domingo, 19 de mayo de 2019

Sin filtro - Improvisacion de Daniela Kaplan Feria Internacional del Libro Bs As

SIN FILTRO
Sábado y mi cabeza estaba llena de pensamientos. ¿Qué mejor que ir al parque a caminar? Así empecé mi primera vuelta. El día estaba hermoso, sol radiante y yo rodeada de árboles que me soplaron el primer aire de descanso de mi fin de semana.  A los pocos, poquísimos, minutos de comenzar a caminar, mi mirada fue directo hacia ellos: una pareja de abuelitos caminando, tomados de la mano, como novios. Caminaban sonrientes y regalando dulzura a cualquiera que se le acercara. Los miré. Nos encontramos en el camino yendo hacia direcciones distintas. Nos encontramos.  Al cruzarnos en el mismo punto del trayecto entrecruzamos miradas y seguí mi vuelta. Los pensamientos de la semana desaparecieron al instante y caminando imaginé un montón de historias posibles sobre la vida de los abuelitos enamorados. Me encantó soñar despierta mientras caminaba. Seguí caminando, ya sobre la segunda vuelta al parque, y los volví a encontrar. Esta vez no solo nos miramos, también sonreímos y, casi alejándonos, la abuelita se acercó y me pidió… una selfie. Jamás hubiese imaginado ese pedido. En verdad lo que ella quería hacer era aprender a sacar selfies. Como entendí de inmediato lo que quería le enseñé y… hasta salí en la selfie. Me encantó la onda de la parejita enamorada. Seguí caminando con alegría. Me regalaron esperanza, eso que en estos tiempos a veces pareciera ha perdido vida. Mientras recorría mi tercer vuelta al parque deseé que ellos no se hayan ido y pensaba si podría detenerlos para que me cuenten qué había sido de sus vidas y de sus historias para llegar así, tomados de la mano, a ese sábado bajo el sol radiante. La abuelita que ya sabía sacar selfies me miró llegar a un nuevo encuentro en la caminata. Y me miró con una mirada tan hermosa que dejé de dudar y allí fui. Directo a mi pregunta. “Disculpe señora, ¿a usted le molestaría que nos sentemos un ratito al lado del pasto a conversar? Lo cierto es que, desde que los vi tomados de la mano en la primera vuelta de mi caminata me despertó mucha curiosidad saber cómo llegaron a este sábado tomados de la mano…”… No alcancé a terminar la pregunta que la señora me interrumpió para tomarme de la mano y caminar hacia el banco más próximo. Mientras caminábamos me contó que se llamaba Olga y que su marido era Ramón. Me dijo también que Ramón tenía Alzheimer, de algún modo me advirtió que si su marido decía cuestiones poco comprensibles tenía que ver con esta cuestión. Olga era muy simpática, claramente estaba re contenta con mi pregunta y tenía muchas ganas de contarme su historia. Me contó que Ramón estaba alojado en un geriátrico cercano al parque y que ella iba todos los sábados a la misma hora a retirarlo para llevarlo a dar unas vueltitas o a tomar un café con tostadas con dulce de leche como le gustaba a Ramón. “¿y sabes por qué mijita voy todos los sábados a la misma hora?” La miré. “Te voy a contar”. “Con Ramón nos casamos hace cuarenta años. Formamos una familia hermosa, tres hijos maravillosos, vivíamos supuestamente en un hogar cálido y lleno de amor… lleno de amor hasta que me enteré que no era la única Olga en su vida. El señor tenía otra Olga a la que visitaba, con quien viajaba, paseaba, dormía y a quien le hacía un montón de regalos. Por un tiempo largo –aunque llena de enojo, dolor e impotencia- y hasta que pude me hice la tonta y la que no estaba enterada de nada hasta que ¡pude mijita, pude! Un día él llegó de “viaje de trabajo” y lo recibí con una valijita en la puerta de casa. No volvimos a hablar hasta pasados cinco años que nos reencontramos en el casamiento de uno de nuestros hijos. Y la vida, querida, da vueltas y vueltas. Aunque él tenía a otra Olga en su vida siempre sentí que ese no iba a ser nuestro final. Y estaba convencida que yo no iba a ser una cornuda  toda la vida. Así, sin filtro te lo digo. Era una flor de boluda y tenía el record guiness en cuernos. Y eso… me indignaba. Algo tenía que pasar, la vida alguna vuelta tenía que dar. Y bueno, acá me tenés. La otra Olga lo busca, lo visita y le lleva chocolates. Por suerte tenemos el mismo nombre entonces, los sábados, me quedo en el taxi, el taxista –un maestro- me hace el aguante, se baja diciendo que “la señora Olga lo espera en el auto” y me lo trae a Ramón. Lo agarro a los besos, lo llevo a pasear por el parque y, la verdad, aunque todos me hablan de una demencia, en el fondo y no tan fondo yo sé - y estoy convencida- que sus besos son de amor y sus caricias son sinceras. ¿Y a la otra Olga qué le digo? Que uno tiene que hacer siempre las cosas bien porque en la vida se cosecha lo que se siembra, sin rencor y sin ego, con la conciencia tranquila, haciendo el bien y dando mucho amor. Todo: SIN FILTRO”.

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