Una
suave brisa hacía ondear el cabello largo de la hermosa joven que observaba el
horizonte de un paisaje otoñal. Los recuerdos del pasado volvían a su mente. Un
ave pasó rasante sobre su cabeza y la distrajo. Una leve sonrisa se dibujó en
su boca. La añoranza de un amor perdido volvió a provocarle tristeza.
Pensar
que cuando ese día, Gustavo le dijo Te amo, sus
ojos hablaron por ella. El brillo aumentó la intensidad del celeste de sus ojos. Ahora, en ellos la tristeza
profunda los había tornado grises.
Cuántos momentos de intenso amor vivió a su
lado. La vida los había llevado por distintos caminos. Al recordarlos, pensó
que al menos había sido suyo y que lo importante era haber experimentado
intensos sentimientos que llevaría
grabados en su corazón.
Entonces,
sonrió, suspiró hondo y sus ojos lentamente fueron recobrando la alegría,
porque lo que hace a los ojos brillar es
el amor, que si es verdadero, nunca muere.
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