martes, 21 de mayo de 2019

Sin Filtro - Improvisación de José Vales Feria Internacional del Libro Bs As


Desapareció una tarde. No volví a verlo nunca más sentado en el umbral de la casa de una frente rosa viejo. Lo busqué por las esquinas incipientes de ese barrio plagado de potreros, de sirenas obreras y de hollín de aromas diversos.  Nada.  Lo esperé durante varias noches, para  verlo salir de la casa de Bizca, con la que casi todos debutaban sexualmente y él estaba amurado a su anatomía como la enredadera que su madre cuidaba con pasión al muro. Nunca más volví a ver al Negro Lascana. Mi primer maestro, en la vida. EL que me enseñó cómo moverme en  la calle, a diferenciar lo que estaba mal de lo que estaba peor, en un país en donde según su lógica: “Nada puede salir bien, pibe…”
Era el sereno perfecto de aquellas calles. El cronista de sus felicidades y sus desdichas. Fuente inagotable de lo que pasaba en cada casa. No creía en nada ni en nadie, pero oficiaba para muchos de nosotros como un gurú de cabecera. Tanto en la cuarta de Palermo, como en la cruz de los días. Sin saberlo era un iconoclasta militante. Se cagaba en todo. “Pero con respeto, señora…”
En su anarquismo innato, se consideraba “un gran Argentino”.
-Somos los grande, nene. Somo un pueblo de gente decente. Cada vez que encontramos un laburo lo devolvemos.
Y él era estoico y consecuente. Devolvió sin dudar todos los trabajos que se le cruzaron en el camino. Leía y hablaba. Generoso con las fijas en Palermo o en San Isidro, deambulaba por la vida como un turista desclasado, en aquellas calles de La Nada, como alguna vez se conoció a ese barrio que del otro lado de la General Paz, se lo conocía como Villa Cascotito. El mundo comenzaba a tomar forma recién en la divisoria entre Buenos Aires y La Nada. Allí el Negro Lascana, ataviado con sus dos blazers (“uno es el saco y el otro el sobretodo, giles)  era un hombre de consulta permanente. A él acudían, desde los obreros para ver qué número jugaban esa tarde  (porque el Negro levantaba quiniela con una disciplina envidiable), hasta la Bizca, que le consultaba cómo invertir sus ahorros. Fue él, fruto de su atorrante imaginación, quien  le cambio el apodo a la Bizca. A partir de una tarde allá por los 70, pasó a ser Susana Giménez. Su pronunciado estrabismo, fue desde entonces su nueva partida de nacimiento.
-Ella es más gauchita y menos interesada que La Mary, nene y sino preguntale a Monzón. – me vaticinó un día.
Fue una fuente inagotable para los pocos estudiantes de derecho que se animaron a buscar una fuga decente de aquellas calles. Allá, en La Nada, no teníamos derecho a más de dos ambiciones: ser como Rojitas o como Pichón Laginestra, el mejor ladrón de bancos de todos los tiempos.
Y es que el Negro, sólo había cursado libre y cuan autodidacta, una materia de Abogacía: Derecho Penal. Como buena pierna de cuanto chorro amigo, él se veía en la obligación de ir los jueves a Caseros o a Devoto, a llevar el paquete, con la yerba, los fasos, las pastillas y algunos libros para labrar una defensa que nunca llegaba a ser tal.
Fue el Negro, consultor exclusivo de cada uno de nosotros, el que me dio la fórmula. “Nene, en este ispa, el combustible que lo mueve es la mediocridad. Cambía “El Tony” y “El Gráfico” por los libros y cuando puedas tomátelas, porque  este país ´ya no se vuelve (y entonaba las estrofas de “Yuyo verde”, su tango de cabecera´”.
Me lo dijo Sin Filtro. “A este país se lo timbean todos los días. Ustedes laburan de día y se lo chorean de noche.  Ni el nombre le van a dejar…
No le creía, por entonces. Y por entonces no lograba  entender por qué disparaba tanta desesperanza Y es que él vivía así, como hablaba. Sin Filtro.  Su texto de cabecera era “La Patria” de Cortázar y cuando nos encontraba a todos juntos en la esquina o en la canchita nos recibía con el mismo discurso : “Bienvenidos a la República de Peronia, compañeros. Acá, los gorilas no lo saben pero ellos, todos, también  son peronistas. Ni el nombre nos van a dejar….”
Nunca encontré respuesta al por qué desapareció de esa forma. Sin dejar rastros, sin una señal, sin un dato dónde ir a buscarlo.
Necesité  muchos años, para entender qué no fue ni iba a ser el único en desaparecer. De aquellas calles ya no queda nada. De aquellos sueños menos. Ni los obreros poblando las tardes, ni pibes queriendo fugar de su destino, ni la esperanza de un país mejor que poblaban las discusiones con Lascana.
Lo sigo buscando hoy para darle la razón en tantas cosas… Hasta quisiera  proponerle otro tango de cabecera. Decirle que Yuyo verde, ya fue… Que el himno perfecto de Peronia, no lo escribió López y Planes, ni Blas Parera. Sino Catulo Castillo.  “Desencuentro”.  Y  es que  por aquellos días, donde se forjó esta realidad, la vida y la muerte transcurrían sin filtro. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

#InspiradosEnCasa 2da Edición - Daniela Kaplan - 10 de Abril 2020

#InspiradosEnCasa Tema: Una Copa Vacía Escribe: Daniela Kaplan Pinta: Carlos Vidal Aguirrebengoa UNA COPA VACÍA Estaba desesperado del ...