Mi
día laboral ha terminado. Fue una semana algo rara. Compañeros nuevos que se han sumado a la empresa, y
otros, que de manera sorpresiva, se van para buscar otros rumbos. Todos parten de
after
office al bar
de la esquina con la excusa de improvisar una despedida. Me disculpo inventando
un dolor de cabeza como salvoconducto para volver lo antes posible a casa.
En fin, ya en el subte me distraigo observando
los rostros de cada una las personas, adivinando lo que pasa en su interior. Por
ejemplo el de la señora que está a mi lado. Ella tiene dibujada una sonrisa
como si un recuerdo la llevara a un sitio muy agradable. En cambio el joven que
está de pie, justo frente a mí, masculla entre dientes palabras inentendibles,
mirando de vez en cuando hacia los laterales con el ceño fruncido, atento a que alguien lo toque para quejarse e
insultarlo liberando así parte de la bronca que alguna situación le ha
provocado.
Solo
dos paradas más en el recorrido y llegaré a mi lugar en el mundo, aquel en
donde encuentro la paz que añoro durante las horas que debo permanecer fuera, separado
de la única persona con la que quiero estar. Ella ya debe encontrarse
allá. Seguramente estará aguardando tan
expectante como yo contando los segundos para nuestro reencuentro.
Dejo
atrás la estación, devorando las cuadras rumbo a mi departamento.
El
ascensor se detiene y mis pies apuran la
marcha ganando el pasillo a pura zancadas. Busco en el bolsillo de mi saco la
llave, pero antes de encontrarla, la puerta se abre y la imagen más hermosa que
pueda soñar, está de pie bajo el umbral, conteniéndose tanto como yo para
no correr a ese abrazo esperado durante todo el día.
Me
quedo inmóvil suspendido en esa pequeña fracción del minuto que nos separa. Inhalo
la fragancia que invade cada uno de mis sentidos alterando la poca coherencia
que me queda al verla. Mis hormonas chocan entre sí, pidiendo a gritos que la
toque, que su piel despierte y reaccione ante el contacto esperado. Lo hago. Sin
mediar palabra alguna mis manos toman su rostro enmarcando la perfección de sus
facciones, dejando insulsa la definición de la belleza.
Su
boca se abre como preludio del beso que el calor del tacto le transmite. Me sumerjo en su interior improvisando una
danza con nuestras lenguas, un cortejo preliminar de lo que viene…, lo que he deseado
durante todo el día.
Me
separo lo suficiente como para que lea en mi mirada todo lo que quiero a partir
de éste mismo momento. Sonríe. Lo sabe…
Entramos
envueltos en nuestras propias fantasías. Aquellas que se renuevan de manera
permanente desde que estamos juntos creando nuestro propio mundo, descartando
cualquier cosa que nos impida expresar lo que sentimos. En silencio me guía hasta el cuarto segura de
que ella y solo ella, tiene lo que hace a los ojos, mis ojos, brillar…
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