Listo,
ya lo tengo totalmente resuelto, rompo el chanchito y me compro el auto que vi
en la agencia de la vuelta.
Lleno
todos los papeles y me sacan más guita de la que realmente esperaba poner,
pero… ¡¡Tengo auto, carajo!!
Bueno,
aquí estamos, de pie en la vereda, frente a un hermoso Gol y con sus llaves en
mi mano. Abro la puerta y me siento la persona más poderosa en éste sector de
la tierra. Observo el habitáculo admirando cada detalle como si no lo hubiera
visto antes de decidirme por el modelo. Definitivamente estoy ganando tiempo
para no accionar, de una vez, el mecanismo dentro de mí que me impide avanzar
al siguiente paso.
Envuelvo con mis palmas el volante y… ¡Mierda!
Creo que me está por dar un pequeño ataque de pánico. Confirmado, lo estoy
sufriendo y esto no me está gustando nada.
«Tranquilo, respira, vamos…
inhala y exhala. Tomá y largá el aire en pequeñas bocanadas como si fueras un
pez fuera del agua» me digo a mí mismo
repitiendo las palabras de Marcos, mi terapeuta.
Una
vez, dos veces… tres… No está resultando. Me bajo e intento recomponerme fuera
del espacio reducido del coche.
No
pasa nada. Saco mi celular del bolsillo y llamo a mi hermano de la vida.
―Nacho
―Ey,
máster ¿Qué haces?― me responde sin notar que falta poco para que yo me muera
de terror a pocas cuadras de su casa.
―Loco,
necesito que me des una mano―le digo con un tono de súplica que ya le puede ir
dando una muestra de lo que me sucede.
― ¿Estás
bien?
―No―
le respondo sin dar vueltas.
― ¿A
dónde estás? ―es un hecho, mi amigo del alma me conoce más que a sí mismo
―Estoy
a dos cuadras de casa, en la agencia de…
―¡¡Te
lo compraste!! ―me interrumpe intuyendo lo que sigue.
―Sí―
y me da vergüenza reconocerlo, pero debo admitir que mi “querer poder” pudo más
que la razón.
―Macho,
lo hablamos un montón. Después de lo que pasó la última vez…
―Lo
sé, lo sé…perdón; creí que ya estaba preparado para intentarlo, pero…
―
¿Podes respirar? ―con solo oírme se da cuenta de mi estado. No le digo nada.
Corto la llamada y me siento en el cordón de la vereda entre rueda y rueda… Con
la mirada perdida en el color rojo brillante de mi auto… “Mi auto”
Meto
la cabeza entre mis rodillas y el tiempo me cobija
llevándome a un lugar muy lejos del fracaso
que termino de experimentar.
― ¿Andrés?
― escucho la voz de Nacho en el mismo momento que el calor de su mano se
deposita en mi hombro, lo que me trae al aquí y ahora.
―Te
juro que creí que iba a poder, pensé que ya estaba preparado para manejar.
Se
sienta a mi lado y, aunque me cuesta aceptarlo, el muy desgraciado comienza a
reírse a carcajadas.
―
¿Se puede saber de qué mierda te reís? ―le espeto con bronca― Yo te llamo para que
me ayudes porque estoy mal,
realmente
deprimido por no poder concretar éste sueño, éste desafío que me he propuesto y
otra vez me enfrento a un nuevo fracaso ―no hay caso, cada palabra que le digo,
cada motivo que justifique mi pedido de auxilio, parece darle más gracia.
―
¡Qué increíble! Te juro que me mata lo cabeza dura que sos ―larga de repente
intentando recuperar un poco de aire, secándose las lágrimas que caen como
cascadas por su rostro.
¡¡Es
el colmo, hasta está llorando de la risa!!
Me
paro con ímpetu y poniendo mis brazos en jarra lo miro fijo. Luego de unos
segundos revoleo mis ojos hacia el cielo renunciando, casi por completo, al
poco orgullo que me queda. Solo me reservo el que rescaté cuando vendí el auto
anterior sin poder hacer ni un solo kilómetro en él por mi miedo a conducir, y le
digo:
―Ok,
lo admito…―confieso buscando la llave y entregándosela― Pero conste que no es
lo que parece ―me observa desde abajo a través de sus cejas conteniendo otra explosión de risa y
antes de que me retruque exponiendo el verdadero motivo de mi cobardía, le gano
de mano con la excusa perfecta― Tengo auto pero no me gusta manejar.
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