lunes, 20 de abril de 2020

#InspiradosEnCasa 2da Edición - Daniela Kaplan - 10 de Abril 2020

#InspiradosEnCasa
Tema: Una Copa Vacía
Escribe: Daniela Kaplan
Pinta: Carlos Vidal Aguirrebengoa
UNA COPA VACÍA
Estaba desesperado del hambre. No había podido desayunar, tuve que salir disparando a una reunión de trabajo. La reunión fue exitosa y la mañana transcurrió sin imprevistos ni sobresaltos. Empecé a sentir hambre. Miré el reloj del celular y, ¡caramba! eran casi las tres de la tarde. El resto del trabajo que me quedaba para completar el día no necesariamente exigía mi presencia en la oficina con lo cual podía almorzar y trabajar donde eligiese. A dos cuadras de la oficina hay un bar frente a un parque al que suelo ir, ante todo por la tranquilidad que me provoca pasar tiempo en la naturaleza o frente a ella. Apagué la computadora y me fui al bar. Llegué y elegí una mesa al aire libre. A los pocos minutos de sentarme se acercó la moza que me atiende siempre, me saludó y me entregó la carta. Como la conozco de memoria, le hice saber que no hacía falta leerla y ordené mi pedido: canelones de carne y verdura. “Le traje una copa. ¿Quiere el vino que pide siempre?” la señorita apoyó la copa en la mesa. Dudé unos instantes. “Mejor hoy una limonada bien fría”. “Perfecto, ya se lo alcanzo y  no hay muchas comandas con lo cual la comida no va a demorar mucho” me respondió. La copa quedó vacía sobre la mesa y la moza se retiró. Sonó mi celular, atendí, era Claudia, mi ex mujer. “…Claudia, me tenes harta con tus reclamos y quejas. De todo te quejas, no hay nada que…” Y cuando estaba terminando la oración vi subir las escaleras de la entrada del bar a una bella mujer que no iba sola. Lo que no supe es si iba con uno o dos seres más. Estaba embarazada, parecía a punto de parir. Por algún sincrónico motivo a Claudia se le cortó la llamada. 
Algo en la bella mujer que ingresó atrapó mi atención. Vestía un pantalón suelto, de color verde, una musculosa blanca y una campera de jean. Se sentó en una mesa adelante mío de modo que yo podía ver su rostro. Su mirada se veía triste y la mayoría del tiempo miraba hacia abajo. Se sentó, apoyó su mochila a su lado y dejó su celular sobre la mesa. La misma moza que me había atendido se acercó, me trajo mis canelones y en un vaso la limonada y luego se dirigió hacia la bella mujer embarazada entregándole el Menú. “En unos minutos vengo a tomarle la orden señora” dijo la moza. “Gracias” respondió. Oí su voz. Un cosquilleo corrió por mis venas. Algo indescifrable estaba sucediendo. Jamás me había pasado algo así. He conocido mujeres en mi vida pero por algún motivo no podía dejar de mirar a la mujer que acababa de entrar, había despertado algo distinto que no podía explicar. Ella pareció darse cuenta de que yo la miraba. Me dio un poco de vergüenza, bajé la mirada y agarré el celular. La miraba de reojo. Ella empezó a hojear la carta, parecía indecisa. Iba y venía una y otra vez de hoja en hoja de la carta hasta que un llanto profundo se apoderó de su alma… y de la mía. Lloró como niña, se abrazó a sí misma y yo no supe qué hacer. La veía llorar como una pequeña indefensa, sentí su dolor. Desconocía el motivo pero era un dolor punzante y yo lo sentí de inmediato. Algo estaba empezando a entenderse. Me pregunté si acercarme, si no hacerlo, cómo lo tomaría ella, no quería molestarla… pero tampoco dejarla sola en ese dolor insoportable y en ese vacío que pude percibir. “A los ojos tristes hay que darles muchos abrazos” me decía mi abuela. Eso fue lo que le dije. Ella lo oyó y levantó su mirada. En un respiro calmó su llanto. Me miró y una sonrisa suave y pequeña se apoderó de su rostro. “Gracias” me dijo. Se hizo un corto silencio. “Acá hay una copa vacía pero yo no espero a nadie, esta copa pareciera que te estaba esperando. ¿Querés que compartamos el almuerzo?” le dije. Temí su respuesta. No creo haber estado preparado para su negativa. Por suerte, aceptó. Tomé la copa, mis canelones y casi haciendo malabares para que no se me caiga la limonada y llevé todo a su mesa. “Mi nombre es Tony, siento mucha alegría de poder compartir este almuerzo con una desconocida tan luminosa” le dije. Era realmente difícil saber cuáles eran las palabras precisas para la ocasión; eso fue lo que me salió. “Soy Mery” respondió. “Tony, seguramente querés saber qué me pasa, por qué lloro…” me dijo. “Lo único que quisiera es que te sientas bien. Si te hace bien compartirlo soy todo oídos…” “Estoy a punto de parir y ayer descubrí que mi marido, el padre del hijo que llevo en mi vientre tiene una doble vida. Nosotros nos casamos hace siete años y él está hace cinco años en pareja con otra mujer con la que tiene dos hijos. Uno de cuatro años y el otro de dos… ” Mery volvió a quebrarse. La abracé. Tan fuerte como si nos conociéramos de toda la vida. Mery aceptó mi abrazo y fue de los abrazos más maravillosos que he sentido en mi vida. “Necesito quedarme a vivir en este abrazo Tony, estoy destrozada” me dijo. Fue en ese instante cuando supe que ese abrazo era realmente el principio de un amor para toda la vida.      

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