martes, 22 de octubre de 2019

30 de Mayo - Selecta Macro Rio Cuarto - Luis Carranza Torres


InspirARTE 2019
Banco Macro – Río Cuarto
30 de mayo de 2019
Escribe: Luis Carranza Torres
Pinta: Carlos Vidal Aguirrebengoa
Palabras: felicidad – cielo – contexto – fortaleza - tolerancia

Echar fuera al Ello
Rodó por la cama, todavía con la ropa puesta de la noche anterior. Acababa, ese día, de rendir la última materia de psicología. Él también. Ella se había animado quedar a su lado, en un festejo de grupo mucho más amplio. Y se animó aún más, a seguirla solos cuando se aburrieron del resto.
Ella era una persona de metas simples. Su felicidad era haber terminado de cursar. También, su cielo. Él parecía ir también por ese lado.
Pensó, esa noche, varias veces, por qué no había estado más atenta a las señales de ese chico que le gustaba desde el primer día. Sobre todo, cuando él le confesó, todavía fingiendo ambos ser parte del grupo, que nunca se había terminado de decidir a proponerle algo. Descubrieron entonces, ambos, que se habían contemplado por años a la distancia, sin tener noción que al otro le pasaba lo mismo.
En el fondo, no era raro que se atrajeran. Una y otro no encajaban mucho con el resto, aunque siempre buscaran disimularlo. Jóvenes parcos, correctos, en la facu. Pero nada que ver. Simplemente tomaban distancia de ciertas situaciones y, en particular, de ciertas personas. Trataban de pasar desapercibidos, de cumplir solo con lo imposible de zafar de los mandatos sociales para luego poder, discretamente, ser como querían ser.
Como ella había descubierto desde hace tiempo, y se lo dijo a él en esa charla bajo las estrellas, mientras la acompañaba a su departamento, todo depende del contexto. Quien se adapta a eso, triunfa y quien no, va contra corriente hasta caer por alguna cascada de la vida. La tolerancia no existe mucho en realidad, en particular en aquellas sociedades que las declaman.   
Ahora, en la mañana siguiente a todo eso, ella se sentó en el borde de la cama. Todavía buscaba reaccionar del todo. Recomponer qué pasó luego de esa caminata y esa charla de dos.
Iba poco a poco, con dificultad, pudiendo mantener levantados los párpados de los ojos y enfocar la vista. Estaba en su cuarto, estaba en la cama de plaza y medio. Por entre las cortinas de la ventana, se filtraba la luz tenue de la primera mañana. Pero lo que más la asombró fue el hecho de constatar que no se hallaba sola. El seguía allí, tan vestido como ella.
Más allá, después del vidrio había un cielo oscuro, encapotado. Perfectamente a tono con las dudas que llevaba en el alma. Todavía sin poder dar forma a los hechos pasado, supo cuales habían sido las intensiones en el alma, para hacer lo que hubiera hecho.
Había querido probar los límites, ver hasta dónde puede llegar. Pero también, hacerlo sin ser juzgada o descalificada. Olvidarse por un rato de ese Super Yo y ver qué pasaba con eso.
Se volvió al otro lado, a mirarlo. Le encantó verlo ahí, dormido, aun terminando de armar por qué estaba en ese sitio. Por alguna extraña razón, que él estuviera en su cama, no la inquietó demasiado. Intentó recordar, otra vez, con la boca ácida, la noche anterior. Los recuerdos, perezosos, incompletos, empezaron a cobrar forma. Había tomado algo de más. Tal vez, más de lo razonable para ella a juzgar por la resaca que la poseía en esa mañana.
Al fin, pudo armar la secuencia mental de cómo se habían dado las cosas. Todo había sido era un carrusel vertiginoso. Habían jugado a quien tomaba más, una pendejada. Quien le ganaba al otro en eso de vaciar el vaso. La fortaleza menguó poco a poco, hasta terminar por evaporarse. Terminaron borrachos sobre la misma cama. Quebraron, en la forma más tonta, varias reglas no escritas entre ellos. Compañeros desde el primer año, nunca se habían animado a lograr algo más. El uno no se sentía mucho para el otro, y viceversa.   
Es que en el festejo del último examen descubrieron que los dos tenían una misma asignatura pendiente con el otro. Una que no figuraba en la curricula de la carrera, sino de la propia vida.  
No había pasado nada de nada, salvo por la borrachera. Demasiado vestidos para eso. Encima, le quedaba una jornada por delante rumiando el cuerpo a ritmo lento y molesto, los excesos etílicos de la noche. Pero ella no se arrepentía de nada y, como observó cuando despertó, él tampoco. No había vergüenza sino risas, cuando entre los dos armaron los que les había pasado.
Se sentía en el aire, al hacerlo, una complicidad entre ambos, en reemplazo de la anterior timidez y ansiedades reprimidas de la noche. Supo entonces, ella, comprendió también él, que habían hecho lo correcto. Esa pendejada de tomar cuando usualmente no tomaban en absoluto. De tomar y tomar, fue el modo de liberar todo el Ello de ambos y que fluyera la cosa. Esa era la filosofía de ella. Y, al parecer, la de él también.
Estaban felices, por varias razones. Por fin se habían acercado. De la forma más tonta, pero acercamiento al fin. No sería la última vez que se vieran, aunque no tuvieran que cursar nada más juntos. El camino a la felicidad a veces tiene unos extraños primeros pasos. Como en el caso de ellos.     
Descubría, esa novel psicóloga, a un tris de salir de estudiante a profesional, que la vida no era seguir reglas sino atreverse. Que dejar pasar el tiempo indecisa solo conducía a los mayores bolonquis por dentro. Que el destino no siempre es árido. A veces, nos salva de caer en dolorosas omisiones en el último minuto.
Por eso sonreía ella, por lo mismo que sonreía él. Por descubrir a tiempo lo tontos que habían sido y poder haber puesto las cosas en el carril correcto.
Por poder haber desterrado esa oscuridad que a veces nos niega ser lo que ambicionamos.
No era poco para un primer encuentro. Y se trataba de algo inmejorable para pensar en cómo seguir construyendo esa locura, juntos.


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