InspiradosEnCasa
1.0
29 de marzo
de 2020
Escribe:
Luis Carranza Torres
Pinta: Male
Tema: ¿Hay
alguien ahí?
¿Quién está ahí?
Por Luis Carranza Torres
Era un ritual diario, perfectamente conocido. Pero
no por ello, menos temido. Como los ocho días anteriores, me paré frente al
espejo de marco grueso color crema, me miré e hice la pregunta de siempre: ¿Hay
alguien ahí?
Vestía unos vaqueros celestes ceñidos, con un par
de tajos a la altura de las rodillas y una camisa ocre de cuello abierto, sobre
el que mi melena oscura, de mechas castañas y caoba, caía alborotadamente.
Recorrí, como otros días, esa prenda con la vista. Se ensanchaba hacia
adelante, mostrando mis senos y contraía a la altura del estómago y la cintura.
Sabía que estaba impecable en el vestir, como
siempre. No era por eso que observaba mi camisa. Lo hacía para demorar lo
incómodo, lo inevitable.
No tenía sentido seguir disimulando para evitarlo. Tomé
valor y levanté la vista. Miré fijo a través del vidrio pulido en esos ojos de
color caramelo que me pertenecían. Mi propia mirada me observaba en el aspecto
que presentaba mi rostro con una compasión apenas velada.
Afuera, nevaba. Como siempre en esta parte del
mundo y el año, al sur del sur. Las aguas de la Bahía Encerrada a la salida de la
Pasarela Fique lucían de un azul oscurísimo, amenazadoras. Más allá, en el
canal, el viento las azotaba. Todo parecía en perfecta sincronía con lo que ha
sido mi ánimo por demasiado tiempo.
Hoy es el noveno día sola, que no he salido a
ningún sitio. Al parecer, luego que él se fuera, destrozándome el corazón como
los otros, me divorcié también del mundo. Apagué el celular, desconecté el
teléfono de línea. No prendo la compu ni la tele. Una despensa y una heladera
llena me libran de tener que salir. De necesitar algún contacto con el resto de
la humanidad.
Me sentí incapaz de afrontar la curiosidad, la
hipocresía y hasta el morbo que sigue a un rompimiento con una persona que se
supone, a los ojos de todos los demás, que es alguien perfecto.
Él parecía tenerlo todo y, en la realidad de las
cosas, no era nada. Puro envase. Cuando lo conocías un poco, te dabas conque el
tipo divertido y ocurrente que te había cautivado al inicio, era solo el modo
elaborado de esconderse de otro inmaduro emocional. Alguien empecinado en seguir siendo un
adolescente perpetuo habiéndolo tenido que dejar de ser hacía ya bastante
tiempo.
No era la primera vez que me pasaba eso. Yo parecía
tener un imán para atraerlos. Otro más y van. Pero esta vez, en lugar de echar
la culpa a ellos, a mí o a nadie, obré distinto.
Con bastante vergüenza, con mucho miedo, esta vez
me miré hacia adentro. “Atraes lo que eres”, escuché en algún lado. Yo no podía
ser más distinta de ellos pero, por algo, me los cruzaba seguido.
Pronto, al quedar a solas, al poder verme, pude ver
varias cosas sobre mí en las que no había reparado antes. Fueron constataciones
inquietantes, molestas, dolorosas pero que, paradójicamente, me liberaron. Del
dolor y la pena se sale distinto; incluso mejor, si uno es sincero consigo
mismo.
Descubrí, en ese tiempo a solas, que vivía la vida
de otros en lugar de la mía. Buscaba en ellos lo que no podía hallar en mí.
Prefería ver a otros en lugar de observarme. Evadía echarme una mirada porque
no quería asumir ciertas cosas mías.
Es curioso cómo pasa una tiempo en el espejo,
teniéndose enfrente sin verte. Ocupada en que el pelo esté en su lugar, en
aplicar bien la sombra en los ojos. Son detalles en que te concentras para no
verte en realidad.
Sola, reflexiva, vuelta hacia adentro, empecé a
entender ciertas cosas. Como porqué teniendo todo lo que parece importar a
todos (un buen trabajo, el novio guapísimo de turno, todo lo material pensable),
nunca nada parecía conformarme. O la razón de porqué en tanto todo el mundo me
decía que estaba fantástica, yo por dentro no podía sentirme peor cada día que
pasaba.
Jugaba a las escondidas con mi propia imagen. Pensaba
que todo se arreglaba con una salida, con otro corte, con viajar, con conocer a
alguien interesante o buscarme otro hobby.
Remedé, parché siempre, todo lo que pude. Solo para
darme cuenta que únicamente tapas por un rato los huecos hasta que la próxima
sacudida de la vida te lo desarregle a todo de nuevo.
Tememos a la soledad porque no sabemos qué hacer a
solas con nuestros mismos. Eso me pasaba. Miedo de ser como era, por terror a
que iban a decir los otros. Esos que ahora, no están ni extraño.
Ahora tengo mi mundo. Ni mejor ni peor que el de los
demás. El mío. Por primera vez en mucho tiempo, entiendo lo que quiere la
persona que soy por dentro. Con sus altas y bajas, sus virtudes y defectos. He
dejado de mortificarme por lo que no soy y me he reconciliado con lo que sí.
Todavía no estoy bien. A lo mejor, nunca lo esté
por completo. La felicidad completa es difícil de lograr y casi imposible de
mantener. Pero hoy estoy mejor que ayer, más en paz conmigo. Y sé que mañana
estaré aún mejor. Un paso a la vez.
Por eso, ante ese espejo, de repente tengo el
impulso de abrazarme a mí misma y lo hago. Los ojos siguen compasivos, pero mi
boca esboza una muy tímida sonrisa.
Vuelvo a preguntarme mentalmente: “¿Hay alguien ahí?”.
—Sí, soy yo—me contesto.
Es la primera vez hablo en varios días, desde que
empecé a estar sola. Veo como la sonrisa en mi rostro se amplía, gozosa por esa
respuesta.
Entonces, sé que todo va a estar bien, algún día.
Quizás, hasta me sorprenda a mí misma y no sea en un tiempo tan lejano.
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