. Respire hondo. Es tan placentero el aire húmedo, el aire que flota después de la lluvia. Ella seguía atrás mirándome dura esperando que le dijera que había hecho.
- Que hiciste? Decime… a ver, que hiciste?
- Primero que nada me hice bien el boludo… - y no pude evitar reirme de nuevo.
- Siempre te salio tan bien…
- ves! Siempre me encontraste meritos en algún lado!
Ahora ella se levantó de la mesa y se acercó a la galería, los dos nos quedamos mirando las islitas, que se veian hermosas en el medio de ese aire ahora tan limpio, el mar se había calmado tanto que parecía un pedazo de tela soplado desde lejos, el sol se asomaba entre las nubes que se iban rindiendo. Las plantas estaban lustrosas, la arena peinada como por la mano de un gigante.
- Fue idea tuya – repitió ella mirando el mar, sin mirarme a mi.
- Es que no podes negarme que esto es en definitiva lo que hace los ojos brillar…
Me quede mirando el infinito azul, las dos islitas, el sol timido saliendo.
Se quedó muda.
- En eso tenes razón…
Me sorprendio, en un acto que no esperaba me dio la razón en algo. Casi me enternecio, me hizo olvidar lo que estábamos discutiendo, aunque verdaderamente discutíamos porque ella quería, porque ella buscaba en esta discusión una razón que la dejara tranquila, que la dejara contenta, que de alguna forma justificara que se iba con Sergio. Para mi no había nada que discutir, no había nada que justificar, pero como no podía con mi genio tenia que darle apoyo, una vez mas, aunque mas no fuera para que se sintiera bien al dejarme.
Se dio vuelta, salio a la escalera de piedra que llevaba a la calle. La escuche encender el auto, hacer marcha atrás, voltear un par de conos de plástico y salir despacio. Me quede mirando las islitas, el mar, el sol, la arena que me llamaba desde ahí abajo. Estaba convencido de que había hecho todo lo que había podido, que probablemente fuera poco, para quedarme con ella, para que no se fuera con Sergio. Quizas había hecho mas por venir a vivir aca… pero no pude evitarlo, puesto a elegir, hacia rato que me había dado cuenta que ese lugar, ese paisaje, ese sol pintando colores eran lo que hacia mis ojos brillar y ya se sabe, aunque no se ejercite, eso ¿es lo único que merece un esfuerzo en esta vida.

#InspiradosEnCasa 2da Edición - Daniela Kaplan - 10 de Abril 2020

#InspiradosEnCasa Tema: Una Copa Vacía Escribe: Daniela Kaplan Pinta: Carlos Vidal Aguirrebengoa UNA COPA VACÍA Estaba desesperado del ...