Sábado y mi cabeza estaba llena de pensamientos. ¿Qué mejor que ir al parque a caminar? Así empecé mi primera vuelta. El día estaba hermoso, sol radiante y yo rodeada de árboles que me soplaron el primer aire de descanso de mi fin de semana. A los pocos, poquísimos, minutos de comenzar a caminar, mi mirada fue directo hacia ellos: una pareja de abuelitos caminando, tomados de la mano, como novios. Caminaban sonrientes y regalando dulzura a cualquiera que se le acercara. Los miré. Nos encontramos en el camino yendo hacia direcciones distintas. Nos encontramos. Al cruzarnos en el mismo punto del trayecto entrecruzamos miradas y seguí mi vuelta. Los pensamientos de la semana desaparecieron al instante y caminando imaginé un montón de historias posibles sobre la vida de los abuelitos enamorados. Me encantó soñar despierta mientras caminaba. Seguí caminando, ya sobre la segunda vuelta al parque, y los volví a encontrar. Esta vez no solo nos miramos, también sonreímos y, casi alejándonos, la abuelita se acercó y me pidió… una selfie. Jamás hubiese imaginado ese pedido. En verdad lo que ella quería hacer era aprender a sacar selfies. Como entendí de inmediato lo que quería le enseñé y… hasta salí en la selfie. Me encantó la onda de la parejita enamorada. Seguí caminando con alegría. Me regalaron esperanza, eso que en estos tiempos a veces pareciera ha perdido vida. Mientras recorría mi tercer vuelta al parque deseé que ellos no se hayan ido y pensaba si podría detenerlos para que me cuenten qué había sido de sus vidas y de sus historias para llegar así, tomados de la mano, a ese sábado bajo el sol radiante. La abuelita que ya sabía sacar selfies me miró llegar a un nuevo encuentro en la caminata. Y me miró con una mirada tan hermosa que dejé de dudar y allí fui. Directo a mi pregunta. “Disculpe señora, ¿a usted le molestaría que nos sentemos un ratito al lado del pasto a conversar? Lo cierto es que, desde que los vi tomados de la mano en la primera vuelta de mi caminata me despertó mucha curiosidad saber cómo llegaron a este sábado tomados de la mano…”… No alcancé a terminar la pregunta que la señora me interrumpió para tomarme de la mano y caminar hacia el banco más próximo. Mientras caminábamos me contó que se llamaba Olga y que su marido era Ramón. Me dijo también que Ramón tenía Alzheimer, de algún modo me advirtió que si su marido decía cuestiones poco comprensibles tenía que ver con esta cuestión. Olga era muy simpática, claramente estaba re contenta con mi pregunta y tenía muchas ganas de contarme su historia. Me contó que Ramón estaba alojado en un geriátrico cercano al parque y que ella iba todos los sábados a la misma hora a retirarlo para llevarlo a dar unas vueltitas o a tomar un café con tostadas con dulce de leche como le gustaba a Ramón. “¿y sabes por qué mijita voy todos los sábados a la misma hora?” La miré. “Te voy a contar”. “Con Ramón nos casamos hace cuarenta años. Formamos una familia hermosa, tres hijos maravillosos, vivíamos supuestamente en un hogar cálido y lleno de amor… lleno de amor hasta que me enteré que no era la única Olga en su vida. El señor tenía otra Olga a la que visitaba, con quien viajaba, paseaba, dormía y a quien le hacía un montón de regalos. Por un tiempo largo –aunque llena de enojo, dolor e impotencia- y hasta que pude me hice la tonta y la que no estaba enterada de nada hasta que ¡pude mijita, pude! Un día él llegó de “viaje de trabajo” y lo recibí con una valijita en la puerta de casa. No volvimos a hablar hasta pasados cinco años que nos reencontramos en el casamiento de uno de nuestros hijos. Y la vida, querida, da vueltas y vueltas. Aunque él tenía a otra Olga en su vida siempre sentí que ese no iba a ser nuestro final. Y estaba convencida que yo no iba a ser una cornuda toda la vida. Así, sin filtro te lo digo. Era una flor de boluda y tenía el record guiness en cuernos. Y eso… me indignaba. Algo tenía que pasar, la vida alguna vuelta tenía que dar. Y bueno, acá me tenés. La otra Olga lo busca, lo visita y le lleva chocolates. Por suerte tenemos el mismo nombre entonces, los sábados, me quedo en el taxi, el taxista –un maestro- me hace el aguante, se baja diciendo que “la señora Olga lo espera en el auto” y me lo trae a Ramón. Lo agarro a los besos, lo llevo a pasear por el parque y, la verdad, aunque todos me hablan de una demencia, en el fondo y no tan fondo yo sé - y estoy convencida- que sus besos son de amor y sus caricias son sinceras. ¿Y a la otra Olga qué le digo? Que uno tiene que hacer siempre las cosas bien porque en la vida se cosecha lo que se siembra, sin rencor y sin ego, con la conciencia tranquila, haciendo el bien y dando mucho amor. Todo: SIN FILTRO”.
domingo, 19 de mayo de 2019
Sin filtro - Improvisacion de Daniela Kaplan Feria Internacional del Libro Bs As
SIN FILTRO
Sábado y mi cabeza estaba llena de pensamientos. ¿Qué mejor que ir al parque a caminar? Así empecé mi primera vuelta. El día estaba hermoso, sol radiante y yo rodeada de árboles que me soplaron el primer aire de descanso de mi fin de semana. A los pocos, poquísimos, minutos de comenzar a caminar, mi mirada fue directo hacia ellos: una pareja de abuelitos caminando, tomados de la mano, como novios. Caminaban sonrientes y regalando dulzura a cualquiera que se le acercara. Los miré. Nos encontramos en el camino yendo hacia direcciones distintas. Nos encontramos. Al cruzarnos en el mismo punto del trayecto entrecruzamos miradas y seguí mi vuelta. Los pensamientos de la semana desaparecieron al instante y caminando imaginé un montón de historias posibles sobre la vida de los abuelitos enamorados. Me encantó soñar despierta mientras caminaba. Seguí caminando, ya sobre la segunda vuelta al parque, y los volví a encontrar. Esta vez no solo nos miramos, también sonreímos y, casi alejándonos, la abuelita se acercó y me pidió… una selfie. Jamás hubiese imaginado ese pedido. En verdad lo que ella quería hacer era aprender a sacar selfies. Como entendí de inmediato lo que quería le enseñé y… hasta salí en la selfie. Me encantó la onda de la parejita enamorada. Seguí caminando con alegría. Me regalaron esperanza, eso que en estos tiempos a veces pareciera ha perdido vida. Mientras recorría mi tercer vuelta al parque deseé que ellos no se hayan ido y pensaba si podría detenerlos para que me cuenten qué había sido de sus vidas y de sus historias para llegar así, tomados de la mano, a ese sábado bajo el sol radiante. La abuelita que ya sabía sacar selfies me miró llegar a un nuevo encuentro en la caminata. Y me miró con una mirada tan hermosa que dejé de dudar y allí fui. Directo a mi pregunta. “Disculpe señora, ¿a usted le molestaría que nos sentemos un ratito al lado del pasto a conversar? Lo cierto es que, desde que los vi tomados de la mano en la primera vuelta de mi caminata me despertó mucha curiosidad saber cómo llegaron a este sábado tomados de la mano…”… No alcancé a terminar la pregunta que la señora me interrumpió para tomarme de la mano y caminar hacia el banco más próximo. Mientras caminábamos me contó que se llamaba Olga y que su marido era Ramón. Me dijo también que Ramón tenía Alzheimer, de algún modo me advirtió que si su marido decía cuestiones poco comprensibles tenía que ver con esta cuestión. Olga era muy simpática, claramente estaba re contenta con mi pregunta y tenía muchas ganas de contarme su historia. Me contó que Ramón estaba alojado en un geriátrico cercano al parque y que ella iba todos los sábados a la misma hora a retirarlo para llevarlo a dar unas vueltitas o a tomar un café con tostadas con dulce de leche como le gustaba a Ramón. “¿y sabes por qué mijita voy todos los sábados a la misma hora?” La miré. “Te voy a contar”. “Con Ramón nos casamos hace cuarenta años. Formamos una familia hermosa, tres hijos maravillosos, vivíamos supuestamente en un hogar cálido y lleno de amor… lleno de amor hasta que me enteré que no era la única Olga en su vida. El señor tenía otra Olga a la que visitaba, con quien viajaba, paseaba, dormía y a quien le hacía un montón de regalos. Por un tiempo largo –aunque llena de enojo, dolor e impotencia- y hasta que pude me hice la tonta y la que no estaba enterada de nada hasta que ¡pude mijita, pude! Un día él llegó de “viaje de trabajo” y lo recibí con una valijita en la puerta de casa. No volvimos a hablar hasta pasados cinco años que nos reencontramos en el casamiento de uno de nuestros hijos. Y la vida, querida, da vueltas y vueltas. Aunque él tenía a otra Olga en su vida siempre sentí que ese no iba a ser nuestro final. Y estaba convencida que yo no iba a ser una cornuda toda la vida. Así, sin filtro te lo digo. Era una flor de boluda y tenía el record guiness en cuernos. Y eso… me indignaba. Algo tenía que pasar, la vida alguna vuelta tenía que dar. Y bueno, acá me tenés. La otra Olga lo busca, lo visita y le lleva chocolates. Por suerte tenemos el mismo nombre entonces, los sábados, me quedo en el taxi, el taxista –un maestro- me hace el aguante, se baja diciendo que “la señora Olga lo espera en el auto” y me lo trae a Ramón. Lo agarro a los besos, lo llevo a pasear por el parque y, la verdad, aunque todos me hablan de una demencia, en el fondo y no tan fondo yo sé - y estoy convencida- que sus besos son de amor y sus caricias son sinceras. ¿Y a la otra Olga qué le digo? Que uno tiene que hacer siempre las cosas bien porque en la vida se cosecha lo que se siembra, sin rencor y sin ego, con la conciencia tranquila, haciendo el bien y dando mucho amor. Todo: SIN FILTRO”.
Sábado y mi cabeza estaba llena de pensamientos. ¿Qué mejor que ir al parque a caminar? Así empecé mi primera vuelta. El día estaba hermoso, sol radiante y yo rodeada de árboles que me soplaron el primer aire de descanso de mi fin de semana. A los pocos, poquísimos, minutos de comenzar a caminar, mi mirada fue directo hacia ellos: una pareja de abuelitos caminando, tomados de la mano, como novios. Caminaban sonrientes y regalando dulzura a cualquiera que se le acercara. Los miré. Nos encontramos en el camino yendo hacia direcciones distintas. Nos encontramos. Al cruzarnos en el mismo punto del trayecto entrecruzamos miradas y seguí mi vuelta. Los pensamientos de la semana desaparecieron al instante y caminando imaginé un montón de historias posibles sobre la vida de los abuelitos enamorados. Me encantó soñar despierta mientras caminaba. Seguí caminando, ya sobre la segunda vuelta al parque, y los volví a encontrar. Esta vez no solo nos miramos, también sonreímos y, casi alejándonos, la abuelita se acercó y me pidió… una selfie. Jamás hubiese imaginado ese pedido. En verdad lo que ella quería hacer era aprender a sacar selfies. Como entendí de inmediato lo que quería le enseñé y… hasta salí en la selfie. Me encantó la onda de la parejita enamorada. Seguí caminando con alegría. Me regalaron esperanza, eso que en estos tiempos a veces pareciera ha perdido vida. Mientras recorría mi tercer vuelta al parque deseé que ellos no se hayan ido y pensaba si podría detenerlos para que me cuenten qué había sido de sus vidas y de sus historias para llegar así, tomados de la mano, a ese sábado bajo el sol radiante. La abuelita que ya sabía sacar selfies me miró llegar a un nuevo encuentro en la caminata. Y me miró con una mirada tan hermosa que dejé de dudar y allí fui. Directo a mi pregunta. “Disculpe señora, ¿a usted le molestaría que nos sentemos un ratito al lado del pasto a conversar? Lo cierto es que, desde que los vi tomados de la mano en la primera vuelta de mi caminata me despertó mucha curiosidad saber cómo llegaron a este sábado tomados de la mano…”… No alcancé a terminar la pregunta que la señora me interrumpió para tomarme de la mano y caminar hacia el banco más próximo. Mientras caminábamos me contó que se llamaba Olga y que su marido era Ramón. Me dijo también que Ramón tenía Alzheimer, de algún modo me advirtió que si su marido decía cuestiones poco comprensibles tenía que ver con esta cuestión. Olga era muy simpática, claramente estaba re contenta con mi pregunta y tenía muchas ganas de contarme su historia. Me contó que Ramón estaba alojado en un geriátrico cercano al parque y que ella iba todos los sábados a la misma hora a retirarlo para llevarlo a dar unas vueltitas o a tomar un café con tostadas con dulce de leche como le gustaba a Ramón. “¿y sabes por qué mijita voy todos los sábados a la misma hora?” La miré. “Te voy a contar”. “Con Ramón nos casamos hace cuarenta años. Formamos una familia hermosa, tres hijos maravillosos, vivíamos supuestamente en un hogar cálido y lleno de amor… lleno de amor hasta que me enteré que no era la única Olga en su vida. El señor tenía otra Olga a la que visitaba, con quien viajaba, paseaba, dormía y a quien le hacía un montón de regalos. Por un tiempo largo –aunque llena de enojo, dolor e impotencia- y hasta que pude me hice la tonta y la que no estaba enterada de nada hasta que ¡pude mijita, pude! Un día él llegó de “viaje de trabajo” y lo recibí con una valijita en la puerta de casa. No volvimos a hablar hasta pasados cinco años que nos reencontramos en el casamiento de uno de nuestros hijos. Y la vida, querida, da vueltas y vueltas. Aunque él tenía a otra Olga en su vida siempre sentí que ese no iba a ser nuestro final. Y estaba convencida que yo no iba a ser una cornuda toda la vida. Así, sin filtro te lo digo. Era una flor de boluda y tenía el record guiness en cuernos. Y eso… me indignaba. Algo tenía que pasar, la vida alguna vuelta tenía que dar. Y bueno, acá me tenés. La otra Olga lo busca, lo visita y le lleva chocolates. Por suerte tenemos el mismo nombre entonces, los sábados, me quedo en el taxi, el taxista –un maestro- me hace el aguante, se baja diciendo que “la señora Olga lo espera en el auto” y me lo trae a Ramón. Lo agarro a los besos, lo llevo a pasear por el parque y, la verdad, aunque todos me hablan de una demencia, en el fondo y no tan fondo yo sé - y estoy convencida- que sus besos son de amor y sus caricias son sinceras. ¿Y a la otra Olga qué le digo? Que uno tiene que hacer siempre las cosas bien porque en la vida se cosecha lo que se siembra, sin rencor y sin ego, con la conciencia tranquila, haciendo el bien y dando mucho amor. Todo: SIN FILTRO”.
jueves, 16 de mayo de 2019
Tengo auto pero no me gusta manejar - Improvisacion de Marta DÁrguello
Listo,
ya lo tengo totalmente resuelto, rompo el chanchito y me compro el auto que vi
en la agencia de la vuelta.
Lleno
todos los papeles y me sacan más guita de la que realmente esperaba poner,
pero… ¡¡Tengo auto, carajo!!
Bueno,
aquí estamos, de pie en la vereda, frente a un hermoso Gol y con sus llaves en
mi mano. Abro la puerta y me siento la persona más poderosa en éste sector de
la tierra. Observo el habitáculo admirando cada detalle como si no lo hubiera
visto antes de decidirme por el modelo. Definitivamente estoy ganando tiempo
para no accionar, de una vez, el mecanismo dentro de mí que me impide avanzar
al siguiente paso.
Envuelvo con mis palmas el volante y… ¡Mierda!
Creo que me está por dar un pequeño ataque de pánico. Confirmado, lo estoy
sufriendo y esto no me está gustando nada.
«Tranquilo, respira, vamos…
inhala y exhala. Tomá y largá el aire en pequeñas bocanadas como si fueras un
pez fuera del agua» me digo a mí mismo
repitiendo las palabras de Marcos, mi terapeuta.
Una
vez, dos veces… tres… No está resultando. Me bajo e intento recomponerme fuera
del espacio reducido del coche.
No
pasa nada. Saco mi celular del bolsillo y llamo a mi hermano de la vida.
―Nacho
―Ey,
máster ¿Qué haces?― me responde sin notar que falta poco para que yo me muera
de terror a pocas cuadras de su casa.
―Loco,
necesito que me des una mano―le digo con un tono de súplica que ya le puede ir
dando una muestra de lo que me sucede.
― ¿Estás
bien?
―No―
le respondo sin dar vueltas.
― ¿A
dónde estás? ―es un hecho, mi amigo del alma me conoce más que a sí mismo
―Estoy
a dos cuadras de casa, en la agencia de…
―¡¡Te
lo compraste!! ―me interrumpe intuyendo lo que sigue.
―Sí―
y me da vergüenza reconocerlo, pero debo admitir que mi “querer poder” pudo más
que la razón.
―Macho,
lo hablamos un montón. Después de lo que pasó la última vez…
―Lo
sé, lo sé…perdón; creí que ya estaba preparado para intentarlo, pero…
―
¿Podes respirar? ―con solo oírme se da cuenta de mi estado. No le digo nada.
Corto la llamada y me siento en el cordón de la vereda entre rueda y rueda… Con
la mirada perdida en el color rojo brillante de mi auto… “Mi auto”
Meto
la cabeza entre mis rodillas y el tiempo me cobija
llevándome a un lugar muy lejos del fracaso
que termino de experimentar.
― ¿Andrés?
― escucho la voz de Nacho en el mismo momento que el calor de su mano se
deposita en mi hombro, lo que me trae al aquí y ahora.
―Te
juro que creí que iba a poder, pensé que ya estaba preparado para manejar.
Se
sienta a mi lado y, aunque me cuesta aceptarlo, el muy desgraciado comienza a
reírse a carcajadas.
―
¿Se puede saber de qué mierda te reís? ―le espeto con bronca― Yo te llamo para que
me ayudes porque estoy mal,
realmente
deprimido por no poder concretar éste sueño, éste desafío que me he propuesto y
otra vez me enfrento a un nuevo fracaso ―no hay caso, cada palabra que le digo,
cada motivo que justifique mi pedido de auxilio, parece darle más gracia.
―
¡Qué increíble! Te juro que me mata lo cabeza dura que sos ―larga de repente
intentando recuperar un poco de aire, secándose las lágrimas que caen como
cascadas por su rostro.
¡¡Es
el colmo, hasta está llorando de la risa!!
Me
paro con ímpetu y poniendo mis brazos en jarra lo miro fijo. Luego de unos
segundos revoleo mis ojos hacia el cielo renunciando, casi por completo, al
poco orgullo que me queda. Solo me reservo el que rescaté cuando vendí el auto
anterior sin poder hacer ni un solo kilómetro en él por mi miedo a conducir, y le
digo:
―Ok,
lo admito…―confieso buscando la llave y entregándosela― Pero conste que no es
lo que parece ―me observa desde abajo a través de sus cejas conteniendo otra explosión de risa y
antes de que me retruque exponiendo el verdadero motivo de mi cobardía, le gano
de mano con la excusa perfecta― Tengo auto pero no me gusta manejar.Tengo auto pero no me gusta manejar - Improvisacion de Marcelo Lopez - Sabado 20
Cuando la
llamamos por teléfono pensamos que podía ser un poco complicada, era una
persona difícil, pero igualmente la llamamos. Atendio desde algún lugar de su
casa, se escuchaba agua caer, algunos sonidos como si fueran de pajaros y lo
que yo crei que era viento.
- Diga – Pregunto.
Me parecio tan demodé, tan antiguo el “diga” que me hice acordar a esas peliculas viejas en blanco y negro.
- ¿Susana? Pregunte sin hacer caso al “diga”
- Si, diga- Insistio.
Se hixo mas fuerte el sonido del viento en la línea y escuche algo asi como un chapuzon, agua saltando, brotando.
Segui igual, como si nada.
- Susana… me dio tu teléfono Elvira, de la asociación… ¿te dijo que iba a hablarte?
Se hizo silencio, en realidad no se hizo silencio, seguía escuchando agua, viento, pajaros y cosas por el estilo. Pregunte de nuevo.
- ¿Susana?
- Si! ¿Qué pasa? – La respuesta me sono a broma.
- te decía que te llamo porque me dio tu teléfono Elvira…
- si, Elvira, de la asociación – me interrumpio.
Me estaba poniendo de mal humor. Lo que se suponía iba a ser una llamada simple, rápida, expeditiva se estaba conviertiendo en un suplicio. Busque fuerza y paciencia para seguir enfocado.
- diga, diga… ¿que necesita?
Intente no enloquecer.
- Te explico Susana. Estuvimos hablando con gente de la asociación respecto a un proyecto que tenemos, vamos a traer a la ciudad la obra de un artista catalán muy importante…
- Picasso – dijo Susana interrumpiendo.
- Picasso no era Catalan – tuve que decírselo.
- ¿Entonces no es la obra de Picasso?
- no, definitivamente, no. Te decía… vamos a traer la obra de un artista catalán y nos dijeron desde la asociación que vos eras la persona indicada para hacer la curadoria de la muestra, organizarla… ponerla en orden de exhibición digamos…
- ¿Yo? – pregunto ella, como si de verdad estuviera sorprendida.
- Si… vos –dudé- ¿no sos Susana Corti¡?
- ¿Disculpame pero vos me estas llamando de donde? No puedo creer que no sepas quien soy…
Deje de dudar, esta mujer estaba completamente desquiciada. Ya me había dicho un amigo que los artistas están todos un poco locos… “viene uno y te prende fuego todo en nombre del arte” me había dicho. Preferia que incendiara la muestra, la asociación, lo que fuera y no tener que remar con alguien como Susana. Respire hondo, movi los omoplatos hacia atrás buscando descontracturarme y segui.
- Susana… corti… me dijeron que vos sos la persona indicada pero si estas ocupada, en otra cosa o no estas interesada puedo llamarte después o buscar a otro.
- Diga – Pregunto.
Me parecio tan demodé, tan antiguo el “diga” que me hice acordar a esas peliculas viejas en blanco y negro.
- ¿Susana? Pregunte sin hacer caso al “diga”
- Si, diga- Insistio.
Se hixo mas fuerte el sonido del viento en la línea y escuche algo asi como un chapuzon, agua saltando, brotando.
Segui igual, como si nada.
- Susana… me dio tu teléfono Elvira, de la asociación… ¿te dijo que iba a hablarte?
Se hizo silencio, en realidad no se hizo silencio, seguía escuchando agua, viento, pajaros y cosas por el estilo. Pregunte de nuevo.
- ¿Susana?
- Si! ¿Qué pasa? – La respuesta me sono a broma.
- te decía que te llamo porque me dio tu teléfono Elvira…
- si, Elvira, de la asociación – me interrumpio.
Me estaba poniendo de mal humor. Lo que se suponía iba a ser una llamada simple, rápida, expeditiva se estaba conviertiendo en un suplicio. Busque fuerza y paciencia para seguir enfocado.
- diga, diga… ¿que necesita?
Intente no enloquecer.
- Te explico Susana. Estuvimos hablando con gente de la asociación respecto a un proyecto que tenemos, vamos a traer a la ciudad la obra de un artista catalán muy importante…
- Picasso – dijo Susana interrumpiendo.
- Picasso no era Catalan – tuve que decírselo.
- ¿Entonces no es la obra de Picasso?
- no, definitivamente, no. Te decía… vamos a traer la obra de un artista catalán y nos dijeron desde la asociación que vos eras la persona indicada para hacer la curadoria de la muestra, organizarla… ponerla en orden de exhibición digamos…
- ¿Yo? – pregunto ella, como si de verdad estuviera sorprendida.
- Si… vos –dudé- ¿no sos Susana Corti¡?
- ¿Disculpame pero vos me estas llamando de donde? No puedo creer que no sepas quien soy…
Deje de dudar, esta mujer estaba completamente desquiciada. Ya me había dicho un amigo que los artistas están todos un poco locos… “viene uno y te prende fuego todo en nombre del arte” me había dicho. Preferia que incendiara la muestra, la asociación, lo que fuera y no tener que remar con alguien como Susana. Respire hondo, movi los omoplatos hacia atrás buscando descontracturarme y segui.
- Susana… corti… me dijeron que vos sos la persona indicada pero si estas ocupada, en otra cosa o no estas interesada puedo llamarte después o buscar a otro.
-¡Como no me
va a interesar organizar la muestra de Picasso!
La puta madre, pensé. Esta mujer esta desquiciada. Pensé en cortarle pero por un momento quise insistir, no darme por vencido. Si me habían dicho que era tan bueno, tan capaz, algo de eso debería haber en algún lado de una mente retorcida, complicada, destruida de alguna forma.
Obvié a Picasso, obvié el delirio y segui.
- Ok Susana, vamos entonces a avanzar. ¿Te parece que nos organicemos de alguna forma para explicarte el trabajo, las fechas e ir poniéndonos de acuerdo?
otra vez la línea se invadio de agua, pajaros, viento y sonidos que no podía reconocer. No pronuncio palabra. En el tiempo que llevaba envuelto en esta conversación de locos ya había aprendido a soportar casi cualquier cosa, asi que espere.
Segundos después la escuche hablar nuevamente.
- Dale, buena idea…
Espere que continuara, que me diera una fecha, una hora, que me dijera cuando podía, cuando no, algún dato, algo que me permitiera seguir adelante y darle una respuesta coherente, pero nada.
- ok. Te parece mañana, quizás por la mañana… yo puedo desde las 9 hasta la hora que digas…
Otra vez el agua, el viento, los pajaros, la nada misma.
- si, dale, está bien.
¿Qué está bien? – pensé para mí- la mañana estaba claro, pero que hora, donde…
- Mañana a las 9 si te parece en nuestra oficina. Te doy la dirección. Azcuenaga 2777 es a la vuelta de la asociación. ¿te ubicas?
- Si me ubico perfectamente. Yo me llego entonces mañana a esa hora y te veo ahí. – Sorpresivamente todo había cobrado sentido y ella ahora tenia un sentido lógico en lo que decía. Me dieron ganas de sonreir como si hubiera completado una misión difícil. Alguna de esas cosas que uno no cree que pueda lograr pero igual intenta. Como ser mas amable, ponerse mas en forma, sentirse alegre todos los días o tener mas paciencia.
- Te espero entonces mañana – reconfirme esperando una nueva digresión, algo que volviera todo a la locura del comienzo- Nos vemos Susana.
Agua otra vez, viento, mas ruidos…
- Perfecto – cerró y corté, con miedo a que si seguíamos hablando todo pudiera caerse a pedazos.
Me recosté en el sillón, en verdad me hice hacia atrás aliviado. Mire por la ventana y vi el graffity de la pared del frente, tenia una línea roja que se enroscaba en bucles sobre un fondo azul, nunca lo había advertido. Me asalto una duda y abri la notebook, busque el navegador y googlee: Picasso Biografia. Lo busque convencido de que no tenia sentido pero lo único que faltaba era que esta mujer tuviera razón en su locura. Internet me devolviio una respuesta al instante, como siempre, Picasso no era Catalan. Me recosté otra vez en el sillón. Sono el teléfono. Conteste. Agua, ruido, pajaros, sonidos extraños. Susana pensé. Se arrepintió intuí.
- ¿Susana?
- Si querido, sabes que no te dije algo…
- Decime, decime por favor…- esperaba cualquier cosa incluso que me discutiera que Picasso era Catalan.
- ¿Me mandas un remis?
Ahora yo me quede en silencio.
- Si…
- Es que tengo auto pero no me gusta manejar.
Otra vez me quede en silencio.
- Como Picasso, que tenia auto y tampoco manejaba – me explico.
Me quede callado, no sabia que contestarle, estábamos entrando en una faceta de la vida de Picasso que no podía discutirle, que no conocía y que no hubiera nunca pensado en averiguar. Toque la barra espaciadora de la computadora para que saliera de su negro letargo. Googlee otra vez. “Picasso auto manejar” la lista de cosas sin sentido se hizo interminable. EMpece a buscar en cada vinculo, en ninguno hablaba de que Picasso tuviera o no auto, de que manejara o tuviera chofer o no le gustara o cualquier cosa por el estilo.
La puta madre, pensé. Esta mujer esta desquiciada. Pensé en cortarle pero por un momento quise insistir, no darme por vencido. Si me habían dicho que era tan bueno, tan capaz, algo de eso debería haber en algún lado de una mente retorcida, complicada, destruida de alguna forma.
Obvié a Picasso, obvié el delirio y segui.
- Ok Susana, vamos entonces a avanzar. ¿Te parece que nos organicemos de alguna forma para explicarte el trabajo, las fechas e ir poniéndonos de acuerdo?
otra vez la línea se invadio de agua, pajaros, viento y sonidos que no podía reconocer. No pronuncio palabra. En el tiempo que llevaba envuelto en esta conversación de locos ya había aprendido a soportar casi cualquier cosa, asi que espere.
Segundos después la escuche hablar nuevamente.
- Dale, buena idea…
Espere que continuara, que me diera una fecha, una hora, que me dijera cuando podía, cuando no, algún dato, algo que me permitiera seguir adelante y darle una respuesta coherente, pero nada.
- ok. Te parece mañana, quizás por la mañana… yo puedo desde las 9 hasta la hora que digas…
Otra vez el agua, el viento, los pajaros, la nada misma.
- si, dale, está bien.
¿Qué está bien? – pensé para mí- la mañana estaba claro, pero que hora, donde…
- Mañana a las 9 si te parece en nuestra oficina. Te doy la dirección. Azcuenaga 2777 es a la vuelta de la asociación. ¿te ubicas?
- Si me ubico perfectamente. Yo me llego entonces mañana a esa hora y te veo ahí. – Sorpresivamente todo había cobrado sentido y ella ahora tenia un sentido lógico en lo que decía. Me dieron ganas de sonreir como si hubiera completado una misión difícil. Alguna de esas cosas que uno no cree que pueda lograr pero igual intenta. Como ser mas amable, ponerse mas en forma, sentirse alegre todos los días o tener mas paciencia.
- Te espero entonces mañana – reconfirme esperando una nueva digresión, algo que volviera todo a la locura del comienzo- Nos vemos Susana.
Agua otra vez, viento, mas ruidos…
- Perfecto – cerró y corté, con miedo a que si seguíamos hablando todo pudiera caerse a pedazos.
Me recosté en el sillón, en verdad me hice hacia atrás aliviado. Mire por la ventana y vi el graffity de la pared del frente, tenia una línea roja que se enroscaba en bucles sobre un fondo azul, nunca lo había advertido. Me asalto una duda y abri la notebook, busque el navegador y googlee: Picasso Biografia. Lo busque convencido de que no tenia sentido pero lo único que faltaba era que esta mujer tuviera razón en su locura. Internet me devolviio una respuesta al instante, como siempre, Picasso no era Catalan. Me recosté otra vez en el sillón. Sono el teléfono. Conteste. Agua, ruido, pajaros, sonidos extraños. Susana pensé. Se arrepintió intuí.
- ¿Susana?
- Si querido, sabes que no te dije algo…
- Decime, decime por favor…- esperaba cualquier cosa incluso que me discutiera que Picasso era Catalan.
- ¿Me mandas un remis?
Ahora yo me quede en silencio.
- Si…
- Es que tengo auto pero no me gusta manejar.
Otra vez me quede en silencio.
- Como Picasso, que tenia auto y tampoco manejaba – me explico.
Me quede callado, no sabia que contestarle, estábamos entrando en una faceta de la vida de Picasso que no podía discutirle, que no conocía y que no hubiera nunca pensado en averiguar. Toque la barra espaciadora de la computadora para que saliera de su negro letargo. Googlee otra vez. “Picasso auto manejar” la lista de cosas sin sentido se hizo interminable. EMpece a buscar en cada vinculo, en ninguno hablaba de que Picasso tuviera o no auto, de que manejara o tuviera chofer o no le gustara o cualquier cosa por el estilo.
- ¿Estas
ahí? – Me pregunto Susana- Ahora ella me apuraba a mi.
- Si Susana disculpa que me demore… bueno te mando un remis entonces… ¿puedo hacerte una pregunta?
No hubo sonido asi que interprete que si.
- ¿Si no te gusta manejar para que tenes auto?
Otra vez agua, pajaros, sonidos, viento.
- Si Susana disculpa que me demore… bueno te mando un remis entonces… ¿puedo hacerte una pregunta?
No hubo sonido asi que interprete que si.
- ¿Si no te gusta manejar para que tenes auto?
Otra vez agua, pajaros, sonidos, viento.
Lo que hace los ojos brillar - Improvisacion de Mirta Fachini - Viernes 19
Una
suave brisa hacía ondear el cabello largo de la hermosa joven que observaba el
horizonte de un paisaje otoñal. Los recuerdos del pasado volvían a su mente. Un
ave pasó rasante sobre su cabeza y la distrajo. Una leve sonrisa se dibujó en
su boca. La añoranza de un amor perdido volvió a provocarle tristeza.
Pensar
que cuando ese día, Gustavo le dijo Te amo, sus
ojos hablaron por ella. El brillo aumentó la intensidad del celeste de sus ojos. Ahora, en ellos la tristeza
profunda los había tornado grises.
Cuántos momentos de intenso amor vivió a su
lado. La vida los había llevado por distintos caminos. Al recordarlos, pensó
que al menos había sido suyo y que lo importante era haber experimentado
intensos sentimientos que llevaría
grabados en su corazón.
Entonces,
sonrió, suspiró hondo y sus ojos lentamente fueron recobrando la alegría,
porque lo que hace a los ojos brillar es
el amor, que si es verdadero, nunca muere.
Lo que hace los ojos brillar - Improvisación de Marta D'Arguello
Mi
día laboral ha terminado. Fue una semana algo rara. Compañeros nuevos que se han sumado a la empresa, y
otros, que de manera sorpresiva, se van para buscar otros rumbos. Todos parten de
after
office al bar
de la esquina con la excusa de improvisar una despedida. Me disculpo inventando
un dolor de cabeza como salvoconducto para volver lo antes posible a casa.
En fin, ya en el subte me distraigo observando
los rostros de cada una las personas, adivinando lo que pasa en su interior. Por
ejemplo el de la señora que está a mi lado. Ella tiene dibujada una sonrisa
como si un recuerdo la llevara a un sitio muy agradable. En cambio el joven que
está de pie, justo frente a mí, masculla entre dientes palabras inentendibles,
mirando de vez en cuando hacia los laterales con el ceño fruncido, atento a que alguien lo toque para quejarse e
insultarlo liberando así parte de la bronca que alguna situación le ha
provocado.
Solo
dos paradas más en el recorrido y llegaré a mi lugar en el mundo, aquel en
donde encuentro la paz que añoro durante las horas que debo permanecer fuera, separado
de la única persona con la que quiero estar. Ella ya debe encontrarse
allá. Seguramente estará aguardando tan
expectante como yo contando los segundos para nuestro reencuentro.
Dejo
atrás la estación, devorando las cuadras rumbo a mi departamento.
El
ascensor se detiene y mis pies apuran la
marcha ganando el pasillo a pura zancadas. Busco en el bolsillo de mi saco la
llave, pero antes de encontrarla, la puerta se abre y la imagen más hermosa que
pueda soñar, está de pie bajo el umbral, conteniéndose tanto como yo para
no correr a ese abrazo esperado durante todo el día.
Me
quedo inmóvil suspendido en esa pequeña fracción del minuto que nos separa. Inhalo
la fragancia que invade cada uno de mis sentidos alterando la poca coherencia
que me queda al verla. Mis hormonas chocan entre sí, pidiendo a gritos que la
toque, que su piel despierte y reaccione ante el contacto esperado. Lo hago. Sin
mediar palabra alguna mis manos toman su rostro enmarcando la perfección de sus
facciones, dejando insulsa la definición de la belleza.
Su
boca se abre como preludio del beso que el calor del tacto le transmite. Me sumerjo en su interior improvisando una
danza con nuestras lenguas, un cortejo preliminar de lo que viene…, lo que he deseado
durante todo el día.
Me
separo lo suficiente como para que lea en mi mirada todo lo que quiero a partir
de éste mismo momento. Sonríe. Lo sabe…
Entramos
envueltos en nuestras propias fantasías. Aquellas que se renuevan de manera
permanente desde que estamos juntos creando nuestro propio mundo, descartando
cualquier cosa que nos impida expresar lo que sentimos. En silencio me guía hasta el cuarto segura de
que ella y solo ella, tiene lo que hace a los ojos, mis ojos, brillar… viernes, 3 de mayo de 2019
Lo que hace los ojos brillar - Improvisación de Marcelo Lopez - Viernes 19
-No se.
-Me hablas en serio?
-Si, no se.
-Esta bien, no es que tengas
obligación de saberlo pero se supone…
-Supones vos!
-Bueno, esta bien… yo supongo que
tenes que saberlo…
-Si, si… pero no se.
Me di vuelta y me asome a la
ventana, afuera llovia, mucho. Llovia fuerte y parejo como si fuera una cortina
de agua, pero una cortina espesa que se pudiera abrir con las manos.
Podia ver detrás de esa masa de agua incesante que caia vertical por la ausencia de viento las dos islitas que cuando había sol se veian claras y cercanas. Ahora eran siluetas grises acechadas por la presión de un clima que se ponía cada vez mas intenso.
En estos climas tropicales las lluvias están tan presentes como el sol, van, vienen, aparecen y desaparecen sin que uno los espere y a lo mejor eso es parte de la magia del lugar, no saber nunca como seguirá el dia cuando amanece.
Segui mirando por la ventana. El mar estaba planchado, apagado y plano desde lejos pero si miraba la costa ahí donde moria la arena podía ver claramente como las olas ya no eran tan pequeñas, eran seguidas, intensas. Podia imaginarme el agua ahí ,mas adentro, en donde solíamos nadar, agujereada en microsegundos con cada gota que caia desde la inmensidad de un cielo borroso.
Me di vuelta para seguir la conversación aunque verdaderamente no tenia ganas. Si no continuaba con esta conversación inultil no iba a poder librarme del peso de esta cosa sin sentido.
-La verdad es que quizás en algún momento lo supe pero después me olvide.
- Te olvidaste? Como pudiste olvidarte?
- Que se yo.. me olvide o elegi olvidarme… la verdad no me importo demasiado…
-Nada, nunca, te importo demasiado
- Me causa gracia. No podes decirme a mi que nunca nada me importo demasiado… justo a mi…
Ella se levanto de la mesa y se acerco a la puerta que daba a la galería. Si no hubiéramos estado en medio de una discusión tan trascendente, tan importante, me hubiera tomado la licencia de pensar que estábamos jugando. Hablabamos, tirábamos dos frases y nos íbamos a la ventana o a la galería a buscar el aire fresco de la lluvia como cuando los boxeadores vuelven a la esquina. Me gusto la idea y se la dije, aun a riesgo de que todo empeorara, pero igual ya no me importaba.
-Sabes que?
Se dio vuelta mirándome desde la galería suponiendo que iba a decirle algo importante, algo que tuviera algún sentido con lo que estábamos hablando.
-Que?
-Parecemos dos boxeadores…
Se quedo mirándome, ya sabia que ese iba a ser el resultado.
- Sos pelotudo?
Me rei, no pude evitarlo.
-Y encima te reis? – me cuestiono nuevamente
-Es que si te fijas bien, tiramos dos frases, como si fueran trompadas y nos volvemos al “rincón” a la ventana, a la galería, mirando el mar…
-Definitivamente sos un pelotudo… yo te hablo de algo seria y vos me salis con eso?
Me volvi a la mesa, me sente de nuevo mientras la veía venir de la galería. Desde ahí podía verse el primero de los techos de la casa, de tejas rojas, ahora oscuras por la lluvia, mas abajo las plantas, el deck, el techo pequeño del quincho y un poco mas abajo la arena de la playa. Al fondo como siempre las islitas, apenas afuera, flotando, ahora en el gris que todo lo uniformaba.
- Podemos seguir con esto?
le dije que si con la cabeza y aunque no me miro, siguió hablando.
-Asi que no te diste cuenta? Bueno igual a mi no me molesta porque en definitiva fue culpa tuya.
- Mia? – La miré extrañado. Hubiera preferido levantarme de la mesa y salir a mirar el mar otra vez pero por educación me quede donde estaba,
- Si, tuya… fue idea tuya venir a vivir aca
-Pero no fue idea mia que empezaras a salir con Sergio.
Se quedo callada, ahí parecio que había pegado una buena piña, pero como toda mujer se levanto de la lona y busco la forma de devolverme el golpe.
- Hubieras hecho algo…
Ahí si, me levante de la mesa y me fui a la galería. Ahora el agua caia pero mas suave como si hubieran cerrado la canilla y estuviéramos recibiendo lo que quedaba en la cañería.
- Hubieras hecho algo – repitió mientras me iba.
- Hice, hice…
La sentía mirarme desde atrás, desde la mesa. Ahora las islitas se iban poniendo mas definidas, en hd como dirían los chicos. Respire hondo. Es tan placentero el aire húmedo, el aire que flota después de la lluvia. Ella seguía atrás mirándome dura esperando que le dijera que había hecho.
- Que hiciste? Decime… a ver, que hiciste?
- Primero que nada me hice bien el boludo… - y no pude evitar reirme de nuevo.
- Siempre te salio tan bien…
- ves! Siempre me encontraste meritos en algún lado!
Ahora ella se levantó de la mesa y se acercó a la galería, los dos nos quedamos mirando las islitas, que se veian hermosas en el medio de ese aire ahora tan limpio, el mar se había calmado tanto que parecía un pedazo de tela soplado desde lejos, el sol se asomaba entre las nubes que se iban rindiendo. Las plantas estaban lustrosas, la arena peinada como por la mano de un gigante.
- Fue idea tuya – repitió ella mirando el mar, sin mirarme a mi.
- Es que no podes negarme que esto es en definitiva lo que hace los ojos brillar…
Me quede mirando el infinito azul, las dos islitas, el sol timido saliendo.
Se quedó muda.
- En eso tenes razón…
Me sorprendio, en un acto que no esperaba me dio la razón en algo. Casi me enternecio, me hizo olvidar lo que estábamos discutiendo, aunque verdaderamente discutíamos porque ella quería, porque ella buscaba en esta discusión una razón que la dejara tranquila, que la dejara contenta, que de alguna forma justificara que se iba con Sergio. Para mi no había nada que discutir, no había nada que justificar, pero como no podía con mi genio tenia que darle apoyo, una vez mas, aunque mas no fuera para que se sintiera bien al dejarme.
Se dio vuelta, salio a la escalera de piedra que llevaba a la calle. La escuche encender el auto, hacer marcha atrás, voltear un par de conos de plástico y salir despacio. Me quede mirando las islitas, el mar, el sol, la arena que me llamaba desde ahí abajo. Estaba convencido de que había hecho todo lo que había podido, que probablemente fuera poco, para quedarme con ella, para que no se fuera con Sergio. Quizas había hecho mas por venir a vivir aca… pero no pude evitarlo, puesto a elegir, hacia rato que me había dado cuenta que ese lugar, ese paisaje, ese sol pintando colores eran lo que hacia mis ojos brillar y ya se sabe, aunque no se ejercite, eso ¿es lo único que merece un esfuerzo en esta vida.
Podia ver detrás de esa masa de agua incesante que caia vertical por la ausencia de viento las dos islitas que cuando había sol se veian claras y cercanas. Ahora eran siluetas grises acechadas por la presión de un clima que se ponía cada vez mas intenso.
En estos climas tropicales las lluvias están tan presentes como el sol, van, vienen, aparecen y desaparecen sin que uno los espere y a lo mejor eso es parte de la magia del lugar, no saber nunca como seguirá el dia cuando amanece.
Segui mirando por la ventana. El mar estaba planchado, apagado y plano desde lejos pero si miraba la costa ahí donde moria la arena podía ver claramente como las olas ya no eran tan pequeñas, eran seguidas, intensas. Podia imaginarme el agua ahí ,mas adentro, en donde solíamos nadar, agujereada en microsegundos con cada gota que caia desde la inmensidad de un cielo borroso.
Me di vuelta para seguir la conversación aunque verdaderamente no tenia ganas. Si no continuaba con esta conversación inultil no iba a poder librarme del peso de esta cosa sin sentido.
-La verdad es que quizás en algún momento lo supe pero después me olvide.
- Te olvidaste? Como pudiste olvidarte?
- Que se yo.. me olvide o elegi olvidarme… la verdad no me importo demasiado…
-Nada, nunca, te importo demasiado
- Me causa gracia. No podes decirme a mi que nunca nada me importo demasiado… justo a mi…
Ella se levanto de la mesa y se acerco a la puerta que daba a la galería. Si no hubiéramos estado en medio de una discusión tan trascendente, tan importante, me hubiera tomado la licencia de pensar que estábamos jugando. Hablabamos, tirábamos dos frases y nos íbamos a la ventana o a la galería a buscar el aire fresco de la lluvia como cuando los boxeadores vuelven a la esquina. Me gusto la idea y se la dije, aun a riesgo de que todo empeorara, pero igual ya no me importaba.
-Sabes que?
Se dio vuelta mirándome desde la galería suponiendo que iba a decirle algo importante, algo que tuviera algún sentido con lo que estábamos hablando.
-Que?
-Parecemos dos boxeadores…
Se quedo mirándome, ya sabia que ese iba a ser el resultado.
- Sos pelotudo?
Me rei, no pude evitarlo.
-Y encima te reis? – me cuestiono nuevamente
-Es que si te fijas bien, tiramos dos frases, como si fueran trompadas y nos volvemos al “rincón” a la ventana, a la galería, mirando el mar…
-Definitivamente sos un pelotudo… yo te hablo de algo seria y vos me salis con eso?
Me volvi a la mesa, me sente de nuevo mientras la veía venir de la galería. Desde ahí podía verse el primero de los techos de la casa, de tejas rojas, ahora oscuras por la lluvia, mas abajo las plantas, el deck, el techo pequeño del quincho y un poco mas abajo la arena de la playa. Al fondo como siempre las islitas, apenas afuera, flotando, ahora en el gris que todo lo uniformaba.
- Podemos seguir con esto?
le dije que si con la cabeza y aunque no me miro, siguió hablando.
-Asi que no te diste cuenta? Bueno igual a mi no me molesta porque en definitiva fue culpa tuya.
- Mia? – La miré extrañado. Hubiera preferido levantarme de la mesa y salir a mirar el mar otra vez pero por educación me quede donde estaba,
- Si, tuya… fue idea tuya venir a vivir aca
-Pero no fue idea mia que empezaras a salir con Sergio.
Se quedo callada, ahí parecio que había pegado una buena piña, pero como toda mujer se levanto de la lona y busco la forma de devolverme el golpe.
- Hubieras hecho algo…
Ahí si, me levante de la mesa y me fui a la galería. Ahora el agua caia pero mas suave como si hubieran cerrado la canilla y estuviéramos recibiendo lo que quedaba en la cañería.
- Hubieras hecho algo – repitió mientras me iba.
- Hice, hice…
La sentía mirarme desde atrás, desde la mesa. Ahora las islitas se iban poniendo mas definidas, en hd como dirían los chicos. Respire hondo. Es tan placentero el aire húmedo, el aire que flota después de la lluvia. Ella seguía atrás mirándome dura esperando que le dijera que había hecho.
- Que hiciste? Decime… a ver, que hiciste?
- Primero que nada me hice bien el boludo… - y no pude evitar reirme de nuevo.
- Siempre te salio tan bien…
- ves! Siempre me encontraste meritos en algún lado!
Ahora ella se levantó de la mesa y se acercó a la galería, los dos nos quedamos mirando las islitas, que se veian hermosas en el medio de ese aire ahora tan limpio, el mar se había calmado tanto que parecía un pedazo de tela soplado desde lejos, el sol se asomaba entre las nubes que se iban rindiendo. Las plantas estaban lustrosas, la arena peinada como por la mano de un gigante.
- Fue idea tuya – repitió ella mirando el mar, sin mirarme a mi.
- Es que no podes negarme que esto es en definitiva lo que hace los ojos brillar…
Me quede mirando el infinito azul, las dos islitas, el sol timido saliendo.
Se quedó muda.
- En eso tenes razón…
Me sorprendio, en un acto que no esperaba me dio la razón en algo. Casi me enternecio, me hizo olvidar lo que estábamos discutiendo, aunque verdaderamente discutíamos porque ella quería, porque ella buscaba en esta discusión una razón que la dejara tranquila, que la dejara contenta, que de alguna forma justificara que se iba con Sergio. Para mi no había nada que discutir, no había nada que justificar, pero como no podía con mi genio tenia que darle apoyo, una vez mas, aunque mas no fuera para que se sintiera bien al dejarme.
Se dio vuelta, salio a la escalera de piedra que llevaba a la calle. La escuche encender el auto, hacer marcha atrás, voltear un par de conos de plástico y salir despacio. Me quede mirando las islitas, el mar, el sol, la arena que me llamaba desde ahí abajo. Estaba convencido de que había hecho todo lo que había podido, que probablemente fuera poco, para quedarme con ella, para que no se fuera con Sergio. Quizas había hecho mas por venir a vivir aca… pero no pude evitarlo, puesto a elegir, hacia rato que me había dado cuenta que ese lugar, ese paisaje, ese sol pintando colores eran lo que hacia mis ojos brillar y ya se sabe, aunque no se ejercite, eso ¿es lo único que merece un esfuerzo en esta vida.
martes, 23 de abril de 2019
Un poquito a la sombra, un poquito al sol - Improvisacion de Luis Carranza Torres - Jueves 18
La
que vino en lugar del delivery
Esa noche
estaba discutiendo, en el teléfono, con el tipo del negocio de pizzas. Había
pedido una grande de muzza con anchoas y morrones hacía treinta minutos, sin
tener la menor señal de ella. Le reclamaba, muerto de hambre.
El timbre
del departamento sonó y casi me arrojé a la puerta, dispuesto a recriminar la
tardanza. Pero en lugar del chico del delivery, con el casco puesto en la
cabeza y mi pizza en las manos, estaba Mariana, con un impermeable rojo y una
mirada de niña desconsolada en el rostro.
Pasó
adentro antes que pudiera decirle nada. Apenas si atiné a cerrar la puerta.
Ella me arrinconó contra la pared, amparada en mi sorpresa.
Era la
última persona que pensaba pudiera venir. Justó acá, justo por esos días.
— ¿Qué
estás haciendo?
Tenía su rostro a un palmo del
mío. Pude sentir el aliento al alcohol en sus palabras.
—Estoy confundida.
La separé un tanto de mí. Ella
aprovechó para quitarse el impermeable. Tenía por debajo un vestido blanco, en
pésimas condiciones. Con marcas de marcas de arena, por todos lados. Estaba
enarenada si hubiera rodado por una duna entera. También, se hallaba toda
mojada y no había llovido. Supe por donde podía venir la cosa.
Tal vez, cierta playa de nuestro
pasado común tuviera algo que ver. Ese lugar donde nos conocimos y en el que
hicimos nuestros mejores recuerdos. Más que chapoteando en el mar, un poquito a
la sombra y otro poco bajo el sol. Antes que todo se echara a perder, de
volvernos dos enemigos, que solo se hablaban desde el rencor.
—Decime que te alegra que haya
venido—me demanda, más como una cuestión ya dada que como pregunta. Arrastra
las palabras, por lo que sea que haya tomado. Tiene arena hasta en ese cabello color
caramelo suyo y el gris de sus ojos se me presenta vidrioso.
—Me sorprende, más bien.
Ella no disimula la bronca por mi
respuesta. Nada le disgusta más que no le digan aquello que quería escuchar.
Una de las cuestiones por las que terminamos, de mi lado, es por lo mandona y
dominante que tendía a ponerse conmigo. La otra razón, era la facilidad con la
que me ponía en problemas. Me ha hecho pelear, por actitudes de ella, con casi
todas las personas cercanas en mi vida. Familia y amigos, principalmente.
—Te estabas por casar, según me
acuerdo—le digo, por decir algo.
Ella baja, por toda respuesta, el
cierre del vestido y lo deja caer al suelo. Queda, ante mi vista, como Dios la
trajo al mundo.
—Tenía que hablar con vos
primero.
Otra vez la tengo cerca, muy
cerca. Pero nunca está tan lejos la gente de uno que cuando ya no la querés ni
ver. Cualquier sea la distancia a la que se te sitúe.
—Terminamos, Mariana. O mejor
dicho, vos lo hiciste conmigo.
No se da por aludida del
comentario. Nunca se daba por aludida de nada. Ni cuando me quitaba el lugar en
la sombra de alguna palmera en la playa, arrogándosela ella. O me tapaba el sol
para hablarme de algo. Cara de cemento total.
Fueron días increíbles, de mutuo descubrimiento,
pero con el fin del verano como fecha de vencimiento. Sin la playa, las olas,
tomar el sol y conversar a la sombra, no teníamos química. La ciudad, los
espacios cerrados, la rutina de la vida diaria ahogaron lo que fuera que
teníamos.
Ella era muy distinta de las
otras con las que había salido. Me encantó, al principio, ese desparpajo en
ella. Luego, llegué a odiarlo.
Cuando, a espaldas mías, empezó a salir con un amigo mío, se cortó la
cosa.
—Como si
fuera tan fácil terminar con vos.
No sé si
me dice la verdad o me miente. Si se trata de una confesión o solo juega
conmigo. Cuando la enfrenté por el asunto de sus salidas con Facu ella, lejos
de disculparse, decidió concluir lo nuestro. Y ahora me viene con esto.
Entonces,
caigo en la cuenta que Mariana no lo quiere a mi amigo. Aunque vaya a casarse
con él. No estaría acá, ni diciéndome eso de ser distintas las cosas.
Ojo,
tampoco creo que a mí. A estas alturas, pienso que soy un capricho más que algún
tipo de afecto. Lo siento en el alma, lo veo en sus ojos embriagados. Se trata
de una revancha, por ese poquito de sol y de sombra que tuvimos ese verano. Soy
demasiado realista como para engañarme. Aunque se trate de una mentira por
demás atrayente. Pese a lo que me haya hecho o a cuanto me haya desilucionado.
En
realidad, creo que ni ella sabe a quién quiere. Si es que le prodiga ese
sentimiento a alguien. Me late, también, que no se tiene mucho afecto a sí
misma, en los últimos tiempos, a juzgar por su estado.
Luego de decirme eso, sobre lo
difícil de terminar con lo nuestro, Mariana va con cara de exhausta hasta mi
cuarto y se tira sobre la cama. Como si estuviera en su propia casa, como si
fuera su propia cama. Pensé mal, por unos momentos, pero la erraba. No se trataba
de algo con segundas intensiones. Medio minuto después, roncaba sonoramente.
Simple cansancio.
Así es ella. Ególatra como pocas,
indiferente como ninguna a lo que pudiera provocar con sus deseos o
necesidades.
Me sueña de nuevo el teléfono. Atiendo.
La pizza, supuse. Pero no. Era Facu, mi antiguo amigo, el novio de Mariana,
insultándome en siete colores.
No entiendo nada. Sigue y sigue, no para con
la catarata de improperios. Dejo de intentar calmarlo y veo entonces a donde Mariana
dejó tirado el vestido. Manchado con arena, mojado con agua de mar, arrugado
por quien sabe qué sentimientos. Parece un trapo, pero debajo de todo el
estropicio aún se revela el blanco y el encaje que tiene.
Caigo
entonces en qué día es hoy. Procuraba no pensar en eso. No iba a ir, por más
que me lo pidieran los dos mil veces. Era una invitación por simple culpa, para
disimular lo mal que se habían portado a mis espaldas.
Facu me
sigue insultando, mal, hasta me dice que me va a matar. Varias veces lo repite,
describiendo un par de modos en que piensa llevarlo a cabo.
Quien va
a creerme que nada pasó entre nosotros. Que solo esperaba una pizza y en cambio
vino ella.
Entonces
sé que estoy de alguna forma, una vez más, metido en algún bolonqui de
proporciones por ella. Que duerme, muy plácidamente, inocentemente desnuda,
sobre mi cama.
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