Demasiado
perfecto, como un Lemon pie, para ser real
Esa
noche pintaba para ser una de aquellas. Te bailaste todo, en aquel sábado nocturno
en Fly City. One Way or Another y Maria de Blondie; Cambodie de Kim Wilde o ese temazo de Zombie de Cranberries. Para no decir cómo te pegó Candy con Iggy Pop cantando a duo con
Kate Pierson, prestada al efecto desde la banda The B-52's.
Temazos
que los quisiste solo para vos. Sola, y no porque te faltaran ofrecimientos de
compañía. Pero nada cuajó. Con Marcelo, que te llevó en el Renault 12, te
peleaste porque no te entiende. El flaco no te tiene paciencia, se lo dijiste a
todas, Daniela y Mirta incluidas, en la usual reunión de amigas en el baño de
mujeres. Luciano te quiso sacar a bailar porque te tiene puesto el ojo desde
hace rato. Pero no te termina de convencer. Muy formal, demasiado caballero
para lo que tenés rondándote por la cabeza. Aparte no te gustan los tipos con
el pelo más largo que vos. Le das salida, con la mejor excusa que podés
inventar. Víctor, el siguiente, te entusiasma, pero quiere que la cosa vaya
rápido, fluya y a vos eso no te va. Si alguien quiere estar con vos, que la
reme. Por algo valés lo que pensás que vales, conforme a tu propia escala de
autoestima.
Es
que la vida, a fin de cuentas, es como el Lemon
pie. Crocante por una parte, pegajoso por la otra. También, ácido, dulce y
empalagoso. Sucesivamente o todo a la vez. Lo filosofas de ese modo, mientras
te bajás el segundo fernet con cola.
Quizás
por eso, lo hagas como lo hagas, te digan lo que te digan sobre lo que les
parece tu Lemon pie a quienes se lo comen, nunca has quedado conforme con como
lo cocinás. Como tampoco te conforma esa noche, en el boliche, ninguno de los
prospectos masculinos disponibles.
Al
final, promediando la madrugada, salís a la Yrigoyen embolada, preguntándote
qué es lo que les pasa a los tipos. Diciéndote, para adentro, que no hay uno
como la gente. Que, al final, es tal cual como dicen, son todos iguales.
Tratás
de llevar el paso, por los tragos que te has echado encima. No la tenés mi
clara lo que pasó después. Como llegaste a lo que llegaste. A encontrarlo por
el camino. Un adonis a la medida de tus deseos y necesidades. El Lemon pie
perfecto, con forma de tipo. De cierta facha, pero no un carilindo. Un poco más
alto que vos, pero no demasiado. Ponerse en puntas de pie para besar no es
negocio y vos ya sos medio bajita. Con ojos lindos, no azules, sino mejor
todavía, verdes. Pelo corto, pero con jopo. Que fuera atento y afectuoso, pero
sin asfixiar. Que no te quiera dirigir la vida pero esté ahí cuando lo
necesitas.
En
suma, te cruzaste, en el momento más inesperado, con quien era tu hombre ideal.
Un perfecto Lemon pie. Y con ese, no
sabés como, te fuiste a tu casa esa noche.
Claro
que era demasiado bueno para durar y a la mañana siguiente, pasado el mediodía
cuando te despertás, con la cabeza con un bombo, ácido en la garganta y fuego
en las tripas, no lo ubicas por ningún lado. Tratás de espabilarte, observando
esa cama desarreglada donde parece que estuvieron dos.
Tardas
en comprender. Pero, finalmente, le sacás la ficha a la situación. Era algo
destinado a pasar. Se trataba de emociones que llevaban la muerte en su
naturaleza. Por ambicionarlo todo. El dolor por la pérdida no es enteramente
dolor. Se trata de la angustia de tus fracasos, de los errores de mujer que
cometiste antes de meterte con él y los que tendrás después. Porque sos, con
ellos, a la hora de elegirlos, tan estricta como con vos misma en tu vida
diaria. Como cuando tratás de cocinar un Lemon
pie.
Buscás,
seguís yendo y viniendo por tu casa y no lo hallás en ninguna parte. Era como
si hubiera desparecido para ser uno más de sus recuerdos. Una gota de lluvia
que se escurre, se evapora, se la traga una tierra de sentimientos sedienta,
por demás, de ella.
Con
todas las culpas por lo que has hecho, por cómo te ilusionaste con nada, por la
forma que te vendiste un buzón a vos misma, no terminas de arrepentirte de aquello que
hiciste. Él era solo una mezcla de lo que sos y de lo que querés sentír. Tan
fría como actuás frente a todos y tan sentimental como no te conoce nadie.
Acabás
por aceptar lo que pasó realmente, lo que obligadamente tiene que ocurrir,
cuando elegís intimar con un sueño, con un hombre que no existe en la realidad.
Algo que te inventaste a vos misma. Quizás, tal como el Lemon pie perfecto, pertenezca solo al reino de lo irreal.
Por
eso él está, a pesar de no existir, con esa persistencia, desafiando toda
lógica y toda racionalidad, tan presente en todos tus sueños y tan ausente de
tu vida real. Tal como tu obstinación por llegar a hacer, alguna vez, un Lemon
pie que te conforme.


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