martes, 22 de octubre de 2019

10 de Agosto - Restaurante Nordico - Marcelo Lopez

InpirARTE Nordico 10/08/19
Escribe: Marcelo Lopez
Pinta: Pam Fir
Tema: Cuanto tiempo pensé lo mismo
El televisor estaba prendido, sonaba de fondo como si fuera música aunque no lo era. Habia algo, un programa, un evento, cualquier cosa, no importaba. Las persianas estaban entreabiertas apenas, la luz del sol amaneciendo entraba de costado como cuchilladas en la penumbra de la habitación. Todo era quietud, no había movimiento alguno, el silencio que de vez en cuando inauguraba una pausa del televisor dejaba escuchar una gota persistente que caia de una canilla alta, seguramente de la ducha, en el resumidero metalico oxidado. Afuera apenas había movimiento, era una calle lateral, de un barrio periférico, unos cuantos arboles, casas diseminadas entre baldios eternos, apenas el viento, casi nadie caminando, algún perro ladrando entre bostezos a una moto que pasaba despacio sufriendo el peso de tres personas.
Yo escuchaba todo, selectivamente, uno a uno cada movimiento, cada sonido, escuchaba todo desde la cama. Me había despertado hacia un rato pero contrariamente a mis instintos naturales no me había levantado como un resorte al sonar el despertador, no me había puesto de pie puteando con el sonido de la campanilla del teléfono que imitaba, tristemente, al despertador que alguna vez había tenido. Escuchaba todo, las voces en ingles del televisor, el tic…tic… de la gota, el perro ladrando, la moto acelerando apenas, casi imposible, el viento sacudiendo unas hojas que seguramente serian verdes y frescas. Queria seguir durmiendo o en realidad quería evitar despertarme, aunque ya lo había hecho, pero enigmáticamente no podía despegarme de cada uno de los sonidos que ahora también habitaban mi cabeza. Mire la mesa de luz. Estaba la botella de agua vacia que había dejado anoche, la copa de vino que estaba roja de tanto ir y venir, un pañuelo arrugado, el cargador del teléfono, una pastilla rosa que era para algo que ya no recordaba. En esa ventana, la mia, la de la habitación, también entraba el sol pero no ya como cuchillas sino como un fino papel invisible que se desparramaba por el suelo. Me resisti unos minutos, inmóvil como estaba tapado hasta el cuello con la sabana celeste que me habían regalado cuando me mude ahí 12 años atrás, el acolchado blanco que mantenía impoluto en viajes constantes al laverap. Seguia firme la gota cayendo en la ducha. No solo la escuchaba, de alguna forma también podía verla, formarse transparente y a la vez brillantes, crecer hacia abajo tomando una forma redonda que la gravedad terminaba por cortar de cuajo para hacer que se estrellara en el suelo mojado de mas gotas muertas. El televisor seguía andando, lo había dejado asi en algún momento de la madrugada cuando me traslade del sillón del living hasta la cama en una ruta inconsciente. No se que canal estaba puesto, probablemente cualquiera, el ultimo que el zapping involuntario y mecanico me había permitido. ¿Que habré pensado en ese momento final? ¿Habre pensado en ir al baño y volver? ¿ En ir a la cocina a buscar algo para comer, algo para tomar, quien sabe? No importaba. La cuestión es que el televisor seguía vivo.
Tenia una idea en la cabeza hacia mucho tiempo, demasiado tiempo. Se me había ocurrido que en algún momento iba a dejar de hacer lo que hacia por obligación, que eran muchas cosas, no solo el trabajo, pero especialmente el trabajo, pagar los impuestos, responderle a la gente, ser amable, sonreir sin ganas, esperar respuestas coherentes, creer en el futuro, pretender que los buenos ganan y que al final triunfamos. Cuantas veces pensé lo mismo…
En la vida las cosas finalmente suceden si las empujamos, las cosas pasan si las buscamos, si la empecinada fe que las promueve se decide a empujar hasta el final y de alguna forma insistir hasta que la piedra caiga, el sol salga o la suerte responda. Cuantas tiempo pensé lo mismo… y ese día me había propuesto, por alguna forma clásica de hartazgo, por una necesidad imperiosa de no esperar más a definirme de una vez por todas y poner en práctica eso que tanto tiempo había cargado en mi cabeza como un mantra, como un bollo de papel en un rincón.
La gota de la canilla seguía precipitándose a la ducha, una, tras otra. EL televisor parloteaba de fondo en un ruido insistente y anodino. En la calle un par de autos se habían sumado al tráfico escuálido de la mañana. El perro ya no ladraba.
Durante mucho tiempo ,como había dicho, había tenido en la cabeza la necesidad de cortar con todo y romper con las cadenas invisibles que la sociedad, las responsabilidades, la educación, las buenas costumbres, la iglesia, la tradición habían creado en nosotros solamente para enlentecernos el paso, cortarnos las alas, domesticarnos, tenernos quietos, sumisos, como una gran madeja de cadenas sosteniéndonos sin poder avanzar, convirtiéndonos en eso que eramos hoy. Un puñado de entes que se mueven, vienen y pasan. Hoy me había decidido a poner en practica de alguna forma lo que hacia tanto tiempo venia pensando.
La gota de la canilla seguía pegando en el resumidero oxidado, redonda, lagrimal, triste, final.
Me levante de la cama, fui hasta el lavadero y abri violentamente uno de los cajones, revolví todo, tirando al piso la mitad de las cosas, encontré el martillo enorme de mi abuelo, abri la puerta del baño y le di tan fuerte a la canilla de la ducha que volo hasta pegar contra los azulejos. Un chorro de agua exploto cambiándose por la gota antigua. Cerre la puerta del baño. Fui a la habitación y comencé a vestirme. La canilla de mierda, la gota insoportable habían pasado para otro dia la rebelión que me tenia prometida, me puse la camisa de la empresa, busque la chaqueta y asi, sin afeitarme ni lavarme los dientes Sali a la calle a seguir arrastrando la telaraña de cadenas que me tenia sujeto, hasta que otra mañana, otro dia de sol, pudiera hacer 

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