sábado, 26 de enero de 2019

Improvisacion de Luis Carranza Torres - Parador Zebra Beach by Caras 4 enero 2019



Una bolsa de Nylon para no dejar rastros
Escritor: Luis Carranza Torres
Artista: Carlos Vidal Aguirrebengoa

Parpadea, un par de veces, hasta finalmente ajustar la mirada. Sin volver a la total conciencia, cae en la cuenta que ya está en el ese tiempo en que pelean la noche y el día, a fin de dirimir predominios. Son las primeras horas de luz de una mañana en una primavera que se resiste a concluir, perfectamente a tono con lo animado de su espíritu horas antes, cuando no había sol.
Le cuesta despertar, salir de su letargo. Supone que por el alcohol que todavía permanece en él. El lado alegre de la bebida ha pasado, pero los pesares que se acarrean luego, hijos del exceso, permanecen firmemente intactos.
A la primera luz del día, la realidad circundante toma forma. Por el ventanal de cortinas entreabiertas, más allá de donde se halla acostado, se cuela, triunfante, casi exhausta por la lid contra las sombras, la primera luz de la mañana.
Se sienta en la cama, con la cabeza martillándole y un gusto muy ácido en la boca. A un lado suyo, contra la luz que entra cada vez más firme desde el muro hecho en vidrio, se recorta contra el amanecer, la figura de una mujer desnuda, duerme, pétrea, de lado y espaldas. Con el cabello entre cobrizo y color fuego, bajándole, despeinados,  en largos tirabuzones como una cascada. Un contorno de cuerpo y espíritu que se le antoja conocido. Un territorio de ansia y un ardor que reposa finalmente, exhausto, luego de haberlo dado y obtenido todo.
En derredor de la cama, a lo largo y ancho de todo el departamento, cuyas formas sin cada vez más claras, se hallan desparramados los restos de los elementos que integraron el contexto de esa dicha nocturna. Una variada colección de ropa, botellas, envases de comida, bebida, perfumes, velas e inciensos.
Como puede, se levanta. Sin el paso demasiado firme, saca del cajón de la mesa de luz donde la ha dejado a resguardo, la bolsa de nylon del súper que siempre trae consigo en este tipo de acontecimientos nocturnos. Y comienza a juntar, una a una, los restos de esa noche.
Desde la gran ventana comienzan a llegarle los ruidos de una ciudad que trata, espasmódicamente como él, de terminar de despertarse y comenzar el día.
Para cuando la despierte a ella y le diga que tienen que irse, todos los restos de la diversión nocturna estarán dentro de esa bolsa. Pulcro y metódico, pese al dolor de cabeza y la acidez que no mengua, nada revela ahora lo que han llevado a cabo de a dos, en la noche profunda que ya es un recuerdo.
Todo en el departamento vuelve a ser como antes que entraran allí.
El último paso, antes de ocuparse de ella, es tirar la bolsa por el montante de residuos. Ahora no quedan restos de nada. Como si nunca hubieran estado ahí. Y la Colo va a quedarse, otra vez, con su pregunta de siempre sin respuesta alguna, sin saber por qué es que él siempre viene a esos encuentros con una bolsa de nylon.
No va a contestársela, tampoco esta vez. Son explicaciones que necesariamente conducen a tener que dar otras que no quiere.
Aunque nunca vaya a decírselo, uno debe borrar por entero, irrevocable y completamente, las pruebas de su felicidad en ese sitio.
Sobre todo si quiere volver a poder tenerla allí.
Más aun si es el departamento de la hermana que usa sin que la susodicha tenga noticia alguna. Y, peor todavía, si la Colo piensa que es suyo.
Por eso, el por qué siempre anda o tiene una bolsa de nylon seguirá siendo, respecto de ambas, Colo y hermana, el más cuidado de sus secretos.


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