Una
bolsa de Nylon para no dejar rastros
Escritor: Luis Carranza Torres
Artista: Carlos Vidal Aguirrebengoa
Artista: Carlos Vidal Aguirrebengoa
Parpadea,
un par de veces, hasta finalmente ajustar la mirada. Sin volver a la total
conciencia, cae en la cuenta que ya está en el ese tiempo en que pelean la
noche y el día, a fin de dirimir predominios. Son las primeras horas de luz de
una mañana en una primavera que se resiste a concluir, perfectamente a tono con
lo animado de su espíritu horas antes, cuando no había sol.
Le
cuesta despertar, salir de su letargo. Supone que por el alcohol que todavía
permanece en él. El lado alegre de la bebida ha pasado, pero los pesares que se
acarrean luego, hijos del exceso, permanecen firmemente intactos.
A
la primera luz del día, la realidad circundante toma forma. Por el ventanal de
cortinas entreabiertas, más allá de donde se halla acostado, se cuela,
triunfante, casi exhausta por la lid contra las sombras, la primera luz de la
mañana.
Se
sienta en la cama, con la cabeza martillándole y un gusto muy ácido en la boca.
A un lado suyo, contra la luz que entra cada vez más firme desde el muro hecho
en vidrio, se recorta contra el amanecer, la figura de una mujer desnuda, duerme,
pétrea, de lado y espaldas. Con el cabello entre cobrizo y color fuego,
bajándole, despeinados, en largos
tirabuzones como una cascada. Un contorno de cuerpo y espíritu que se le antoja
conocido. Un territorio de ansia y un ardor que reposa finalmente, exhausto,
luego de haberlo dado y obtenido todo.
En
derredor de la cama, a lo largo y ancho de todo el departamento, cuyas formas
sin cada vez más claras, se hallan desparramados los restos de los elementos
que integraron el contexto de esa dicha nocturna. Una variada colección de
ropa, botellas, envases de comida, bebida, perfumes, velas e inciensos.
Como
puede, se levanta. Sin el paso demasiado firme, saca del cajón de la mesa de
luz donde la ha dejado a resguardo, la bolsa de nylon del súper que siempre
trae consigo en este tipo de acontecimientos nocturnos. Y comienza a juntar,
una a una, los restos de esa noche.
Desde
la gran ventana comienzan a llegarle los ruidos de una ciudad que trata, espasmódicamente
como él, de terminar de despertarse y comenzar el día.
Para
cuando la despierte a ella y le diga que tienen que irse, todos los restos de
la diversión nocturna estarán dentro de esa bolsa. Pulcro y metódico, pese al
dolor de cabeza y la acidez que no mengua, nada revela ahora lo que han llevado
a cabo de a dos, en la noche profunda que ya es un recuerdo.
Todo
en el departamento vuelve a ser como antes que entraran allí.
El
último paso, antes de ocuparse de ella, es tirar la bolsa por el montante de
residuos. Ahora no quedan restos de nada. Como si nunca hubieran estado ahí. Y
la Colo va a quedarse, otra vez, con su pregunta de siempre sin respuesta
alguna, sin saber por qué es que él siempre viene a esos encuentros con una
bolsa de nylon.
No
va a contestársela, tampoco esta vez. Son explicaciones que necesariamente
conducen a tener que dar otras que no quiere.
Aunque
nunca vaya a decírselo, uno debe borrar por entero, irrevocable y
completamente, las pruebas de su felicidad en ese sitio.
Sobre
todo si quiere volver a poder tenerla allí.
Más
aun si es el departamento de la hermana que usa sin que la susodicha tenga
noticia alguna. Y, peor todavía, si la Colo piensa que es suyo.
Por
eso, el por qué siempre anda o tiene una bolsa de nylon seguirá siendo, respecto
de ambas, Colo y hermana, el más cuidado de sus secretos.


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