domingo, 29 de marzo de 2020

#InspiradosEnCasa - Daniela Kaplan - 29/03/20


"InspiradosEnCasa
Escribe: Daniela Kaplan
Pinta: Cecilia Testa
Tema: Hay alguien ahi?

Fue de repente, de un momento a otro, sin pedir permiso. Una noticia que obligó a tomar algunas rápidas decisiones para sortear los días que vendrían. Prisa sin saber a dónde íbamos ni hasta cuándo pero prisa al fin.  Incertidumbre pero con algunas convicciones para quienes creemos en la existencia de un orden superior que siempre late y pulsa jamás deteniéndose.
De repente, todos en nuestras casas oyendo el silencio sepulcral que al mundo aturde. Todos en nuestros hogares nada más y nada menos que encontrándonos con nosotros mismos. El reloj pareciera correr a otro ritmo. Miro la plaza que se ve desde mi balcón y veo al tobogán vacío y a la hamaca quieta. Di media vuelta y mire hacia adentro de mi casa. Vi otro orden. Volví a girar mi cuerpo hacia el exterior y percibí a los pájaros cantar, a los árboles más verdes crecer y a algunas flores que jamás había contemplado florecer. Mi vecino abrazaba a su pareja con un amor poderoso; nunca los había visto quererse así. Y me encantó lo que vi. Mi vecina, en bata blanca, salió a su balcón a regar las macetas de cactus. La vi disfrutar lo que estaba haciendo. Disfruté su disfrute. Haciendo yoga me abracé, me abracé fuerte al finalizar la clase agradeciendo a mi cuerpo todo lo que soporta. Abracé y agradecí el tiempo presente para reconectar con la posibilidad de abrazarnos a nosotros mismos y de agradecer. ¡Hay tanto a diario para agradecer!
Cociné y me di cuenta que puedo ingeniármelas si hay utensillos de cocina con los que no cuento y que puedo descubrir otro modo de conectar con los alimentos y la cocina. Este descubrimiento me despertó ilusión.
Y en tanto que está pasando desperté esta mañana. Volví a oír la melodía de la calma, del silencio, escuché una paz que clama ser preservada. Cerré los ojos y, casi como haciendo una meditación, le pregunté a mi cuerpo para que cada célula responda, de a una a la vez y todas juntas al unísono: “¿Hay alguien ahí?” Y mi cuerpo oyó y se despertaron sensaciones y emociones. Y fui sintiendo a mi cuerpo responder. Y sentí la certeza de que este tiempo está siendo realmente necesario para mí y también para mi vecino, para mi vecina, para mi familia, para mi equipo de trabajo, para la naturaleza y para toda la humanidad. Este tiempo que la vida nos regala para renacer, para mover fibras que estaban quietas, para reconectar con nosotros mismos, para retomar el rumbo en coherencia con nuestra esencia si así no lo estaba siendo. Un tiempo sagrado, como si fuese un llamado al encuentro con lo más hermoso y puro de la existencia. Un llamado sagrado a cuidar al planeta que nos cobija y que a veces tan poco registramos.  
¿Si hay alguien ahí? Estoy segura que sí. Siento la certeza de que es una voz sabia que vino a aquietar nuestras mentes y nuestros cuerpos haciendo de este presente una oportunidad para recalcular, para refrescar, para resetear ciertos chips que estaban desactualizados y fuera de eje. Y un tiempo para que nuestro planeta descanse también un poco de nosotros, los humanos.
 ¿Si hay alguien ahí? Si, somos nosotros los que estamos ahí y aquí en una inconmensurable oportunidad de tomar, en lo individual y colectivo, decisiones para la más plena de las vidas.

#InspiradosEnCasa - Marcelo Lopez - 29/03/20

#InspiradosEnCasa
Escribe: Marcelo López
Pinta: Enrique Llorens
Tema: Hay alguien ahi?

Estabamos todos. Daniel, Augusto, Gonzalo, la “Rubia”, el “Negro”, Castro, el “Riojano”, Jose Luis, Alfredo y yo. Marcamos la cancha, iba a ser desde la vereda de Giorgi, angosta, de mosaicos rojos pero con un muy solido jacaranda que hacia espectacularmente de poste externo del arco que formaba con la pared de la casa hasta el otro arco dispuesto entre el siempre verde y la pared de la casa de Augusto. La cancha era larga, es cierto, también angosta (si la pelota caia a la calle se “iba”) y además contábamos con la contra de que parte de la cancha, la zona media para ser mas precisos era la vereda de Bornancini, buen hombre pero poco paciente en esto de sentir chicos que corrian por su vereda y pelotas que rebotaban en sus paredes. Tambien, mas cerca del final de la cancha, estaba la casa de “Doña Juana”, una viejita buenasa pero con una casa de esas chorizo que era una selva.
La pisamos con Alfredo (Alfredo era el primo de Jose Luis, no vivía en las cuadras donde nos nutríamos de jugadores por las tardes pero se caminaba unas 7 u 8 calles para jugar estos clásicos imposibles)
Augusto, Daniel, Castro, el Negro y yo nos quedamos del lado del arco que daba a la casa de Augusto (mas que nada por una cuestión estratégica, si hacíamos demasiado lio en la zona de su casa no iban a echarnos ni a retarnos demasiado porque teníamos un “local” en el equipo. Gonzalo, la Rubia, el Riojano, Alfredo y Jose Luis (el mejor sin dudas) estaban del otro lado defendiendo con uñas y dientes el arco formado por la pared y el árbol de Giorgi. Definimos que la pared valia (importantísimo al momento del autopase aunque también ayudaba en la marca) y empezamos a discutir quien sacaba. Augusto hizo que sacaramos nosotros, trajo a discusión la memoria de que en el ultimo partido habían sacado ellos y que por una cuestión de orden debíamos sacar nosotros, algo tirado de los pelos porque no había ni ellos ni nosotros y nadie recordaba el ultimo partido con tanta firmeza. No dije nada, me convenia escuchar la discusión con Alfredo que al final termino cediendo como pasaba casi siempre con Augusto. El tipo se ponía firme y tenias dos caminos, o le dabas el gusto o te perdias la tarde discutiendo. Eso era terriblemente cierto cuando jugábamos al TEG pero es parte de otra historia. La cuestión es que íbamos a sacar nosotros pero todavía faltaba definir en cada equipo quien iba al arco, asi que empezamos todos a los gritos de “ultimo”, “anteúltimo” y asi. En nuestro equipo Castro se “arremango” (literalmente) la camisa y el jean (la madre, una señora mayor lo vestia siempre asi) y se asigno el arco en primer lugar. No le importaba, no se le daba mucho el juego con los pies asi que preferia empezar atajando y cuando saliera al medio tener ya en la manga un par de yerros y malas jugadas nuestras para echarnos en cara ante cualquier critica inoportuna. Alcance a decir “ultimo” asi que me quede tranquilo. Hacia un tiempo que ya no me gustaba atajar, me acordaba de cuando mi sueño era ser arquero y tenia la camiseta naranja y los guantes haciendo juego. Se me había pasado. El que seguía firme en el arco era Mario, pero el era de otro grupo y solo nos cruzábamos cuando se generaban desafíos entre calles. En el equipo de enfrente le toco el arco al Riojano. (el riojano no vivía ahí en nuestra calle pero venia muy seguido a visitar a una tia y se había hecho amigo)
Empezamos el partido antes de que se cayera el sol. No había offside asi que lo mandamos a Daniel adelante como para que metiera los goles con los centros que pensábamos tirar nosotros. Estuvimos asi jugando, palo a palo, gol a gol, hasta que decidi irme un poco a la defensa. Castro seguía en el arco, no había querido salir al medio, estaba confiado que esa tarde nos daba la victoria con un par de intervenciones interesantes. Recibi el saque de el de mano, avance tres o cuatro metros, esquive uno de los arboles de Bornancini, me salio al cruce la Rubia y le amague a la izquierda pero me fui a la derecha, lo vi venir a Gonzalo a toda máquina, lo escuche al Negro que me gritaba enloquecido que estaba solo (pero yo no podía verlo, nunca se me dio mucho eso de “pelota al pie, cabeza arriba”) asi que elegi tirar un pase a la pared para aprovechar mi velocidad y dejarlo a Gonzalo parado. Eso hice, recibi de la pared, lo deje atrás y me salio ahí nomás José Luis, razone en un segundo que esa iba a ser difícil porque Jose Luis jugaba muy bien) así que opte por pegarle muy fuerte y abajo a la pelota que reboto en la pierna de él y se terminó por zambullir directamente entre las matas de la casa de doña Juana, bien al fondo. El partido se congelo. Todos nos quedamos mirando el cerco de alambre de la casa y el vacio de pelota que teníamos. Por las dudas le dije a Jose Luis que tenía que buscarla por qué le había rebotado en la pierna. Me respondió que no porque yo había pateado. Nos quedamos unos segundos en esa discusión hasta que todos decidieron que debía buscarla yo, Resignado me acerque a la puerta de ingreso, una puerta de hierros forjados, descascarada , que daba entrada a ese patio enorme y selvático. Aplaudí fuerte con la esperanza que me escuchara alguien adentro y me evitara el salto y la adrenalina de meterme en la casa. Nada. Aplaudí de nuevo, espere un minuto y nada. Alfredo empezó a apurarme. Si no la buscas ahora nos vamos a tener que ir adentro y se acaba el partido, me dijo. Daniel me recordó que la pelota era suya y era la ultima que teníamos, la anterior, la de Jose Luis, se había caído en el techo de los “Evangelistas” y nunca había vuelto ni nadie se había animado a buscarla. Aplaudi una vez mas buscando el milagro. Nada. Le hice señas a Augusto y Gonzalo para que me hicieran pie, me ayudaron, salte el alambrado y cai entre medio de los yuyos. Me di vuelta y los mire a todos del otro lado del alambre como si fueran a despedirme. Alguien vio donde cayo, pregunte? Al fondo dijo segurísimo el Negro(otro que tampoco vivía por ahí pero estaba casi toda la semana en casa de unos tios que vivian a la vuelta). Resignado, una vez mas, camine por entre los yuyos intentando no hacer ruido, no era bueno esto de meterse en las casas de los vecinos. Después se enojaban e iban a las casas de nuestros padres a acusarnos y por mas que no nos pusieran penitencias ni nada, nos ligábamos un buen reto. Segui caminando sin encontrar nada, la pelota no aparecia. Mire hacia atrás y ya no veía a los chicos ni al alambrado. De repente sentí un ruido a la derecha, un tintineo y un rasgido o algo parecido. Quede petrificado. Hay alguien ahí, pensé. Me anime y con la poca voz que tenia pregunte absurdamente ¿Hay alguien ahí? Nada. No hubo respuesta. Me quede quieto y en silencio. Podia escuchar los autos pasando por la calle, nada mas. Avance unos paso mas hasta un árbol de naranjas que estaba lleno de azahares e inundaba el aire de ese olor azucarado tan carecteristico. Vi la pelota, acomodada, suave, como si estuviera descansando en lo que había sido alguna vez el cantero del árbol. La tome entre las manos y me di vuelta con el corazón en la boca. Camine un par de pasos y se me ocurrio patear la pelota para que llegara a la calle y me dejara las manos libres en caso de que tuviera que escapar rápidamente. Asi lo hice. Le pegue fuerte y abajo, volo lejos pero no fue suficiente, la escuche caer en otra parte del patio. Pero ahor amas cerca de la vereda, me dije. Otra vez el ruido, el tintineo, el rasgido y ahora el movimiento indiscutible de plantas y yuyos. Casi se me sale el corazón, corri rápido hasta el alambrado, doña Juana no tenia perro pero no quería quedarme a comprobarlo. Llegue despavorido al alambre y lo salte casi de una vez. Cai en la vereda agitado pero sano. Sonrei pero inmediatamente vi la cara de mis amigos. La pelota seguía adentro.
Me quería morir. Castro me miro enojado, como nunca, me cuestiono mi valentía y me dijo claramente que era un boludo. No pude objetarlo pero les conté de los ruidos, de que había alguien ahí que no era la viejita. No quisieron creerme. Estábamos discutiendo eso pero nadie decía nada de ofrecerse de voluntario y entrar de nuevo. De pronto apareció doña Juana, venia despacito con la bolsa de las compras que había hecho con sachets de leche vacíos, se acercó a la puerta, nos saludó y Alfredo le dijo que se nos había caído la pelota, si podías dárnosla. Sonrió y nos dijo que por supuesto e invito al que quisiera a entrar a buscarla. Todas las miradas cayeron en mí. No pude esquivarle a la obligación y entre al patio mientras ella mantenía la puerta abierta. Camine hasta donde debía estar la pelota, ahí estaba, la tome en mis manos y contra todas mis ganas de correr despavorido, salí caminando como un verdadero guerrero. Pase la puerta, ella cerro y deje caer la pelota al suelo- José luis la tomo para hacer el saque lateral. Eso sí que no!, lo detuve y le quite la pelota. Te pego a vos en el pie antes de salir!

#InspiradosEnCasa - Fernando Medeot - 29/03/20


Escribe: Fernando Medeot
Artista plástico: Carlos Aguirrebengoa
Tema: ¿Hay alguien allí...?
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CUANDO HUYE EL DÍA

Alguien le entregó esa foto. Nunca supo quién fue, porque había mucha gente en movimiento y se le extravió el rostro entre la multitud. Su mirada imperfecta trató de ubicar a esa persona, pero quedó vagando en el vacío, en ese ambiente de formas difusas, difíciles de nombrar.

En un acto reflejo, cerró los ojos sin animarse a ver la imagen. Con la eterna paciencia de la vejez, ella continuó sosteniéndola en sus manos. Era una figura impresa sobre papel fotográfico, de bordes dentados producidos con una guillotina casera. Lucía ajada por el tiempo y el olvido. Ella acarició la superficie con sus dedos añosos, suaves por desgaste, leyéndola al tacto, como si fuese una litografía o estuviese contada en braille. La recorrió en detalle, hurgando delicadamente sus vericuetos, sin abrir los ojos. No presentía, no sabía, si la imagen que descubrirían sus pupilas  le iba a resultar amigable.

Por eso, probó con los otros sentidos. Con los ojos bien cerrados, acercó la postal a su nariz y dejó que la fragancia penetrase, profunda, hablando en el idioma que solo los olores son capaces de crear. Olía a soledad, a tristeza, a abandono injusto. Íntimamente ella sintió, en ese momento, que ya se habían acabado los sueños hacia adelante. No quiso abrir los ojos. Todavía no es el momento, se dijo a sí misma.

Entonces, llevó la fotografía hasta su oreja izquierda, la que estaba más cerca del corazón. Quería escucharla. Lentamente, salieron de su mutismo los sonidos que permanecían agazapados, esperando una señal para sentirse en libertad. Surgieron vocablos llenos de melancolía. Escuchó un latido intenso empujado por la nostalgia, luego voces y más voces que se superponían, semejando el zumbido de un millón de moscas que revoloteaban a milímetros de su oído. Finalmente, afloró una especie de melodía aguda y penetrante, una balada de tres compases repetidos indefinidamente. Ella conocía la letra de esa canción. No le gustaba porque la remitía a una niñez llena de carencias.

Sin abrir los ojos, acercó la imagen a la boca. La rozó con sus labios gastados, pintados desprolijamente con un carmín de olor rancio, cuyo sobrante apenas asomaba en la barra sin tapa. Pasó suavemente la punta de la lengua por un extremo y percibió la acritud que le devolvía la figura grabada. Identificaba ese código, representaba el semblante de una imagen no esperada, una especie de presagio que escondía algo definitivamente perdido.

Entendió que era hora de ver la foto, de enfrentarse a ella. Casi contra su voluntad, abrió los ojos y recorrió la copia completa. Encontró la estampa deteriorada y envejecida de una persona sentada sobre un sillón de mimbre, recostada sin convicciones, en una amplia habitación con varias mujeres similares a ella, sosteniendo una piadosa mirada hacia la nada.

Giró la cabeza hasta detenerse en el gran espejo que estaba en el centro de la sala. Y descubrió que la imagen que le devolvía el cristal era la suya, la misma que estaba en la fotografía. Ella con sus arrugas, sus miedos, su espalda encorvada.

-¿Hay alguien allí...? -preguntó de manera suplicante, buscando una respuesta que alejara su soledad. -Por favor, díganme si hay alguien allí... -volvió a rogar-. Pero el pesado silencio que obtuvo como contestación, le permitió comprobar lo que menos deseaba: estaba definitivamente sola.

Entonces sí, por primera vez desde aquella tarde de domingo, cuando su hija la internó en ese geriátrico -ignorando sus desgarradas súplicas-, los ojos abrieron el grifo y, con extrema lentitud, un torrente generoso de lágrimas bañó su rostro.


#InspiradosEnCasa - Luis Carranza Torres - 29/03/20


InspiradosEnCasa 1.0
29 de marzo de 2020
Escribe: Luis Carranza Torres
Pinta: Male
Tema: ¿Hay alguien ahí?

¿Quién está ahí?

Por Luis Carranza Torres

Era un ritual diario, perfectamente conocido. Pero no por ello, menos temido. Como los ocho días anteriores, me paré frente al espejo de marco grueso color crema, me miré e hice la pregunta de siempre: ¿Hay alguien ahí?
Vestía unos vaqueros celestes ceñidos, con un par de tajos a la altura de las rodillas y una camisa ocre de cuello abierto, sobre el que mi melena oscura, de mechas castañas y caoba, caía alborotadamente. Recorrí, como otros días, esa prenda con la vista. Se ensanchaba hacia adelante, mostrando mis senos y contraía a la altura del estómago y la cintura.
Sabía que estaba impecable en el vestir, como siempre. No era por eso que observaba mi camisa. Lo hacía para demorar lo incómodo, lo inevitable.
No tenía sentido seguir disimulando para evitarlo. Tomé valor y levanté la vista. Miré fijo a través del vidrio pulido en esos ojos de color caramelo que me pertenecían. Mi propia mirada me observaba en el aspecto que presentaba mi rostro con una compasión apenas velada.
Afuera, nevaba. Como siempre en esta parte del mundo y el año, al sur del sur. Las aguas de la Bahía Encerrada a la salida de la Pasarela Fique lucían de un azul oscurísimo, amenazadoras. Más allá, en el canal, el viento las azotaba. Todo parecía en perfecta sincronía con lo que ha sido mi ánimo por demasiado tiempo.
Hoy es el noveno día sola, que no he salido a ningún sitio. Al parecer, luego que él se fuera, destrozándome el corazón como los otros, me divorcié también del mundo. Apagué el celular, desconecté el teléfono de línea. No prendo la compu ni la tele. Una despensa y una heladera llena me libran de tener que salir. De necesitar algún contacto con el resto de la humanidad.
Me sentí incapaz de afrontar la curiosidad, la hipocresía y hasta el morbo que sigue a un rompimiento con una persona que se supone, a los ojos de todos los demás, que es alguien perfecto.       
Él parecía tenerlo todo y, en la realidad de las cosas, no era nada. Puro envase. Cuando lo conocías un poco, te dabas conque el tipo divertido y ocurrente que te había cautivado al inicio, era solo el modo elaborado de esconderse de otro inmaduro emocional.  Alguien empecinado en seguir siendo un adolescente perpetuo habiéndolo tenido que dejar de ser hacía ya bastante tiempo.
No era la primera vez que me pasaba eso. Yo parecía tener un imán para atraerlos. Otro más y van. Pero esta vez, en lugar de echar la culpa a ellos, a mí o a nadie, obré distinto.
Con bastante vergüenza, con mucho miedo, esta vez me miré hacia adentro. “Atraes lo que eres”, escuché en algún lado. Yo no podía ser más distinta de ellos pero, por algo, me los cruzaba seguido.
Pronto, al quedar a solas, al poder verme, pude ver varias cosas sobre mí en las que no había reparado antes. Fueron constataciones inquietantes, molestas, dolorosas pero que, paradójicamente, me liberaron. Del dolor y la pena se sale distinto; incluso mejor, si uno es sincero consigo mismo.
Descubrí, en ese tiempo a solas, que vivía la vida de otros en lugar de la mía. Buscaba en ellos lo que no podía hallar en mí. Prefería ver a otros en lugar de observarme. Evadía echarme una mirada porque no quería asumir ciertas cosas mías.
Es curioso cómo pasa una tiempo en el espejo, teniéndose enfrente sin verte. Ocupada en que el pelo esté en su lugar, en aplicar bien la sombra en los ojos. Son detalles en que te concentras para no verte en realidad.
Sola, reflexiva, vuelta hacia adentro, empecé a entender ciertas cosas. Como porqué teniendo todo lo que parece importar a todos (un buen trabajo, el novio guapísimo de turno, todo lo material pensable), nunca nada parecía conformarme. O la razón de porqué en tanto todo el mundo me decía que estaba fantástica, yo por dentro no podía sentirme peor cada día que pasaba.
Jugaba a las escondidas con mi propia imagen. Pensaba que todo se arreglaba con una salida, con otro corte, con viajar, con conocer a alguien interesante o buscarme otro hobby.
Remedé, parché siempre, todo lo que pude. Solo para darme cuenta que únicamente tapas por un rato los huecos hasta que la próxima sacudida de la vida te lo desarregle a todo de nuevo.
Tememos a la soledad porque no sabemos qué hacer a solas con nuestros mismos. Eso me pasaba. Miedo de ser como era, por terror a que iban a decir los otros. Esos que ahora, no están ni extraño.
Ahora tengo mi mundo. Ni mejor ni peor que el de los demás. El mío. Por primera vez en mucho tiempo, entiendo lo que quiere la persona que soy por dentro. Con sus altas y bajas, sus virtudes y defectos. He dejado de mortificarme por lo que no soy y me he reconciliado con lo que sí.
Todavía no estoy bien. A lo mejor, nunca lo esté por completo. La felicidad completa es difícil de lograr y casi imposible de mantener. Pero hoy estoy mejor que ayer, más en paz conmigo. Y sé que mañana estaré aún mejor. Un paso a la vez.
Por eso, ante ese espejo, de repente tengo el impulso de abrazarme a mí misma y lo hago. Los ojos siguen compasivos, pero mi boca esboza una muy tímida sonrisa.
Vuelvo a preguntarme mentalmente: “¿Hay alguien ahí?”.
—Sí, soy yo—me contesto.
Es la primera vez hablo en varios días, desde que empecé a estar sola. Veo como la sonrisa en mi rostro se amplía, gozosa por esa respuesta.
Entonces, sé que todo va a estar bien, algún día. Quizás, hasta me sorprenda a mí misma y no sea en un tiempo tan lejano.


martes, 22 de octubre de 2019

6 de Septiembre - Macro Selecta Cordoba - Marcelo Lopez


InspirARTE MACRO SELECTA   
Escribe: Marcelo López
Pinta: Cecilia Testa
Palabras: NOCHE-PAZ-DIFERENTE-TRAVESIA-SEDUCCION-CREAR-

La de ayer fue una noche diferente, empezó como todas las del pueblo en los últimos 20 años o los últimos de los que tengo memoria. Aburridas, vagas, secas, sin nada que las distinga una de otra como en una consecución de noches oscuras, de finales de días que terminan inexorables y que resultan uno tras otros en pasar el tiempo o dejar que se vaya pasando incontenible como un rio, una catarata. Aca, en el pueblo este, el tiempo no pasa, el tiempo te arrolla, te pasa por encima sin que te des cuenta y te seca por dentro, te va matando como un veneno, sin que lo sientas, como un veneno que de una u otra forma te va a matar.
La de ayer fue una noche diferente, salí decidido a ir a algún lado, a otro lugar aunque sea para poder escaparme de eso que sentía que me ahogaba. Fui hasta la casa de Raúl, golpee, rápido salieron los perros a ladrarme, los espante con un grito y un par de golpes al piso. No escuche sonido alguno, volvi a gritar su nombre. ¡Raúl! . Nada, los perros me volvieron a ladrar pero mas timidos ahora, desconfiados, mirándome de reojo. No salio nadie, no se prendio ni una luz, no se movio mas que la tierra, el polvo y alguna planta. Segui camino hasta lo de Pedro. Lo mismo ahí, un par de gritos, el nombre de mi amigo. ¡Pedro!... ¡Pedro! Nada, podrían haber salido los perros pero no se donde habrían quedado, una luz tenue se movia despacio adentro y eso me dio la esperanza de que Pedro saliera. Fue solo una casualidad mezclada con el viento y vaya a saber que cosa. Pedro no estaba, tampoco Lorena la mujer y ninguno de sus 3 hijos. Grité el nombre de todos, desde el otro lado del alambrado. Me rendi después de un tiempo. Por un instante no supe que hacer a donde ir. Levante la vista y la noche estaba cerrada, no había luna, no la merecíamos seguramente. EL viento era apenas una brisa pero se movia constante, traía el sonido de otras cosas, el ladrido de los perros, algún pájaro y esa cosa extraña que se forma en la travesía por el aire de los sonidos distorsionados que se juntan como en un embudo y producen un murmullo inteligible que se convierte en un fondo sostenido. Pensé que no me había dado cuenta de eso y de otras cosas, también. Camine un poco mas por la calle, la única calle del pueblo, la única por donde entramos, por donde salimos, por donde pasan y pasamos todos, por donde, al mismo tiempo, nunca sucede nada. Hablando con mis amigos, con la gente que me rodeo desde siempre me di cuenta de que había una poderosa seducción en la idea de salirme de esa historia, de alejarme de todo eso, de tratar de que el tiempo no me pasara sino de ir juntos, de correr una carrera, que sabía que iba a perder antes de empezar, pero que corriéndola al menos por un rato me daría la ilusión de vencerla. A veces la idea de competir, aunque sepamos que no ganaremos nunca, es suficiente para creernos por un momento a la altura de la circunstancia.
Camine la calle oscura y vacia con la idea de que un poco de paz me vendría bien, no la paz de los cementerios, no la paz de la meditación, del tibet, de la madre teresa de Calcuta ni de Ghandi. Una paz mas simple y mundana, una paz berreta quizás pero una paz que solo se gana alejándose.
Camine la calle oscuro, el viento suave y firme, la tierra suelta de tanta sequia y me acerque hasta otra casa, era la de Ernestina. Me pare en la puerta mirando hacia la casa, esperando
algo que no podía precisar. No dije su nombre, no la llame, no tenia sentido, estaba seguro de que tampoco estaría ahí. Podria haber pensado en crear alguna otra forma de explicarme alguna otra forma de sacar afuera eso que sentía durante tanto tiempo. Esa necesidad de salirme de lo de siempre.
La de ayer fue una noche diferente. Desde que Sali de casa con la pistola cargada supe que iba a ser distinta, fui pasando por cada uno de mis vecinos, llamándolos por su nombre, esperando que salieran y encargándome de que las balas fueran lo mas precisas posibles. Los perros ladraban, inexorablemente, jamas podría hacerle daño a un perro, a una abeja, a una flor, no soy un asesino. Fui recorriendo la calle principal hasta llegar aca, al final. Mario, Cesar, Lucas, Vidon, Nestor, Yanina, Maria, Paula… no eran muchos, afortunadamente. Fui cumpliendo uno a uno. Los últimos parece que escucharon los ruidos, los gritos de algunos (muy pocos), los lamentos de otros (varios pero apenas audibles) porque huyeron. Fue en vano llamarlos, gritarles, ya habían huido. De todas formas la misión se había cumplido.
La de ayer fue una noche diferente. La primera en mucho tiempo que disfrute verdaderamente.


10 de Agosto - Restaurante Nordico - Marcelo Lopez

InpirARTE Nordico 10/08/19
Escribe: Marcelo Lopez
Pinta: Pam Fir
Tema: Cuanto tiempo pensé lo mismo
El televisor estaba prendido, sonaba de fondo como si fuera música aunque no lo era. Habia algo, un programa, un evento, cualquier cosa, no importaba. Las persianas estaban entreabiertas apenas, la luz del sol amaneciendo entraba de costado como cuchilladas en la penumbra de la habitación. Todo era quietud, no había movimiento alguno, el silencio que de vez en cuando inauguraba una pausa del televisor dejaba escuchar una gota persistente que caia de una canilla alta, seguramente de la ducha, en el resumidero metalico oxidado. Afuera apenas había movimiento, era una calle lateral, de un barrio periférico, unos cuantos arboles, casas diseminadas entre baldios eternos, apenas el viento, casi nadie caminando, algún perro ladrando entre bostezos a una moto que pasaba despacio sufriendo el peso de tres personas.
Yo escuchaba todo, selectivamente, uno a uno cada movimiento, cada sonido, escuchaba todo desde la cama. Me había despertado hacia un rato pero contrariamente a mis instintos naturales no me había levantado como un resorte al sonar el despertador, no me había puesto de pie puteando con el sonido de la campanilla del teléfono que imitaba, tristemente, al despertador que alguna vez había tenido. Escuchaba todo, las voces en ingles del televisor, el tic…tic… de la gota, el perro ladrando, la moto acelerando apenas, casi imposible, el viento sacudiendo unas hojas que seguramente serian verdes y frescas. Queria seguir durmiendo o en realidad quería evitar despertarme, aunque ya lo había hecho, pero enigmáticamente no podía despegarme de cada uno de los sonidos que ahora también habitaban mi cabeza. Mire la mesa de luz. Estaba la botella de agua vacia que había dejado anoche, la copa de vino que estaba roja de tanto ir y venir, un pañuelo arrugado, el cargador del teléfono, una pastilla rosa que era para algo que ya no recordaba. En esa ventana, la mia, la de la habitación, también entraba el sol pero no ya como cuchillas sino como un fino papel invisible que se desparramaba por el suelo. Me resisti unos minutos, inmóvil como estaba tapado hasta el cuello con la sabana celeste que me habían regalado cuando me mude ahí 12 años atrás, el acolchado blanco que mantenía impoluto en viajes constantes al laverap. Seguia firme la gota cayendo en la ducha. No solo la escuchaba, de alguna forma también podía verla, formarse transparente y a la vez brillantes, crecer hacia abajo tomando una forma redonda que la gravedad terminaba por cortar de cuajo para hacer que se estrellara en el suelo mojado de mas gotas muertas. El televisor seguía andando, lo había dejado asi en algún momento de la madrugada cuando me traslade del sillón del living hasta la cama en una ruta inconsciente. No se que canal estaba puesto, probablemente cualquiera, el ultimo que el zapping involuntario y mecanico me había permitido. ¿Que habré pensado en ese momento final? ¿Habre pensado en ir al baño y volver? ¿ En ir a la cocina a buscar algo para comer, algo para tomar, quien sabe? No importaba. La cuestión es que el televisor seguía vivo.
Tenia una idea en la cabeza hacia mucho tiempo, demasiado tiempo. Se me había ocurrido que en algún momento iba a dejar de hacer lo que hacia por obligación, que eran muchas cosas, no solo el trabajo, pero especialmente el trabajo, pagar los impuestos, responderle a la gente, ser amable, sonreir sin ganas, esperar respuestas coherentes, creer en el futuro, pretender que los buenos ganan y que al final triunfamos. Cuantas veces pensé lo mismo…
En la vida las cosas finalmente suceden si las empujamos, las cosas pasan si las buscamos, si la empecinada fe que las promueve se decide a empujar hasta el final y de alguna forma insistir hasta que la piedra caiga, el sol salga o la suerte responda. Cuantas tiempo pensé lo mismo… y ese día me había propuesto, por alguna forma clásica de hartazgo, por una necesidad imperiosa de no esperar más a definirme de una vez por todas y poner en práctica eso que tanto tiempo había cargado en mi cabeza como un mantra, como un bollo de papel en un rincón.
La gota de la canilla seguía precipitándose a la ducha, una, tras otra. EL televisor parloteaba de fondo en un ruido insistente y anodino. En la calle un par de autos se habían sumado al tráfico escuálido de la mañana. El perro ya no ladraba.
Durante mucho tiempo ,como había dicho, había tenido en la cabeza la necesidad de cortar con todo y romper con las cadenas invisibles que la sociedad, las responsabilidades, la educación, las buenas costumbres, la iglesia, la tradición habían creado en nosotros solamente para enlentecernos el paso, cortarnos las alas, domesticarnos, tenernos quietos, sumisos, como una gran madeja de cadenas sosteniéndonos sin poder avanzar, convirtiéndonos en eso que eramos hoy. Un puñado de entes que se mueven, vienen y pasan. Hoy me había decidido a poner en practica de alguna forma lo que hacia tanto tiempo venia pensando.
La gota de la canilla seguía pegando en el resumidero oxidado, redonda, lagrimal, triste, final.
Me levante de la cama, fui hasta el lavadero y abri violentamente uno de los cajones, revolví todo, tirando al piso la mitad de las cosas, encontré el martillo enorme de mi abuelo, abri la puerta del baño y le di tan fuerte a la canilla de la ducha que volo hasta pegar contra los azulejos. Un chorro de agua exploto cambiándose por la gota antigua. Cerre la puerta del baño. Fui a la habitación y comencé a vestirme. La canilla de mierda, la gota insoportable habían pasado para otro dia la rebelión que me tenia prometida, me puse la camisa de la empresa, busque la chaqueta y asi, sin afeitarme ni lavarme los dientes Sali a la calle a seguir arrastrando la telaraña de cadenas que me tenia sujeto, hasta que otra mañana, otro dia de sol, pudiera hacer 

30 de Mayo - Selecta Macro Rio Cuarto - Daniela Kaplan


InspirARTE 2019
Banco Macro – Rio Cuarto
30 de Mayo 2019
Escribe: Daniela Kaplan
Pinta: Pam Fir
Palabras: ALAS – AMOR – BIENVENIDOS – ARMONÍA – ÁRBOL

“Abogada”. “¿Quién me mando a ser abogada?” Eso fue lo que me pregunté después que Julieta saliera de mi despacho. Después de unas tres horas -de reloj- en los que tuve que escucharla hablar de su ex marido, padre de su único hijo Benjamín. Habló y habló y habló de todo menos de AMOR. Me contó que tenía el record guiness en cuernos y estaba dispuesta a ir “con todo” contra su ex marido. “Con todo”: Así dijo con toda su ira y con toda la fuerza que, me pareció, salió de sus tripas. Y yo quedé…. ¡para clase de yoga!
Esto fue un viernes, divina manera de comenzar un fin de semana. Después de algunos años de ejercicio de la profesión fui aprendiendo a percibir a mis clientes y a reconocer a “los intensos” y, con todo el respeto que la señora merecía, me di cuenta que éste iba a ser un caso “intenso”. Me conmovió parte de su historia pero el caso iba a requerir de mucha paciencia. La señora estaba llena de bronca y con ella iba a ser muy complejo avanzar. Me fui pensando si tomar o no el caso. Cuando Julieta se estaba yendo me pidió mi número de celular y… se lo di. No alcancé a llegar a la cochera a donde debía retirar mi auto que mi celular estaba sonando. Era Julieta, se había olvidado de contarme la séptima mujer con la que había descubierto a su ex marido. En fin. Debía tomar la decisión. Acordamos que al próximo lunes nos volvíamos a contactar.  Me costó desconectarme del caso. No por ella ni por su ex marido, “el infiel” sino por ese niño, hijo de ambos, que estaba de algún modo sufriendo esta guerra que relataba Julieta. Para mí todo niño  merece un hogar en el que se respire ARMONÍA y, sin dudar, este niño lejos de respirar este aire.
Sábado. Sol radiante. Desayuné y me fui al parque dispuesta a caminar. Auriculares, música y empecé a dar la primera vuelta. A los pocos metros vi una sombra. Era un hombre frente a un ÁRBOL. Si, ya se lo que estas pensando pero… no no no.. .él señor estaba haciendo otra cosa a la que vos imaginás. El señor jugaba. Jugaba a las escondidas con un niño. Morí de ternura. El niño en su mano tenía un juguete. Era un pájaro, un pájaro  de tela y sin ALAS. Me enterneció la imagen que vi, me llevó de viaje, un viaje hacia mi infancia. Tal vez, mi corazón pedía regresar a mi niñez, a esos momentos en los que no tomamos decisiones importantes y en los que solo nos disponemos a jugar. Miré su pájaro y me pregunté a dónde habrán volado sus alas. Y volé. Caminé soñando despierta y me encantó mi sueño. Mi energía cambió por completo. Me olvidé de Julieta y me olvidé de toda la semana. Así pasó un fin de semana precioso. Me desconecté del celular absolutamente hasta el domingo. Cuando lo encendí tenía ocho mensajes de texto, dos mails, quince notificaciones de whatsapp y…. ¡todos de Julieta!
Lunes 10 am. Mi secretaria me avisa que Julieta espera en la sala. No tenía cita pero ella “cayó”. Yo tenía una audiencia a las 11 y no tenía mucho tiempo para recibirla. Sin pensarlo prácticamente le pedí a mi secretaria que le informe que el caso era aceptado. Le pedí también que le explique a Julieta que íbamos a pedir una audiencia con la asesora de familia y los pasos a dar.
Todo fluyó y el día de la audiencia se aproximaba. La audiencia había sido fijada para un 10 de marzo a las 10 de la mañana. Pensé si el ex marido comparecería o no. Pensé en cómo Julieta iba a comportarse con tantas demandas que llevaba. Eran muchas: cuota alimentaria, régimen de visita, tenencia. Reclamaba daños y perjuicios y un montón de cuestiones más.  Imaginé que la audiencia, de realizarse, iba a llevar un montón de horas de turbulencias y desencuentros para que, posiblemente, no lleguemos a un acuerdo. Reservé ese día de audiencia para no hacer mucho más. Perdón, para la audiencia y para tomar mi clase de yoga al final del día y con ella apagar la mente.
10 de marzo, 9:50 am. Nos encontramos en la sala de audiencia. Julieta, miembros de la asesoría y yo. Esperábamos “al infiel” y apareció él. Me quedé muda, paralizada, sin poder emitir sonido alguno. Julieta no comprendía. Me miró. Solo pedí retirarme unos minutos al baño. Era él. El señor del parque, el que se escondía atrás de un árbol para que el niño no lo vea. Para jugar. Era el papá del niñito que jugaba con un pájaro sin alas y el que me había llevado a volar. Al salir me encontré con la asesora de familia. Por algún motivo, impensado e improbable, Julieta y su ex marido quedaron solos en la sala de audiencia. Cuando advertí esta situación me preocupé. Me imaginé a Julieta agarrar de los pelos a su ex marido, de los pelos de veras. Alcancé a explicarle esta situación a la asesora: “vamos doctora, vamos rápido” me dijo la asesora. Entramos con la asesora diciendo “BIENVE…” pero no alcanzó a terminar la palabra, no alcanzó a decir “BIENVENIDOS”…. Ellos estaban ahí, lejos de estar agarrándose de los pelos estaban abrazados, besándose cual quinceañeros y… no te cuento mucho más…. Con la asesora nos retiramos de la sala y…. al final… ¡Te lo dejo a tu imaginación!


#InspiradosEnCasa 2da Edición - Daniela Kaplan - 10 de Abril 2020

#InspiradosEnCasa Tema: Una Copa Vacía Escribe: Daniela Kaplan Pinta: Carlos Vidal Aguirrebengoa UNA COPA VACÍA Estaba desesperado del ...