martes, 21 de mayo de 2019

Sin Filtro - Improvisación de José Vales Feria Internacional del Libro Bs As


Desapareció una tarde. No volví a verlo nunca más sentado en el umbral de la casa de una frente rosa viejo. Lo busqué por las esquinas incipientes de ese barrio plagado de potreros, de sirenas obreras y de hollín de aromas diversos.  Nada.  Lo esperé durante varias noches, para  verlo salir de la casa de Bizca, con la que casi todos debutaban sexualmente y él estaba amurado a su anatomía como la enredadera que su madre cuidaba con pasión al muro. Nunca más volví a ver al Negro Lascana. Mi primer maestro, en la vida. EL que me enseñó cómo moverme en  la calle, a diferenciar lo que estaba mal de lo que estaba peor, en un país en donde según su lógica: “Nada puede salir bien, pibe…”
Era el sereno perfecto de aquellas calles. El cronista de sus felicidades y sus desdichas. Fuente inagotable de lo que pasaba en cada casa. No creía en nada ni en nadie, pero oficiaba para muchos de nosotros como un gurú de cabecera. Tanto en la cuarta de Palermo, como en la cruz de los días. Sin saberlo era un iconoclasta militante. Se cagaba en todo. “Pero con respeto, señora…”
En su anarquismo innato, se consideraba “un gran Argentino”.
-Somos los má grande, nene. Somo un pueblo de gente decente. Cada vez que encontramos un laburo lo devolvemos.
Y él era estoico y consecuente. Devolvió sin dudar todos los trabajos que se le cruzaron en el camino. Leía y hablaba. Generoso con las fijas en Palermo o en San Isidro, deambulaba por la vida como un turista desclasado, en aquellas calles de La Nada, como alguna vez se conoció a ese barrio que del otro lado de la General Paz, se lo conocía como Villa Cascotito. El mundo comenzaba a tomar forma recién en la divisoria entre Buenos Aires y La Nada. Allí el Negro Lascana, ataviado con sus dos blazers (“uno es el saco y el otro el sobretodo, giles)  era un hombre de consulta permanente. A él acudían, desde los obreros para ver qué número jugaban esa tarde  (porque el Negro levantaba quiniela con una disciplina envidiable), hasta la Bizca, que le consultaba cómo invertir sus ahorros. Fue él, fruto de su atorrante imaginación, quien  le cambio el apodo a la Bizca. A partir de una tarde allá por los 70, pasó a ser Susana Giménez. Su pronunciado estrabismo, fue desde entonces su nueva partida de nacimiento.
-Ella es más gauchita y menos interesada que La Mary, nene y sino preguntale a Monzón. – me vaticinó un día.
Fue una fuente inagotable para los pocos estudiantes de derecho que se animaron a buscar una fuga decente de aquellas calles. Allá, en La Nada, no teníamos derecho a más de dos ambiciones: ser como Rojitas o como Pichón Laginestra, el mejor ladrón de bancos de todos los tiempos.
Y es que el Negro, sólo había cursado libre y cuan autodidacta, una materia de Abogacía: Derecho Penal. Como buena pierna de cuanto chorro amigo, él se veía en la obligación de ir los jueves a Caseros o a Devoto, a llevar el paquete, con la yerba, los fasos, las pastillas y algunos libros para labrar una defensa que nunca llegaba a ser tal.
Fue el Negro, consultor exclusivo de cada uno de nosotros, el que me dio la fórmula. “Nene, en este ispa, el combustible que lo mueve es la mediocridad. Cambía “El Tony” y “El Gráfico” por los libros y cuando puedas tomátelas, porque  este país ´ya no se vuelve (y entonaba las estrofas de “Yuyo verde”, su tango de cabecera´”.
Me lo dijo Sin Filtro. “A este país se lo timbean todos los días. Ustedes laburan de día y se lo chorean de noche.  Ni el nombre le van a dejar…
No le creía, por entonces. Y por entonces no lograba  entender por qué disparaba tanta desesperanza Y es que él vivía así, como hablaba. Sin Filtro.  Su texto de cabecera era “La Patria” de Cortázar y cuando nos encontraba a todos juntos en la esquina o en la canchita nos recibía con el mismo discurso : “Bienvenidos a la República de Peronia, compañeros. Acá, los gorilas no lo saben pero ellos, todos, también  son peronistas. Ni el nombre nos van a dejar….”
Nunca encontré respuesta al por qué desapareció de esa forma. Sin dejar rastros, sin una señal, sin un dato dónde ir a buscarlo.
Necesité  muchos años, para entender qué no fue ni iba a ser el único en desaparecer. De aquellas calles ya no queda nada. De aquellos sueños menos. Ni los obreros poblando las tardes, ni pibes queriendo fugar de su destino, ni la esperanza de un país mejor que poblaban las discusiones con Lascana.
Lo sigo buscando hoy para darle la razón en tantas cosas… Hasta quisiera  proponerle otro tango de cabecera. Decirle que Yuyo verde, ya fue… Que el himno perfecto de Peronia, no lo escribió López y Planes, ni Blas Parera. Sino Catulo Castillo.  “Desencuentro”.  Y  es que  por aquellos días, donde se forjó esta realidad, la vida y la muerte transcurrían sin filtro. 

Sin Filtro - Improvisacion de Marcelo Lopez Feria Internacional del Libro Bs As

Sin consecuencia, sin herida, sin consuelo.
Sin sentido, con desprecio, indiferente a todo.
Asi pensaba que era la expresión de mis sentimientos, de mis ideas, de mis pareceres, de esas cosas que uno cree que son convicciones pero no son más que temporarios segmentos de opiniones deformadas con el tiempo, las experiencias mas o menos ciertas, mas o menos reales, que nos vamos atropellando por ahí.
Sin dolor, perfectas, quirúrgicas, profesionales y expertas, serian al final solo palabras, nada mas que palabras, como si vivir sin filtro fuera valioso.  Solo que finalmente todo en este mundo, en esta vida, en este recorrido sinuoso a un destino que se mueve como si fuera un blanco imposible, tiene la consecuencia marcada en la frente.
Yo creía que no había mejor, que no había consecuencia o que si la había solo se trataba de un valor perfecto, que superaba el dolor y la angustia, el mal momento y la tristeza, la decepcion y el enojo, Sin embargo aprendí viendo el resultado, el daño realizado, la sangre corriendo, que mis palabras, mis sentimientos, mis ideas, expresadas sin cuidado podían ser navajas echadas a volar en el aire espeso de una conversación, cortando la atmosfera, rompiendo tejidos, cortando huesos, sacando sangre destruyendo lazos.
Me quede así pensando, en que decir, en que hacer, en definitiva si decir lo que pensaba era un defecto, una virtud o una maldición difícil de conjurar. Decidi, o podría decir preferí creer que todo eso era nada mas que una maldición, un poder difícil de contener. Preferi callarme, preferí mentirme sabiendo que nada de lo que pudiera omitir tendría la minima consecuencia en lo que pudiera hacer.
¿Te acordas? Fue ahí… caminábamos por la rambla, mirando el río, fue ahí… unos metros mas alla del puesto ese que vendía flores donde deje de decirte lo que pensaba. No de mentirte porque nunca lo hice y aun sostengo que hay una diferencia, aunque lo niegues, aunque no lo creas, aunque pienses que diciendo eso, inclusive, te miento.
Ella me miro desde atrás del vapor de la taza de café. Me estudiaba como a la mariposa que están por clavarla en el telgopor, viendo si el alfiler le va a romper el ala, si se va a quedar quieta, si es mejor matarla primero. Ella se acordaba, pero no me lo decía, no quería decirme lo que yo ya sabia.
 Se que puede parecer absurdo o hasta extraño pero pasamos por el puestito de las flores, había sol y el aire estaba fresco, esa dicotomía extraña que tienen los medios tiempos, que no me gustan, que no me cierran. Caminábamos por ahí hablando de algo que no recuerdo.
El café se había enfriado. No me hacía falta tocar la taza, ni ponerle encima los labios, podía verlo en el humo que había desaparecido. Ella seguía mirándome, ahora estaba seguro de que pensaba para que había llegado hasta ahí, para que había aceptado la invitación, la propuesta de hablar de algo tan antiguo e inútil que solo alguien como yo podía recordar. La mire mirarme y sentí el mismo frio que se había apoderado de la taza.
Hablábamos de nosotros. Me dijo en un tono apenas audible, como quien le pega un empujoncito mínimo al juguete a cuerda que se trabo por viejo y herrumbrado esperando que siga caminando.
Reaccionaste tan fría, fuiste tan cruda… - segui diciendo- que me di cuenta, de una vez por todas que no podía mas seguir diciendo lo que pensaba, lo que sentía… ¿Te acordas?

Me miró, se acordaba.
Te dije apenas pasamos las flores que ya no podía dejar de quererte…
Me miró de nuevo como me había mirado esa vez pero ahora había algo mas ahí atrás. Podía jurar, si creyera en algo, que había un recuerdo, un arrepentimiento, una duda. Si me dijiste eso… - respondió sin que le preguntara- pero parece que al final… pudiste dejar de quererme, dejarme, olvidarme.
Nos quedamos callados.
Desearía haber podido, desearía haber podido decirle lo que pensaba, como era yo, antes, cuando decía lo que pensaba pero ya no podía… no podía dejar de quererla, no podía volver a decírselo.

Daniela y Marcelo en el programa La Guerra de Las Rosas con Mel Gordillo y Ari Dutari en Radio Las Rosas

domingo, 19 de mayo de 2019

Sin filtro - Improvisacion de Daniela Kaplan Feria Internacional del Libro Bs As

SIN FILTRO
Sábado y mi cabeza estaba llena de pensamientos. ¿Qué mejor que ir al parque a caminar? Así empecé mi primera vuelta. El día estaba hermoso, sol radiante y yo rodeada de árboles que me soplaron el primer aire de descanso de mi fin de semana.  A los pocos, poquísimos, minutos de comenzar a caminar, mi mirada fue directo hacia ellos: una pareja de abuelitos caminando, tomados de la mano, como novios. Caminaban sonrientes y regalando dulzura a cualquiera que se le acercara. Los miré. Nos encontramos en el camino yendo hacia direcciones distintas. Nos encontramos.  Al cruzarnos en el mismo punto del trayecto entrecruzamos miradas y seguí mi vuelta. Los pensamientos de la semana desaparecieron al instante y caminando imaginé un montón de historias posibles sobre la vida de los abuelitos enamorados. Me encantó soñar despierta mientras caminaba. Seguí caminando, ya sobre la segunda vuelta al parque, y los volví a encontrar. Esta vez no solo nos miramos, también sonreímos y, casi alejándonos, la abuelita se acercó y me pidió… una selfie. Jamás hubiese imaginado ese pedido. En verdad lo que ella quería hacer era aprender a sacar selfies. Como entendí de inmediato lo que quería le enseñé y… hasta salí en la selfie. Me encantó la onda de la parejita enamorada. Seguí caminando con alegría. Me regalaron esperanza, eso que en estos tiempos a veces pareciera ha perdido vida. Mientras recorría mi tercer vuelta al parque deseé que ellos no se hayan ido y pensaba si podría detenerlos para que me cuenten qué había sido de sus vidas y de sus historias para llegar así, tomados de la mano, a ese sábado bajo el sol radiante. La abuelita que ya sabía sacar selfies me miró llegar a un nuevo encuentro en la caminata. Y me miró con una mirada tan hermosa que dejé de dudar y allí fui. Directo a mi pregunta. “Disculpe señora, ¿a usted le molestaría que nos sentemos un ratito al lado del pasto a conversar? Lo cierto es que, desde que los vi tomados de la mano en la primera vuelta de mi caminata me despertó mucha curiosidad saber cómo llegaron a este sábado tomados de la mano…”… No alcancé a terminar la pregunta que la señora me interrumpió para tomarme de la mano y caminar hacia el banco más próximo. Mientras caminábamos me contó que se llamaba Olga y que su marido era Ramón. Me dijo también que Ramón tenía Alzheimer, de algún modo me advirtió que si su marido decía cuestiones poco comprensibles tenía que ver con esta cuestión. Olga era muy simpática, claramente estaba re contenta con mi pregunta y tenía muchas ganas de contarme su historia. Me contó que Ramón estaba alojado en un geriátrico cercano al parque y que ella iba todos los sábados a la misma hora a retirarlo para llevarlo a dar unas vueltitas o a tomar un café con tostadas con dulce de leche como le gustaba a Ramón. “¿y sabes por qué mijita voy todos los sábados a la misma hora?” La miré. “Te voy a contar”. “Con Ramón nos casamos hace cuarenta años. Formamos una familia hermosa, tres hijos maravillosos, vivíamos supuestamente en un hogar cálido y lleno de amor… lleno de amor hasta que me enteré que no era la única Olga en su vida. El señor tenía otra Olga a la que visitaba, con quien viajaba, paseaba, dormía y a quien le hacía un montón de regalos. Por un tiempo largo –aunque llena de enojo, dolor e impotencia- y hasta que pude me hice la tonta y la que no estaba enterada de nada hasta que ¡pude mijita, pude! Un día él llegó de “viaje de trabajo” y lo recibí con una valijita en la puerta de casa. No volvimos a hablar hasta pasados cinco años que nos reencontramos en el casamiento de uno de nuestros hijos. Y la vida, querida, da vueltas y vueltas. Aunque él tenía a otra Olga en su vida siempre sentí que ese no iba a ser nuestro final. Y estaba convencida que yo no iba a ser una cornuda  toda la vida. Así, sin filtro te lo digo. Era una flor de boluda y tenía el record guiness en cuernos. Y eso… me indignaba. Algo tenía que pasar, la vida alguna vuelta tenía que dar. Y bueno, acá me tenés. La otra Olga lo busca, lo visita y le lleva chocolates. Por suerte tenemos el mismo nombre entonces, los sábados, me quedo en el taxi, el taxista –un maestro- me hace el aguante, se baja diciendo que “la señora Olga lo espera en el auto” y me lo trae a Ramón. Lo agarro a los besos, lo llevo a pasear por el parque y, la verdad, aunque todos me hablan de una demencia, en el fondo y no tan fondo yo sé - y estoy convencida- que sus besos son de amor y sus caricias son sinceras. ¿Y a la otra Olga qué le digo? Que uno tiene que hacer siempre las cosas bien porque en la vida se cosecha lo que se siembra, sin rencor y sin ego, con la conciencia tranquila, haciendo el bien y dando mucho amor. Todo: SIN FILTRO”.

jueves, 16 de mayo de 2019

Tengo auto pero no me gusta manejar - Improvisacion de Marta DÁrguello


Listo, ya lo tengo totalmente resuelto, rompo el chanchito y me compro el auto que vi en la agencia de la vuelta.

Lleno todos los papeles y me sacan más guita de la que realmente esperaba poner, pero… ¡¡Tengo auto, carajo!!

Bueno, aquí estamos, de pie en la vereda, frente a un hermoso Gol y con sus llaves en mi mano. Abro la puerta y me siento la persona más poderosa en éste sector de la tierra. Observo el habitáculo admirando cada detalle como si no lo hubiera visto antes de decidirme por el modelo. Definitivamente estoy ganando tiempo para no accionar, de una vez, el mecanismo dentro de mí que me impide avanzar al siguiente paso.
 Envuelvo con mis palmas el volante y… ¡Mierda! Creo que me está por dar un pequeño ataque de pánico. Confirmado, lo estoy sufriendo y esto no me está gustando nada.
«Tranquilo, respira, vamos… inhala y exhala. Tomá y largá el aire en pequeñas bocanadas como si fueras un pez fuera del agua» me digo a mí mismo repitiendo las palabras de Marcos, mi terapeuta.
Una vez, dos veces… tres… No está resultando. Me bajo e intento recomponerme fuera del espacio reducido del coche.
No pasa nada. Saco mi celular del bolsillo y llamo a mi hermano de la vida.
―Nacho
―Ey, máster ¿Qué haces?― me responde sin notar que falta poco para que yo me muera de terror a pocas cuadras de su casa.
―Loco, necesito que me des una mano―le digo con un tono de súplica que ya le puede ir dando una muestra de lo que me sucede.
― ¿Estás bien?
―No― le respondo sin dar vueltas.
― ¿A dónde estás? ―es un hecho, mi amigo del alma me conoce más que a sí mismo
―Estoy a dos cuadras de casa, en la agencia de…
―¡¡Te lo compraste!! ―me interrumpe intuyendo lo que sigue.
―Sí― y me da vergüenza reconocerlo, pero debo admitir que mi “querer poder” pudo más que la razón.
―Macho, lo hablamos un montón. Después de lo que pasó la última vez…
―Lo sé, lo sé…perdón; creí que ya estaba preparado para intentarlo, pero…
― ¿Podes respirar? ―con solo oírme se da cuenta de mi estado. No le digo nada. Corto la llamada y me siento en el cordón de la vereda entre rueda y rueda… Con la mirada perdida en el color rojo brillante de mi auto… “Mi auto”
Meto la cabeza entre mis rodillas y el tiempo me cobija
 llevándome a un lugar muy lejos del fracaso que termino de experimentar.
― ¿Andrés? ― escucho la voz de Nacho en el mismo momento que el calor de su mano se deposita en mi hombro, lo que me trae al aquí y ahora.
―Te juro que creí que iba a poder, pensé que ya estaba preparado para manejar.
Se sienta a mi lado y, aunque me cuesta aceptarlo, el muy desgraciado comienza a reírse a carcajadas.
― ¿Se puede saber de qué mierda te reís? ―le espeto con bronca― Yo te llamo para que me ayudes porque estoy mal,
realmente deprimido por no poder concretar éste sueño, éste desafío que me he propuesto y otra vez me enfrento a un nuevo fracaso ―no hay caso, cada palabra que le digo, cada motivo que justifique mi pedido de auxilio, parece darle más gracia.
― ¡Qué increíble! Te juro que me mata lo cabeza dura que sos ―larga de repente intentando recuperar un poco de aire, secándose las lágrimas que caen como cascadas por su rostro.
¡¡Es el colmo, hasta está llorando de la risa!!
Me paro con ímpetu y poniendo mis brazos en jarra lo miro fijo. Luego de unos segundos revoleo mis ojos hacia el cielo renunciando, casi por completo, al poco orgullo que me queda. Solo me reservo el que rescaté cuando vendí el auto anterior sin poder hacer ni un solo kilómetro en él por mi miedo a conducir, y le digo:
―Ok, lo admito…―confieso buscando la llave y entregándosela― Pero conste que no es lo que parece ―me observa desde abajo a través de sus  cejas conteniendo otra explosión de risa y antes de que me retruque exponiendo el verdadero motivo de mi cobardía, le gano de mano con la excusa perfecta― Tengo auto pero no me gusta manejar.

Tengo auto pero no me gusta manejar - Improvisacion de Marcelo Lopez - Sabado 20


Cuando la llamamos por teléfono pensamos que podía ser un poco complicada, era una persona difícil, pero igualmente la llamamos. Atendio desde algún lugar de su casa, se escuchaba agua caer, algunos sonidos como si fueran de pajaros y lo que yo crei que era viento.
- Diga – Pregunto.
Me parecio tan demodé, tan antiguo el “diga” que me hice acordar a esas peliculas viejas en blanco y negro.
- ¿Susana?  Pregunte sin hacer caso al “diga”
- Si, diga- Insistio.
Se hixo mas fuerte el sonido del viento en la línea y escuche algo asi como un chapuzon, agua saltando, brotando.
Segui igual, como si nada.
- Susana… me dio tu teléfono Elvira, de la asociación… ¿te dijo que iba a hablarte?
Se hizo silencio, en realidad no se hizo silencio, seguía escuchando agua, viento, pajaros y cosas por el estilo. Pregunte de nuevo.
- ¿Susana?
- Si! ¿Qué pasa? – La respuesta me sono a broma.
- te decía que te llamo porque me dio tu teléfono Elvira…
- si, Elvira, de la asociación – me interrumpio.
Me estaba poniendo de mal humor. Lo que se suponía iba a ser una llamada simple, rápida, expeditiva se estaba conviertiendo en un suplicio. Busque fuerza y paciencia para seguir enfocado.
- diga, diga… ¿que necesita?
Intente no enloquecer.
- Te explico Susana. Estuvimos hablando con gente de la asociación respecto a un proyecto que tenemos, vamos a traer a la ciudad la obra de un artista catalán muy importante…
- Picasso – dijo Susana interrumpiendo.
- Picasso no era Catalan – tuve que decírselo.
- ¿Entonces no es la obra de Picasso?
- no, definitivamente, no. Te decía… vamos a traer la obra de un artista catalán y nos dijeron desde la asociación que vos eras la persona indicada para hacer la curadoria de la muestra, organizarla… ponerla en orden de exhibición digamos…
- ¿Yo? – pregunto ella, como si de verdad estuviera sorprendida.
- Si… vos –dudé- ¿no sos Susana Corti¡?
- ¿Disculpame pero vos me estas llamando de donde? No puedo creer que no sepas quien soy…
Deje de dudar, esta mujer estaba completamente desquiciada. Ya me había dicho un amigo que los artistas están todos un poco locos… “viene uno y te prende fuego todo en nombre del arte” me había dicho. Preferia que incendiara la muestra, la asociación, lo que fuera y no tener que remar con alguien como Susana. Respire hondo, movi los omoplatos hacia atrás buscando descontracturarme y segui.
- Susana… corti… me dijeron que vos sos la persona indicada pero si estas ocupada, en otra cosa o no estas interesada puedo llamarte después o buscar a otro.
-¡Como no me va a interesar organizar la muestra de Picasso!
La puta madre, pensé. Esta mujer esta desquiciada. Pensé en cortarle pero por un momento quise insistir, no darme por vencido. Si me habían dicho que era tan bueno, tan capaz, algo de eso debería haber en algún lado de una mente retorcida, complicada, destruida de alguna forma.
Obvié a Picasso, obvié el delirio y segui.
- Ok Susana, vamos entonces a avanzar. ¿Te parece que nos organicemos de alguna forma para explicarte el trabajo, las fechas e ir poniéndonos de acuerdo?
otra vez la línea se invadio de agua, pajaros, viento y sonidos que no podía reconocer. No pronuncio palabra. En el tiempo que llevaba envuelto en esta conversación de locos ya había aprendido a soportar casi cualquier cosa, asi que espere.
Segundos después la escuche hablar nuevamente.
- Dale, buena idea…
Espere que continuara, que me diera una fecha, una hora, que me dijera cuando podía, cuando no, algún dato, algo que me permitiera seguir adelante y darle una respuesta coherente, pero nada.
- ok. Te parece mañana, quizás por la mañana… yo puedo desde las 9 hasta la hora que digas…
Otra vez el agua, el viento, los pajaros, la nada misma.
- si, dale, está bien.
 ¿Qué está bien? – pensé para mí- la mañana estaba claro, pero que hora, donde…
- Mañana a las 9 si te parece en nuestra oficina. Te doy la dirección. Azcuenaga 2777 es a la vuelta de la asociación. ¿te ubicas?
- Si me ubico perfectamente. Yo me llego entonces mañana a esa hora y te veo ahí. – Sorpresivamente todo había cobrado sentido y ella ahora tenia un sentido lógico en lo que decía. Me dieron ganas de sonreir como si hubiera completado una misión difícil. Alguna de esas cosas que uno no cree que pueda lograr pero igual intenta. Como ser mas amable, ponerse mas en forma, sentirse alegre todos los días o tener mas paciencia.
- Te espero entonces mañana – reconfirme esperando una nueva digresión, algo que volviera todo a la locura del comienzo- Nos vemos Susana.
Agua otra vez, viento, mas ruidos…
- Perfecto – cerró y corté, con miedo a que si seguíamos hablando todo pudiera caerse a pedazos.
Me recosté en el sillón, en verdad me hice hacia atrás aliviado. Mire por la ventana y vi el graffity de la pared del frente, tenia una línea roja que se enroscaba en bucles sobre un fondo azul, nunca lo había advertido. Me asalto una duda y abri la notebook, busque el navegador y googlee: Picasso Biografia. Lo busque convencido de que no tenia sentido pero lo único que faltaba era que esta mujer tuviera razón en su locura. Internet me devolviio una respuesta al instante, como siempre, Picasso no era Catalan. Me recosté otra vez en el sillón. Sono el teléfono. Conteste. Agua, ruido, pajaros, sonidos extraños. Susana pensé. Se arrepintió intuí.
- ¿Susana?
- Si querido, sabes que no te dije algo…
- Decime, decime por favor…- esperaba cualquier cosa incluso que me discutiera que Picasso era Catalan.
- ¿Me mandas un remis?
Ahora yo me quede en silencio.
- Si…
- Es que tengo auto pero no me gusta manejar.
Otra vez me quede en silencio.
- Como Picasso, que tenia auto y tampoco manejaba – me explico.
Me quede callado, no sabia que contestarle, estábamos entrando en una faceta de la vida de Picasso que no podía discutirle, que no conocía y que no hubiera nunca pensado en averiguar. Toque la barra espaciadora de la computadora para que saliera de su negro letargo. Googlee otra vez. “Picasso auto manejar” la lista de cosas sin sentido se hizo interminable. EMpece a buscar en cada vinculo, en ninguno hablaba de que Picasso tuviera o no auto, de que manejara o tuviera chofer o no le gustara o cualquier cosa por el estilo.
- ¿Estas ahí? – Me pregunto Susana- Ahora ella me apuraba a mi.
- Si Susana disculpa que me demore… bueno te mando un remis entonces… ¿puedo hacerte una pregunta?
No hubo sonido asi que interprete que si.
- ¿Si no te gusta manejar para que tenes auto?
Otra vez agua, pajaros, sonidos, viento.

Lo que hace los ojos brillar - Improvisacion de Mirta Fachini - Viernes 19


Una suave brisa hacía ondear el cabello largo de la hermosa joven que observaba el horizonte de un paisaje otoñal. Los recuerdos del pasado volvían a su mente. Un ave pasó rasante sobre su cabeza y la distrajo. Una leve sonrisa se dibujó en su boca. La añoranza de un amor perdido volvió a provocarle tristeza.
Pensar que cuando ese día, Gustavo le dijo Te  amo, sus  ojos hablaron por ella. El brillo aumentó la intensidad del  celeste de sus ojos. Ahora, en ellos la tristeza profunda los había tornado grises.
 Cuántos momentos de intenso amor vivió a su lado. La vida los había llevado por distintos caminos. Al recordarlos, pensó que al menos había sido suyo y que lo importante era haber experimentado intensos sentimientos que  llevaría grabados en su corazón.
Entonces, sonrió, suspiró hondo y sus ojos lentamente fueron recobrando la alegría, porque lo que hace a los ojos  brillar es el amor, que si es verdadero, nunca muere. 

#InspiradosEnCasa 2da Edición - Daniela Kaplan - 10 de Abril 2020

#InspiradosEnCasa Tema: Una Copa Vacía Escribe: Daniela Kaplan Pinta: Carlos Vidal Aguirrebengoa UNA COPA VACÍA Estaba desesperado del ...