Escribe:
Fernando Medeot
Artista
plástico: Carlos Aguirrebengoa
Tema:
¿Hay alguien allí...?
-------------------------------------------------
CUANDO HUYE EL DÍA
Alguien
le entregó esa foto. Nunca supo quién fue, porque había mucha gente en
movimiento y se le extravió el rostro entre la multitud. Su mirada imperfecta
trató de ubicar a esa persona, pero quedó vagando en el vacío, en ese ambiente
de formas difusas, difíciles de nombrar.
En
un acto reflejo, cerró los ojos sin animarse a ver la imagen. Con la eterna
paciencia de la vejez, ella continuó sosteniéndola en sus manos. Era una figura
impresa sobre papel fotográfico, de bordes dentados producidos con una guillotina
casera. Lucía ajada por el tiempo y el olvido. Ella acarició la superficie con
sus dedos añosos, suaves por desgaste, leyéndola al tacto, como si fuese una
litografía o estuviese contada en braille. La recorrió en detalle, hurgando
delicadamente sus vericuetos, sin abrir los ojos. No presentía, no sabía, si la
imagen que descubrirían sus pupilas le
iba a resultar amigable.
Por
eso, probó con los otros sentidos. Con los ojos bien cerrados, acercó la postal
a su nariz y dejó que la fragancia penetrase, profunda, hablando en el idioma
que solo los olores son capaces de crear. Olía a soledad, a tristeza, a
abandono injusto. Íntimamente ella sintió, en ese momento, que ya se habían
acabado los sueños hacia adelante. No quiso abrir los ojos. Todavía
no es el momento, se dijo a sí misma.
Entonces,
llevó la fotografía hasta su oreja izquierda, la que estaba más cerca del
corazón. Quería escucharla. Lentamente, salieron de su mutismo los sonidos que
permanecían agazapados, esperando una señal para sentirse en libertad.
Surgieron vocablos llenos de melancolía. Escuchó un latido intenso empujado por
la nostalgia, luego voces y más voces que se superponían, semejando el zumbido
de un millón de moscas que revoloteaban a milímetros de su oído. Finalmente,
afloró una especie de melodía aguda y penetrante, una balada de tres compases
repetidos indefinidamente. Ella conocía la letra de esa canción. No le gustaba
porque la remitía a una niñez llena de carencias.
Sin
abrir los ojos, acercó la imagen a la boca. La rozó con sus labios gastados,
pintados desprolijamente con un carmín de olor rancio, cuyo sobrante apenas
asomaba en la barra sin tapa. Pasó suavemente la punta de la lengua por un
extremo y percibió la acritud que le devolvía la figura grabada. Identificaba ese
código, representaba el semblante de una imagen no esperada, una especie de
presagio que escondía algo definitivamente perdido.
Entendió
que era hora de ver la foto, de enfrentarse a ella. Casi contra su voluntad,
abrió los ojos y recorrió la copia completa. Encontró la estampa deteriorada y
envejecida de una persona sentada sobre un sillón de mimbre, recostada sin
convicciones, en una amplia habitación con varias mujeres similares a ella,
sosteniendo una piadosa mirada hacia la nada.
Giró
la cabeza hasta detenerse en el gran espejo que estaba en el centro de la sala.
Y descubrió que la imagen que le devolvía el cristal era la suya, la misma que
estaba en la fotografía. Ella con sus arrugas, sus miedos, su espalda
encorvada.
-¿Hay
alguien allí...? -preguntó de manera
suplicante, buscando una respuesta que alejara su soledad. -Por favor, díganme si hay
alguien allí... -volvió a rogar-. Pero el pesado silencio que obtuvo
como contestación, le permitió comprobar lo que menos deseaba: estaba
definitivamente sola.
Entonces
sí, por primera vez desde aquella tarde de domingo, cuando su hija la internó
en ese geriátrico -ignorando sus desgarradas súplicas-, los ojos abrieron el
grifo y, con extrema lentitud, un torrente generoso de lágrimas bañó su rostro.
No hay comentarios:
Publicar un comentario