lunes, 20 de abril de 2020

#InspiradosEnCasa 2da Edición - Daniela Kaplan - 10 de Abril 2020

#InspiradosEnCasa
Tema: Una Copa Vacía
Escribe: Daniela Kaplan
Pinta: Carlos Vidal Aguirrebengoa
UNA COPA VACÍA
Estaba desesperado del hambre. No había podido desayunar, tuve que salir disparando a una reunión de trabajo. La reunión fue exitosa y la mañana transcurrió sin imprevistos ni sobresaltos. Empecé a sentir hambre. Miré el reloj del celular y, ¡caramba! eran casi las tres de la tarde. El resto del trabajo que me quedaba para completar el día no necesariamente exigía mi presencia en la oficina con lo cual podía almorzar y trabajar donde eligiese. A dos cuadras de la oficina hay un bar frente a un parque al que suelo ir, ante todo por la tranquilidad que me provoca pasar tiempo en la naturaleza o frente a ella. Apagué la computadora y me fui al bar. Llegué y elegí una mesa al aire libre. A los pocos minutos de sentarme se acercó la moza que me atiende siempre, me saludó y me entregó la carta. Como la conozco de memoria, le hice saber que no hacía falta leerla y ordené mi pedido: canelones de carne y verdura. “Le traje una copa. ¿Quiere el vino que pide siempre?” la señorita apoyó la copa en la mesa. Dudé unos instantes. “Mejor hoy una limonada bien fría”. “Perfecto, ya se lo alcanzo y  no hay muchas comandas con lo cual la comida no va a demorar mucho” me respondió. La copa quedó vacía sobre la mesa y la moza se retiró. Sonó mi celular, atendí, era Claudia, mi ex mujer. “…Claudia, me tenes harta con tus reclamos y quejas. De todo te quejas, no hay nada que…” Y cuando estaba terminando la oración vi subir las escaleras de la entrada del bar a una bella mujer que no iba sola. Lo que no supe es si iba con uno o dos seres más. Estaba embarazada, parecía a punto de parir. Por algún sincrónico motivo a Claudia se le cortó la llamada. 
Algo en la bella mujer que ingresó atrapó mi atención. Vestía un pantalón suelto, de color verde, una musculosa blanca y una campera de jean. Se sentó en una mesa adelante mío de modo que yo podía ver su rostro. Su mirada se veía triste y la mayoría del tiempo miraba hacia abajo. Se sentó, apoyó su mochila a su lado y dejó su celular sobre la mesa. La misma moza que me había atendido se acercó, me trajo mis canelones y en un vaso la limonada y luego se dirigió hacia la bella mujer embarazada entregándole el Menú. “En unos minutos vengo a tomarle la orden señora” dijo la moza. “Gracias” respondió. Oí su voz. Un cosquilleo corrió por mis venas. Algo indescifrable estaba sucediendo. Jamás me había pasado algo así. He conocido mujeres en mi vida pero por algún motivo no podía dejar de mirar a la mujer que acababa de entrar, había despertado algo distinto que no podía explicar. Ella pareció darse cuenta de que yo la miraba. Me dio un poco de vergüenza, bajé la mirada y agarré el celular. La miraba de reojo. Ella empezó a hojear la carta, parecía indecisa. Iba y venía una y otra vez de hoja en hoja de la carta hasta que un llanto profundo se apoderó de su alma… y de la mía. Lloró como niña, se abrazó a sí misma y yo no supe qué hacer. La veía llorar como una pequeña indefensa, sentí su dolor. Desconocía el motivo pero era un dolor punzante y yo lo sentí de inmediato. Algo estaba empezando a entenderse. Me pregunté si acercarme, si no hacerlo, cómo lo tomaría ella, no quería molestarla… pero tampoco dejarla sola en ese dolor insoportable y en ese vacío que pude percibir. “A los ojos tristes hay que darles muchos abrazos” me decía mi abuela. Eso fue lo que le dije. Ella lo oyó y levantó su mirada. En un respiro calmó su llanto. Me miró y una sonrisa suave y pequeña se apoderó de su rostro. “Gracias” me dijo. Se hizo un corto silencio. “Acá hay una copa vacía pero yo no espero a nadie, esta copa pareciera que te estaba esperando. ¿Querés que compartamos el almuerzo?” le dije. Temí su respuesta. No creo haber estado preparado para su negativa. Por suerte, aceptó. Tomé la copa, mis canelones y casi haciendo malabares para que no se me caiga la limonada y llevé todo a su mesa. “Mi nombre es Tony, siento mucha alegría de poder compartir este almuerzo con una desconocida tan luminosa” le dije. Era realmente difícil saber cuáles eran las palabras precisas para la ocasión; eso fue lo que me salió. “Soy Mery” respondió. “Tony, seguramente querés saber qué me pasa, por qué lloro…” me dijo. “Lo único que quisiera es que te sientas bien. Si te hace bien compartirlo soy todo oídos…” “Estoy a punto de parir y ayer descubrí que mi marido, el padre del hijo que llevo en mi vientre tiene una doble vida. Nosotros nos casamos hace siete años y él está hace cinco años en pareja con otra mujer con la que tiene dos hijos. Uno de cuatro años y el otro de dos… ” Mery volvió a quebrarse. La abracé. Tan fuerte como si nos conociéramos de toda la vida. Mery aceptó mi abrazo y fue de los abrazos más maravillosos que he sentido en mi vida. “Necesito quedarme a vivir en este abrazo Tony, estoy destrozada” me dijo. Fue en ese instante cuando supe que ese abrazo era realmente el principio de un amor para toda la vida.      

#InspiradosEnCasa 2da Edicion - Marcelo López - !0 Abril de 2020


#InspiradosEnCasa
Tema:  La Copa Vacía
Escribe: Marcelo López
Pinta: Laura Castro

Una Copa Vacía
Hace mil años parece ahora, aunque por otro lado, en otros momentos, me parece que fue ayer.  Me pasa seguido eso de recordar eventos, vivencias, cosas que hice y sentirlas tan próximas que después, cuando tomo una distancia de ellas, de ese recuerdo, me doy cuenta de que sucedieron hace 20 o 30 años. No sé qué será eso… no sé cuál será el “fenómeno”. Pienso. ¿Quizás la atemporalidad sea una condición mental? ¿Quizás me quede “anclado” en alguna época de mi vida, me queda atado a un lugar especial? ¿O a lo mejor es como me siento… mucho más joven de lo que soy? En eso recuerdo a mi abuelo que me decía (cuando tenía más de 80) “A veces pienso la edad que tengo y no lo puedo creer”. Bueno, estamos en la misma.
Hace mil años o treinta, subimos la escalera del ACV siempre en sombras, llegamos al ingreso, a la izquierda la sala de Casin (llena de gente grande y humo de cigarrillo. Son los 80) Fuimos a la izquierda al restaurante que hacía de salón de reuniones a veces cuando la gente era mucha.  Ahí los vidrios que daban a la calle Lavallleja la mostraban en su eterna subida y los vidrios del otro lado te daban el reflejo del agua de la pileta. Veníamos de darle la vuelta a la ciudad en esa mañana de domingo, a mil, en el R 12 de Diego, el blanco,  tratando de hacer buenos tiempos mientras respondíamos preguntas entre un puesto y otro. En épocas de libros, enciclopedias y conocimiento propio. Siempre me gustaron esos desafíos al conocimiento, ¿será porque me tengo fe en ese terreno? Seguramente, pero también porque soy un curioso por naturaleza. Bueno la cuestión es que llegamos al salón y ya estaban casi todos los equipos que habían competido ese día. A algunos los conocíamos de otras carreras y a otros simplemente los ignorábamos, manteniendo cierto recelo y porque nunca nos sentimos amigos de nuestros rivales.  Esa carrera puntualmente había sido jodida, creo que llegamos tuvimos que ir hasta el Parque Sarmiento buscando una pista, con dudas del lugar y con dudas de que buscar, y después nos tuvimos que volver hasta la cancha de Instituto.  Íbamos en esa carrera con Diego al volante, Augusto y Fernando. Los cuatro nos tuvimos que levantar ese domingo pensando en acertijos y datos de historia y matemáticas.  Eran épocas donde no había internet así que todo tenía cierta pureza. Es como si estuviéramos evocando un duelo de caballeros que espalda con espalda a la voz de “ya” caminan sus pasos, giran y disparan. Hoy internet, google y los datos, serian como introducir un lanzamisiles en ese duelo de antaño. No queda nada de la competencia mano a mano, cerebro a cerebro.
Nos acercamos a la mesa de control, entregamos nuestros papeles y nos fuimos a una esquina a tomar una coca mientras esperábamos los resultados.  Del otro lado de los vidrios que daban a la pileta ya había gente bañándose. Me pareció verlo a José María (¿Estaría la hermana?), paso Gastón y también Manuel. No me vieron, los vidrios del otro lado son como un espejo, espejo que a la siesta puede dejarte ciego.
Nos tenemos fe. Sabemos que hicimos bien casi todas las preguntas, estamos un poquito más flojos en los tiempos, la ida al Parque Sarmiento, como ya dije, empezó con dudas y ahí nos demoramos un poco.  Nos quedamos parados en la Velez Sarsfield, apenas pasando la Facultad de Arquitectura, y cuando vimos pasar el R18 rojo del equipo de los Cravero ahí dejamos de tener dudas y le metimos al acelerador nosotros también. Pero claro, ya íbamos un poquito atrás. Igual siempre estaba la posibilidad de que los otros llegaran antes pero fueran más lentos en las respuestas.
Se acabó la coca justo en el momento que llamaron para dar las posiciones , Nos acercamos despacio y quedamos un poco atrás de todos.  Empezaron a leer de atrás para adelante. En esos momentos esperas que no te nombren nunca.  “La Maquina Loca  – 200 puntos, Santos De Votos 397 puntos…” y asi siguió el listado, con los nombres de fantasia de los equipos, hasta llegar al momento de marcar y anunciar los tres del podio.  Ya estábamos sonriendo, estábamos entre los tres primeros y seguíamos con mucha esperanza de ser los primeros. Batacazo sería. Casi debut, llevábamos 3 o 4 carreras nomas, y podio.
El flaco Ariente siguió leyendo.  “Los Sabios del bajo – 655 puntos”, esos eran los terceros, ahora iba a anunciar los segundos lo cual significaba que estábamos al 50% de ganar esa carrera. EL otro equipo, “La enciclopedia al volante” el equipo de los Cravero era el otro posible ganador. Lo mire al gordo Cravero, el me miro también. No le sonreí. No era parte del código permitido.  Ariente levanto el papel e intento hacerse el gracioso con algo asi como los segundos serán los primeros y una boludez semejante.  “La enciclopedia al volante”, dijo. Eso significo automáticamente que explotaramos de alegría, habíamos ganado. No esperamos que dijera el nombre de nuestro equipo, no hacia falta que nos nombrara, fuimos en avalancha hacia adelante empujando a todos para llegar a buscar el premio, pero mientras íbamos llegando el flaco lo dijo igual “… el ganador de esta carrera es… La Carroza Blanca”.  Llegamos adelante, lo abrazamos al flaco y a los otros organizadores. Paulita, Sabala y el petizo Nani. Fernando agarro el premio asi de una sin esperar que nos entregaran nada. Ariente intento detenerlo para no perder la formalidad pero Diego le tomo los brazos y lo dio vuelta como para que quedara mirando a otro lado. EN eso veo de reojo que algo a la derecha se mueve rápido. Miro y es el mas grande de los Cravero que se lanza como en una de Bruce Lee para intentar pegarme, al grito de “!nos siguieron, nos siguieron!”. Hago un paso para atrás mirándolo sin poder creerlo y le digo a todos como si le dijera a uno solo “ ¿de que habla este idiota?” Ahí es cuando veo que a Augusto le sacuden una cachetada desde atrás. La mujer de Cravero chico. Se da vuelta sorprendido y le cae de atrás el mas grande de los Cravero, que al no poder pegarme paso de largo.  Se abre un poco el grupo de los demás participantes y lo veo a Fernando revolear el trofeo para sacudírselo en la cabeza a Cravero chico. “!Noooooo!” grito desesperado. La vez que ganamos y el trofeo va a quedar hecho pedazos. Diego nada, ahí parado no puede creerlo. EL flaco Ariente se escandaliza y empieza a tratar de detener ese desastre. Busca una silla del restaurante y se para arriba a los gritos. Ahora si siente que alguien me pega con algo en la espalda, me doy vueltas y es Cravero chico, de nuevo, le pego, no me queda otra. Ahora todo se convirtió en un caos. El petizo Nani, ya está peleando con uno de un equipo que ni conozco, no tienen por qué pegarse, pero el enano le pega. Jodido ese petizo me habían dicho antes. EL flaco Ariente implora desde la silla. Diego lo mira, me mira mientras  le pego de nuevo a Cravero chico y como si fuera una travesura le patea la silla. Ariente cae al suelo de una, pega en el piso y rebota. Instantaneamente se le vienen encima a Diego, Sabala y Paulita, a proteger a su compañero de equipo.  Una patada en la canilla de Sabala lo deja inmóvil pero a Paulita le perdona la vida y la mina avanza hasta pegarle con el trofeo del tercer puesto en el pecho. Diego cae al piso. A un costado Augusto se defiende como puede de la mujer de Cravero Grande y del mismo Cravero Grande que esta endiablado y sigue gritando que lo seguimos.  Me retiro unos pasos en medio del caos, como si estuvira en el ojo del huracán y nada pasara en mi alrededor. Me acerco a la barra del bar buscando un espacio. Lo veo a Fernado que sigue revoleando el trofeo, del que ya solo quedan plásticos y pedazos de lata sin forma, el ultimo mandoble le da a Ariente (pobre flaco lo que cobro…) en la boca. Me apoyo en la barra como si fueran las cuerdas y lo veo venir a Cravero grande corriendo hacia mi. Me doy vuelta y veo una copa vacia, de esas grandes, enormes. La agarro de la base y cuando el gordo viene gritando “nos siguieron, nos siguieron” se le pego en la frente al grito de “!Si pelotudo, si… te seguimos y no esta prohibido!!!”. Cravero grande cae al piso, todos me miran. Fernando se me acerca. “Me parece que te fuiste a la mierda”, me dice.  Diego y Augusto se suman y estamos los cuatros contra la barra. Miramos la salida y sin decirnos nada empezamos a correr. Bajamos las escaleras a mil, llegamos a la vereda y nos vamos para el Boulevard Las Heras, atrás el resto de los competidores corriéndonos.  Cuando vamos llegando a la esquina, me paro en seco y buscando a Cravero Grande entre la multitud que nos persigue le grito haciéndole burla “Nos siguen… nos siguen”.  Me doy vuelta y corro. Los otros ya giraron la esquina y se perdieron por el rio.

#InspiradosEnCasa 2da Edición - Luisa María Ahumada - 10 de Abril 2020


InspiradosEnCasa 2da. Edición
10/04/20 de abril de 2020
Escribe: Luisa María Ahumada
Pinta: Cecilia Testa
Tema: Una copa vacía

Vacíos
Te miré por encima de la copa vacía. Yo quería que me sirvieras un poco más para seguir ahí, para que no se nos agotara la oportunidad de una próxima palabra. Pero tus ojos estaban puestos en el papelito que manipulaban tus dedos. De esos como irrompibles que traen las botellas, que se pueden doblar y volver a abrir y doblarse otra vez. Vos jugabas así como a veces lo hacés conmigo.
Inhalé fuerte, como queriendo meter en mi suspiro hasta tu aire.
Te miré por encima de la copa vacía. Quería seguir hablando de lo que nos pasa o de lo que ya no. Ese silencio de ese último momento es el que antecede a las decisiones importantes y yo quería saber más, pensar más, hablar más. Pero vos estabas empeñado en darle otra forma a ese papel diminuto entre tus manos que podías manejar a tu antojo. Vos seguías jugando como siempre para acomodar todo a tu medida.
Exhalé fuerte, como queriendo soltar todos los secretos de mi pulmón.
Te miré por encima de la copa vacía. Pero se nos habían agotado los temas y las maneras de narrarlos. Alguno de los dos ya lo había dicho todo y otro ya no quería escuchar nada. Ninguno de los dos sabía ya si lo importante había sido dicho. Y el silencio nos ardía con el peso de lo desechable, de lo que sobra, de lo que no alcanza. Vos jugabas con el esfuerzo de acomodarlo todo para el bien de los dos.
Suspiré. Se quebró el aire.
Te miré por encima de la copa vacía. Yo quería que me sirvieras un poco más para seguir ahí. Quería continuar hablando de lo que nos pasa o ya no. Pero se nos habían agotado los temas. Te miré. Y moviste el brazo derecho hasta la botella. Tu gesto era mi salvación pero el final ineludible: te diste con la sorpresa de que la botella estaba vacía. O no. Quizás vos ya lo sabías y fue tu forma de terminar. Ahora se nos habían terminado los temas y el vino. Suspiré. Y tu mano siguió un poco más allá hasta alcanzarme. Se nos habían acabado las palabras y algo para rellenar las copas pero no las caricias. Tenía una esperanza. Te miré por encima de la copa vacía pero vos no me miraste y al ritmo de tu mano sobre la mía se movió tu cabeza como negándolo todo. Corriste la silla y te fuiste sin mirarme. Sobre la mesa quedó una pregunta, la que yo no había podido responder. Y así, quedaron retumbando en una copa vacía las palabras que callé.

#InpsiradosEnCasa 2da Edición - Roberto Lapid - 10 de Abril 2020


Inspirados en Casa

8 al 11 de abril 2020

Escribe: Roberto Lapid

Pinta: Mariana Gonzales

Tema: Una Copa Vacía

La Magia y la Copa



Es sol desaparecía tras el quebrado horizonte de montañas. Ese era el momento; Daniel comenzó a limpiar su único par de zapatos con un trapo húmedo, luego ayudó a Lili, su hermana pequeña, con la misma tarea.
Corrieron juntos hasta la sala, dejaron ambos pares de zapatitos relucientes sobre el piso, al lado del ventanal que daba al jardín. Era noche de Reyes, noche de ilusiones, noche de magia.
Con esmero Daniel preparó algo de pasto seco en un plato de loza blanca, también una jarra de agua de boca ancha, para los camellos; quizás además de hambre tuviesen sed, aunque eso era algo bastante improbable; su padre le había dicho que los camellos almacenaban el agua en sus jorobas y podían estar días enteros sin beber.
Con los Reyes el tema era diferente; en un plato de porcelana colocó galletas, y a su lado una copa grande con vino, para que la compartieran. Había que recibirlos bien, eran reyes, y venían repartiendo regalos…
Tras la frugal cena todos fueron a acostarse, pero Daniel no pegaría un ojo, estaba decidido, quería ver pasar a esos señores tan arreglados montando sus enormes camellos, un animal que jamás había visto.
Esperó a sentir los ronquidos de su padre, se aseguró de que Lili dormía profundo y fue entonces a apoyarse sobre la pared de la sala, puso una manta en el piso y permaneció mirando directo hacia el ventanal abierto.
La brisa de verano lo acariciaba, por momentos sentía que le ganaba el sueño, pero entonces abría los ojos con fuerza y se desperezaba, luego continuaba con su vigilancia detectivesca.
Los primeros rayos de sol dieron directo en su rostro, reaccionó levantándose con un salto. Nada había al lado de los lustrosos zapatitos. Sintió ruidos y vio entrar a sus padres, que cargaban dos paquetes.

-         ¿Qué sucede? - preguntó Daniel.
Los papás se miraban sorprendidos, no esperaban encontrarlo allí al momento de dejar los regalos junto a los zapatos.
-                    Ehhh, parece que los reyes confundidos dejaron estos paquetes bajo el ventanal del dormitorio… 

Daniel desenvolvió el que tenía su nombre rasgando el papel madera; se dio con el auto rojo que había admirado en la juguetería, aquel que pensaba que nunca tendría. A su lado Lili descubría una muñeca dentro de su paquete.
El entusiasmo le había hecho olvidar por un instante la misión que se había impuesto. Había estado despierto la noche entera, era imposible que no hubiera visto pasar a esos Reyes.
Comenzó una inspección, debía saber lo sucedido. Encontró el manojo de pasto seco en su lugar, quizás no les había gustado a los camellos. El agua estaba en la jarra. Poco quedaba de las galletas, solo un trozo mordisqueado y unas pocas migajas. Que desprolijos esos Reyes. 
Al observar la copa que les había dejado, notó que estaba vacía, ni una gota del vino.

-         Parece que los Reyes Magos comieron las galletas y bebieron el vino…  aunque no he podido verlos. Es que debe ser muy fuerte su magia… - dijo Daniel con énfasis – y habrán quedado agradecidos, además, quizás por eso es que me dejaron el auto rojo…

Ambos padres se miraban asombrados, ellos no habían tocado nada, no habían bebido nada, pero la copa estaba vacía.
Era un enigma, no había vino derramado en el suelo, la copa estaba limpia y muy brillante.
El misterio duró poco, dentro del comedor y un tanto alejado de ellos, Tobi el cachorro de la familia, caminaba a los tumbos embistiendo patas de mesas y sillas, tropezando con cuanto obstáculo hubiese frente a él, y además… olía a vino.
Los padres observaban a Lili, quien montaba una obra de teatro con su muñeca nueva, Tobi dormía una siesta imprescindible. Daniel parecía estar jugando, con su auto rojo, pero en realidad fantaseaba pensando en la magia, la magia de los poderosos Reyes Magos, la magia de la copa vacía, aunque sabía que la verdadera magia era estar allí con ellos, compartiendo esos días de verano con sus padres y hermana.




#InspiradosEnCasa 2da Edicion - Luis Carranza Torres -10 de Abril 2020


InspiradosEnCasa 2da. Edición
08/11 de abril de 2020
Escribe: Luis Carranza Torres
Pinta: Luz Lascano
Tema: Una copa vacía.

Ese primer hombre

Por Luis Carranza Torres
   
No me sentía a gusto allí. Era la primera vez que iba a ese bar y experimentaba, hasta las vísceras, sentirme un sapo de otro pozo. Todo allí era demasiado arreglado, ornamentado y pretencioso para mi modo de ser. Piso de mármol, paredes de madera trabajadas, suntuosas lámparas de cristal pendiendo de los techos. Hombres y mujeres acomodados, de mucha más edad a la mía, hablando banalidades. Todos medidos, impecablemente vestidos, invariablemente correctos. El ambiente me parecía antiguo, opresor.
No era un lugar que hubiera elegido, ni me agradara aun cuando hiciera el esfuerzo. Poco podía estar allí a gusto, cuando empezaba a pensar que me habían dejado plantada.
Se trataba de algo recurrente en mi relación con él. Como terminar por hacer lo que era de su gusto. Pero de alguna forma, su encanto siempre conseguía hacer que pasara por alto ese tipo de cosas.
Terminé mi trago y pedí otro. No repetí el coctel de limón y menta con vodka que había estado tomando. Quise, en cambio, un whisky. Doble.
El barman de blanca camisa y chaleco oscuro me observó con cierta compasión. Era la única mujer allí, sentada en la barra, que no tenía compañía ni hablaba con nadie. Por lejos, la más joven y la menos alegre.
Supongo que por eso me sirvió aún más de la medida doble. El vaso old-fashioned de contenido ámbar intenso quedó justo al lado de la copa de cóctel vacía.
Trataba de no ver de nuevo a la puerta por centésima vez cuando entró. No era el hombre que esperaba sino otro. Alguien que pensé había dejado atrás, superado hacía ya tiempo.
No pude dejar de observarlo, de interesarme en él, aunque nuestra historia no hubiera sido nunca en los mejores términos. Busqué esas señales que me permitieran saber que había sido de su vida en todos estos años de distancia. Estaba interesada en tener una respuesta de algo que me mordería la lengua antes de preguntarle.
No parecía haber pasado el tiempo para él desde la última vez —hacía ya mucho— en que nos vimos. Apenas unas canas más en el pelo, alguna arruguita en los ojos. En apariencia, no parecía haber tanta diferencia de edad como la que en realidad teníamos.
Miré como me observaba, sorprendido. Debía ser la última persona que esperaba encontrar allí. Al parecer, mantenía ese gusto por relajarse luego de la jornada de trabajo, haciendo una parada en algún sitio, simplemente para sentarse allí y tomar algo. Solo, al azar. Conocía, de sobra y para mi pesar, todas sus mañas.  
Seguía clavándome la mirada. Como yo a él. Supuse que decidía si yo era quien era u otra persona. Entendía su duda. Estaba arreglada muy distinta de cómo debía recordarme, si es que alguna vez lo hacía.
Era un estilo elaborado, vistoso, más a medida de quien esperaba hacía rato que de mis propias preferencias. Otra de las cosas que había hecho por ese que no venía ni daba noticia alguna de por qué.
Vestía un sugerente vestido de fiesta negro, con brillos y corte pronunciado en la espalda. Llevaba mi cabello rojizo recogido hacia atrás, en una especie de rodete algo suelto, con unos mechones sueltos, leves tirabuzones, a los lados del rostro. Esos que delataban como era en realidad, cuando ondeaba en libertad. Pintados de un rojo muy rojo los labios, ahumados los ojos en tono tostado, con pestañas bien definidas, negrísimas, algo curvadas. Tenía muchos anillos colocados en los dedos, así como unos aros grandes y redondos, en plata, puestos en mis orejas.
Todo ese arreglo era algo muy lejos de ese estilo natural que a él siempre le gustaba ver en mí y que había exigido mientras me tuvo con él, bajo su égida.
Al fin, se acercó a donde estaba sentada. Debía odiar como me veía. Esa idea provocó en mí la primera sonrisa, solo a medias, en bastante rato.
— ¿Puedo sentarme?—preguntó, buscando de acomodarse en el taburete vacío a mi lado.
—Espero a alguien—le eché en cara. Aun pasado tiempo, varios años ya, seguía resentida con él.
Se sentó igual. No hubo saludos, ni recordatorio de viejos tiempos pasados. Sólo una pregunta, muy serio.
— ¿Lo amás?
Siempre fue directo para todo aquello que no tenía que ver con él. Por otra parte, mi tono no le debe haber dejado lugar a muchas dudas.
—Por supuesto que sí.
Fue algo automático. Era algo que yo misma me preguntaba a veces. Las mismas que dudaba si él realmente sentía ese sentimiento conmigo. Pero no tenía la menor intención de mostrar ante él desventura alguna en mi vida. Iba a simular ser tan feliz y despreocupada como todos los que se congregaban allí. 
—Al parecer, ese sentimiento no es mutuo.
Me sorprendí al escucharle decir eso. Señaló entonces la copa vacía y el vaso old-fashioned a medio terminar, por delante de mí en la barra.
—Si le importaras, estaría ya acá. Además, todo este lugar no es algo que vos habrías elegido para nada.
Como siempre, le sacaba la ficha a todo y todos. Andrés me había citado allí por nuestro aniversario. El segundo desde que nos conocíamos. Pero seguía sin aparecer ni dar noticia alguna, pasados ya cuarenta y cinco minutos de la hora en que quedamos en encontrarnos. Típico en él. Era tan impulsivo como incapaz de terminar algo, aunque hubiera sido su idea. Sumergido en su trabajo y sus amiguitos del futbol, yo era un apéndice, un asunto muy por detrás de muchos otros intereses suyos. Siempre debí luchar para pasar tiempo juntos, para captar su atención. Pero era encantador cuando lograba que estuviéramos juntos.
—No creo que seas el más indicado para hablar de amor. Defraudaste a todas las que cometieron ese error con vos— le dije, apenas disimulando el enojo.
Yo misma estaba en esa lista. Pero él no dijo nada respecto de mis palabras. Siempre callaba sobre aquello que no le convenía hablar y seguía como si nada. Tal como hizo al volver a hablarme.
—Lo mejor que puede pasar con alguna gente es que no esté en tu vida.
Por lo visto, insistía en aconsejarme. Tal como antes, como siempre que nos tratamos. Me refrené para no mandarlo al diablo. Hubiera sido un exabrupto que revelaría hasta qué punto me seguía pudiendo conmover. Ni loca le iba a dar esa satisfacción.
—¿Lo decís por vos?—se la devolví, adicionando a las palabras una mirada de reproche.
—Sé que no tengo derecho…
—Exacto—lo interrumpí, algo exasperada, también por estar conversando con él como si nada, después de tanto tiempo y tanto ignorarnos—. No lo tenés. Lo perdiste hace rato.
—En todo caso, eso no justifica que te dejes tratar de esa forma.
—Él me quiere.
—En vez de arreglarte tanto para agradarle a quien te hace esperar, ¿por qué no solo sos vos?
Ser yo. Fue una buena pregunta. Incómoda, también. Creo que me era más fácil dar lo que esperaban otros de mí que tener la amabilidad de otorgármelo a mí misma.  Necesidad de aprobación, de afecto, miedo a estar sola, que se yo. Sentimientos que había tenido también con él, hacía mucho tiempo. Era con el primero que había mendigado afecto, antes de incurrir en una conducta similar con otros. 
Era increíble como las palabras podían tener un efecto tan potente en la vida y los sentimientos. Oírlo aconsejarlo fue como ser insultada. No tenía ningún derecho en lo que a mí implicaba.
—Como sea, es cosa mía—le enrostré.
Observé su reacción. No parecía molesto sino herido, hasta diría que preocupado. Por mí, al parecer. Debía estar alucinando o ser víctima de un espejismo.
—Que estés resentida conmigo, no significas que dejes que otros te traten tan a la ligera.
No contesté nada a eso. Él me mantuvo la mirada por unos instantes mal.
—A veces dañamos a quienes queremos sin darnos cuenta—prosiguió—. Por estar demasiado metidos en las cosas de uno. Cuando se termina de verlo, ya es tarde y el daño está hecho. Algo difícil de reparar y mucho más de perdonar.
Asentí. Era la primera vez en la charla que concordaba en algo con él. Parecía emocionado, aun tratando de mantenerse en dominio de sí mismo. Me pasaba algo parecido.
—No fui justo con vos.
—No, no lo fuiste.
Descubrí que estaba emocionada al decir eso.
—Pero eso no quiere decir que no puedas ser feliz. O que tengas que dañarte con otros que no te merezcan.
Era cierto lo que decía, pero demasiado incómodo para reconocerlo en mi presente situación. Sobre todo, a él.
—Preferiría estar sola.
Era mi turno de rechazar su afecto. Como ese alguien había sido indiferente al mío por tanto tiempo.
Él movió la cabeza, como asintiendo, para luego levantarse. Era tan escondedor de sentimientos que como yo. También en eso, como en otras cosas me había moldeado. Más para mal que para bien.
—Me gustó verte.
—No puedo decir lo mismo—le dije, sin estar muy segura que eso fuera verdad.
Lo vi alejarse como si no quisiera hacerlo. Al otro extremo de la barra, cambió unas palabras con el barman como si fueran conocidos. Luego siguió hasta desaparecer tras la puerta que daba a la calle. Una que me quedé mirando más de la cuenta, luego que se cerrara.
Traté de volver a lo que estaba, antes que hiciera su acto de aparición. Miré mi trago a medias, sin poder quitarlo de dentro de mí. Muchas cosas se me removían por dentro.
Pese a todo lo sufrido por él, era asombroso como seguía teniendo una poderosa influencia en mí. Siempre había tenido ese don de percibir las cosas como eran y de no dudar en decirlo. En su momento lo había admirado por eso. Ahora descubría que seguía sin ser inmune a sus benditos consejos.
Todavía podía estar muy herida con él, por todo cuanto me había hecho. Y más aún, por aquello que no hizo o dejó de hacer. Pero no podía dejar de aceptar que tenía razón con muchas cosas.
La pantalla del celular se iluminó de repente, al tiempo que el aparato se movió al compás de un único zumbido. Era un mensaje de Andrés por el WhatsApp: “Me entretuve con unos amigos. Llego en media hora”.
Mientras lo leía, me pregunté por qué antes había aceptado ese tipo de cosas. No una, sino muchas veces. Estaba en ese lugar por una ocurrencia de él, que al parecer había dado a esa idea suya, o al hecho de ser nuestro aniversario, mucho menos importancia que yo.
Seguí un impulso y en vez del habitual mensaje de aceptación y de que estaba todo bien, como en muchas ocasiones similares anteriores, esta vez escribí: “Mejor, lo  cancelamos”.
Terminé mi whisky e iba a guardar el celular cuando recibí otro mensaje suyo: “Estoy yendo. Esperame Gordi”.
Antes de la incómoda pero esclarecedora conversación con cierto hombre muy particular para mí, hubiera claudicado. Me habría sentido incapaz de contradecirle. Hubiera permanecido allí, mirando cada dos minutos la puerta, esperándolo a que llegara. Embroncada y dolida, pero también necesitada que estuviera conmigo.
Pero esta vez mi respuesta fue un lacónico “No”. Luego apagué el celular. No estaba furiosa con Andrés. De pronto, no me movía nada el estar o no estar con él. Simplemente pensaba, extrañada, lo fácil que era poner fin a las cosas que me enervaban de él. Olvidos, frialdades y plantones.
Miré por unos instantes a las dos copas delante de mí en la barra. No podían ser más distintas. Tal como Andrés y yo. Solo mis continuos amoldamientos y resignaciones habían mantenido algo entre nosotros.
Todavía me sentía tocada por lo que me había dicho alguien que no podía quitar de mi cabeza. Una conversación que había iniciado por una copa vacía.
Me solté el pelo, que cayó, libre y volviendo a sus ondas. Con una servilleta de papel me saqué el rojo de los labios. Esperaba volver a verme como era todos los días. Mucho más simple, mucho más natural.
Pedí la cuenta. El barman me miró, cómplice.
—El caballero con el que estaba ya la pagó.
Por algún motivo, ese gesto me hizo sonreír como hacía mucho tiempo no lo hacía. Dejé una propina y salí del bar, apresurada. Ni yo entendía el porqué de ir a encontrar a quien había echado de mi lado y con el que permanecía resentida.
No tuve que buscar mucho. Estada a solo unos pocos metros de la puerta. En el borde de la acera, mirando a la calle, con el brazo derecho inquieto. Estaba buscando un taxi, supongo.
Me acerqué, tímida como sobre él podía ponerme. Lo llamé, algo avergonzada. No sé por qué. O, sí, lo sabía. Con todo lo que pudiera reclamarle, el siempre sería el primer hombre de mi vida. Aun no estando en ella. Incluso sin poder yo, ni querer, perdonarle ciertas cosas. Asuntos por los que él tampoco había pedido, ni buscado, perdón alguno.
Me miró, con extrañeza. Nunca pensó que yo estaría allí, buscándolo. Vi cómo se le nublaban los ojos. Pero sus sentimientos no pasaron de ahí. Aunque era mucho más de lo que me había demostrado siempre.
La nuestra siempre fue una relación de silencios, de distancias. Mis ojos se nublaron también.
Fue entonces cuando me acerque y lo abracé. Él se sorprendió mucho por ese gesto. Llevaba años sin hacerlo.
Lo besé con cariño, algo torpe por la emoción, un poco debajo de la oreja. Luego le dije en un susurro:
—Gracias, papá.  


#InspiradosEnCasa 2da Edición - Daniela Kaplan - 10 de Abril 2020

#InspiradosEnCasa Tema: Una Copa Vacía Escribe: Daniela Kaplan Pinta: Carlos Vidal Aguirrebengoa UNA COPA VACÍA Estaba desesperado del ...