Desapareció
una tarde. No volví a verlo nunca más sentado en el umbral de la casa de una
frente rosa viejo. Lo busqué por las esquinas incipientes de ese barrio plagado
de potreros, de sirenas obreras y de hollín de aromas diversos. Nada.
Lo esperé durante varias noches, para verlo salir de la casa de Bizca, con la que
casi todos debutaban sexualmente y él estaba amurado a su anatomía como la
enredadera que su madre cuidaba con pasión al muro. Nunca más volví a ver al Negro Lascana. Mi primer maestro, en la
vida. EL que me enseñó cómo moverme en
la calle, a diferenciar lo que estaba mal de lo que estaba peor, en un
país en donde según su lógica: “Nada puede salir bien, pibe…”
Era el sereno
perfecto de aquellas calles. El cronista de sus felicidades y sus desdichas.
Fuente inagotable de lo que pasaba en cada casa. No creía en nada ni en nadie,
pero oficiaba para muchos de nosotros como un gurú de cabecera. Tanto en la
cuarta de Palermo, como en la cruz de los días. Sin saberlo era un iconoclasta
militante. Se cagaba en todo. “Pero con respeto, señora…”
En su
anarquismo innato, se consideraba “un gran Argentino”.
-Somos los má grande, nene. Somo un pueblo de gente
decente. Cada vez que encontramos un laburo lo devolvemos.
Y él era
estoico y consecuente. Devolvió sin dudar todos los trabajos que se le cruzaron
en el camino. Leía y hablaba. Generoso con las fijas en Palermo o en San
Isidro, deambulaba por la vida como un turista desclasado, en aquellas calles
de La Nada, como alguna vez se conoció a ese barrio que del otro lado de la
General Paz, se lo conocía como Villa Cascotito. El mundo comenzaba a tomar
forma recién en la divisoria entre Buenos Aires y La Nada. Allí el Negro
Lascana, ataviado con sus dos blazers (“uno es el saco y el otro el sobretodo,
giles) era un hombre de consulta
permanente. A él acudían, desde los obreros para ver qué número jugaban esa
tarde (porque el Negro levantaba
quiniela con una disciplina envidiable), hasta la Bizca, que le consultaba cómo
invertir sus ahorros. Fue él, fruto de su atorrante imaginación, quien le cambio el apodo a la Bizca. A partir de una
tarde allá por los 70, pasó a ser Susana
Giménez. Su pronunciado estrabismo, fue desde entonces su nueva partida de
nacimiento.
-Ella es más
gauchita y menos interesada que La Mary, nene y sino preguntale a Monzón. – me
vaticinó un día.
Fue una
fuente inagotable para los pocos estudiantes de derecho que se animaron a buscar
una fuga decente de aquellas calles. Allá, en La Nada, no teníamos derecho a
más de dos ambiciones: ser como Rojitas o como Pichón Laginestra, el mejor ladrón de bancos de todos los tiempos.
Y es que el
Negro, sólo había cursado libre y cuan autodidacta, una materia de Abogacía:
Derecho Penal. Como buena pierna de cuanto chorro amigo, él se veía en la
obligación de ir los jueves a Caseros o a Devoto, a llevar el paquete, con la
yerba, los fasos, las pastillas y algunos libros para labrar una defensa que
nunca llegaba a ser tal.
Fue el
Negro, consultor exclusivo de cada uno de nosotros, el que me dio la fórmula.
“Nene, en este ispa, el combustible que
lo mueve es la mediocridad. Cambía “El
Tony” y “El Gráfico” por los libros y cuando puedas tomátelas, porque este país ´ya no se vuelve (y entonaba las
estrofas de “Yuyo verde”, su tango de
cabecera´”.
Me lo dijo
Sin Filtro. “A este país se lo timbean todos los días. Ustedes laburan de día y
se lo chorean de noche. Ni el nombre le
van a dejar…
No le creía,
por entonces. Y por entonces no lograba entender por qué disparaba tanta desesperanza
Y es que él vivía así, como hablaba. Sin Filtro. Su texto de cabecera era “La Patria” de
Cortázar y cuando nos encontraba a todos juntos en la esquina o en la canchita nos
recibía con el mismo discurso : “Bienvenidos a la República de Peronia,
compañeros. Acá, los gorilas no lo saben pero ellos, todos, también son peronistas. Ni el nombre nos van a
dejar….”
Nunca encontré
respuesta al por qué desapareció de esa forma. Sin dejar rastros, sin una señal,
sin un dato dónde ir a buscarlo.
Necesité muchos años, para entender qué no fue ni iba
a ser el único en desaparecer. De aquellas calles ya no queda nada. De aquellos
sueños menos. Ni los obreros poblando las tardes, ni pibes queriendo fugar de
su destino, ni la esperanza de un país mejor que poblaban las discusiones con
Lascana.
Lo sigo
buscando hoy para darle la razón en tantas cosas… Hasta quisiera proponerle otro tango de cabecera. Decirle
que Yuyo verde, ya fue… Que el himno
perfecto de Peronia, no lo escribió López y Planes, ni Blas Parera. Sino Catulo
Castillo. “Desencuentro”. Y es
que por aquellos días, donde se forjó
esta realidad, la vida y la muerte transcurrían sin filtro.
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