InspirARTE
Improvisación
Córdoba
Shopping Villa Cabrera
Escribe:
Daniela Kaplan
Pinta: Isa
Duarte
Tema elegido
por el público: Escuchame aunque haya ruido
Para mí,
haber conseguido ese trabajo había sido como tocar el cielo con las manos.
Había estado muchos meses buscando un trabajo. Dejaba currículums en cual
empresa se me hubiese ocurrido. Pasaba todas las entrevistas pero, vaya a saber
por qué cuestión no me llamaban. Al borde de la depresión, un lunes cerca de
las 12 am sonó mi celular. Era un número desconocido. “Hola” respondí. “Buenos
días. ¿Con Magalí?” “Sí, ella misma” dije. “Buenos días, la contacta Silvina,
de la empresa Event shows…”.. no le di tiempo a seguir hablando de la ansiedad
que se despertó en mí… hacía tan solo cinco días había pasado la
entrevista… “Ah, si, si…. Claro…”
agregué. “Magalí, por decisión de la empresa Usted ha sido seleccionada para
incorporarse al área administrativa de nuestra empresa….”. El corazón se salía
de mi pecho. Se me caían las lágrimas de la emoción y por un instante pensé
estaba soñando. La señora que me estaba llamando me estaba dando la noticia que
tanto había esperado y que tanto necesitaba. Me pidió que me presente en la
empresa al día siguiente para completar algunas cuestiones administrativas y a
la próxima semana comenzaba a trabajar.
Todo fluyó
hermosamente. Mi escritorio estaba ubicado frente a una ventana que daba a las
montañas y cada vez que empezaba el día laboral la montaña me recordaba la
inmensidad de mi agradecimiento por haber sido seleccionada luego de tanta
búsqueda.
Silvina era
mi jefa, la responsable de recursos humanos de la empresa. Desde el inicio fue
muy generosa conmigo. Todas las mañanas nos saludábamos, me preguntaba si
quería café, se preocupaba de cómo iba sintiéndome y me ofrecía ayuda ante
cualquier dificultad que pudiera surgirme. A los aproximados seis meses de mi
incorporación apareció un tal Bruno. No pregunté mucho. De un día para otro
apareció sentado en el escritorio del lado. Era simpático y… ¡un bombón!
Ambos
entrabamos a la misma hora pero él siempre llegaba unos minutos antes.
Normalmente nos daban una hora para almorzar pero, para terminar antes y poder
irme a hacer deporte, yo solía tomar solo media hora y comía algo rápido en el
comedor de la empresa que, para mi disfrute, era también frente a las
montañas, Mi compañero Bruno, con quien
no compartíamos trabajo en sí sino más bien el espacio físico, sí solía aprovechar la hora de almuerzo para
escaparse de la jornada laboral.
La oficina
en la que trabajaba tenía dos alas y en cada ala sectores de boxes y, adelante
de los boxes, tres escritorios. Con Bruno compartíamos el ala izquierda. Yo me
sentaba en el escritorio del medio, Bruno a mi derecha y a mi izquierda
Julieta. Atrás nuestro, los diez boxes con personal encargado de atender los
teléfonos y hacer las gestiones de marketting. La oficina de Silvina estaba en
el primer piso, compartía piso con la gerencia.
Pasado un
año de su incorporación, una mañana de diciembre llegué a la oficina. Tenía sobre
mi escritorio un chocolate blanco. Nadie jamás me dejaba chocolates en mi
escritorio. El chocolate no tenía dedicatoria. Era solo eso, un chocolate
blanco. Lo miré, lo tomé, miré a los costados preguntándome quién podría
haberme dejado ese chocolate pero nadie estaba mirándome. No hice preguntas.
Trabajé como si nada hubiese sucedido y, de postre, me comí un riquísimo
chocolate blanco.
A la semana,
al retirarme de la oficina me dirigí a mi auto. Normalmente lo dejaba
estacionado en la puerta de la empresa. Era un lugar seguro. A la salida, sobre
el vidrio y abajo del limpiaparabrisas había un papel. Cuando subí al auto,
estaba por arrancar y me di cuenta de ese papel. Como iba a molestarme para
manejar, me bajé del auto, lo saqué y, al darlo vuelta, tenía dibujado un
corazón. El chocolate, el corazón… ¿quién era mi admirador? La historia estaba
empezando a ser divertida. Los regalos sorpresa fueron un montón y yo, sin
poder descifrar quién era el enamorado. El 13 de febrero de ese mismo año llegó
a mi escritorio un sobre. Lo trajo el Correo Argentino. Tenía sello del correo,
fecha de envío, fecha de recepción. Era una carta que venía oficialmente hacia
mi. La abrí y tenía una propuesta. Me pedía que al día siguiente, que era el
día de los enamorados, vaya al estacionamiento del shopping que estaba al
frente, que vaya entre las 7 y 8 am que
ingresaba a trabajar específicamente a un sitio en el que iba a encontrar una
llave. Que tome esa llave que correspondía a un locker ubicado en un lugar
determinado en el shopping, que abra el casillero número siete y que saque una
bolsa que iba a estar esperándome junto con una indicación específica la cual
debía respetar y que el misterio de tanto tiempo iba a ser develado. Parecía
todo un delirio pero a esa altura, de verdad, quería descifrar ese misterio.
Al día
siguiente, tempranísimo me dirigí al sitio en el que iba a encontrar la llave
que permitiera abrir el locker, en el que habría una bolsa con una indicación,
todo lo cual me llevaba a develar la incertidumbre que meses antes se había generado. Y así lo
hice, encontré la llave, fui al locker número siete, lo abrí y había una bolsa.
Abrí la bolsa y había una zapatilla. ¿Una sola zapatilla? Todo era tan extraño.
La tome y adentro una carta. La carta decía que la zapatilla a partir de ese
momento pertenecía a la princesa. Para que la princesa pueda usar el par debía
encontrar la otra que tenía el rey que estaba esperando por la princesa desde
hacía muchos meses. Que el rey estaba a su derecha todos los días, a solo unos
metros del escritorio en el que trabaja. Para aceptar la propuesta solo debía
dejar toda la noche la zapatilla en el segundo cajón del escritorio de mi cajón
y el rey al tercer día iba a sorprenderme pero ya no anónimamente. ¡Era el
bombón de Bruno! Obviamente dejé la zapatilla en el lugar indicado y al próximo
día ¡el bombón me invitó a salir! Nos enamoramos como en las películas y todo
fue hermosamente genial hasta que se enteró Silvina, la jefa de recursos
humanos que me había tomado. El tema era que Silvina y Bruno habían sido pareja
durante muchos años. Bruno la dejó pero ella siguió perdidamente enamorada de
él. No sabía qué hacer para volver a estar con él y, pensó, que aunque no
vuelvan a estar en pareja, empleándolo en la empresa iba a poder verlo todos los días. Cuando
Silvina se enteró me empezó de a poquito y sin escrúpulos a hacerme la vida
imposible. Te puedo contar un montón de ejemplos de momentos en los que el
enojo se apoderó de mi interior. Me borraba informes que tenía que presentar en
la gerencia a solo unos minutos antes de tener que presentarlos, “se le caía”
agua entre mis papeles, me faltaban cables para poder usar mi computadora y
así… hasta que un día llegué a trabajar y un escribano me notificaba mi
despido. Necesitaba trabajar. La situación familiar era compleja y la situación
del país no era fácil para conseguir nuevo empleo. Me angustié pero no me di
por vencida. Bruno, con quien ya estábamos conviviendo me acompañó en todo
momento y la vida siguió su curso hasta que pasado un tiempo conseguí un nuevo
empleo en una empresa afín a la que estaba, en verdad, la empresa de la
competencia. Me nombraron directora del área más importante en la toma de
decisiones de la empresa y al poco tiempo olvidé todo lo que aconteció con mi
trabajo anterior. Con Bruno nos casamos, tuvimos dos nenas y nos fuimos a vivir
a una casa entre montañas, alejados del ruido.
Pasados
varios años, decidimos irnos unos días de vacaciones a la costa argentino.
Tomamos un ruta que nunca habíamos tomado y para salir de la ciudad debíamos
pasar por un peaje. De lejos “sonría que lo estamos filmando” se leía en el
cartel. Nuestras hijas empezaron a sonreir. Llegamos al peaje. Bruno bajó el
vidrio para pagar y….. ¡chan!... entre tanto ruido de bocinas, autos y viento pareció
entre nosotros hacerse un silencio absoluto. Nos miramos preguntándonos si
estábamos viendo lo mismo. ¡Era Silvina! ¡La jefa de recursos humanos que me
había despedido después de tanto maltrato estaba en el peaje!
¡Waw! El
vidrio estaba bajo.. y se me ocurrió decirle: “Escuchame aunque haya ruido, la
vida… la vida da muchas vueltas”.

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