LUCES Y
SOMBRAS.
Creo en el
sol. Creo en este planeta generado a partir de luces cayendo desde el espacio
infinito.
Creo en mi
sombra, parida por la luz que recibe. Soy dueño de ella, la estiro, la achico,
la piso, la llevo a todos lados. Es fiel, me responde.
Creo en todo
lo que tenga luz y sombra, porque sintetizan nuestra propia existencia. El yin
y yang sumergidos en la oscura eternidad, recorriendo milenios como postas. Creo en la verdad de los que menos tienen, en la fugacidad de
sus sonrisas, en el sol interior que los guía para sobrevivir en medio de la
desesperanza.
Creo en el
equilibrio que produce la muerte, porque llega a todos por igual, ricos y
pobres, sanos y enfermos, implacablemente fría y certera. Sin concesiones, primero
sol, luego sombra.
Creo en la
naturaleza y sus leyes, las que nos empeñamos en torcer, ocultando el sol todas
las veces que podemos. Por eso, también creo en sus defectos, en la carpa de
tres ojos que pescaron en el Lago San Roque y en el chupacabras de las sierras.
Creo en el abatido tigre de Malasia, de los cuales quedan solo 600, en la
ballena jorobada del Atlántico y sus 450 sobrevivientes.
Creo en la
soledad de los changuitos del Híper Libertad, clamando en medio de la siesta,
abandonados en una playa de estacionamiento sin dueño. Creo en la inutilidad del faro de Córdoba, en su llanto ante la
falta de mar y en la sombra larga que genera.
Creo en mis
amigos. Son luz y son sombra. Me pertenecen, los llevo en mi vida. Me iluminan
y me ensombrecen, me dan su sangre a través de un abrazo. Creo en los abrazos,
en su capacidad de materializar emociones, en su virtud de dejar una marca que
no se ve, pero no se va.
Creo en la
diversión de las almas, en el exterminio de las tristezas, en la perfidia de
los cazadores, en la indulgencia de los cazados. Creo en la ametralladora a
repetición de Diego Maradona, capaz de poblar el mundo, en las piernas cortas
de Messi escapando de la guadaña de sus verdugos. Creo en el arte que derrama
una pantalla de cine, el escenario de una obra de teatro y el lienzo virgen de
un pintor primerizo. Creo en el cruce de piernas de Sharon Stone para
demostrarle a la policía dónde reside el poder de la humanidad.
Creo en la
justicia de lo inevitable y en la ley de las compensaciones, en las seguras
carencias sexuales de Christine Lagarde, opuestas a la intensidad de su
búsqueda de asfixiantes metas financieras. Creo en el terror del marido de
Angela Merkel, cada vez que ella se desviste para ir a la cama. Creo en la
tenacidad de Greta Thunberg, la adolescente sueca que se plantó en el
Parlamento Europeo y les dijo que, si siguen tapando la luz y la sombra, en el
2040 solo quedarán la mitad de las especies vivas de nuestro planeta. Creo en
las luchas individuales y colectivas, en el valor de los eternos perdedores, en
las causas perdidas y en las ganadas.
Creo en las
circunstancias que nos igualan. Creo en la cara fruncida de Mauricio sentado en
el inodoro, totalmente constipado, rogando porque llegue una lluvia de
inversiones intestinales, mientras detrás de la puerta Juliana agita el
desodorante de ambientes. Creo en la perversidad del humor cuando dispara hacia
todos lados, en la verdad como superación, en la mentira como negación.
Creo en la
felicidad de las mujeres que me dijeron sí y en lo que se perdieron las que me
dijeron no. Creo en la duda del que debe apretar el gatillo en el pelotón de
fusilamiento, en las lágrimas de los crisantemos, en el paisaje helado de los
cementerios.
Creo en la
necesidad de disfrutar los cumpleaños, en la belleza de un gato persiguiendo a
un ratón, en el olor a nafta de las estaciones de servicio y en la patética
metáfora de la vida. Creo en la fragilidad de los cuerpos, en el dolor de
cabeza, en la muerte instantánea de las emociones, en la inagotable capacidad
de la fantasía para hacernos creer que somos felices.
Creo, creo,
creo siempre, aún a riesgo de ser ingenuo. Porque si no lo hiciera, el poquito
de sombra que me acecha, ya le habría ganado su partida al poquito de luz que
me ilumina.
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