martes, 22 de octubre de 2019

22 de Septiembre - Feria del Libro de Cordoba - Marcelo Lopez


InspirARTE Feria del Libro y el Conocimiento 2019
Escribe: Marcelo Lopez
Pinta:  Pam Fir
Tema: Palito de la Selva
Mi mamá odia a la gente grande que come chicles con la boca abierta. Una combinación muy precisa. Gente grande, lease mayor de 50. Come chicle, o sea no caramelo, no mentitas, quizás también le molesten los que comen chupetines, pero eso no lo se. A mi el chupetín me hace acordar a Kojac. Y con la boca abierta se entiende por masticar haciendo ruido. No se porque me acorde de eso hoy. Estaba por cruzar General Paz del lado de Rigar´s y me quede parado en la vereda repleta de papeles y chicles pegados en el suelo, quizás haya sido eso. La cuestión es que espere el semáforo para que cortara el trafico de la avenida y crucé. Camine por la vereda con sentido a Dean Funes. Tenia que llevar una carpeta hasta un departamento frente a la Legislatura. Era enero, hacía calor, de esos calores que cuando estas en el centro te hacen desear una pileta como si fuera agua en el desierto. Los ómnibus pasaban rápido y si prestabas atención se sentía el sonido de las gomas pegadas en el asfalto y su correspondiente “despegada” al girar. Subí por la General Paz hasta llegar a Dean Funes, doble a la izquierda y camine despacio evitando la gente que iba y venía, la mayoría escribiendo en sus teléfonos, atrás había quedado el tiempo donde podría haber dicho “hablando por teléfono”, ahora todo era inmediato, instantáneo, como el café, como la sopa, como los ñoquis, la fama, la desgracia, la miseria y la fortuna… bueno, en realidad si algo no se había logrado hacer instantáneo, ni masivo, ni nada, era la fortuna. Camine por Dean Funes hasta llegar a la legislatura y me fije en la numeración. Mi destino era la galería de al lado, la de las librerías de libros usados, la del mármol gris. Entre buscando el ascensor. Apreté el botón que se puso rojo como si me tuviera bronca.
Espere. Pasaron una buena cantidad de segundos hasta que empezaron a moverse las luces que indicaban los pisos, alguien seguramente lo había tenido parado en algún lado. 7,6,5,4,3,2,1 y finalmente la luz en planta baja. Llego, nadie dentro. Abri la puerta blanca y corri después la puerta esa de metal que le dicen “tijera” que tanta impresión me da pensando que podría agarrarme un dedo o la mano entera. Aprete el 3. Salimos lentamente, subiendo hasta llegar al 3er piso donde en un pequeño movimiento.  Sali al pasillo oscuro, busque a tientas el botón para prender la luz, lo alcance y se hizo la iluminación en el pasillo oscuro, que siguió ahora tenuemente iluminado, busque el departamento A. Contrariamente a lo que había supuesto estaba del otro lado de donde me había bajado, camine ahí. Golpee la puerta, todavía soy de los que golpea la puerta. Una generación intermedia entre los que aplauden y los que tocan el timbre. Nadie. Volvi a golpear y esperar. Nadie. Evolucione en mi sistema de anunciarme y toque el timbre que sono fuerte. No había dudas de que funcionaba. Nadie. Nada. Ni un ruido. Me fije en la caja que llevaba, prolijamente cerrada, envuelta en papel madera, cerrada con cinta ancha. La dirección era esa, el numero del piso el 3 y el departamento el A. No había errores en la ubicación asi que insisti. Esta vez fue primero portero, que volvió a sonar fuerte y ronco. Despues fue la mano golpeando la puerta y haciendo sonar la madera. Nada de nuevo. Espere unos segundos mas pensando que era lo que correspondia, por educación.
No tuve resultados, había cumplido con la educación y las buenas costumbres asi que tome el picaporte y probe, por las dudas, si estaba abierto. Estaba abierto. No supe que hacer. ¿Abrir? ¿Dejar cerrado y volver a tocar el timbre? Lo pensé, de nuevo. Tenia la fantasia de que alguien pudiera molestarse, ponerse violento, del otro lado de la puerta si yo abria de repente, invadiendo su hogar, su casa, su privacidad. EL argumento de la caja no me parecía suficiente. De todas formas tome de nuevo el picaporte y contrariamente a mis dudas y mis miedos abri la puerta, tímidamente primero, esperando que quien estuviera del otro lado se diera cuenta y en un gesto amable yo pudiera justificarme diciendo que “estaba abierta”. Abri despacio, un poquito, otro poquito, un poquito mas, hasta que estuvo abierta del todo y me dio cierto pudor. UN pudor absurdo, pero pudor al fin, como si entrando a esa casa yo mostrara algo mio aunque fuera al revés. Me quede entonces parado en la puerta, ahora abierta, mirando un living enorme, lleno de muebles y con la ventana abierta que hacia flamear una cortina nueva, blanca y flotante. EL aire que entraba era caliente como el de afuera, caliente como ese que te hace tener “sed” de una pileta, en enero, en cordoba; pero ahí era un poquito mas agradable. Me puse la caja bajo el brazo con cuidado, no sabia que había dentro, hacia un par de días que trabajaba en esa empresa de seguros, hacia un poco de todo, muchas veces nada porque se olvidaban que me tenían. Me puse entonces la caja bajo el brazo y avance por el living. Un par de revistas prolijamente acomodadas en la mesita ratona, dos portarretratos metálicos con fotos de un hombre de bigotes y una señora muy rubia. Los sillones estaban prolijamente ubicados, todo en el mas absoluto silencio.
- Buenas…- Dije tímidamente.
Nada, como antes, como con la puerta. Segui avanzando y sobre una mesa chicquita que decoraba el pasillo había un palito de la selva. Volvi a acordarme de mi mama y su odio intrínseco por la gente que come chicle y al mismo tiempo me excuse con ella y su memoria. Era un palito de la selva no un chicle. Segui camino timido por el pasillo. Una foto enorme de la señora super rubia y el señor de bigotes. Pase el baño, vacio y prolijo. Llegue a la puerta de lo que supuse seria la habitación. Golpee despacio ahora, como si fuera que la proximidad nos daba mayor intimidad. La puerta se movio y entonces con la confianza que me había dado la puerta de ingreso la empuje hasta que estuvo completamente abierta. En la cama estaba la señora rubísima, desnuda, con un disparo en la espalda. Al lado, como si estuviera abrazándola eternamente un señor, que NO tenia bigotes, pero si dos tiros en el pecho. Me quede petrificado. Casi se me cae la caja. La sostuve como pude y pensé rápidamente en que hacer. Busque el teléfono en mi bolsillo, lo saque, pero dude. Volvi a guardarlo. REcorri los metros del pasillo buscando la salida, todavía en shock. Llegue al living y me detuve, volvi al pasillo, infantilmente, tome el palito de la selva abandonado, deje la caja en el piso y Sali corriendo. No llame el ascensor, no espere que me abrieran, corri las escaleras hasta llegar abajo donde recupere un paso tranquilo como se supone que debe hacer uno para no llamar la atención. Sali de la galería despacio y me abrazo el calor de enero, ese que te hace tener sed de una pileta como si fuera el desierto. Mire a los dos lados, nadie me seguía. Camine a plaza san martin y me tome el 28 que llego justo. Me merecia ir a la pileta y olvidarme de ese trabajo de mierda donde por mas que hiciera lo imposible nadie se daba cuenta de mi existencia. 

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