jueves, 16 de mayo de 2019

Lo que hace los ojos brillar - Improvisación de Marta D'Arguello


Mi día laboral ha terminado. Fue una semana algo rara. Compañeros  nuevos que se han sumado a la empresa, y otros, que de manera sorpresiva, se van para buscar otros rumbos. Todos parten de after office   al bar de la esquina con la excusa de improvisar una despedida. Me disculpo inventando un dolor de cabeza como salvoconducto para volver lo antes posible a casa.
 En fin, ya en el subte me distraigo observando los rostros de cada una las personas, adivinando lo que pasa en su interior. Por ejemplo el de la señora que está a mi lado. Ella tiene dibujada una sonrisa como si un recuerdo la llevara a un sitio muy agradable. En cambio el joven que está de pie, justo frente a mí, masculla entre dientes palabras inentendibles, mirando de vez en cuando hacia los laterales con el ceño fruncido,  atento a que alguien lo toque para quejarse e insultarlo liberando así parte de la bronca que alguna situación le ha provocado.
Solo dos paradas más en el recorrido y llegaré a mi lugar en el mundo, aquel en donde encuentro la paz que añoro durante las horas que debo permanecer fuera, separado de la única persona con la que quiero estar. Ella ya debe encontrarse allá.  Seguramente estará aguardando tan expectante como yo contando los segundos para nuestro reencuentro.
Dejo atrás la estación, devorando las cuadras rumbo a mi departamento.
El ascensor  se detiene y mis pies apuran la marcha ganando el pasillo a pura zancadas. Busco en el bolsillo de mi saco la llave, pero antes de encontrarla, la puerta se abre y la imagen más hermosa que pueda soñar, está de pie bajo el umbral, conteniéndose tanto como yo para no  correr a ese abrazo  esperado durante todo el día.
Me quedo inmóvil suspendido en esa pequeña fracción del minuto que nos separa. Inhalo la fragancia que invade cada uno de mis sentidos alterando la poca coherencia que me queda al verla. Mis hormonas chocan entre sí, pidiendo a gritos que la toque, que su piel despierte y reaccione ante el contacto esperado. Lo hago. Sin mediar palabra alguna mis manos toman su rostro enmarcando la perfección de sus facciones, dejando insulsa la definición de la belleza.
Su boca se abre como preludio del beso que el calor del tacto le transmite.  Me sumerjo en su interior improvisando una danza con nuestras lenguas, un cortejo preliminar de lo que viene…, lo que he deseado durante todo el día.
Me separo lo suficiente como para que lea en mi mirada todo lo que quiero a partir de éste mismo momento.  Sonríe. Lo sabe…
Entramos envueltos en nuestras propias fantasías. Aquellas que se renuevan de manera permanente desde que estamos juntos creando nuestro propio mundo, descartando cualquier cosa que nos impida expresar lo que sentimos.  En silencio me guía hasta el cuarto segura de que ella y solo ella, tiene lo que hace a los ojos, mis ojos, brillar…

viernes, 3 de mayo de 2019

Lo que hace los ojos brillar - Improvisación de Marcelo Lopez - Viernes 19

-No se.
-Me hablas en serio?
-Si, no se.
-Esta bien, no es que tengas obligación de saberlo pero se supone…
-Supones vos!
-Bueno, esta bien… yo supongo que tenes que saberlo…
-Si, si… pero no se.
Me di vuelta y me asome a la ventana, afuera llovia, mucho. Llovia fuerte y parejo como si fuera una cortina de agua, pero una cortina espesa que se pudiera abrir con las manos.
Podia ver detrás de esa masa de agua incesante que caia vertical por la ausencia de viento las dos islitas que cuando había sol se veian claras y cercanas. Ahora eran siluetas grises acechadas por la presión de un clima que se ponía cada vez mas intenso.
En estos climas tropicales las lluvias están tan presentes como el sol, van, vienen, aparecen y desaparecen sin que uno los espere y a lo mejor eso es parte de la magia del lugar, no saber nunca como seguirá el dia cuando amanece.
Segui mirando por la ventana. El mar estaba planchado, apagado y plano desde lejos pero si miraba la costa ahí donde moria la arena podía ver claramente como las olas ya no eran tan pequeñas, eran seguidas, intensas. Podia imaginarme el agua ahí ,mas adentro, en donde solíamos nadar, agujereada en microsegundos con cada gota que caia desde la inmensidad de un cielo borroso.
Me di vuelta para seguir la conversación aunque verdaderamente no tenia ganas. Si no continuaba con esta conversación inultil no iba a poder librarme del peso de esta cosa sin sentido.
-La verdad es que quizás en algún momento lo supe pero después me olvide.
- Te olvidaste? Como pudiste olvidarte?
- Que se yo.. me olvide o elegi olvidarme… la verdad no me importo demasiado…
-Nada, nunca, te importo demasiado
- Me causa gracia. No podes decirme a mi que nunca nada me importo demasiado… justo a mi…
Ella se levanto de la mesa y se acerco a la puerta que daba a la galería. Si no hubiéramos estado en medio de una discusión tan trascendente, tan importante, me hubiera tomado la licencia de pensar que estábamos jugando. Hablabamos, tirábamos dos frases y nos íbamos a la ventana o a la galería a buscar el aire fresco de la lluvia como cuando los boxeadores vuelven a la esquina. Me gusto la idea y se la dije, aun a riesgo de que todo empeorara, pero igual ya no me importaba.
-Sabes que?
Se dio vuelta mirándome desde la galería suponiendo que iba a decirle algo importante, algo que tuviera algún sentido con lo que estábamos hablando.
-Que?
-Parecemos dos boxeadores…
Se quedo mirándome, ya sabia que ese iba a ser el resultado.
- Sos pelotudo?
Me rei, no pude evitarlo.
-Y encima te reis? – me cuestiono nuevamente
-Es que si te fijas bien, tiramos dos frases, como si fueran trompadas y nos volvemos al “rincón” a la ventana, a la galería, mirando el mar…
-Definitivamente sos un pelotudo… yo te hablo de algo seria y vos me salis con eso?
Me volvi a la mesa, me sente de nuevo mientras la veía venir de la galería. Desde ahí podía verse el primero de los techos de la casa, de tejas rojas, ahora oscuras por la lluvia, mas abajo las plantas, el deck, el techo pequeño del quincho y un poco mas abajo la arena de la playa. Al fondo como siempre las islitas, apenas afuera, flotando, ahora en el gris que todo lo uniformaba.
- Podemos seguir con esto?
le dije que si con la cabeza y aunque no me miro, siguió hablando.
-Asi que no te diste cuenta? Bueno igual a mi no me molesta porque en definitiva fue culpa tuya.
- Mia? – La miré extrañado. Hubiera preferido levantarme de la mesa y salir a mirar el mar otra vez  pero por educación me quede donde estaba,
- Si, tuya… fue idea tuya venir a vivir aca
-Pero no fue idea mia que empezaras a salir con Sergio.
Se quedo callada, ahí parecio que había pegado una buena piña, pero como toda mujer se levanto de la lona y busco la forma de devolverme el golpe.
- Hubieras hecho algo…
Ahí si, me levante de la mesa y me fui a la galería. Ahora el agua caia pero mas suave como si hubieran cerrado la canilla y estuviéramos recibiendo lo que quedaba en la cañería.
- Hubieras hecho algo – repitió mientras me iba.
- Hice, hice…
La sentía mirarme desde atrás, desde la mesa. Ahora las islitas se iban poniendo mas definidas, en hd como dirían los chicos. Respire hondo. Es tan placentero el aire húmedo, el aire que flota después de la lluvia. Ella seguía atrás mirándome dura esperando que le dijera que había hecho.
- Que hiciste? Decime… a ver, que hiciste?
- Primero que nada me hice bien el boludo… - y no pude evitar reirme de nuevo.
- Siempre te salio tan bien…
- ves! Siempre me encontraste meritos en algún lado!
Ahora ella se levantó de la mesa y se acercó a la galería, los dos nos quedamos mirando las islitas, que se veian hermosas en el medio de ese aire ahora tan limpio, el mar se había calmado tanto que parecía un pedazo de tela soplado desde lejos, el sol se asomaba entre las nubes que se iban rindiendo. Las plantas estaban lustrosas, la arena peinada como por la mano de un gigante.
- Fue idea tuya – repitió ella mirando el mar, sin mirarme a mi.
- Es que no podes negarme que esto es en definitiva lo que hace los ojos brillar…
Me quede mirando el infinito azul, las dos islitas, el sol timido saliendo.
Se quedó muda.
- En eso tenes razón…
Me sorprendio, en un acto que no esperaba me dio la razón en algo. Casi me enternecio, me hizo olvidar lo que estábamos discutiendo, aunque verdaderamente discutíamos porque ella quería, porque ella buscaba en esta discusión una razón que la dejara tranquila, que la dejara contenta, que de alguna forma justificara que se iba con Sergio. Para mi no había nada que discutir, no había nada que justificar, pero como no podía con mi genio tenia que darle apoyo, una vez mas, aunque mas no fuera para que se sintiera bien al dejarme.
Se dio vuelta, salio a la escalera de piedra que llevaba a la calle. La escuche encender el auto, hacer marcha atrás, voltear un par de conos de plástico y salir despacio. Me quede mirando las islitas, el mar, el sol, la arena que me llamaba desde ahí abajo. Estaba convencido de que había hecho todo lo que había podido, que probablemente fuera poco, para quedarme con ella, para que no se fuera con Sergio. Quizas había hecho mas por venir a vivir aca… pero no pude evitarlo, puesto a elegir, hacia rato que me había dado cuenta que ese lugar, ese paisaje, ese sol pintando colores eran lo que hacia mis ojos brillar y ya se sabe, aunque no se ejercite, eso ¿es lo único que merece un esfuerzo en esta vida.

martes, 23 de abril de 2019

Un poquito a la sombra, un poquito al sol - Improvisacion de Luis Carranza Torres - Jueves 18


La que vino en lugar del delivery

Esa noche estaba discutiendo, en el teléfono, con el tipo del negocio de pizzas. Había pedido una grande de muzza con anchoas y morrones hacía treinta minutos, sin tener la menor señal de ella. Le reclamaba, muerto de hambre.
El timbre del departamento sonó y casi me arrojé a la puerta, dispuesto a recriminar la tardanza. Pero en lugar del chico del delivery, con el casco puesto en la cabeza y mi pizza en las manos, estaba Mariana, con un impermeable rojo y una mirada de niña desconsolada en el rostro.
Pasó adentro antes que pudiera decirle nada. Apenas si atiné a cerrar la puerta. Ella me arrinconó contra la pared, amparada en mi sorpresa.
Era la última persona que pensaba pudiera venir. Justó acá, justo por esos días.
— ¿Qué estás haciendo?
Tenía su rostro a un palmo del mío. Pude sentir el aliento al alcohol en sus palabras.
—Estoy confundida.
La separé un tanto de mí. Ella aprovechó para quitarse el impermeable. Tenía por debajo un vestido blanco, en pésimas condiciones. Con marcas de marcas de arena, por todos lados. Estaba enarenada si hubiera rodado por una duna entera. También, se hallaba toda mojada y no había llovido. Supe por donde podía venir la cosa.
Tal vez, cierta playa de nuestro pasado común tuviera algo que ver. Ese lugar donde nos conocimos y en el que hicimos nuestros mejores recuerdos. Más que chapoteando en el mar, un poquito a la sombra y otro poco bajo el sol. Antes que todo se echara a perder, de volvernos dos enemigos, que solo se hablaban desde el rencor.
—Decime que te alegra que haya venido—me demanda, más como una cuestión ya dada que como pregunta. Arrastra las palabras, por lo que sea que haya tomado. Tiene arena hasta en ese cabello color caramelo suyo y el gris de sus ojos se me presenta vidrioso.
—Me sorprende, más bien.
Ella no disimula la bronca por mi respuesta. Nada le disgusta más que no le digan aquello que quería escuchar. Una de las cuestiones por las que terminamos, de mi lado, es por lo mandona y dominante que tendía a ponerse conmigo. La otra razón, era la facilidad con la que me ponía en problemas. Me ha hecho pelear, por actitudes de ella, con casi todas las personas cercanas en mi vida. Familia y amigos, principalmente.
—Te estabas por casar, según me acuerdo—le digo, por decir algo.
Ella baja, por toda respuesta, el cierre del vestido y lo deja caer al suelo. Queda, ante mi vista, como Dios la trajo al mundo.
—Tenía que hablar con vos primero.
Otra vez la tengo cerca, muy cerca. Pero nunca está tan lejos la gente de uno que cuando ya no la querés ni ver. Cualquier sea la distancia a la que se te sitúe.
—Terminamos, Mariana. O mejor dicho, vos lo hiciste conmigo.
No se da por aludida del comentario. Nunca se daba por aludida de nada. Ni cuando me quitaba el lugar en la sombra de alguna palmera en la playa, arrogándosela ella. O me tapaba el sol para hablarme de algo. Cara de cemento total.
Fueron días increíbles, de mutuo descubrimiento, pero con el fin del verano como fecha de vencimiento. Sin la playa, las olas, tomar el sol y conversar a la sombra, no teníamos química. La ciudad, los espacios cerrados, la rutina de la vida diaria ahogaron lo que fuera que teníamos.
Ella era muy distinta de las otras con las que había salido. Me encantó, al principio, ese desparpajo en ella. Luego, llegué a odiarlo.
Cuando, a espaldas mías,  empezó a salir con un amigo mío, se cortó la cosa.
—Como si fuera tan fácil terminar con vos.
No sé si me dice la verdad o me miente. Si se trata de una confesión o solo juega conmigo. Cuando la enfrenté por el asunto de sus salidas con Facu ella, lejos de disculparse, decidió concluir lo nuestro. Y ahora me viene con esto.
Entonces, caigo en la cuenta que Mariana no lo quiere a mi amigo. Aunque vaya a casarse con él. No estaría acá, ni diciéndome eso de ser distintas las cosas.
Ojo, tampoco creo que a mí. A estas alturas, pienso que soy un capricho más que algún tipo de afecto. Lo siento en el alma, lo veo en sus ojos embriagados. Se trata de una revancha, por ese poquito de sol y de sombra que tuvimos ese verano. Soy demasiado realista como para engañarme. Aunque se trate de una mentira por demás atrayente. Pese a lo que me haya hecho o a cuanto me haya desilucionado.
En realidad, creo que ni ella sabe a quién quiere. Si es que le prodiga ese sentimiento a alguien. Me late, también, que no se tiene mucho afecto a sí misma, en los últimos tiempos, a juzgar por su estado.
Luego de decirme eso, sobre lo difícil de terminar con lo nuestro, Mariana va con cara de exhausta hasta mi cuarto y se tira sobre la cama. Como si estuviera en su propia casa, como si fuera su propia cama. Pensé mal, por unos momentos, pero la erraba. No se trataba de algo con segundas intensiones. Medio minuto después, roncaba sonoramente. Simple cansancio.
Así es ella. Ególatra como pocas, indiferente como ninguna a lo que pudiera provocar con sus deseos o necesidades.
Me sueña de nuevo el teléfono. Atiendo. La pizza, supuse. Pero no. Era Facu, mi antiguo amigo, el novio de Mariana, insultándome en siete colores.  
 No entiendo nada. Sigue y sigue, no para con la catarata de improperios. Dejo de intentar calmarlo y veo entonces a donde Mariana dejó tirado el vestido. Manchado con arena, mojado con agua de mar, arrugado por quien sabe qué sentimientos. Parece un trapo, pero debajo de todo el estropicio aún se revela el blanco y el encaje que tiene.
Caigo entonces en qué día es hoy. Procuraba no pensar en eso. No iba a ir, por más que me lo pidieran los dos mil veces. Era una invitación por simple culpa, para disimular lo mal que se habían portado a mis espaldas.
Facu me sigue insultando, mal, hasta me dice que me va a matar. Varias veces lo repite, describiendo un par de modos en que piensa llevarlo a cabo.
Quien va a creerme que nada pasó entre nosotros. Que solo esperaba una pizza y en cambio vino ella.
Entonces sé que estoy de alguna forma, una vez más, metido en algún bolonqui de proporciones por ella. Que duerme, muy plácidamente, inocentemente desnuda, sobre mi cama.









Un poquito a la sombra, un poquito al sol - Improvisacion de Marcelo Lopez - Jueves 18


Mi abuelo siempre cuando nos despediamos no me decia “chau”, ni “nos vemos” , ni nada por el estilo. El tipo cuando nos despediamos me decia “anda por la sombra”. Con el tiempo quedo la costumbre. “Chau” no. “Anda por la sombra”
Supongo que para el ese era un saludo amistoso, casi cariñoso, digamos. Para el un tipo que estaba moldeado con esas formas de antes, de tiempos en los que no estaba bueno mostrar los sentimientos, no porque no se tuvieran sino porque no habia que dejar que se vieran.
Me acuerdo de esto ahora que estoy escribiendo porque repentinamente mire por la ventana y vi pasar un hombre que se parece bastante a mi abuelo. EL hombre va de una esquina que casi no veo desde la ventana (pero que tengo grabada en la memoria) hasta la esquina que si se ve desde aca arriba. En el trayecto va recorriendo la vereda con baldosas flojas y algunos otros problemas, camina solo, bastante erguido y resuelto, precisamente por eso me hace acordar a mi abuelo. No lleva nada en la mano, por lo menos nada que yo pueda ver desde aca arriba. Pasa caminando, un poquito a la sombra, un poquito al sol. Los lapachos ya no tienen flores pero todavia conservan las hojas finitas esas que parecen plumas y le dan un efecto extraño a la luz que se da maña para colarse entre ellas.
Sigo escribiendo, el hombre que se parece a mi abuelo, el que me saludaba “anda por la sombra” ya no esta al alcance de mi vista, debe haber cruzado la calle y caminado fuera del campo de vision que me da mi ventana. Afuera el sol sigue presente. Aca adentro no hay mas que nervios por tratar de completar la nota. Me llamaron ayer, me pidieron una nota sobre un destino patrio, la jefa de la redacción me llamo asi apurada como es ella, rapida, demandante, poco preocupada por el otro, en este caso yo. Dificil que Macarena te tire un “como estas?”, ella va directo a la necesidad, te dispara ansiedad y corta. Te deja con el problema y la solucion esperando. Me pidio una nota sobre un lugar Argentino, porque yo escribo de viajes, y me dijo “es mayo, hagamos una nota de como se festeja un mes patrio en algun lugar del pais”. Y paf… asi quedo el tema, corto como siempre y me dejo el problema. Sono de nuevo el celular, espere que fuera alguien que me dijera “como estas?” pero no, era Macarena. “La necesitamos mañana, acordate” y corto otra vez. Entonces me quede pensando. Un lugar patrio, mostrar como se festeja Mayo ahí… y con la bronca que tenia porque no podia decirle que no a Macarena, porque no tenia tiempo, porque no podia moverme de este escritorio aunque escribiera de viajes, pense: Cual es el lugar mas recondito del que puedo escribirle a esta mina? Ushuaia dije, seguro, porque no? Ushuaia, la ciudad mas austral del mundo, la mas lejana, hacemos patria, Argentina, nacion,etc,etc,etc y millones de etceteras. Como no va a ser patrio eso? Pasaron los minutos y despues de haber descubierto que tenia la posibilidad de sentirme rebelde de alguna forma me di cuenta de que ahora no sabia que hacer. Habia estado en Ushuaia, si, un par de años atrás pero en Marzo. Marzo de patrio nada. Pense en buscar en internet y me puse a googlearlo. “Fiestas patrias- ushuaia- mayo”, el resultado fue decepcionante. Se me ocurrio entonces una alternativa mas. Un amigo tenia una hermana que vivia en Ushuaia. Esa era la solucion indicada. Lo busque en el telefono y le hable no habia demasiadas opciones ni tiempo, le explique, le rogue, se comprometio. Cortamos y me quede esperando. Por la vereda del frente seguia pasando gente, poca como en el barrio pasaba siempre, pero pasaba. La computadora pedia por favor que le pusiera un par de letras, algo. Pasaba el tiempo, mi amigo no llamaba, empecé a escribir lo que recordaba de Ushuaia. EL galciar Martial, las casas de te, el paseo por el beagle y cosas por el estilo. Se fue consumiendo la mañana, se pasaban las horas y al rato, cuando ya creia que no iba a tener mas opciones que traicionar mis convicciones e inventar todo, empezo a repiquetear mi telefono, montones de fotos iban entrando, mensajes de voz, textos y muchas cosas que me esperanzaban. Las empece a revisar, nada nuevo, “en ushuaia se festeja el 25 de mayo con actos escolares” me decia… Aca tambien pense. “ Hay reuniones y reparten chocolate caliente” aca no, pero ya lo escuche. Necesito algo original, algo distinto! Nada, no conseguia una historia que me sirviera. En eso estaba, enojado, dudando, pensando que hacer y no tuve mas opcion que descansar la cabeza mirando por la ventana. Ahí venia, el hombre que se parece a mi abuelo, ahora regresaba, por la misma vereda, pero en sentido contrario. Llevaba una bolsa gris en la mano, el mismo andar erguido y resuelto, las mismas ganas de seguir viviendo. Venia desde la esquina que veia y seguramente iba a la que no podia ver pero recordaba. EL sol estaba arriba, mas difuso por la hora, pero seguia presente. Lo mire pasar y me dieron ganas de gritarle “ Anda por la sombra!” pero otra vez me di cuenta, en ese juego eterno que uno lleva en la cabeza, de pensar y repensar, que no tenia sentido. Seguramente no lo entenderia y hasta quizas no me escuchara. Busque el telefono, el numero de Macarena para explicarle porque no iba a hacer esa nota, porque me molestaba que no le importara de nadie, porque tenia que manejarse de otra forma, porque me tenia cansado. Marque, espere que sonara y repentinamente, corte. Volvi la vista a la computadora y empecé “ En Ushuaia el 25 de Mayo es un mes patrio por excelencia…”


Un poquito a la sombra, un poquito al sol - Improvisacion de Fernando Medeot - Jueves 18


LUCES Y SOMBRAS.

Creo en el sol. Creo en este planeta generado a partir de luces cayendo desde el espacio infinito.
Creo en mi sombra, parida por la luz que recibe. Soy dueño de ella, la estiro, la achico, la piso, la llevo a todos lados. Es fiel, me responde.
Creo en todo lo que tenga luz y sombra, porque sintetizan nuestra propia existencia. El yin y yang sumergidos en la oscura eternidad, recorriendo milenios como postas. Creo en la verdad de los que menos tienen, en la fugacidad de sus sonrisas, en el sol interior que los guía para sobrevivir en medio de la desesperanza.
Creo en el equilibrio que produce la muerte, porque llega a todos por igual, ricos y pobres, sanos y enfermos, implacablemente fría y certera. Sin concesiones, primero sol, luego sombra.
Creo en la naturaleza y sus leyes, las que nos empeñamos en torcer, ocultando el sol todas las veces que podemos. Por eso, también creo en sus defectos, en la carpa de tres ojos que pescaron en el Lago San Roque y en el chupacabras de las sierras. Creo en el abatido tigre de Malasia, de los cuales quedan solo 600, en la ballena jorobada del Atlántico y sus 450 sobrevivientes.
Creo en la soledad de los changuitos del Híper Libertad, clamando en medio de la siesta, abandonados en una playa de estacionamiento sin dueño. Creo en la inutilidad del faro de Córdoba, en su llanto ante la falta de mar y en la sombra larga que genera.
Creo en mis amigos. Son luz y son sombra. Me pertenecen, los llevo en mi vida. Me iluminan y me ensombrecen, me dan su sangre a través de un abrazo. Creo en los abrazos, en su capacidad de materializar emociones, en su virtud de dejar una marca que no se ve, pero no se va.
Creo en la diversión de las almas, en el exterminio de las tristezas, en la perfidia de los cazadores, en la indulgencia de los cazados. Creo en la ametralladora a repetición de Diego Maradona, capaz de poblar el mundo, en las piernas cortas de Messi escapando de la guadaña de sus verdugos. Creo en el arte que derrama una pantalla de cine, el escenario de una obra de teatro y el lienzo virgen de un pintor primerizo. Creo en el cruce de piernas de Sharon Stone para demostrarle a la policía dónde reside el poder de la humanidad.
Creo en la justicia de lo inevitable y en la ley de las compensaciones, en las seguras carencias sexuales de Christine Lagarde, opuestas a la intensidad de su búsqueda de asfixiantes metas financieras. Creo en el terror del marido de Angela Merkel, cada vez que ella se desviste para ir a la cama. Creo en la tenacidad de Greta Thunberg, la adolescente sueca que se plantó en el Parlamento Europeo y les dijo que, si siguen tapando la luz y la sombra, en el 2040 solo quedarán la mitad de las especies vivas de nuestro planeta. Creo en las luchas individuales y colectivas, en el valor de los eternos perdedores, en las causas perdidas y en las ganadas.
Creo en las circunstancias que nos igualan. Creo en la cara fruncida de Mauricio sentado en el inodoro, totalmente constipado, rogando porque llegue una lluvia de inversiones intestinales, mientras detrás de la puerta Juliana agita el desodorante de ambientes. Creo en la perversidad del humor cuando dispara hacia todos lados, en la verdad como superación, en la mentira como negación.
Creo en la felicidad de las mujeres que me dijeron sí y en lo que se perdieron las que me dijeron no. Creo en la duda del que debe apretar el gatillo en el pelotón de fusilamiento, en las lágrimas de los crisantemos, en el paisaje helado de los cementerios.
Creo en la necesidad de disfrutar los cumpleaños, en la belleza de un gato persiguiendo a un ratón, en el olor a nafta de las estaciones de servicio y en la patética metáfora de la vida. Creo en la fragilidad de los cuerpos, en el dolor de cabeza, en la muerte instantánea de las emociones, en la inagotable capacidad de la fantasía para hacernos creer que somos felices.
Creo, creo, creo siempre, aún a riesgo de ser ingenuo. Porque si no lo hiciera, el poquito de sombra que me acecha, ya le habría ganado su partida al poquito de luz que me ilumina.





Un poquito a la sombra, un poquito al sol - Improvisacion de Daniela Kaplan - Jueves 18


La tarde que te voy a contar tuvo un poquito de sol y un poquito de sombra. Te la voy a contar y, me parece, va a tocar tu corazón.
Estaba trabajando con mi colega escritor, estábamos diseñando un evento artístico literario. Tomábamos cortado y mi colega comía una medialuna. De repente mis ojos se fueron hacia la izquierda. Esa imagen me enterneció. Era él, un señor que, estimé habrá tenido cincuenta años llevando en su silla de ruedas a una hermosa mujer que imaginé era su mamá. Él vestía un jean, remera bordó y alpargatas. Ella, vestida de pantalón negro, zapatillas y una remera azul. Sobre su pecho una medallita de una vírgen. El espacio para ingresar era pequeño, no habían muchas mesas disponibles, más bien mesas y sillas bajitas. Ingresando, le ofrecí si quería que le dejarámos nuestra  mesa para que ellos puedan ubicarse más cómodos que en una mesa pequeña. El señor agradeció pero dijo no era necesario. Él la acercó a la mesita y con todo su cuerpo –y con todo su corazón- la levantó de la silla de ruedas para sentarla sobre la silla. La miré, era una señora tan elegante. Él me vio. Se acercó la moza, les entregó una carta a cada uno. Él le leía la carta y así al retomar a la mesa la moza hicieron su pedido. A los pocos minutos el pedido estaba sobre la mesa. El sol iluminaba esa tarde y ese rinconcito que me hizo, al menos por unos minutos, alejarme de mi vida y volar. Un tostado, un jugo de naranja y un café con leche. Él atento a que la bella señora no manche su ropa con una servilleta le corría las migas y le acercaba el sorbete para que pueda tomar su jugo. Nosotros seguimos trabajando pero, por algún motivo, la escena nos hizo conversar. De la vida, de las historias que son, de las que no son, de los principios, de los finales, de la vida y de la muerte también.
En ese ratito de imaginación me di cuenta todo lo que en un ratito de inspiración podemos crear y, que en esa creación, hay vida.
El tiempo que seguía transcurriendo y mientras continuábamos trabajando con mi colega se llenó de paz y la escena fue un impulso de esperanza para continuar el camino que estamos compartiendo con la convicción de que de disfrutar el camino se trata la vida.
A veces, muchas veces, la rutina nos enceguece, nos nubla, nos perdemos y perdemos el norte. Muchas veces omitimos reconocer que cada presente puede, como esa tarde, iluminar muchas vidas.
La señora que llegó en silla de ruedas tomó una revista. No se si leía o miraba fotos pero su rostro se llenaba de sonrisas y sus sonrisas fueron las mías. Sonreí en agradecimiento a esa tarde que me encantó vivir para que mi vida se llene aún más de sentido y que cada paso que dé tenga contenido y mucho amor.
Finalizada la merienda y el sol cayendo, el señor de alpargatas se levantó, tomó nuevamente con su cuerpo –y con su corazón- a la señora que rezaba a la vírgen. Ambos sonreían. Sentada ella en la silla de ruedas él dio la vuelta, me miró, sonrió, me agradeció, lo saludé, le agradecí yo a él también y miré como despacito las ruedas de la silla de rueda se deslizaban hasta llegar a la vereda y luego ir rumbo al destino emprendido. Me imaginé en ese momento que la señora estaba alojada en un geriátrico y que su hijo la llevaba nuevamente a ese sitio. Vaya a saber si mi supuesto era el correcto. Cuánto podemos imaginar, suponer e inventar. Sea cual fuere lo cierto a mí me encantó lo que viví y lo que imaginé.
Al día siguiente, leyendo noticias en las redes la sorpresa me invadió. El señor que había visto era un músico muy conocido que estaba viviendo en Francia y que había venido de visita a mi ciudad, a donde vivía su madre quien, esa misma noche en la que los ví  había fallecido. La señora, llamada Alicia, se había acostado a dormir leyendo un libro y ya nunca despertó. Falleció en silencio, en paz, con una sonrisa en su rostro y, digo yo, con el amor que recibió una tarde de domingo al sol.
Luego de la tarde de sol, para su hijo, el lunes fue un lunes de sombra. La vida es eso. Un poquito al sol y un poquito a la sombra. El artista que amó a su mamá en vida compuso una canción a la que llamó un jugo de naranja al sol. El tema fue un éxito, recibió por el mismo un montón de reconocimientos y premios en este país y en el extranjero. Celebré ese día, el día que conocí la canción, cada uno de los días que el artista recibió un premio distinto y celebro este y todos los días. Ya sabemos, la vida es eso: sol y sombra y es el desafío permanente de aprender a convivir con ambos tonos. Que sean tardes de jugo de naranjas al sol siempre.

Festival Peperina Abril 2019 - El equipo del Jueves!



#InspiradosEnCasa 2da Edición - Daniela Kaplan - 10 de Abril 2020

#InspiradosEnCasa Tema: Una Copa Vacía Escribe: Daniela Kaplan Pinta: Carlos Vidal Aguirrebengoa UNA COPA VACÍA Estaba desesperado del ...