Parador
Zebra Beach
Fernando
Medeot
Cecilia
Testa
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EL
SUEÑO Y LA BOLSA
Esa
mañana, Mariana se levantó con un ligero malestar. No había podido dormir bien,
a pesar de que había tomado su dosis habitual de Rivotril. Algo había alterado
su sueño, provocando una ruptura en el silencio tan sepulcral que caracteriza
ese momento de la vida. Muchas sombras revoloteaban dispersas, formas difusas
que al despertarse no logró identificar.
Despaciosamente,
se acercó a la cocina para preparar su frugal desayuno de cada mañana. Un
saquito de té verde, dos galletas de agua, un chorro de agua hirviendo en el
pocillo que la acompañaba desde cuando estudiaba Bellas Artes en la Figueroa
Alcorta. Lo hacía con la misma pereza con la que el sol asomaba tras la ventana
del patio.
Un
ligero mareo le daba vueltas la cabeza, no lo dejaba pensar con la frescura que
solía tener durante sus mañanas. La muestra de pintura que debía presentar en
el Buen Pastor estaba cada vez más próxima y la inspiración tardaba en llegar,
pero en ese momento no era su principal preocupación. Solo quería recordar el
mal sueño, esas formas tan anacrónicas que le costaba recordar.
Entonces
hizo lo que siempre solía hacer en casos similares, donde las dudas superaban a
las certezas: buscó su ajada bolsa de nailon que tenía en el atelier y la llevó
consigo hasta el desayunador. La abrazaba de la misma manera que un niño se
pega a su muñeco de peluche o como si fuese una mascota que emitiría algún sonido
amistoso.
Esa
bolsa tenía una larga historia. Había sido de su madre y vino con la herencia,
en el listado de cosas superfluas que siguen al momento del reparto. Ella, su
madre, tenía la costumbre de guardar allí objetos que tardaban en salir, o
directamente nunca aparecían. La bolsa contenía misterios que nadie se animaba
a develar, secretos de familia, pasiones cruzadas, tensiones acumuladas,
cuestiones personales.
Mariana
se recostó en el viejo sillón del living, sosteniendo con más vigor la bolsa de
nailon. Vaya a saber por qué designio la bolsa se mantenía intacta, siendo de
un material tan frágil. Tal vez eso mismo formaba parte del misterio de su
contenido. Ella introdujo su mano suavemente y comenzó a palpar las cosas que
estaban en su interior. No quería mirar hacia adentro, no lo había hecho nunca,
no sabía que elementos estaban allí dentro. Esta vez tampoco miró, pero cuando
alcanzó ese objeto, comprendió todo.
No
es éste el momento para develar qué había descubierto. Solo Mariana lo
identificó porque estaba ligado con su infancia, cuando ella se escondía bajo
la pollera de su madre, cuando sus miedos afloraban y le modificaban sus
hábitos de niña. Ese objeto le generaba un temor inexplicable, un miedo que la
había perseguido durante toda su vida. Por algo su madre nunca lo mostraba.
Mariana
deconstruyó su sueño y encontró en él, ese objeto bailoteando en medio de
aquellas formas temerosas. Había vuelto el terror. Y ella sabía que su mañana
no había comenzado de la mejor manera.


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