La
que vino en lugar del delivery
Esa noche
estaba discutiendo, en el teléfono, con el tipo del negocio de pizzas. Había
pedido una grande de muzza con anchoas y morrones hacía treinta minutos, sin
tener la menor señal de ella. Le reclamaba, muerto de hambre.
El timbre
del departamento sonó y casi me arrojé a la puerta, dispuesto a recriminar la
tardanza. Pero en lugar del chico del delivery, con el casco puesto en la
cabeza y mi pizza en las manos, estaba Mariana, con un impermeable rojo y una
mirada de niña desconsolada en el rostro.
Pasó
adentro antes que pudiera decirle nada. Apenas si atiné a cerrar la puerta.
Ella me arrinconó contra la pared, amparada en mi sorpresa.
Era la
última persona que pensaba pudiera venir. Justó acá, justo por esos días.
— ¿Qué
estás haciendo?
Tenía su rostro a un palmo del
mío. Pude sentir el aliento al alcohol en sus palabras.
—Estoy confundida.
La separé un tanto de mí. Ella
aprovechó para quitarse el impermeable. Tenía por debajo un vestido blanco, en
pésimas condiciones. Con marcas de marcas de arena, por todos lados. Estaba
enarenada si hubiera rodado por una duna entera. También, se hallaba toda
mojada y no había llovido. Supe por donde podía venir la cosa.
Tal vez, cierta playa de nuestro
pasado común tuviera algo que ver. Ese lugar donde nos conocimos y en el que
hicimos nuestros mejores recuerdos. Más que chapoteando en el mar, un poquito a
la sombra y otro poco bajo el sol. Antes que todo se echara a perder, de
volvernos dos enemigos, que solo se hablaban desde el rencor.
—Decime que te alegra que haya
venido—me demanda, más como una cuestión ya dada que como pregunta. Arrastra
las palabras, por lo que sea que haya tomado. Tiene arena hasta en ese cabello color
caramelo suyo y el gris de sus ojos se me presenta vidrioso.
—Me sorprende, más bien.
Ella no disimula la bronca por mi
respuesta. Nada le disgusta más que no le digan aquello que quería escuchar.
Una de las cuestiones por las que terminamos, de mi lado, es por lo mandona y
dominante que tendía a ponerse conmigo. La otra razón, era la facilidad con la
que me ponía en problemas. Me ha hecho pelear, por actitudes de ella, con casi
todas las personas cercanas en mi vida. Familia y amigos, principalmente.
—Te estabas por casar, según me
acuerdo—le digo, por decir algo.
Ella baja, por toda respuesta, el
cierre del vestido y lo deja caer al suelo. Queda, ante mi vista, como Dios la
trajo al mundo.
—Tenía que hablar con vos
primero.
Otra vez la tengo cerca, muy
cerca. Pero nunca está tan lejos la gente de uno que cuando ya no la querés ni
ver. Cualquier sea la distancia a la que se te sitúe.
—Terminamos, Mariana. O mejor
dicho, vos lo hiciste conmigo.
No se da por aludida del
comentario. Nunca se daba por aludida de nada. Ni cuando me quitaba el lugar en
la sombra de alguna palmera en la playa, arrogándosela ella. O me tapaba el sol
para hablarme de algo. Cara de cemento total.
Fueron días increíbles, de mutuo descubrimiento,
pero con el fin del verano como fecha de vencimiento. Sin la playa, las olas,
tomar el sol y conversar a la sombra, no teníamos química. La ciudad, los
espacios cerrados, la rutina de la vida diaria ahogaron lo que fuera que
teníamos.
Ella era muy distinta de las
otras con las que había salido. Me encantó, al principio, ese desparpajo en
ella. Luego, llegué a odiarlo.
Cuando, a espaldas mías, empezó a salir con un amigo mío, se cortó la
cosa.
—Como si
fuera tan fácil terminar con vos.
No sé si
me dice la verdad o me miente. Si se trata de una confesión o solo juega
conmigo. Cuando la enfrenté por el asunto de sus salidas con Facu ella, lejos
de disculparse, decidió concluir lo nuestro. Y ahora me viene con esto.
Entonces,
caigo en la cuenta que Mariana no lo quiere a mi amigo. Aunque vaya a casarse
con él. No estaría acá, ni diciéndome eso de ser distintas las cosas.
Ojo,
tampoco creo que a mí. A estas alturas, pienso que soy un capricho más que algún
tipo de afecto. Lo siento en el alma, lo veo en sus ojos embriagados. Se trata
de una revancha, por ese poquito de sol y de sombra que tuvimos ese verano. Soy
demasiado realista como para engañarme. Aunque se trate de una mentira por
demás atrayente. Pese a lo que me haya hecho o a cuanto me haya desilucionado.
En
realidad, creo que ni ella sabe a quién quiere. Si es que le prodiga ese
sentimiento a alguien. Me late, también, que no se tiene mucho afecto a sí
misma, en los últimos tiempos, a juzgar por su estado.
Luego de decirme eso, sobre lo
difícil de terminar con lo nuestro, Mariana va con cara de exhausta hasta mi
cuarto y se tira sobre la cama. Como si estuviera en su propia casa, como si
fuera su propia cama. Pensé mal, por unos momentos, pero la erraba. No se trataba
de algo con segundas intensiones. Medio minuto después, roncaba sonoramente.
Simple cansancio.
Así es ella. Ególatra como pocas,
indiferente como ninguna a lo que pudiera provocar con sus deseos o
necesidades.
Me sueña de nuevo el teléfono. Atiendo.
La pizza, supuse. Pero no. Era Facu, mi antiguo amigo, el novio de Mariana,
insultándome en siete colores.
No entiendo nada. Sigue y sigue, no para con
la catarata de improperios. Dejo de intentar calmarlo y veo entonces a donde Mariana
dejó tirado el vestido. Manchado con arena, mojado con agua de mar, arrugado
por quien sabe qué sentimientos. Parece un trapo, pero debajo de todo el
estropicio aún se revela el blanco y el encaje que tiene.
Caigo
entonces en qué día es hoy. Procuraba no pensar en eso. No iba a ir, por más
que me lo pidieran los dos mil veces. Era una invitación por simple culpa, para
disimular lo mal que se habían portado a mis espaldas.
Facu me
sigue insultando, mal, hasta me dice que me va a matar. Varias veces lo repite,
describiendo un par de modos en que piensa llevarlo a cabo.
Quien va
a creerme que nada pasó entre nosotros. Que solo esperaba una pizza y en cambio
vino ella.
Entonces
sé que estoy de alguna forma, una vez más, metido en algún bolonqui de
proporciones por ella. Que duerme, muy plácidamente, inocentemente desnuda,
sobre mi cama.
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