InpirARTE Expolibro
SALTA 21/09/19
Escribe:
Marcelo López
Pinta: Joaquín
Robino
Tema: Una
manzana en el camino
Subí al auto
apurado. Se me hacía tarde. En realidad ya “era” tarde. Habíamos quedado en
encontrarnos a las 3 y 15 y mirando el reloj me di cuenta, antes de salir, que
ya era esa hora que habíamos pactado. Me quedaban a lo sumo 20 minutos de
camino, no había forma que pudiera cubrir los 30 kilómetros que me separaban de
mi reunión. Puse el GPS esperando que milagrosamente me diera un camino que
acortara lo que yo ya sabía que era imposible. Uno, a veces, sabe que hay destinos,
situaciones, que no tienen retorno pero igualmente se empecina en tratar de
torcerlas. Es como si con ese pequeño acto calmáramos la conciencia y de alguna
forma nos sintiéramos mejor.
El GPS no hizo milagros, era un aparato, nada más.
Me subí al auto, puse primera, me ajuste el cinturón mientras salía y acelere a fondo. Sonó la bocina de un camión que no había visto, no le di importancia, estaba apurado y no quedaba otro recurso que apretar el pedal hasta que casi sintiera que la última posibilidad era perforar la chapa.
Habían pasado apenas dos minutos pero los sentía como si fueran horas. Me imaginaba a la gente del directorio esperándome, sentados en la sala, en la mesa de vidrio enorme, el aire acondicionado prendido, los trajes ajustados, los vasos de agua y la jarra impecables sobre la bandeja de plata que siempre tenían. Me imaginaba al viejo Sanchez, el dueño, moviendo de un lado a otro el encendedor de plástico que llevaba siempre, aunque fuera multimillonario, de un lado a otro hasta que lo tiraba al suelo, se levantaba y se iba de la sala terminando todo y ese todo era mi contrato, para siempre.
El GPS no hizo milagros, era un aparato, nada más.
Me subí al auto, puse primera, me ajuste el cinturón mientras salía y acelere a fondo. Sonó la bocina de un camión que no había visto, no le di importancia, estaba apurado y no quedaba otro recurso que apretar el pedal hasta que casi sintiera que la última posibilidad era perforar la chapa.
Habían pasado apenas dos minutos pero los sentía como si fueran horas. Me imaginaba a la gente del directorio esperándome, sentados en la sala, en la mesa de vidrio enorme, el aire acondicionado prendido, los trajes ajustados, los vasos de agua y la jarra impecables sobre la bandeja de plata que siempre tenían. Me imaginaba al viejo Sanchez, el dueño, moviendo de un lado a otro el encendedor de plástico que llevaba siempre, aunque fuera multimillonario, de un lado a otro hasta que lo tiraba al suelo, se levantaba y se iba de la sala terminando todo y ese todo era mi contrato, para siempre.
Acelere sin
importarme las multas que pudiera recibir, ya habría tiempo para pagarlas o
tratar de evitarlas. Acelere sin pausa hasta que el marcador del velocímetro me
mostro una aguja que vibraba intensamente entre el “8” y el “0” de los 180 kilómetros
por hora.
Era un pelotudo. Me había quedado haciendo nada, enganchado en una conversación sin sentido con el vecino de mi oficina. Una conversación cualquiera que podríamos haber tenido en otro momento pero que por alguna razón preferí tener en ese preciso instante. ¿Sería que de una u otra forma tenía una capacidad innata en arruinarlo todo como decía Laura? Preferí pensar que no, que simplemente era un pelotudo.
Era un pelotudo. Me había quedado haciendo nada, enganchado en una conversación sin sentido con el vecino de mi oficina. Una conversación cualquiera que podríamos haber tenido en otro momento pero que por alguna razón preferí tener en ese preciso instante. ¿Sería que de una u otra forma tenía una capacidad innata en arruinarlo todo como decía Laura? Preferí pensar que no, que simplemente era un pelotudo.
EL tiempo se
esfumaba, se volaba intenso y yo imaginaba al viejo Sanchez hablándole a los
hijos y al administrador que usaban para todo, decirles que averiguaran donde
estaba Ramírez, o sea donde estaba yo.
Me sonó el teléfono. Mire de reojo, era el teléfono de la empresa de Sanchez, no lo tenía agendado pero lo conocía de tanto marcarlo.
?Que le digo? Pensé. Si le digo que estoy demorado seguramente se vuelvan locos, son millonarios y con eso creen que tienen comprado el resto del mundo. Si les digo que pospongamos la reunión me van a decir que directamente no vaya nunca más. Opte por lo más simple, no atender.
Me sonó el teléfono. Mire de reojo, era el teléfono de la empresa de Sanchez, no lo tenía agendado pero lo conocía de tanto marcarlo.
?Que le digo? Pensé. Si le digo que estoy demorado seguramente se vuelvan locos, son millonarios y con eso creen que tienen comprado el resto del mundo. Si les digo que pospongamos la reunión me van a decir que directamente no vaya nunca más. Opte por lo más simple, no atender.
Me asegure
de que el auto siguiera sufriendo los 180 kilometros por hora que le exigía y
que no se cruzara nada en mi camino. El GPS, con esa voz femenina, española,
agotadora me dijo que quedaban “ 4 minutos para llegar a su destino”, no eran
tanto, pensé. Quizás ellos también estaban demorados y yo no lo sabía. Mire
sobre el asiento del costado y vi la manzana que me había comprado temprano, una
manzana para el camino, cuando todavía tenía planeado llegar a horario, ir
despacio, no ser un pelotudo o un fracaso como dice Laura. Mire la manzana y
con cuatro minutos por delante decidí que era mejor llegar y ser despedido con
el estómago lleno que con hambre. Estire el brazo derecho mientras buscaba la
fruta, los ojos bien puestos sobre la ruta. Una pequeña curva, una lomada, la
mano que no encontraba la manzana, una recta bajando al fondo, el velocímetro
en 180 y mi mano que sintió con dos dedos la presencia de la manzana, intente
agarrarla pero no pude, mire de reojo y la atrape. Al árbol apenas lo vi. Sentí
los golpes de las ramas en la carrocería, los vidrios estallando y un instante
de silencio aunque la radio seguía funcionando. Me vi volar, con el auto, por
sobre un alambrado, girando en el aire dejando solo despojos. La manzana en la
mano, el auto destrozándose, mi brazo con dolor, la mano igual. Después solo
una tormenta de tierra que me perseguía me paso por encima, después quietud,
silencio, dolor en algunas partes de mi cuerpo que todavía no podía precisar.
Mire a todos lados, estaba en el medio de algún campo con el auto pulverizado,
pero vivo. Pensé en el viejo Sanchez, ya no estaría esperándome, igual era
imposible llegar ahora. Pensé en la manzana que había comprado para el camino,
por alguna estúpida razón aun la tenia en la mano. Pense en Laura y en que
tenia razón, como siempre, no había otra opción que confirmar que yo, era un
pelotudo.
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