La tarde que te voy a contar tuvo un poquito de sol y un
poquito de sombra. Te la voy a contar y, me parece, va a tocar tu corazón.
Estaba trabajando con mi colega escritor, estábamos
diseñando un evento artístico literario. Tomábamos cortado y mi colega comía
una medialuna. De repente mis ojos se fueron hacia la izquierda. Esa imagen me
enterneció. Era él, un señor que, estimé habrá tenido cincuenta años llevando
en su silla de ruedas a una hermosa mujer que imaginé era su mamá. Él vestía un
jean, remera bordó y alpargatas. Ella, vestida de pantalón negro, zapatillas y
una remera azul. Sobre su pecho una medallita de una vírgen. El espacio para
ingresar era pequeño, no habían muchas mesas disponibles, más bien mesas y
sillas bajitas. Ingresando, le ofrecí si quería que le dejarámos nuestra mesa para que ellos puedan ubicarse más
cómodos que en una mesa pequeña. El señor agradeció pero dijo no era necesario.
Él la acercó a la mesita y con todo su cuerpo –y con todo su corazón- la
levantó de la silla de ruedas para sentarla sobre la silla. La miré, era una
señora tan elegante. Él me vio. Se acercó la moza, les entregó una carta a cada
uno. Él le leía la carta y así al retomar a la mesa la moza hicieron su pedido.
A los pocos minutos el pedido estaba sobre la mesa. El sol iluminaba esa tarde
y ese rinconcito que me hizo, al menos por unos minutos, alejarme de mi vida y
volar. Un tostado, un jugo de naranja y un café con leche. Él atento a que la
bella señora no manche su ropa con una servilleta le corría las migas y le
acercaba el sorbete para que pueda tomar su jugo. Nosotros seguimos trabajando
pero, por algún motivo, la escena nos hizo conversar. De la vida, de las
historias que son, de las que no son, de los principios, de los finales, de la
vida y de la muerte también.
En ese ratito de imaginación me di cuenta todo lo que en un
ratito de inspiración podemos crear y, que en esa creación, hay vida.
El tiempo que seguía transcurriendo y mientras continuábamos
trabajando con mi colega se llenó de paz y la escena fue un impulso de
esperanza para continuar el camino que estamos compartiendo con la convicción
de que de disfrutar el camino se trata la vida.
A veces, muchas veces, la rutina nos enceguece, nos nubla,
nos perdemos y perdemos el norte. Muchas veces omitimos reconocer que cada
presente puede, como esa tarde, iluminar muchas vidas.
La señora que llegó en silla de ruedas tomó una revista. No
se si leía o miraba fotos pero su rostro se llenaba de sonrisas y sus sonrisas
fueron las mías. Sonreí en agradecimiento a esa tarde que me encantó vivir para
que mi vida se llene aún más de sentido y que cada paso que dé tenga contenido
y mucho amor.
Finalizada la merienda y el sol cayendo, el señor de
alpargatas se levantó, tomó nuevamente con su cuerpo –y con su corazón- a la
señora que rezaba a la vírgen. Ambos sonreían. Sentada ella en la silla de
ruedas él dio la vuelta, me miró, sonrió, me agradeció, lo saludé, le agradecí
yo a él también y miré como despacito las ruedas de la silla de rueda se
deslizaban hasta llegar a la vereda y luego ir rumbo al destino emprendido. Me
imaginé en ese momento que la señora estaba alojada en un geriátrico y que su
hijo la llevaba nuevamente a ese sitio. Vaya a saber si mi supuesto era el
correcto. Cuánto podemos imaginar, suponer e inventar. Sea cual fuere lo cierto
a mí me encantó lo que viví y lo que imaginé.
Al día siguiente, leyendo noticias en las redes la sorpresa
me invadió. El señor que había visto era un músico muy conocido que estaba
viviendo en Francia y que había venido de visita a mi ciudad, a donde vivía su
madre quien, esa misma noche en la que los ví había fallecido. La señora, llamada Alicia, se
había acostado a dormir leyendo un libro y ya nunca despertó. Falleció en
silencio, en paz, con una sonrisa en su rostro y, digo yo, con el amor que
recibió una tarde de domingo al sol.
Luego de la tarde de sol, para su hijo, el lunes fue un
lunes de sombra. La vida es eso. Un poquito al sol y un poquito a la sombra. El
artista que amó a su mamá en vida compuso una canción a la que llamó un jugo de
naranja al sol. El tema fue un éxito, recibió por el mismo un montón de
reconocimientos y premios en este país y en el extranjero. Celebré ese día, el
día que conocí la canción, cada uno de los días que el artista recibió un
premio distinto y celebro este y todos los días. Ya sabemos, la vida es eso:
sol y sombra y es el desafío permanente de aprender a convivir con ambos tonos.
Que sean tardes de jugo de naranjas al sol siempre.
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