martes, 23 de abril de 2019

Un poquito a la sombra, un poquito al sol - Improvisacion de Luis Carranza Torres - Jueves 18


La que vino en lugar del delivery

Esa noche estaba discutiendo, en el teléfono, con el tipo del negocio de pizzas. Había pedido una grande de muzza con anchoas y morrones hacía treinta minutos, sin tener la menor señal de ella. Le reclamaba, muerto de hambre.
El timbre del departamento sonó y casi me arrojé a la puerta, dispuesto a recriminar la tardanza. Pero en lugar del chico del delivery, con el casco puesto en la cabeza y mi pizza en las manos, estaba Mariana, con un impermeable rojo y una mirada de niña desconsolada en el rostro.
Pasó adentro antes que pudiera decirle nada. Apenas si atiné a cerrar la puerta. Ella me arrinconó contra la pared, amparada en mi sorpresa.
Era la última persona que pensaba pudiera venir. Justó acá, justo por esos días.
— ¿Qué estás haciendo?
Tenía su rostro a un palmo del mío. Pude sentir el aliento al alcohol en sus palabras.
—Estoy confundida.
La separé un tanto de mí. Ella aprovechó para quitarse el impermeable. Tenía por debajo un vestido blanco, en pésimas condiciones. Con marcas de marcas de arena, por todos lados. Estaba enarenada si hubiera rodado por una duna entera. También, se hallaba toda mojada y no había llovido. Supe por donde podía venir la cosa.
Tal vez, cierta playa de nuestro pasado común tuviera algo que ver. Ese lugar donde nos conocimos y en el que hicimos nuestros mejores recuerdos. Más que chapoteando en el mar, un poquito a la sombra y otro poco bajo el sol. Antes que todo se echara a perder, de volvernos dos enemigos, que solo se hablaban desde el rencor.
—Decime que te alegra que haya venido—me demanda, más como una cuestión ya dada que como pregunta. Arrastra las palabras, por lo que sea que haya tomado. Tiene arena hasta en ese cabello color caramelo suyo y el gris de sus ojos se me presenta vidrioso.
—Me sorprende, más bien.
Ella no disimula la bronca por mi respuesta. Nada le disgusta más que no le digan aquello que quería escuchar. Una de las cuestiones por las que terminamos, de mi lado, es por lo mandona y dominante que tendía a ponerse conmigo. La otra razón, era la facilidad con la que me ponía en problemas. Me ha hecho pelear, por actitudes de ella, con casi todas las personas cercanas en mi vida. Familia y amigos, principalmente.
—Te estabas por casar, según me acuerdo—le digo, por decir algo.
Ella baja, por toda respuesta, el cierre del vestido y lo deja caer al suelo. Queda, ante mi vista, como Dios la trajo al mundo.
—Tenía que hablar con vos primero.
Otra vez la tengo cerca, muy cerca. Pero nunca está tan lejos la gente de uno que cuando ya no la querés ni ver. Cualquier sea la distancia a la que se te sitúe.
—Terminamos, Mariana. O mejor dicho, vos lo hiciste conmigo.
No se da por aludida del comentario. Nunca se daba por aludida de nada. Ni cuando me quitaba el lugar en la sombra de alguna palmera en la playa, arrogándosela ella. O me tapaba el sol para hablarme de algo. Cara de cemento total.
Fueron días increíbles, de mutuo descubrimiento, pero con el fin del verano como fecha de vencimiento. Sin la playa, las olas, tomar el sol y conversar a la sombra, no teníamos química. La ciudad, los espacios cerrados, la rutina de la vida diaria ahogaron lo que fuera que teníamos.
Ella era muy distinta de las otras con las que había salido. Me encantó, al principio, ese desparpajo en ella. Luego, llegué a odiarlo.
Cuando, a espaldas mías,  empezó a salir con un amigo mío, se cortó la cosa.
—Como si fuera tan fácil terminar con vos.
No sé si me dice la verdad o me miente. Si se trata de una confesión o solo juega conmigo. Cuando la enfrenté por el asunto de sus salidas con Facu ella, lejos de disculparse, decidió concluir lo nuestro. Y ahora me viene con esto.
Entonces, caigo en la cuenta que Mariana no lo quiere a mi amigo. Aunque vaya a casarse con él. No estaría acá, ni diciéndome eso de ser distintas las cosas.
Ojo, tampoco creo que a mí. A estas alturas, pienso que soy un capricho más que algún tipo de afecto. Lo siento en el alma, lo veo en sus ojos embriagados. Se trata de una revancha, por ese poquito de sol y de sombra que tuvimos ese verano. Soy demasiado realista como para engañarme. Aunque se trate de una mentira por demás atrayente. Pese a lo que me haya hecho o a cuanto me haya desilucionado.
En realidad, creo que ni ella sabe a quién quiere. Si es que le prodiga ese sentimiento a alguien. Me late, también, que no se tiene mucho afecto a sí misma, en los últimos tiempos, a juzgar por su estado.
Luego de decirme eso, sobre lo difícil de terminar con lo nuestro, Mariana va con cara de exhausta hasta mi cuarto y se tira sobre la cama. Como si estuviera en su propia casa, como si fuera su propia cama. Pensé mal, por unos momentos, pero la erraba. No se trataba de algo con segundas intensiones. Medio minuto después, roncaba sonoramente. Simple cansancio.
Así es ella. Ególatra como pocas, indiferente como ninguna a lo que pudiera provocar con sus deseos o necesidades.
Me sueña de nuevo el teléfono. Atiendo. La pizza, supuse. Pero no. Era Facu, mi antiguo amigo, el novio de Mariana, insultándome en siete colores.  
 No entiendo nada. Sigue y sigue, no para con la catarata de improperios. Dejo de intentar calmarlo y veo entonces a donde Mariana dejó tirado el vestido. Manchado con arena, mojado con agua de mar, arrugado por quien sabe qué sentimientos. Parece un trapo, pero debajo de todo el estropicio aún se revela el blanco y el encaje que tiene.
Caigo entonces en qué día es hoy. Procuraba no pensar en eso. No iba a ir, por más que me lo pidieran los dos mil veces. Era una invitación por simple culpa, para disimular lo mal que se habían portado a mis espaldas.
Facu me sigue insultando, mal, hasta me dice que me va a matar. Varias veces lo repite, describiendo un par de modos en que piensa llevarlo a cabo.
Quien va a creerme que nada pasó entre nosotros. Que solo esperaba una pizza y en cambio vino ella.
Entonces sé que estoy de alguna forma, una vez más, metido en algún bolonqui de proporciones por ella. Que duerme, muy plácidamente, inocentemente desnuda, sobre mi cama.









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