martes, 22 de octubre de 2019

21 de Septiembre - Expolibro Salta - Marcelo Lopez


InpirARTE Expolibro SALTA 21/09/19
Escribe: Marcelo López
Pinta: Joaquín Robino
Tema: Una manzana en el camino

Subí al auto apurado. Se me hacía tarde. En realidad ya “era” tarde. Habíamos quedado en encontrarnos a las 3 y 15 y mirando el reloj me di cuenta, antes de salir, que ya era esa hora que habíamos pactado. Me quedaban a lo sumo 20 minutos de camino, no había forma que pudiera cubrir los 30 kilómetros que me separaban de mi reunión. Puse el GPS esperando que milagrosamente me diera un camino que acortara lo que yo ya sabía que era imposible. Uno, a veces, sabe que hay destinos, situaciones, que no tienen retorno pero igualmente se empecina en tratar de torcerlas. Es como si con ese pequeño acto calmáramos la conciencia y de alguna forma nos sintiéramos mejor.
El GPS no hizo milagros, era un aparato, nada más.
Me subí al auto, puse primera, me ajuste el cinturón mientras salía y acelere a fondo. Sonó la bocina de un camión que no había visto, no le di importancia, estaba apurado y no quedaba otro recurso que apretar el pedal hasta que casi sintiera que la última posibilidad era perforar la chapa.
Habían pasado apenas dos minutos pero los sentía como si fueran horas. Me imaginaba a la gente del directorio esperándome, sentados en la sala, en la mesa de vidrio enorme, el aire acondicionado prendido, los trajes ajustados, los vasos de agua y la jarra impecables sobre la bandeja de plata que siempre tenían. Me imaginaba al viejo Sanchez, el dueño, moviendo de un lado a otro el encendedor de plástico que llevaba siempre, aunque fuera multimillonario, de un lado a otro hasta que lo tiraba al suelo, se levantaba y se iba de la sala terminando todo y ese todo era mi contrato, para siempre.
Acelere sin importarme las multas que pudiera recibir, ya habría tiempo para pagarlas o tratar de evitarlas. Acelere sin pausa hasta que el marcador del velocímetro me mostro una aguja que vibraba intensamente entre el “8” y el “0” de los 180 kilómetros por hora.
Era un pelotudo. Me había quedado haciendo nada, enganchado en una conversación sin sentido con el vecino de mi oficina. Una conversación cualquiera que podríamos haber tenido en otro momento pero que por alguna razón preferí tener en ese preciso instante. ¿Sería que de una u otra forma tenía una capacidad innata en arruinarlo todo como decía Laura? Preferí pensar que no, que simplemente era un pelotudo.
EL tiempo se esfumaba, se volaba intenso y yo imaginaba al viejo Sanchez hablándole a los hijos y al administrador que usaban para todo, decirles que averiguaran donde estaba Ramírez, o sea donde estaba yo.
Me sonó el teléfono. Mire de reojo, era el teléfono de la empresa de Sanchez, no lo tenía agendado pero lo conocía de tanto marcarlo.
?Que le digo? Pensé. Si le digo que estoy demorado seguramente se vuelvan locos, son millonarios y con eso creen que tienen comprado el resto del mundo. Si les digo que pospongamos la reunión me van a decir que directamente no vaya nunca más. Opte por lo más simple, no atender.
Me asegure de que el auto siguiera sufriendo los 180 kilometros por hora que le exigía y que no se cruzara nada en mi camino. El GPS, con esa voz femenina, española, agotadora me dijo que quedaban “ 4 minutos para llegar a su destino”, no eran tanto, pensé. Quizás ellos también estaban demorados y yo no lo sabía. Mire sobre el asiento del costado y vi la manzana que me había comprado temprano, una manzana para el camino, cuando todavía tenía planeado llegar a horario, ir despacio, no ser un pelotudo o un fracaso como dice Laura. Mire la manzana y con cuatro minutos por delante decidí que era mejor llegar y ser despedido con el estómago lleno que con hambre. Estire el brazo derecho mientras buscaba la fruta, los ojos bien puestos sobre la ruta. Una pequeña curva, una lomada, la mano que no encontraba la manzana, una recta bajando al fondo, el velocímetro en 180 y mi mano que sintió con dos dedos la presencia de la manzana, intente agarrarla pero no pude, mire de reojo y la atrape. Al árbol apenas lo vi. Sentí los golpes de las ramas en la carrocería, los vidrios estallando y un instante de silencio aunque la radio seguía funcionando. Me vi volar, con el auto, por sobre un alambrado, girando en el aire dejando solo despojos. La manzana en la mano, el auto destrozándose, mi brazo con dolor, la mano igual. Después solo una tormenta de tierra que me perseguía me paso por encima, después quietud, silencio, dolor en algunas partes de mi cuerpo que todavía no podía precisar. Mire a todos lados, estaba en el medio de algún campo con el auto pulverizado, pero vivo. Pensé en el viejo Sanchez, ya no estaría esperándome, igual era imposible llegar ahora. Pensé en la manzana que había comprado para el camino, por alguna estúpida razón aun la tenia en la mano. Pense en Laura y en que tenia razón, como siempre, no había otra opción que confirmar que yo, era un pelotudo.


22 de Septiembre - Feria del Libro de Cordoba - Luis Carranza Torres


Inspirarte 2019
Feria Internacional del Libro de Buenos Aires
Sala Cortázar - 11 de mayo
Escribe: Luis Carranza Torres
Pinta: Enrique Llorens
Tema: Sin filtro.

Lo que también dejan los libros



Ella es así, sin filtros. Directa, frontal. Espera que la valoren por lo que es y no por como parece exteriormente. Sin éxito, la mayoría de las veces.
No tener filtro es vivir en estado puro. Sin reservas, sin disimulos.
La mayoría no la entiende, ni ella pretende que lo hagan. Vive como cree y hace lo que siente, lo que le gusta. Lectora voraz, cada año tiene una cita en ese lugar que aprendió a querer como suyo. Un universo de libros, de lectores ávidos.
Allí empieza, muy concentrada a vagar entre los pasillos y mesas de libros. Como de costumbre, no sabe muy bien por dónde empezar. Son tantos lo que le llaman la atención.
Camina por los distintos corredores, va y viene, se pierde en un eterno contemplar de libros. De observar portadas y analizar contratapas. 
Se acerca con interés a muchos sitios, pero reserva un tiempo para ir al stand de esa editorial que edita a uno de sus autores preferidos. No es la primera ni va a ser el última de esa tarde, sola y a sus anchas, en la Feria.
Ella no sale mucho, aunque sus amigas le insistan. Se los dice sin filtro, a pesar de todo lo que la presionen. No le atrae demasiado y no cree que vaya a encontrar allí algo que valga la pena. Prefiere quedarse viendo una buena peli o, mejor aún, leyendo un buen libro.
Sí, es rara. Así le dicen todos quienes la conocen un poco; alguna vez de frente y muchas otras por detrás. Ella misma lo reconoce para sus adentros. Y no se cuida de reconocerlo. Sin filtro, prefiere ser distinta a sus anchas que igual a muchos otros en un formato de vida que no le resulta cómodo.
Parece seria, reservada. Algunos dicen que siempre está como enojada. Nada que ver. En realidad, busca preservarse. Ya se ha peleado con bastante gente, por carecer de filtro. Está cansada que le recuerden cada cinco minutos que no encaja demasiado con el mundo en el que le ha tocado en suerte vivir. Lo banal, lo pasajero, el hedonismo siempre necesitado de cuotas mayores de placer, y el vivir siendo ciento por ciento autorreferencial no va con ella.
Tiene amigas, pocas. No se vincula con cualquiera y espera mucho de la amistad. Se reúne con ellas por gusto y no por obligación. Sabe que la quieren aunque no terminen de entenderla. Por eso, soporta estoicamente los consejos de vida que le dan, sin que ella se los pida. Salir más o vestirse distinto, con más color o mostrando un poco más, son algunos de ellos. Más necesidad de autocontrol tiene cuando quieren cambiarle el “look”, cortándole el pelo, aconsejándole que se desgaste las puntas, insistiendo para que se maquille para salir, o que use un color de labios rojo profundo.
No tiene los mismos gustos de los otros. Y disfruta de estar sola, con ella misma. Porque no tiene que explicar nada sobre lo que es.   
Pocas cosas en su vida le atraen como la feria del libro en la Rural. Apenas el año va tomando fuerza, a la vuelta de las vacaciones, también comienza para ella, a la par de retomar sus obligaciones, a ver cuándo será este año.
Durante los días que esté va a ir, al menos, tres y hasta cuatro veces. Si puede, la primera es el mismo día que abre. No se pierde un lugar para ir, recorre todos los pabellones y siempre encuentra algo nuevo para ver.
Puede que vaya a escuchar a algún autor que le interese. Sacarse una foto con Pérez-Reverte, conversar tres minutos con él ha sido siempre una gloria. Atento, profundo, de buena onda. Ojalá los jóvenes de su edad fueran así. Conversaría más y leería menos.
Vive su belleza como una maldición. Si no fuera tan llamativa, si no tuviera los ojos verdosos, si el cabello no tuviera ese color miel, encima brilloso, podría pasarla mucho mejor. No repararían en ella el aluvión de lanceros, babosos y otros desubicados que se sienten con derecho a incomodarla, en donde sea, para que les lleve el apunte. Que vienen a interrumpirla en lo que sea que esté haciendo con esos chistes tontos, de doble sentido e invitaciones interesadas. Que no pueden dirigirle una mirada, decir dos palabras, sin que aparezca la palabra sexo como un neón en el rostro.
Por eso se esconde, detrás de un par de lentes en lugar de usar los de contacto y lleva atado, muy firme, hacia atrás el cabello. Por lo mismo prefiere estar, una tarde de sábados, entre libros antes que tomando algo con un ser ubicado en las antípodas de ella. Va de tapa en tapa de libro, invariablemente tomándolos para leer la contratapa y decidir si lo abre o no. La mayoría de las veces, lo hace y salta de una página a otra leyendo alguna parte. O, si la engancha, el observar las primeras líneas se transforma en haber devorado, de parada y con el mundo a su alrededor detenido, todo un prólogo o primer capítulo.
Está en eso, cuando una voz joven, masculina, le pregunta por el libro que leyendo, si le gusta. Le parece raro que alguien le venga con eso, aunque no la molesta.
—Parece interesante—le contesta sin levantar la vista del texto.
Iba a quedar en eso la respuesta, pero agrega que creía haber leído todo de ese autor y no conocía que hubiera escrito ese.
—Es de los primeros que escribió, cuando todavía era reportero. Lo iba a publicar por entregas en el diario El País, pero finalmente la editorial decidió lanzarlo como una novela corta.
Al levantar la vista, descubre a un joven flacucho, alto, de cabello oscuro cayéndole en jopo sobre la frente y pequeños lentes de montura metálica cuadrangulares. Un poco grandes para el rostro que tiene.
—A mí también me gusta Pérez-Reverte—le dice.
Cierra el libro y conversan un poco más. Parece que ha dado con alguien tan devoto y entusiasta de los libros como ella. Le sonríe, sin proponérselo.
Tal vez, solo tal vez, haya encontrado a un ser tan directo como ella. Sin filtro para decir ciertas cosas, de buenas a primeras. Cosas que nadie diría, por el temor de ser encasillado como alguien distinto o incomprensible.
Entonces se descubre esperando, con creciente ansia, a que él le sugiera seguir la charla con un café de por medio. Decide también que, si así no se diera pronto, aguardará el momento propicio para sugerirlo, sin quedar en demasiada evidencia.




22 de Septiembre - Feria del Libro de Cordoba - Marcelo Lopez


InspirARTE Feria del Libro y el Conocimiento 2019
Escribe: Marcelo Lopez
Pinta:  Pam Fir
Tema: Palito de la Selva
Mi mamá odia a la gente grande que come chicles con la boca abierta. Una combinación muy precisa. Gente grande, lease mayor de 50. Come chicle, o sea no caramelo, no mentitas, quizás también le molesten los que comen chupetines, pero eso no lo se. A mi el chupetín me hace acordar a Kojac. Y con la boca abierta se entiende por masticar haciendo ruido. No se porque me acorde de eso hoy. Estaba por cruzar General Paz del lado de Rigar´s y me quede parado en la vereda repleta de papeles y chicles pegados en el suelo, quizás haya sido eso. La cuestión es que espere el semáforo para que cortara el trafico de la avenida y crucé. Camine por la vereda con sentido a Dean Funes. Tenia que llevar una carpeta hasta un departamento frente a la Legislatura. Era enero, hacía calor, de esos calores que cuando estas en el centro te hacen desear una pileta como si fuera agua en el desierto. Los ómnibus pasaban rápido y si prestabas atención se sentía el sonido de las gomas pegadas en el asfalto y su correspondiente “despegada” al girar. Subí por la General Paz hasta llegar a Dean Funes, doble a la izquierda y camine despacio evitando la gente que iba y venía, la mayoría escribiendo en sus teléfonos, atrás había quedado el tiempo donde podría haber dicho “hablando por teléfono”, ahora todo era inmediato, instantáneo, como el café, como la sopa, como los ñoquis, la fama, la desgracia, la miseria y la fortuna… bueno, en realidad si algo no se había logrado hacer instantáneo, ni masivo, ni nada, era la fortuna. Camine por Dean Funes hasta llegar a la legislatura y me fije en la numeración. Mi destino era la galería de al lado, la de las librerías de libros usados, la del mármol gris. Entre buscando el ascensor. Apreté el botón que se puso rojo como si me tuviera bronca.
Espere. Pasaron una buena cantidad de segundos hasta que empezaron a moverse las luces que indicaban los pisos, alguien seguramente lo había tenido parado en algún lado. 7,6,5,4,3,2,1 y finalmente la luz en planta baja. Llego, nadie dentro. Abri la puerta blanca y corri después la puerta esa de metal que le dicen “tijera” que tanta impresión me da pensando que podría agarrarme un dedo o la mano entera. Aprete el 3. Salimos lentamente, subiendo hasta llegar al 3er piso donde en un pequeño movimiento.  Sali al pasillo oscuro, busque a tientas el botón para prender la luz, lo alcance y se hizo la iluminación en el pasillo oscuro, que siguió ahora tenuemente iluminado, busque el departamento A. Contrariamente a lo que había supuesto estaba del otro lado de donde me había bajado, camine ahí. Golpee la puerta, todavía soy de los que golpea la puerta. Una generación intermedia entre los que aplauden y los que tocan el timbre. Nadie. Volvi a golpear y esperar. Nadie. Evolucione en mi sistema de anunciarme y toque el timbre que sono fuerte. No había dudas de que funcionaba. Nadie. Nada. Ni un ruido. Me fije en la caja que llevaba, prolijamente cerrada, envuelta en papel madera, cerrada con cinta ancha. La dirección era esa, el numero del piso el 3 y el departamento el A. No había errores en la ubicación asi que insisti. Esta vez fue primero portero, que volvió a sonar fuerte y ronco. Despues fue la mano golpeando la puerta y haciendo sonar la madera. Nada de nuevo. Espere unos segundos mas pensando que era lo que correspondia, por educación.
No tuve resultados, había cumplido con la educación y las buenas costumbres asi que tome el picaporte y probe, por las dudas, si estaba abierto. Estaba abierto. No supe que hacer. ¿Abrir? ¿Dejar cerrado y volver a tocar el timbre? Lo pensé, de nuevo. Tenia la fantasia de que alguien pudiera molestarse, ponerse violento, del otro lado de la puerta si yo abria de repente, invadiendo su hogar, su casa, su privacidad. EL argumento de la caja no me parecía suficiente. De todas formas tome de nuevo el picaporte y contrariamente a mis dudas y mis miedos abri la puerta, tímidamente primero, esperando que quien estuviera del otro lado se diera cuenta y en un gesto amable yo pudiera justificarme diciendo que “estaba abierta”. Abri despacio, un poquito, otro poquito, un poquito mas, hasta que estuvo abierta del todo y me dio cierto pudor. UN pudor absurdo, pero pudor al fin, como si entrando a esa casa yo mostrara algo mio aunque fuera al revés. Me quede entonces parado en la puerta, ahora abierta, mirando un living enorme, lleno de muebles y con la ventana abierta que hacia flamear una cortina nueva, blanca y flotante. EL aire que entraba era caliente como el de afuera, caliente como ese que te hace tener “sed” de una pileta, en enero, en cordoba; pero ahí era un poquito mas agradable. Me puse la caja bajo el brazo con cuidado, no sabia que había dentro, hacia un par de días que trabajaba en esa empresa de seguros, hacia un poco de todo, muchas veces nada porque se olvidaban que me tenían. Me puse entonces la caja bajo el brazo y avance por el living. Un par de revistas prolijamente acomodadas en la mesita ratona, dos portarretratos metálicos con fotos de un hombre de bigotes y una señora muy rubia. Los sillones estaban prolijamente ubicados, todo en el mas absoluto silencio.
- Buenas…- Dije tímidamente.
Nada, como antes, como con la puerta. Segui avanzando y sobre una mesa chicquita que decoraba el pasillo había un palito de la selva. Volvi a acordarme de mi mama y su odio intrínseco por la gente que come chicle y al mismo tiempo me excuse con ella y su memoria. Era un palito de la selva no un chicle. Segui camino timido por el pasillo. Una foto enorme de la señora super rubia y el señor de bigotes. Pase el baño, vacio y prolijo. Llegue a la puerta de lo que supuse seria la habitación. Golpee despacio ahora, como si fuera que la proximidad nos daba mayor intimidad. La puerta se movio y entonces con la confianza que me había dado la puerta de ingreso la empuje hasta que estuvo completamente abierta. En la cama estaba la señora rubísima, desnuda, con un disparo en la espalda. Al lado, como si estuviera abrazándola eternamente un señor, que NO tenia bigotes, pero si dos tiros en el pecho. Me quede petrificado. Casi se me cae la caja. La sostuve como pude y pensé rápidamente en que hacer. Busque el teléfono en mi bolsillo, lo saque, pero dude. Volvi a guardarlo. REcorri los metros del pasillo buscando la salida, todavía en shock. Llegue al living y me detuve, volvi al pasillo, infantilmente, tome el palito de la selva abandonado, deje la caja en el piso y Sali corriendo. No llame el ascensor, no espere que me abrieran, corri las escaleras hasta llegar abajo donde recupere un paso tranquilo como se supone que debe hacer uno para no llamar la atención. Sali de la galería despacio y me abrazo el calor de enero, ese que te hace tener sed de una pileta como si fuera el desierto. Mire a los dos lados, nadie me seguía. Camine a plaza san martin y me tome el 28 que llego justo. Me merecia ir a la pileta y olvidarme de ese trabajo de mierda donde por mas que hiciera lo imposible nadie se daba cuenta de mi existencia. 

6 de Julio - InspirARTE Cordoba Shopping - Luis Carranza Torres


InspirARTE IMPROVISACION 2019
Córdoba Shopping Villa Cabrera
6 de julio de 2019
Escribe: Luis Carranza Torres
Pinta: Cecilia Testa
Palabras: Escuchame aunque haya ruido.

Empezar de cero

Hay sonidos y sonidos. Lo del ruido es puro cuento, algo psicológico. Hay que saber escuchar. Quien quiere oír oye, en donde sea. Y yo, esa tarde que pateaba ya para noche, la quería escuchar a ella.
El almacén de ramos generales en la ciudad del fin del mundo estaba por demás concurrido. Plena temporada en el Cerro Castor y ese día las pistas habían cerrado por una tormenta nívea de aquellas. Todos se vinieron a la ciudad.
Nos cruzamos en la entrada, viniendo cada cual por su lado. Quedé atrás de ella en la cola para entrar por la doble puerta. Adentro, no entraba un alfiler y no había mesa disponible. Tuvimos que acomodarnos como pudimos. Nos dejaron en la barra, a la espera que se desocupare una. Quedamos muy cerca, lo que en función de las circunstancias, no era nada malo. Todo lo contrario.
Tenía un aire etéreo. A mí, las morochas de ojos brumosos siempre han ejercido una atracción extraña pero por demás placentera. El cabello, en ondas discretas, le caía por debajo de los hombros, como acariciando la polera de lana tejida en punto Santa Clara, con toda clase de adornos, de cuello alto, de blanco impoluto. Me perdí en los aros con forma de pez en los lóbulos de esas orejas. El mar siempre me ha tirado.
El lugar, mezcla de bar y restaurante, hecho de madera lustrosa las paredes, las mesas, la silla, la barra,  estaba a reventar. Se conversaba en seis idiomas, con el castellano en franca minoría. El murmullo era intenso. Había que acercarse al otro para escucharlo. Mucho.
Empezamos a charlar. No sé si empezó ella o yo. La morocha no estaba en el mejor día. Tras saludarnos, me empezó a contar sobre un tipo que no la entendía. Fingí comprenderla. Más que charla, fue primero un monólogo sin interrupción en que le dio sin contemplaciones al pobre tipo. Sobre la barra, donde nos habíamos quedado en tanto se desocupaba una mesa, alguien había dejado un ramillete de flores silvestres. Azules, mi color de la suerte. Tomé una y la puse en su oreja. Ella me miró, primero sorprendida y luego se sonrió, muy a pesar suyo. Ahí la cosa se aflojó un poco. Supongo que cayó en la cuenta del tiempo que llevaba monopolizando la palabra.
Aproveché el lapsus para defender a ese congénere. A lo mejor no es mal pibe, por ahí uno mete la pata sin quererlo, le comenté como al pasar. Ella asintió, sin terminar de aceptarlo. Vi que buscaba poder volver de todo lo que había dicho, sin ceder en el orgullo.
Perdonar no es algo divino, le insistí, pero por ahí es necesario. Para no perder algo valioso por una pavada. Ella no estuvo de acuerdo. No creía en las segundas oportunidades. El no la entendía, me dijo.
Siguió con el tema, pero la notaba más relajada. La bronca se le estaba pasando. Empezaba a no ser tan terminante en algunas cosas. Le dije las bondades de hacer borrón y cuenta nueva. De empezar de cero. Como si fueran dos desconocidos. Por ahí, ayudaba a no perder a alguien que la había herido pero al que todavía se quería.
Ella asintió, sin terminar de convencerse. La cosa había llegado a ese punto en que el partido podía ir para cualquier lado.
Me acerqué, le dije lo bueno que era poder haber conversado a pesar de todo el bullicio que nos rodeaba. Y tras acercarme aun más, la besé. Así de repente. Sin dar lugar a reacción alguna. Tras unos segundos de indecisión que se antojaron eternos, se dejó besar y luego me empezó a devolver el beso. Y eso marcó la diferencia.
A nuestro alrededor, la gente seguía en la suya. Uno nunca es más anónimo que dentro de una multitud. La mesa seguía sin desocuparse para nosotros. Le hice una seña, en dirección a la puerta. Se levantó sin dudarlo. Yo la seguí.
Salimos al frío y al silencio. El sol se extinguía sobre los canales fueguinos y pronto habría más frío y más silencio. Éramos como dos espectros, caminando por la avenida costera, cerca del puerto, alumbrados cada tanto por las luces de algún auto que pasaba.
Ella caminaba a mi lado, mirándome de reojo con esos ojos encapotados. No hablamos de nada por dos cuadras. Luego, simplemente me dijo: “Tenías razón con eso de empezar de cero. Como si fuéramos dos desconocidos”.
Supe, en ese momento, que nos habíamos reconciliado. Nos habíamos escuchado a pesar del ruido. Yo a ella y ella a mí. El futuro todavía existía para nosotros, de a dos. A un tris de perderse sin remedio. Y eso era algo tan bueno como desafiante.       
  

6 de Julio - InspirARTE Cordoba Shopping - Marcelo Lopez


Estaba oscuro. El lugar era oscuro. Obviamente no podía prender una luz, una linterna, ni siquiera un celular, el celular que había dejado en el auto. Me arrastre como pude por ese túnel pegajoso, sucio, asfixiante. Antes de venir, cuando lo estábamos planeando ese había sido uno de los temas que me tenía preocupado. Meterme por ese túnel, que no conocía, pero imaginaba, desagradable, sucio, pegajoso, con basura, ratas y cuarachas. La realidad ahora me daba la derecha. El tunwl era eso y también mas. Me arrastre como pude, decía. Atrás mio venia Anibal cumpliendo a rajatabla lo que habíamos pactado, siguiéndome, sin hacer cuerstionamientos, sin quedarse atrás. Todo iba como estaba planeado. Entramos al túnel por una de las bocas de ventilación mas grandeas, la que estaba en el pasillo que dba a la calle Corrientes. A esa hora había mucha gente, los que volvían a sus casas, y eso me preocupaba en un principio pero Anibal, tan pragmático como siempre me lo dijo claro “los que vuelven a esa hora de laburar están quemados, no nos van a ver y si nos ven les va a importar un carajo”, tal cual. Nos metimos, presentamos la sube, bajamos la escalera y en uno de los momentos en que pasaba el tren del “A” nos metimos en la ventilación. Nos miraron dos viejitos, los mire rápido, a los ojos como desafiándolos y los dos giraron la vista para otro lado.
Nos segiuamos arrastrando por el túnel. Era desagradable apoyar las manos en el hollín, los papeles pegados, la grasa de la ciudad que se había juntado toda en esa alcantarilla, pero no quedaba otra, había que seguir avanzando. Teníamos la indicación precisa de hasta donde debíamos llegar y hacia alla íbamos. El plan era bastante simple, como todos los que veníamos ejecutando hasta ese momento con Anibal en esta sociedad tan… especial.
La reunión previa fue en el bar de Cordoba y Florida, en una de las mesas de abajo, cerca de la ventana, como a las 7 de la tarde, una hora en la que ya no queda nadie en Buenos Aires, una hora en la que los que quedan o no tienen donde ir o no quieren llegar a ningún lado. En la mesa ya nos estaban esperando. Un gordo enorme, pero de verdad enorme, con un pullover de cuello alto, verde intenso, que lo hacia aparecer como una madeja de lana gigante o un planeta nuevo por descubrirse. Lo acompañaba una mujer, normal, ni linda ni fea, normal. De a ratos, según la miraras o según le diera el reflejo de la luz de los colectivos, se ponía bonita. Igual lo que mas me llamo la atención de esa reunión fue que estuviera ella, no “ella” precisamente, sino una mujer. Nunca en estos años me había pasado que una mujer estuviera encargándome un trabajo, no porque por ser mujer no tuviera necesidad de nuestros servicios sino porque en la mayoría de los casos preferían “preservar” su imagen. La cuestión es que nos reunimos ahí . nos invitaron un par de cafes que preferimos dejar pasar para irnos lo antes posible, no queremos hacer amigos, queremos hacer plata y para eso necesitamos clientes. Nos plantearon la “necesidad”, le pusimos un precio que aceptaron , nos dijeron quien era, nunca preguntamos porque. Nos pasaron por debajo de la mesa la mitad en efectivo y nos fuimos asi como habíamos llegado, rápido.
Esa reunión termino en hoy, arrastrándonos por el túnel inmundo este, oscuro, sin ventilación. Para llegar aca al túnel, a hoy, tuvimos que seguirlo al objetivo un par de días, analizar patrones, definir trayectorias y cosas por el estilo. Anibal me toco el pie desde atrás, me detuve.
¿Qué pasa?
Es aca.
 ¿Estas seguro? Para mi era un poquito mas alla, como dos metros.
No. Es aca – Reafirmo.
Si Anibal decía que era “ahí”, era ahí. Tenia defectos pero la capacidad de ubicarse no era uno de ellos. Le hice caso y me detuve, empece a mirar, sin luz, como estábamos. 50 o 60 centimetros mas alla teníamos una rejilla pequeña del tamaño de una baldosa. Me acerque y con el filo de una cuchilla que llevaba la saque. En ese momento paso el tren “A” que iba a la Plaza de Mayo, el ruido fue terrible, atronador y la estructura del túnel comenzó a moverse y temblar. Cuando volvió la calma le dije a Anibal que me alcanzara la pistola.
- Te falto el silenciador…
- Disculpa – me dijo y le devolví el arma para que la completara.
En ese instante llego el tren que iba a Congreso e inundo el lugar con un ruido terrible. Me tape los oídos, cerre un poco los ojos y de pronto vi que el objetivo aparecia en el momento justo, en el lugar que teníamos previsto, un poquito mas a la derecha de la ventilación en la que estábamos espiando, me desespere, teníamos un segundo, apenas.
- ¡Anibal! – grité y no me escucho.
Silencio y estruendo del tren.
- ¡Anibal, escúchame aunque haya ruido! – imploré desesperado como si eso tuviera sentido. Anibal no me escucho pero igualmente me paso la pistola, ahora con el silenciador puesto. Rápido la cargue y asome el caño por la ventilación y no encontré el objetivo, el tipo se había ido… por un segundo me desespere y el alma me volvió al cuerpo cuando lo vi cerca de un cesto de basura tirando un papel, algo sin sentido. Triste ultimo acto ese, pensé. Apunte y dispare. Lo vi caerse y en un segundomas note que no se movia. Nadie reacciono, todavía no habian tenido tiempo. El tren se fue.
- ¡Dale Anibal, vamos! – dije sin mirar.
me di vuelta y no estaba Anibal, no había luz, estaba oscuro, no había sonidos, no estaba Anibal. Me di vuelta como pude en el túnel mugriento, re rasgue el pantalón, con un borde de chapa, me puse a retornar como podía con esa asquerosidad, seguro de que había cumplido con mi objetivo,  que el disparo había sido limpio, que la muerte había sido instantánea. Avance por el túnel sin encontrar a Anibal, no estaba en ninguna parte, no podía pensar que se hubiera asustado, habíamos hecho esto un monton de veces, se habría sentido mal, pensé, hasta llegue incluso a pensar que había salido desesperado al baño. Segiu avanzando por el túnel hasta que sentí como si la piel del cuello me quemara con una brasa caliente. Fue instantáneo, me lleva la mano al cuello y sentí el liquido caliente que brotaba y sin ver reconoci como mi sangre. Intente avanzar un poco mas y apenas pude seguir unos metros. Cai sobre la mugre detestable de ese túnel cerca de otra rendija de ventilación. Juro que lo via Anibal abrazarlo amistosamente al gordo de pullover verde mientras miraban a la policía llegar hasta el cuerpo inmóvil. Me horrorice, sentía las fuerzas escaparse de mi cuerpo y al mismo tiempo imaginaba el complot, la traición que no había sabiado ver. Yo que todo creía saberlo, yo que todo podía esperarlo estaba ahora muriendo, en ese túnel, sucio, mugriento, que había imaginado un tiempo atrás, que había temido un tiempo atrás.

6 de Julio 2019- InspirARTE Cordoba Shopping - Daniela Kaplan


InspirARTE Improvisación
Córdoba Shopping Villa Cabrera
Escribe: Daniela Kaplan
Pinta: Isa Duarte
Tema elegido por el público: Escuchame aunque haya ruido

Para mí, haber conseguido ese trabajo había sido como tocar el cielo con las manos. Había estado muchos meses buscando un trabajo. Dejaba currículums en cual empresa se me hubiese ocurrido. Pasaba todas las entrevistas pero, vaya a saber por qué cuestión no me llamaban. Al borde de la depresión, un lunes cerca de las 12 am sonó mi celular. Era un número desconocido. “Hola” respondí. “Buenos días. ¿Con Magalí?” “Sí, ella misma” dije. “Buenos días, la contacta Silvina, de la empresa Event shows…”.. no le di tiempo a seguir hablando de la ansiedad que se despertó en mí… hacía tan solo cinco días había pasado la entrevista…  “Ah, si, si…. Claro…” agregué. “Magalí, por decisión de la empresa Usted ha sido seleccionada para incorporarse al área administrativa de nuestra empresa….”. El corazón se salía de mi pecho. Se me caían las lágrimas de la emoción y por un instante pensé estaba soñando. La señora que me estaba llamando me estaba dando la noticia que tanto había esperado y que tanto necesitaba. Me pidió que me presente en la empresa al día siguiente para completar algunas cuestiones administrativas y a la próxima semana comenzaba a trabajar.
Todo fluyó hermosamente. Mi escritorio estaba ubicado frente a una ventana que daba a las montañas y cada vez que empezaba el día laboral la montaña me recordaba la inmensidad de mi agradecimiento por haber sido seleccionada luego de tanta búsqueda.
Silvina era mi jefa, la responsable de recursos humanos de la empresa. Desde el inicio fue muy generosa conmigo. Todas las mañanas nos saludábamos, me preguntaba si quería café, se preocupaba de cómo iba sintiéndome y me ofrecía ayuda ante cualquier dificultad que pudiera surgirme. A los aproximados seis meses de mi incorporación apareció un tal Bruno. No pregunté mucho. De un día para otro apareció sentado en el escritorio del lado. Era simpático y… ¡un bombón!
Ambos entrabamos a la misma hora pero él siempre llegaba unos minutos antes. Normalmente nos daban una hora para almorzar pero, para terminar antes y poder irme a hacer deporte, yo solía tomar solo media hora y comía algo rápido en el comedor de la empresa que, para mi disfrute, era también frente a las montañas,  Mi compañero Bruno, con quien no compartíamos trabajo en sí sino más bien el espacio físico,  sí solía aprovechar la hora de almuerzo para escaparse de la jornada laboral.
La oficina en la que trabajaba tenía dos alas y en cada ala sectores de boxes y, adelante de los boxes, tres escritorios. Con Bruno compartíamos el ala izquierda. Yo me sentaba en el escritorio del medio, Bruno a mi derecha y a mi izquierda Julieta. Atrás nuestro, los diez boxes con personal encargado de atender los teléfonos y hacer las gestiones de marketting. La oficina de Silvina estaba en el primer piso, compartía piso con la gerencia.
Pasado un año de su incorporación, una mañana de diciembre llegué a la oficina. Tenía sobre mi escritorio un chocolate blanco. Nadie jamás me dejaba chocolates en mi escritorio. El chocolate no tenía dedicatoria. Era solo eso, un chocolate blanco. Lo miré, lo tomé, miré a los costados preguntándome quién podría haberme dejado ese chocolate pero nadie estaba mirándome. No hice preguntas. Trabajé como si nada hubiese sucedido y, de postre, me comí un riquísimo chocolate blanco.
A la semana, al retirarme de la oficina me dirigí a mi auto. Normalmente lo dejaba estacionado en la puerta de la empresa. Era un lugar seguro. A la salida, sobre el vidrio y abajo del limpiaparabrisas había un papel. Cuando subí al auto, estaba por arrancar y me di cuenta de ese papel. Como iba a molestarme para manejar, me bajé del auto, lo saqué y, al darlo vuelta, tenía dibujado un corazón. El chocolate, el corazón… ¿quién era mi admirador? La historia estaba empezando a ser divertida. Los regalos sorpresa fueron un montón y yo, sin poder descifrar quién era el enamorado. El 13 de febrero de ese mismo año llegó a mi escritorio un sobre. Lo trajo el Correo Argentino. Tenía sello del correo, fecha de envío, fecha de recepción. Era una carta que venía oficialmente hacia mi. La abrí y tenía una propuesta. Me pedía que al día siguiente, que era el día de los enamorados, vaya al estacionamiento del shopping que estaba al frente, que vaya entre las  7 y 8 am que ingresaba a trabajar específicamente a un sitio en el que iba a encontrar una llave. Que tome esa llave que correspondía a un locker ubicado en un lugar determinado en el shopping, que abra el casillero número siete y que saque una bolsa que iba a estar esperándome junto con una indicación específica la cual debía respetar y que el misterio de tanto tiempo iba a ser develado. Parecía todo un delirio pero a esa altura, de verdad, quería descifrar ese misterio.
Al día siguiente, tempranísimo me dirigí al sitio en el que iba a encontrar la llave que permitiera abrir el locker, en el que habría una bolsa con una indicación, todo lo cual me llevaba a develar la incertidumbre  que meses antes se había generado. Y así lo hice, encontré la llave, fui al locker número siete, lo abrí y había una bolsa. Abrí la bolsa y había una zapatilla. ¿Una sola zapatilla? Todo era tan extraño. La tome y adentro una carta. La carta decía que la zapatilla a partir de ese momento pertenecía a la princesa. Para que la princesa pueda usar el par debía encontrar la otra que tenía el rey que estaba esperando por la princesa desde hacía muchos meses. Que el rey estaba a su derecha todos los días, a solo unos metros del escritorio en el que trabaja. Para aceptar la propuesta solo debía dejar toda la noche la zapatilla en el segundo cajón del escritorio de mi cajón y el rey al tercer día iba a sorprenderme pero ya no anónimamente. ¡Era el bombón de Bruno! Obviamente dejé la zapatilla en el lugar indicado y al próximo día ¡el bombón me invitó a salir! Nos enamoramos como en las películas y todo fue hermosamente genial hasta que se enteró Silvina, la jefa de recursos humanos que me había tomado. El tema era que Silvina y Bruno habían sido pareja durante muchos años. Bruno la dejó pero ella siguió perdidamente enamorada de él. No sabía qué hacer para volver a estar con él y, pensó, que aunque no vuelvan a estar en pareja, empleándolo en la empresa  iba a poder verlo todos los días. Cuando Silvina se enteró me empezó de a poquito y sin escrúpulos a hacerme la vida imposible. Te puedo contar un montón de ejemplos de momentos en los que el enojo se apoderó de mi interior. Me borraba informes que tenía que presentar en la gerencia a solo unos minutos antes de tener que presentarlos, “se le caía” agua entre mis papeles, me faltaban cables para poder usar mi computadora y así… hasta que un día llegué a trabajar y un escribano me notificaba mi despido. Necesitaba trabajar. La situación familiar era compleja y la situación del país no era fácil para conseguir nuevo empleo. Me angustié pero no me di por vencida. Bruno, con quien ya estábamos conviviendo me acompañó en todo momento y la vida siguió su curso hasta que pasado un tiempo conseguí un nuevo empleo en una empresa afín a la que estaba, en verdad, la empresa de la competencia. Me nombraron directora del área más importante en la toma de decisiones de la empresa y al poco tiempo olvidé todo lo que aconteció con mi trabajo anterior. Con Bruno nos casamos, tuvimos dos nenas y nos fuimos a vivir a una casa entre montañas, alejados del ruido.
Pasados varios años, decidimos irnos unos días de vacaciones a la costa argentino. Tomamos un ruta que nunca habíamos tomado y para salir de la ciudad debíamos pasar por un peaje. De lejos “sonría que lo estamos filmando” se leía en el cartel. Nuestras hijas empezaron a sonreir. Llegamos al peaje. Bruno bajó el vidrio para pagar y….. ¡chan!... entre tanto ruido de bocinas, autos y viento pareció entre nosotros hacerse un silencio absoluto. Nos miramos preguntándonos si estábamos viendo lo mismo. ¡Era Silvina! ¡La jefa de recursos humanos que me había despedido después de tanto maltrato estaba en el peaje!
¡Waw! El vidrio estaba bajo.. y se me ocurrió decirle: “Escuchame aunque haya ruido, la vida… la vida da muchas vueltas”.   

#InspiradosEnCasa 2da Edición - Daniela Kaplan - 10 de Abril 2020

#InspiradosEnCasa Tema: Una Copa Vacía Escribe: Daniela Kaplan Pinta: Carlos Vidal Aguirrebengoa UNA COPA VACÍA Estaba desesperado del ...