martes, 22 de octubre de 2019

6 de Julio 2019- InspirARTE Cordoba Shopping - Daniela Kaplan


InspirARTE Improvisación
Córdoba Shopping Villa Cabrera
Escribe: Daniela Kaplan
Pinta: Isa Duarte
Tema elegido por el público: Escuchame aunque haya ruido

Para mí, haber conseguido ese trabajo había sido como tocar el cielo con las manos. Había estado muchos meses buscando un trabajo. Dejaba currículums en cual empresa se me hubiese ocurrido. Pasaba todas las entrevistas pero, vaya a saber por qué cuestión no me llamaban. Al borde de la depresión, un lunes cerca de las 12 am sonó mi celular. Era un número desconocido. “Hola” respondí. “Buenos días. ¿Con Magalí?” “Sí, ella misma” dije. “Buenos días, la contacta Silvina, de la empresa Event shows…”.. no le di tiempo a seguir hablando de la ansiedad que se despertó en mí… hacía tan solo cinco días había pasado la entrevista…  “Ah, si, si…. Claro…” agregué. “Magalí, por decisión de la empresa Usted ha sido seleccionada para incorporarse al área administrativa de nuestra empresa….”. El corazón se salía de mi pecho. Se me caían las lágrimas de la emoción y por un instante pensé estaba soñando. La señora que me estaba llamando me estaba dando la noticia que tanto había esperado y que tanto necesitaba. Me pidió que me presente en la empresa al día siguiente para completar algunas cuestiones administrativas y a la próxima semana comenzaba a trabajar.
Todo fluyó hermosamente. Mi escritorio estaba ubicado frente a una ventana que daba a las montañas y cada vez que empezaba el día laboral la montaña me recordaba la inmensidad de mi agradecimiento por haber sido seleccionada luego de tanta búsqueda.
Silvina era mi jefa, la responsable de recursos humanos de la empresa. Desde el inicio fue muy generosa conmigo. Todas las mañanas nos saludábamos, me preguntaba si quería café, se preocupaba de cómo iba sintiéndome y me ofrecía ayuda ante cualquier dificultad que pudiera surgirme. A los aproximados seis meses de mi incorporación apareció un tal Bruno. No pregunté mucho. De un día para otro apareció sentado en el escritorio del lado. Era simpático y… ¡un bombón!
Ambos entrabamos a la misma hora pero él siempre llegaba unos minutos antes. Normalmente nos daban una hora para almorzar pero, para terminar antes y poder irme a hacer deporte, yo solía tomar solo media hora y comía algo rápido en el comedor de la empresa que, para mi disfrute, era también frente a las montañas,  Mi compañero Bruno, con quien no compartíamos trabajo en sí sino más bien el espacio físico,  sí solía aprovechar la hora de almuerzo para escaparse de la jornada laboral.
La oficina en la que trabajaba tenía dos alas y en cada ala sectores de boxes y, adelante de los boxes, tres escritorios. Con Bruno compartíamos el ala izquierda. Yo me sentaba en el escritorio del medio, Bruno a mi derecha y a mi izquierda Julieta. Atrás nuestro, los diez boxes con personal encargado de atender los teléfonos y hacer las gestiones de marketting. La oficina de Silvina estaba en el primer piso, compartía piso con la gerencia.
Pasado un año de su incorporación, una mañana de diciembre llegué a la oficina. Tenía sobre mi escritorio un chocolate blanco. Nadie jamás me dejaba chocolates en mi escritorio. El chocolate no tenía dedicatoria. Era solo eso, un chocolate blanco. Lo miré, lo tomé, miré a los costados preguntándome quién podría haberme dejado ese chocolate pero nadie estaba mirándome. No hice preguntas. Trabajé como si nada hubiese sucedido y, de postre, me comí un riquísimo chocolate blanco.
A la semana, al retirarme de la oficina me dirigí a mi auto. Normalmente lo dejaba estacionado en la puerta de la empresa. Era un lugar seguro. A la salida, sobre el vidrio y abajo del limpiaparabrisas había un papel. Cuando subí al auto, estaba por arrancar y me di cuenta de ese papel. Como iba a molestarme para manejar, me bajé del auto, lo saqué y, al darlo vuelta, tenía dibujado un corazón. El chocolate, el corazón… ¿quién era mi admirador? La historia estaba empezando a ser divertida. Los regalos sorpresa fueron un montón y yo, sin poder descifrar quién era el enamorado. El 13 de febrero de ese mismo año llegó a mi escritorio un sobre. Lo trajo el Correo Argentino. Tenía sello del correo, fecha de envío, fecha de recepción. Era una carta que venía oficialmente hacia mi. La abrí y tenía una propuesta. Me pedía que al día siguiente, que era el día de los enamorados, vaya al estacionamiento del shopping que estaba al frente, que vaya entre las  7 y 8 am que ingresaba a trabajar específicamente a un sitio en el que iba a encontrar una llave. Que tome esa llave que correspondía a un locker ubicado en un lugar determinado en el shopping, que abra el casillero número siete y que saque una bolsa que iba a estar esperándome junto con una indicación específica la cual debía respetar y que el misterio de tanto tiempo iba a ser develado. Parecía todo un delirio pero a esa altura, de verdad, quería descifrar ese misterio.
Al día siguiente, tempranísimo me dirigí al sitio en el que iba a encontrar la llave que permitiera abrir el locker, en el que habría una bolsa con una indicación, todo lo cual me llevaba a develar la incertidumbre  que meses antes se había generado. Y así lo hice, encontré la llave, fui al locker número siete, lo abrí y había una bolsa. Abrí la bolsa y había una zapatilla. ¿Una sola zapatilla? Todo era tan extraño. La tome y adentro una carta. La carta decía que la zapatilla a partir de ese momento pertenecía a la princesa. Para que la princesa pueda usar el par debía encontrar la otra que tenía el rey que estaba esperando por la princesa desde hacía muchos meses. Que el rey estaba a su derecha todos los días, a solo unos metros del escritorio en el que trabaja. Para aceptar la propuesta solo debía dejar toda la noche la zapatilla en el segundo cajón del escritorio de mi cajón y el rey al tercer día iba a sorprenderme pero ya no anónimamente. ¡Era el bombón de Bruno! Obviamente dejé la zapatilla en el lugar indicado y al próximo día ¡el bombón me invitó a salir! Nos enamoramos como en las películas y todo fue hermosamente genial hasta que se enteró Silvina, la jefa de recursos humanos que me había tomado. El tema era que Silvina y Bruno habían sido pareja durante muchos años. Bruno la dejó pero ella siguió perdidamente enamorada de él. No sabía qué hacer para volver a estar con él y, pensó, que aunque no vuelvan a estar en pareja, empleándolo en la empresa  iba a poder verlo todos los días. Cuando Silvina se enteró me empezó de a poquito y sin escrúpulos a hacerme la vida imposible. Te puedo contar un montón de ejemplos de momentos en los que el enojo se apoderó de mi interior. Me borraba informes que tenía que presentar en la gerencia a solo unos minutos antes de tener que presentarlos, “se le caía” agua entre mis papeles, me faltaban cables para poder usar mi computadora y así… hasta que un día llegué a trabajar y un escribano me notificaba mi despido. Necesitaba trabajar. La situación familiar era compleja y la situación del país no era fácil para conseguir nuevo empleo. Me angustié pero no me di por vencida. Bruno, con quien ya estábamos conviviendo me acompañó en todo momento y la vida siguió su curso hasta que pasado un tiempo conseguí un nuevo empleo en una empresa afín a la que estaba, en verdad, la empresa de la competencia. Me nombraron directora del área más importante en la toma de decisiones de la empresa y al poco tiempo olvidé todo lo que aconteció con mi trabajo anterior. Con Bruno nos casamos, tuvimos dos nenas y nos fuimos a vivir a una casa entre montañas, alejados del ruido.
Pasados varios años, decidimos irnos unos días de vacaciones a la costa argentino. Tomamos un ruta que nunca habíamos tomado y para salir de la ciudad debíamos pasar por un peaje. De lejos “sonría que lo estamos filmando” se leía en el cartel. Nuestras hijas empezaron a sonreir. Llegamos al peaje. Bruno bajó el vidrio para pagar y….. ¡chan!... entre tanto ruido de bocinas, autos y viento pareció entre nosotros hacerse un silencio absoluto. Nos miramos preguntándonos si estábamos viendo lo mismo. ¡Era Silvina! ¡La jefa de recursos humanos que me había despedido después de tanto maltrato estaba en el peaje!
¡Waw! El vidrio estaba bajo.. y se me ocurrió decirle: “Escuchame aunque haya ruido, la vida… la vida da muchas vueltas”.   

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