InspirARTE 2019
Banco Macro – Río Cuarto
30 de mayo de 2019
Escribe: Luis Carranza Torres
Pinta: Carlos Vidal Aguirrebengoa
Palabras: felicidad – cielo – contexto – fortaleza
- tolerancia
Echar fuera al Ello
Rodó por la cama, todavía con la ropa
puesta de la noche anterior. Acababa, ese día, de rendir la última materia de
psicología. Él también. Ella se había animado quedar a su lado, en un festejo
de grupo mucho más amplio. Y se animó aún más, a seguirla solos cuando se
aburrieron del resto.
Ella era una persona de metas
simples. Su felicidad era haber terminado de cursar. También, su cielo. Él
parecía ir también por ese lado.
Pensó, esa noche, varias veces, por
qué no había estado más atenta a las señales de ese chico que le gustaba desde
el primer día. Sobre todo, cuando él le confesó, todavía fingiendo ambos ser
parte del grupo, que nunca se había terminado de decidir a proponerle algo. Descubrieron
entonces, ambos, que se habían contemplado por años a la distancia, sin tener
noción que al otro le pasaba lo mismo.
En el fondo, no era raro que se
atrajeran. Una y otro no encajaban mucho con el resto, aunque siempre buscaran
disimularlo. Jóvenes parcos, correctos, en la facu. Pero nada que ver. Simplemente
tomaban distancia de ciertas situaciones y, en particular, de ciertas personas.
Trataban de pasar desapercibidos, de cumplir solo con lo imposible de zafar de
los mandatos sociales para luego poder, discretamente, ser como querían ser.
Como ella había descubierto desde
hace tiempo, y se lo dijo a él en esa charla bajo las estrellas, mientras la
acompañaba a su departamento, todo depende del contexto. Quien se adapta a eso,
triunfa y quien no, va contra corriente hasta caer por alguna cascada de la
vida. La tolerancia no existe mucho en realidad, en particular en aquellas
sociedades que las declaman.
Ahora, en la mañana siguiente a todo
eso, ella se sentó en el borde de la cama. Todavía buscaba reaccionar del todo.
Recomponer qué pasó luego de esa caminata y esa charla de dos.
Iba poco a poco, con dificultad,
pudiendo mantener levantados los párpados de los ojos y enfocar la vista.
Estaba en su cuarto, estaba en la cama de plaza y medio. Por entre las cortinas
de la ventana, se filtraba la luz tenue de la primera mañana. Pero lo que más
la asombró fue el hecho de constatar que no se hallaba sola. El seguía allí,
tan vestido como ella.
Más allá, después del vidrio había un
cielo oscuro, encapotado. Perfectamente a tono con las dudas que llevaba en el
alma. Todavía sin poder dar forma a los hechos pasado, supo cuales habían sido
las intensiones en el alma, para hacer lo que hubiera hecho.
Había querido probar los límites, ver
hasta dónde puede llegar. Pero también, hacerlo sin ser juzgada o
descalificada. Olvidarse por un rato de ese Super Yo y ver qué pasaba con eso.
Se volvió al otro lado, a mirarlo. Le
encantó verlo ahí, dormido, aun terminando de armar por qué estaba en ese
sitio. Por alguna extraña razón, que él estuviera en su cama, no la inquietó demasiado.
Intentó recordar, otra vez, con la boca ácida, la noche anterior. Los
recuerdos, perezosos, incompletos, empezaron a cobrar forma. Había tomado algo
de más. Tal vez, más de lo razonable para ella a juzgar por la resaca que la
poseía en esa mañana.
Al fin, pudo armar la secuencia
mental de cómo se habían dado las cosas. Todo había sido era un carrusel
vertiginoso. Habían jugado a quien tomaba más, una pendejada. Quien le ganaba
al otro en eso de vaciar el vaso. La fortaleza menguó poco a poco, hasta
terminar por evaporarse. Terminaron borrachos sobre la misma cama. Quebraron,
en la forma más tonta, varias reglas no escritas entre ellos. Compañeros desde
el primer año, nunca se habían animado a lograr algo más. El uno no se sentía
mucho para el otro, y viceversa.
Es que en el festejo del último examen
descubrieron que los dos tenían una misma asignatura pendiente con el otro. Una
que no figuraba en la curricula de la carrera, sino de la propia vida.
No había pasado nada de nada, salvo por
la borrachera. Demasiado vestidos para eso. Encima, le quedaba una jornada por
delante rumiando el cuerpo a ritmo lento y molesto, los excesos etílicos de la
noche. Pero ella no se arrepentía de nada y, como observó cuando despertó, él
tampoco. No había vergüenza sino risas, cuando entre los dos armaron los que
les había pasado.
Se sentía en el aire, al hacerlo, una
complicidad entre ambos, en reemplazo de la anterior timidez y ansiedades
reprimidas de la noche. Supo entonces, ella, comprendió también él, que habían
hecho lo correcto. Esa pendejada de tomar cuando usualmente no tomaban en
absoluto. De tomar y tomar, fue el modo de liberar todo el Ello de ambos y que
fluyera la cosa. Esa era la filosofía de ella. Y, al parecer, la de él también.
Estaban felices, por varias razones.
Por fin se habían acercado. De la forma más tonta, pero acercamiento al fin. No
sería la última vez que se vieran, aunque no tuvieran que cursar nada más
juntos. El camino a la felicidad a veces tiene unos extraños primeros pasos.
Como en el caso de ellos.
Descubría, esa novel psicóloga, a un tris
de salir de estudiante a profesional, que la vida no era seguir reglas sino
atreverse. Que dejar pasar el tiempo indecisa solo conducía a los mayores
bolonquis por dentro. Que el destino no siempre es árido. A veces, nos salva de
caer en dolorosas omisiones en el último minuto.
Por eso sonreía ella, por lo mismo
que sonreía él. Por descubrir a tiempo lo tontos que habían sido y poder haber
puesto las cosas en el carril correcto.
Por poder haber desterrado esa
oscuridad que a veces nos niega ser lo que ambicionamos.
No era poco para un primer encuentro.
Y se trataba de algo inmejorable para pensar en cómo seguir construyendo esa
locura, juntos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario