viernes, 31 de mayo de 2019
Lemon Pie - Improvisación de Marcelo López Domingo 20 de Abril
Me sentí
tentado de matarlo, de meterle un balazo entre las cejas, directo, limpio, solo
uno, No más, uno solo, así, profesional, casi piadoso, impoluto. No sé por qué
pero en las películas uno ve que una ráfaga de metralla impresiona pero no
suena bien, un solo tiro en cambio es… es pura precisión, casi arte. Me sentí
tentado pero no hice nada, como tantas otras veces en la vida, en las cosas que
uno no soporta pero al final aguanta. Preferí seguir mirándolo, desde atrás,
desde lejos.
Al rato se
fue. Se fue diluyendo en la espesura de la nada y lo deje de ver, también de
escucharlo. Por un momento me sentí cómodo con eso, sin haber cometido crimen
alguno me libre de él. La mayoría de las veces si uno tiene la paciencia
suficiente todo lo que molesta se extingue, acaba, pasa. El secreto está en
tener la paciencia suficiente, poder vencer el impulso asesino como decía Calamaro
en no me acuerdo que canción.
Volví a lo mio, segui caminando por el parque, iba por uno de los senderos que se meten entre las piedras, las plantas y dibujan pequeños paisajes en forma de ideas e ilusiones. Segui caminando despacio pensando. ¿Que me había querido decir con lo que me dijo? Al principio no le encontré sentido y para ser honesto ahora tampoco lo podía encontrar. Por mas que daba vueltas en mi cabeza y recordaba la conversación una y otra vez, nada parecía venir, nada parecía destacar especialmente. Cuando me pasan como esas hago exactamente lo mismo que cuando me encuentro con alguien que no recuerdo pero si me recuerda a mi. Mientras mantengo viva la conversación intentando no parecer descortes y, sobretodo, que no se me note el desconcierto voy imaginando a la persona que se supone debo conocer con distintas vestimentas y diferentes escenarios. Traje, ropa deportiva, de noche, de dia, en el club, en un banco, en la cancha, donde sea… es un ejercicio de combinación compleja. Unir la modificación mental del personaje en cuestión mientras le mantengo la conversación intentando no comprometerme con situaciones como “Tu mama bien?” “ Tu hermano consiguió trabajo?” en general siempre navegamos por frases del tipo: “todo bien?” “frio, no?” y asi.
Volví a lo mio, segui caminando por el parque, iba por uno de los senderos que se meten entre las piedras, las plantas y dibujan pequeños paisajes en forma de ideas e ilusiones. Segui caminando despacio pensando. ¿Que me había querido decir con lo que me dijo? Al principio no le encontré sentido y para ser honesto ahora tampoco lo podía encontrar. Por mas que daba vueltas en mi cabeza y recordaba la conversación una y otra vez, nada parecía venir, nada parecía destacar especialmente. Cuando me pasan como esas hago exactamente lo mismo que cuando me encuentro con alguien que no recuerdo pero si me recuerda a mi. Mientras mantengo viva la conversación intentando no parecer descortes y, sobretodo, que no se me note el desconcierto voy imaginando a la persona que se supone debo conocer con distintas vestimentas y diferentes escenarios. Traje, ropa deportiva, de noche, de dia, en el club, en un banco, en la cancha, donde sea… es un ejercicio de combinación compleja. Unir la modificación mental del personaje en cuestión mientras le mantengo la conversación intentando no comprometerme con situaciones como “Tu mama bien?” “ Tu hermano consiguió trabajo?” en general siempre navegamos por frases del tipo: “todo bien?” “frio, no?” y asi.
Bueno,
volviendo al tema que estaba pensando. Porque sigo pensando ahora que camino
por una pequeña cuesta que lleva al lago mas pequeño del Central Park. ¿Qué
quiso decirme con eso?
Vuelvo a la escena. Estabamos en la oficina, en la sala de reuniones, afuera hacia frio como ahora, lógicamente porque fue ayer y estamos en otoño… y hace frio. Yo estaba apagando el monitor led después de la reunión con la gente de Singapur. Ella estaba también pero no le prestaba atención a lo que hacia. EL resto ya se había ido cada uno a su oficina y de ahí seguramente a su casa, eran mas de las 5 pm y a esa hora todos volábamos desesperados. Yo mismo estaba apagando, cerrando, guardando para irme lo antes posible. Tenia la cabeza quemada, literalmente, el asunto de la empresa esta que venia de Singapur era una presión enorme, no solo para mi sino para todos.
Vuelvo a la escena. Estabamos en la oficina, en la sala de reuniones, afuera hacia frio como ahora, lógicamente porque fue ayer y estamos en otoño… y hace frio. Yo estaba apagando el monitor led después de la reunión con la gente de Singapur. Ella estaba también pero no le prestaba atención a lo que hacia. EL resto ya se había ido cada uno a su oficina y de ahí seguramente a su casa, eran mas de las 5 pm y a esa hora todos volábamos desesperados. Yo mismo estaba apagando, cerrando, guardando para irme lo antes posible. Tenia la cabeza quemada, literalmente, el asunto de la empresa esta que venia de Singapur era una presión enorme, no solo para mi sino para todos.
Baje
despacio entre las piedras y el caminito de tierra consolidado a fuerza de
turistas pisando y pisando. Me llegue hasta el agua, ese lugar que tanto me
gustaba y del que no sacaba mas fotos porque no tenia donde ponerlas, ni en
paredes, ni en marcos, ni en memorias de teléfono. Me pare delante del agua, al
borde justo. Al frente los arboles enormes, detrás, en un segundo plano como
parte de un decorado extremo las torres de los edificios de la 58st, mas atrás
algunos tan altos que no podían esconderse, la trump tower, el empire estate, a
la izquierda el Chrysler ( no tan alto pero solitario) al fondo la nueva, la
one world trade tower. Patee instintivamente una piedra al agua, se sumergio en
una pequeñísima ola.
¿Qué habría querido decirme? Quizas nada mas que lo que me dijo… seguramente era asi… pero uno siempre tiene la tendencia a pensar mas allá a creer, a veces, que lo que se dice no es lo que suena o mejor dicho que lo que se expresa no es lo que se piensa. ¿Rebuscado?, ¿complejo?, ¿inutil?, ¿sin sentido?, si, definitivamente… pero bueno, cada uno es como puede.
El cielo estaba gris, no había viento, el ruido de la ciudad en esa parte del parque es sordo, apenas un murmullo grave pero bajo que se cuela por todas partes y de tan sordo se deja de escuchar.
¿Qué habría querido decirme? Quizas nada mas que lo que me dijo… seguramente era asi… pero uno siempre tiene la tendencia a pensar mas allá a creer, a veces, que lo que se dice no es lo que suena o mejor dicho que lo que se expresa no es lo que se piensa. ¿Rebuscado?, ¿complejo?, ¿inutil?, ¿sin sentido?, si, definitivamente… pero bueno, cada uno es como puede.
El cielo estaba gris, no había viento, el ruido de la ciudad en esa parte del parque es sordo, apenas un murmullo grave pero bajo que se cuela por todas partes y de tan sordo se deja de escuchar.
Baje la
vista, un par de patos daban vueltas por ahí.
¿Qué me habrá querido decir?
“ Estuve pensando… “
¿Qué pensaste? – Pregunte mientras caminaba a la cocina de la oficina.
“Que yo soy la mujer que tuviste la suerte de encontrar” – me había dicho.
Yo le conteste como un boludo, apurado, estupido… “ ¿Te gusta el lemon pie?
¿Qué me habrá querido decir?
“ Estuve pensando… “
¿Qué pensaste? – Pregunte mientras caminaba a la cocina de la oficina.
“Que yo soy la mujer que tuviste la suerte de encontrar” – me había dicho.
Yo le conteste como un boludo, apurado, estupido… “ ¿Te gusta el lemon pie?
No lo podía
creer… yo diciéndole si le gustaba el lemon pie… Me quería matar… como con el
mimo que me cruce al entrar al parque… me quería matar.
Levante la vista otra vez, un avión pasaba suave, seguro iba a La Guardia. Yo pensé de nuevo. ¿Qué me habrá querido decir?
Levante la vista otra vez, un avión pasaba suave, seguro iba a La Guardia. Yo pensé de nuevo. ¿Qué me habrá querido decir?
Lemon Pie - Improvisación de Luis Carranza Torres Domingo 20 de Abril
Demasiado
perfecto, como un Lemon pie, para ser real
Esa
noche pintaba para ser una de aquellas. Te bailaste todo, en aquel sábado nocturno
en Fly City. One Way or Another y Maria de Blondie; Cambodie de Kim Wilde o ese temazo de Zombie de Cranberries. Para no decir cómo te pegó Candy con Iggy Pop cantando a duo con
Kate Pierson, prestada al efecto desde la banda The B-52's.
Temazos
que los quisiste solo para vos. Sola, y no porque te faltaran ofrecimientos de
compañía. Pero nada cuajó. Con Marcelo, que te llevó en el Renault 12, te
peleaste porque no te entiende. El flaco no te tiene paciencia, se lo dijiste a
todas, Daniela y Mirta incluidas, en la usual reunión de amigas en el baño de
mujeres. Luciano te quiso sacar a bailar porque te tiene puesto el ojo desde
hace rato. Pero no te termina de convencer. Muy formal, demasiado caballero
para lo que tenés rondándote por la cabeza. Aparte no te gustan los tipos con
el pelo más largo que vos. Le das salida, con la mejor excusa que podés
inventar. Víctor, el siguiente, te entusiasma, pero quiere que la cosa vaya
rápido, fluya y a vos eso no te va. Si alguien quiere estar con vos, que la
reme. Por algo valés lo que pensás que vales, conforme a tu propia escala de
autoestima.
Es
que la vida, a fin de cuentas, es como el Lemon
pie. Crocante por una parte, pegajoso por la otra. También, ácido, dulce y
empalagoso. Sucesivamente o todo a la vez. Lo filosofas de ese modo, mientras
te bajás el segundo fernet con cola.
Quizás
por eso, lo hagas como lo hagas, te digan lo que te digan sobre lo que les
parece tu Lemon pie a quienes se lo comen, nunca has quedado conforme con como
lo cocinás. Como tampoco te conforma esa noche, en el boliche, ninguno de los
prospectos masculinos disponibles.
Al
final, promediando la madrugada, salís a la Yrigoyen embolada, preguntándote
qué es lo que les pasa a los tipos. Diciéndote, para adentro, que no hay uno
como la gente. Que, al final, es tal cual como dicen, son todos iguales.
Tratás
de llevar el paso, por los tragos que te has echado encima. No la tenés mi
clara lo que pasó después. Como llegaste a lo que llegaste. A encontrarlo por
el camino. Un adonis a la medida de tus deseos y necesidades. El Lemon pie
perfecto, con forma de tipo. De cierta facha, pero no un carilindo. Un poco más
alto que vos, pero no demasiado. Ponerse en puntas de pie para besar no es
negocio y vos ya sos medio bajita. Con ojos lindos, no azules, sino mejor
todavía, verdes. Pelo corto, pero con jopo. Que fuera atento y afectuoso, pero
sin asfixiar. Que no te quiera dirigir la vida pero esté ahí cuando lo
necesitas.
En
suma, te cruzaste, en el momento más inesperado, con quien era tu hombre ideal.
Un perfecto Lemon pie. Y con ese, no
sabés como, te fuiste a tu casa esa noche.
Claro
que era demasiado bueno para durar y a la mañana siguiente, pasado el mediodía
cuando te despertás, con la cabeza con un bombo, ácido en la garganta y fuego
en las tripas, no lo ubicas por ningún lado. Tratás de espabilarte, observando
esa cama desarreglada donde parece que estuvieron dos.
Tardas
en comprender. Pero, finalmente, le sacás la ficha a la situación. Era algo
destinado a pasar. Se trataba de emociones que llevaban la muerte en su
naturaleza. Por ambicionarlo todo. El dolor por la pérdida no es enteramente
dolor. Se trata de la angustia de tus fracasos, de los errores de mujer que
cometiste antes de meterte con él y los que tendrás después. Porque sos, con
ellos, a la hora de elegirlos, tan estricta como con vos misma en tu vida
diaria. Como cuando tratás de cocinar un Lemon
pie.
Buscás,
seguís yendo y viniendo por tu casa y no lo hallás en ninguna parte. Era como
si hubiera desparecido para ser uno más de sus recuerdos. Una gota de lluvia
que se escurre, se evapora, se la traga una tierra de sentimientos sedienta,
por demás, de ella.
Con
todas las culpas por lo que has hecho, por cómo te ilusionaste con nada, por la
forma que te vendiste un buzón a vos misma, no terminas de arrepentirte de aquello que
hiciste. Él era solo una mezcla de lo que sos y de lo que querés sentír. Tan
fría como actuás frente a todos y tan sentimental como no te conoce nadie.
Acabás
por aceptar lo que pasó realmente, lo que obligadamente tiene que ocurrir,
cuando elegís intimar con un sueño, con un hombre que no existe en la realidad.
Algo que te inventaste a vos misma. Quizás, tal como el Lemon pie perfecto, pertenezca solo al reino de lo irreal.
Por
eso él está, a pesar de no existir, con esa persistencia, desafiando toda
lógica y toda racionalidad, tan presente en todos tus sueños y tan ausente de
tu vida real. Tal como tu obstinación por llegar a hacer, alguna vez, un Lemon
pie que te conforme.
jueves, 23 de mayo de 2019
Sin filtro - Improvisación de Magda Tagtachian Feria Internacional del Libro de Bs As
Esa mañana se levantó y decidió vivir la vida sin filtro. Sin el velo que la atrapaba. Se desperezó lento, se refregó los ojos y caminó hasta la ventana. Asomó la cabeza al fresco. Levantó la mirada. El cielo se coló en su cuarto azul. Una nube no quiso soltarla. Tomó una bocanada de aire. Todo lo que pudo almacenar en sus pulmones de rosa. Pestañeó. Decidió ir por lo suyo. Salir a cazar sus sueños sin red. No era cosa de todos los días. Ahora se sentía habilitada. ¿Quién se adueña de los filtros? ¿Bill Gates, el celular, su madre, su pareja, sus hijos, ella misma? ¿Quién?
Los pasos que ganaron la calle pronto se volvieron trote. La apuraba el impulso por volar. De arrancarle a esas cuadras hasta la última gota de sed. Tomó envión. No debía pensar. Sólo hacer. Dar. Recibir. Interactuar. Y si resultaba tan sencillo, ¿por qué no lo había encarado antes? ¿Dónde vislumbraba el límite? ¿Tenía claro qué quería? Su deseo clamaba interminable. Tramaba. Conspiraba para seducirla. Para adueñarse de ese cuerpo habitado, no siempre por ella. De pronto, se deshizo de otros rastros. Escuchó la rima de su corazón. Tuvo que afinar los oídos. En esa sintonía pudo vibrar. Rozó la belleza. ¿Hacia dónde escapan los límites cuando corremos los filtros? Una forma curiosa de discurrir. Aceptó el desafío.
Se durmió tarde. En ese estado donde su conciencia se fugaba, un aleteo la empoderó. Un fino compás la recorría. Se arremolinaba desde sus pies. Subía por sus venas. Irradiaba luz de ámbar. Las estrellas fulguraban por todos los rincones de su piel. Era vida y era calor.
Cuando la madrugada tocó a su puerta, sintió que nacía otra. La misma. La que siempre había sido. Se conocía y no se había dado cuenta. Comprendió que entrenaba un universo en sus entrañas. No le hizo falta nada más. Sonrió con toda la cara.
martes, 21 de mayo de 2019
Sin Filtro - Improvisación de Luis Carranza Torres Feria Internacional del Libro Bs As
Lo
que también dejan los libros
Ella
es así, sin filtros. Directa, frontal. Espera que la valoren por lo que es y no
por como parece exteriormente. Sin éxito, la mayoría de las veces.
No
tener filtro es vivir en estado puro. Sin reservas, sin disimulos.
La
mayoría no la entiende, ni ella pretende que lo hagan. Vive como cree y hace lo
que siente, lo que le gusta. Lectora voraz, cada año tiene una cita en ese
lugar que aprendió a querer como suyo. Un universo de libros, de lectores ávidos.
Allí
empieza, muy concentrada a vagar entre los pasillos y mesas de libros. Como de
costumbre, no sabe muy bien por dónde empezar. Son tantos lo que le llaman la
atención.
Camina
por los distintos corredores, va y viene, se pierde en un eterno contemplar de
libros. De observar portadas y analizar contratapas.
Se
acerca con interés a muchos sitios, pero reserva un tiempo para ir al stand de
esa editorial que edita a uno de sus autores preferidos. No es la primera ni va
a ser el última de esa tarde, sola y a sus anchas, en la Feria.
Ella
no sale mucho, aunque sus amigas le insistan. Se los dice sin filtro, a pesar
de todo lo que la presionen. No le atrae demasiado y no cree que vaya a
encontrar allí algo que valga la pena. Prefiere quedarse viendo una buena peli
o, mejor aún, leyendo un buen libro.
Sí,
es rara. Así le dicen todos quienes la conocen un poco; alguna vez de frente y
muchas otras por detrás. Ella misma lo reconoce para sus adentros. Y no se
cuida de reconocerlo. Sin filtro, prefiere ser distinta a sus anchas que igual
a muchos otros en un formato de vida que no le resulta cómodo.
Parece
seria, reservada. Algunos dicen que siempre está como enojada. Nada que ver. En
realidad, busca preservarse. Ya se ha peleado con bastante gente, por carecer
de filtro. Está cansada que le recuerden cada cinco minutos que no encaja
demasiado con el mundo en el que le ha tocado en suerte vivir. Lo banal, lo
pasajero, el hedonismo siempre necesitado de cuotas mayores de placer, y el vivir
siendo ciento por ciento autorreferencial no va con ella.
Tiene
amigas, pocas. No se vincula con cualquiera y espera mucho de la amistad. Se
reúne con ellas por gusto y no por obligación. Sabe que la quieren aunque no
terminen de entenderla. Por eso, soporta estoicamente los consejos de vida que
le dan, sin que ella se los pida. Salir más o vestirse distinto, con más color
o mostrando un poco más, son algunos de ellos. Más necesidad de autocontrol
tiene cuando quieren cambiarle el “look”, cortándole el pelo, aconsejándole que
se desgaste las puntas, insistiendo para que se maquille para salir, o que use
un color de labios rojo profundo.
No
tiene los mismos gustos de los otros. Y disfruta de estar sola, con ella misma.
Porque no tiene que explicar nada sobre lo que es.
Pocas
cosas en su vida le atraen como la feria del libro en la Rural. Apenas el año
va tomando fuerza, a la vuelta de las vacaciones, también comienza para ella, a
la par de retomar sus obligaciones, a ver cuándo será este año.
Durante
los días que esté va a ir, al menos, tres y hasta cuatro veces. Si puede, la
primera es el mismo día que abre. No se pierde un lugar para ir, recorre todos
los pabellones y siempre encuentra algo nuevo para ver.
Puede
que vaya a escuchar a algún autor que le interese. Sacarse una foto con
Pérez-Reverte, conversar tres minutos con él ha sido siempre una gloria.
Atento, profundo, de buena onda. Ojalá los jóvenes de su edad fueran así.
Conversaría más y leería menos.
Vive
su belleza como una maldición. Si no fuera tan llamativa, si no tuviera los
ojos verdosos, si el cabello no tuviera ese color miel, encima brilloso, podría
pasarla mucho mejor. No repararían en ella el aluvión de lanceros, babosos y
otros desubicados que se sienten con derecho a incomodarla, en donde sea, para
que les lleve el apunte. Que vienen a interrumpirla en lo que sea que esté
haciendo con esos chistes tontos, de doble sentido e invitaciones interesadas.
Que no pueden dirigirle una mirada, decir dos palabras, sin que aparezca la
palabra sexo como un neón en el rostro.
Por
eso se esconde, detrás de un par de lentes en lugar de usar los de contacto y
lleva atado, muy firme, hacia atrás el cabello. Por lo mismo prefiere estar,
una tarde de sábados, entre libros antes que tomando algo con un ser ubicado en
las antípodas de ella. Va de tapa en tapa de libro, invariablemente tomándolos
para leer la contratapa y decidir si lo abre o no. La mayoría de las veces, lo
hace y salta de una página a otra leyendo alguna parte. O, si la engancha, el
observar las primeras líneas se transforma en haber devorado, de parada y con
el mundo a su alrededor detenido, todo un prólogo o primer capítulo.
Está
en eso, cuando una voz joven, masculina, le pregunta por el libro que leyendo,
si le gusta. Le parece raro que alguien le venga con eso, aunque no la molesta.
—Parece
interesante—le contesta sin levantar la vista del texto.
Iba
a quedar en eso la respuesta, pero agrega que creía haber leído todo de ese
autor y no conocía que hubiera escrito ese.
—Es
de los primeros que escribió, cuando todavía era reportero. Lo iba a publicar
por entregas en el diario El País, pero finalmente la editorial decidió
lanzarlo como una novela corta.
Al
levantar la vista, descubre a un joven flacucho, alto, de cabello oscuro
cayéndole en jopo sobre la frente y pequeños lentes de montura metálica
cuadrangulares. Un poco grandes para el rostro que tiene.
—A
mí también me gusta Pérez-Reverte—le dice.
Cierra
el libro y conversan un poco más. Parece que ha dado con alguien tan devoto y
entusiasta de los libros como ella. Le sonríe, sin proponérselo.
Tal
vez, solo tal vez, haya encontrado a un ser tan directo como ella. Sin filtro
para decir ciertas cosas, de buenas a primeras. Cosas que nadie diría, por el
temor de ser encasillado como alguien distinto o incomprensible.
Entonces
se descubre esperando, con creciente ansia, a que él le sugiera seguir la
charla con un café de por medio. Decide también que, si así no se diera pronto,
aguardará el momento propicio para sugerirlo, sin quedar en demasiada
evidencia.
Sin Filtro - Improvisación de José Vales Feria Internacional del Libro Bs As
Desapareció
una tarde. No volví a verlo nunca más sentado en el umbral de la casa de una
frente rosa viejo. Lo busqué por las esquinas incipientes de ese barrio plagado
de potreros, de sirenas obreras y de hollín de aromas diversos. Nada.
Lo esperé durante varias noches, para verlo salir de la casa de Bizca, con la que
casi todos debutaban sexualmente y él estaba amurado a su anatomía como la
enredadera que su madre cuidaba con pasión al muro. Nunca más volví a ver al Negro Lascana. Mi primer maestro, en la
vida. EL que me enseñó cómo moverme en
la calle, a diferenciar lo que estaba mal de lo que estaba peor, en un
país en donde según su lógica: “Nada puede salir bien, pibe…”
Era el sereno
perfecto de aquellas calles. El cronista de sus felicidades y sus desdichas.
Fuente inagotable de lo que pasaba en cada casa. No creía en nada ni en nadie,
pero oficiaba para muchos de nosotros como un gurú de cabecera. Tanto en la
cuarta de Palermo, como en la cruz de los días. Sin saberlo era un iconoclasta
militante. Se cagaba en todo. “Pero con respeto, señora…”
En su
anarquismo innato, se consideraba “un gran Argentino”.
-Somos los má grande, nene. Somo un pueblo de gente
decente. Cada vez que encontramos un laburo lo devolvemos.
Y él era
estoico y consecuente. Devolvió sin dudar todos los trabajos que se le cruzaron
en el camino. Leía y hablaba. Generoso con las fijas en Palermo o en San
Isidro, deambulaba por la vida como un turista desclasado, en aquellas calles
de La Nada, como alguna vez se conoció a ese barrio que del otro lado de la
General Paz, se lo conocía como Villa Cascotito. El mundo comenzaba a tomar
forma recién en la divisoria entre Buenos Aires y La Nada. Allí el Negro
Lascana, ataviado con sus dos blazers (“uno es el saco y el otro el sobretodo,
giles) era un hombre de consulta
permanente. A él acudían, desde los obreros para ver qué número jugaban esa
tarde (porque el Negro levantaba
quiniela con una disciplina envidiable), hasta la Bizca, que le consultaba cómo
invertir sus ahorros. Fue él, fruto de su atorrante imaginación, quien le cambio el apodo a la Bizca. A partir de una
tarde allá por los 70, pasó a ser Susana
Giménez. Su pronunciado estrabismo, fue desde entonces su nueva partida de
nacimiento.
-Ella es más
gauchita y menos interesada que La Mary, nene y sino preguntale a Monzón. – me
vaticinó un día.
Fue una
fuente inagotable para los pocos estudiantes de derecho que se animaron a buscar
una fuga decente de aquellas calles. Allá, en La Nada, no teníamos derecho a
más de dos ambiciones: ser como Rojitas o como Pichón Laginestra, el mejor ladrón de bancos de todos los tiempos.
Y es que el
Negro, sólo había cursado libre y cuan autodidacta, una materia de Abogacía:
Derecho Penal. Como buena pierna de cuanto chorro amigo, él se veía en la
obligación de ir los jueves a Caseros o a Devoto, a llevar el paquete, con la
yerba, los fasos, las pastillas y algunos libros para labrar una defensa que
nunca llegaba a ser tal.
Fue el
Negro, consultor exclusivo de cada uno de nosotros, el que me dio la fórmula.
“Nene, en este ispa, el combustible que
lo mueve es la mediocridad. Cambía “El
Tony” y “El Gráfico” por los libros y cuando puedas tomátelas, porque este país ´ya no se vuelve (y entonaba las
estrofas de “Yuyo verde”, su tango de
cabecera´”.
Me lo dijo
Sin Filtro. “A este país se lo timbean todos los días. Ustedes laburan de día y
se lo chorean de noche. Ni el nombre le
van a dejar…
No le creía,
por entonces. Y por entonces no lograba entender por qué disparaba tanta desesperanza
Y es que él vivía así, como hablaba. Sin Filtro. Su texto de cabecera era “La Patria” de
Cortázar y cuando nos encontraba a todos juntos en la esquina o en la canchita nos
recibía con el mismo discurso : “Bienvenidos a la República de Peronia,
compañeros. Acá, los gorilas no lo saben pero ellos, todos, también son peronistas. Ni el nombre nos van a
dejar….”
Nunca encontré
respuesta al por qué desapareció de esa forma. Sin dejar rastros, sin una señal,
sin un dato dónde ir a buscarlo.
Necesité muchos años, para entender qué no fue ni iba
a ser el único en desaparecer. De aquellas calles ya no queda nada. De aquellos
sueños menos. Ni los obreros poblando las tardes, ni pibes queriendo fugar de
su destino, ni la esperanza de un país mejor que poblaban las discusiones con
Lascana.
Lo sigo
buscando hoy para darle la razón en tantas cosas… Hasta quisiera proponerle otro tango de cabecera. Decirle
que Yuyo verde, ya fue… Que el himno
perfecto de Peronia, no lo escribió López y Planes, ni Blas Parera. Sino Catulo
Castillo. “Desencuentro”. Y es
que por aquellos días, donde se forjó
esta realidad, la vida y la muerte transcurrían sin filtro.
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