domingo, 13 de enero de 2019

Improvisación Fernanda Perez - Algo así como fotar


Inspirarte Derqui 44
Escritora invitada: Fernanda Perez
Artista: Laura Brizzo
Algo así como flotar

Lo supe. Claro que lo supe. Fue sencillo.  Fue como el rayo de la certeza. Como si se tratara de una verdad que me había sido confiada hace tiempo pero que no tenía la menor idea que habitaba en mí.
… Extraño sentirse de esa manera. Extraño vislumbrar por el minúsculo ojal de lo cierto y de lo incierto.
Fue una mañana (casi todas las cosas importantes me han sucedido de mañana). No puedo recordar si hacía frío o estaba cálido. Era agosto. El sol se colaba por la ventana y yo desperté como si hubiera estado dormida por años. Era algo así como el despertar de la “bella durmiente”, aunque sin príncipes ni brujas, ni hadas…
No me pregunten cómo pero una voz sutil, de las que salen vaya a saber uno de dónde, me dijo. “Es hora”… Pensarán que estoy loca… A decir verdad siempre lo estuve. Pero esto era distinto, no había arrojo ni inconciencia. Ni siquiera coraje….
Me levanté despacio, sin hacer ruido. No quería que él se despertara y rompiera el hechizo. Se sentía tan bien ese instante.
Caminé hasta la cocina. Me serví un jugo de frutas y me quedé largo rato mirando la nada, que en realidad era como mirarme a mí.
Mirarse por dentro es sentirse al borde del mayor de los abismos…. Y allí estaba yo: mirando hacía un sitio en el que hacía tiempo no miraba. Podría haber entrado en un laberinto de preguntas y respuestas, tal vez absurdas, tal vez profundas, tal vez sinceras, tal vez mentirosas... Pero tantos años de terapia me habían demostrado que no siempre se llegaba a buen puerto con esa manía de analizarlo todo. ¡Lacerante razón!
Se acabó el jugo, el sol se escondió tras una compacta nube blanca y yo dejé de mirar la nada. Sin embargo seguía atenta a aquello pequeño que yacía dentro. Tan pequeño que ni siquiera tenía una voz definida.
Volví al cuarto y como una autómata saqué el bolso, guardé algo de ropa… Él -a medio dormir- preguntó: ¿qué estás haciendo? Nada, respondí (por dentro me dije que esa nada lo era todo).
Y en un tiempo indefinido, fui preparando con tranquilidad mis cosas. Miré de reojo el stand de los libros y solo tomé uno, poesías de Alejandra Pizarnik. Luego fui hasta la zona de los CD y me llevé otro. Al pasar por la heladera tomé el anotador y escribí: “Los tiempos compartidos no han sido del todo buenos. Gracias por lo poco, no te reprocho lo mucho… Es hora de irme. Sandra”.
Salí casi en puntas de pie. Cerré la puerta y caminé apresurada hasta el ascensor. Quizás tenía miedo de arrepentirme. Quizás tenía miedo que la voz tirana que indica lo que se debe y lo que no, acallara a ese susurro diminuto que me crecía dentro.
Traspasé la puerta del edificio y lo supe. Ya no regresaría.
Afuera el sol volvía a salir y yo flotaba. El susurro era un grito que recitaba el verso de aquel libro de poemas que llevaba como único tesoro… “¡Pero arremete viajera!”.



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