InspiradosEnCasa 2da. Edición
08/11 de abril de 2020
Escribe: Luis Carranza Torres
Pinta: Luz Lascano
Tema: Una copa vacía.
Ese primer hombre
Por Luis Carranza Torres
No me sentía a gusto allí. Era la primera vez que
iba a ese bar y experimentaba, hasta las vísceras, sentirme un sapo de otro
pozo. Todo allí era demasiado arreglado, ornamentado y pretencioso para mi modo
de ser. Piso de mármol, paredes de madera trabajadas, suntuosas lámparas de
cristal pendiendo de los techos. Hombres y mujeres acomodados, de mucha más
edad a la mía, hablando banalidades. Todos medidos, impecablemente vestidos,
invariablemente correctos. El ambiente me parecía antiguo, opresor.
No era un lugar que hubiera elegido, ni me agradara
aun cuando hiciera el esfuerzo. Poco podía estar allí a gusto, cuando empezaba
a pensar que me habían dejado plantada.
Se trataba de algo recurrente en mi relación con
él. Como terminar por hacer lo que era de su gusto. Pero de alguna forma, su
encanto siempre conseguía hacer que pasara por alto ese tipo de cosas.
Terminé mi trago y pedí otro. No repetí el coctel
de limón y menta con vodka que había estado tomando. Quise, en cambio, un whisky.
Doble.
El barman de blanca camisa y chaleco oscuro me
observó con cierta compasión. Era la única mujer allí, sentada en la barra, que
no tenía compañía ni hablaba con nadie. Por lejos, la más joven y la menos
alegre.
Supongo que por eso me sirvió aún más de la medida
doble. El vaso old-fashioned de
contenido ámbar intenso quedó justo al lado de la copa de cóctel vacía.
Trataba de no ver de nuevo a la puerta por
centésima vez cuando entró. No era el hombre que esperaba sino otro. Alguien
que pensé había dejado atrás, superado hacía ya tiempo.
No pude dejar de observarlo, de interesarme en él,
aunque nuestra historia no hubiera sido nunca en los mejores términos. Busqué esas
señales que me permitieran saber que había sido de su vida en todos estos años
de distancia. Estaba interesada en tener una respuesta de algo que me mordería
la lengua antes de preguntarle.
No parecía haber pasado el tiempo para él desde la
última vez —hacía ya mucho— en que nos vimos. Apenas unas canas más en el pelo,
alguna arruguita en los ojos. En apariencia, no parecía haber tanta diferencia
de edad como la que en realidad teníamos.
Miré como me observaba, sorprendido. Debía ser la
última persona que esperaba encontrar allí. Al parecer, mantenía ese gusto por
relajarse luego de la jornada de trabajo, haciendo una parada en algún sitio,
simplemente para sentarse allí y tomar algo. Solo, al azar. Conocía, de sobra y
para mi pesar, todas sus mañas.
Seguía clavándome la mirada. Como yo a él. Supuse
que decidía si yo era quien era u otra persona. Entendía su duda. Estaba
arreglada muy distinta de cómo debía recordarme, si es que alguna vez lo hacía.
Era un estilo elaborado, vistoso, más a medida de
quien esperaba hacía rato que de mis propias preferencias. Otra de las cosas
que había hecho por ese que no venía ni daba noticia alguna de por qué.
Vestía un sugerente vestido de fiesta negro, con
brillos y corte pronunciado en la espalda. Llevaba mi cabello rojizo recogido
hacia atrás, en una especie de rodete algo suelto, con unos mechones sueltos,
leves tirabuzones, a los lados del rostro. Esos que delataban como era en
realidad, cuando ondeaba en libertad. Pintados de un rojo muy rojo los labios, ahumados
los ojos en tono tostado, con pestañas bien definidas, negrísimas, algo
curvadas. Tenía muchos anillos colocados en los dedos, así como unos aros
grandes y redondos, en plata, puestos en mis orejas.
Todo ese arreglo era algo muy lejos de ese estilo
natural que a él siempre le gustaba ver en mí y que había exigido mientras me
tuvo con él, bajo su égida.
Al fin, se acercó a donde estaba sentada. Debía
odiar como me veía. Esa idea provocó en mí la primera sonrisa, solo a medias,
en bastante rato.
— ¿Puedo sentarme?—preguntó, buscando de acomodarse
en el taburete vacío a mi lado.
—Espero a alguien—le eché en cara. Aun pasado
tiempo, varios años ya, seguía resentida con él.
Se sentó igual. No hubo saludos, ni recordatorio de
viejos tiempos pasados. Sólo una pregunta, muy serio.
— ¿Lo amás?
Siempre fue directo para todo aquello que no tenía
que ver con él. Por otra parte, mi tono no le debe haber dejado lugar a muchas
dudas.
—Por supuesto que sí.
Fue algo automático. Era algo que yo misma me
preguntaba a veces. Las mismas que dudaba si él realmente sentía ese
sentimiento conmigo. Pero no tenía la menor intención de mostrar ante él
desventura alguna en mi vida. Iba a simular ser tan feliz y despreocupada como
todos los que se congregaban allí.
—Al parecer, ese sentimiento no es mutuo.
Me sorprendí al escucharle decir eso. Señaló entonces
la copa vacía y el vaso old-fashioned
a medio terminar, por delante de mí en la barra.
—Si le importaras, estaría ya acá. Además, todo
este lugar no es algo que vos habrías elegido para nada.
Como siempre, le sacaba la ficha a todo y todos.
Andrés me había citado allí por nuestro aniversario. El segundo desde que nos
conocíamos. Pero seguía sin aparecer ni dar noticia alguna, pasados ya cuarenta
y cinco minutos de la hora en que quedamos en encontrarnos. Típico en él. Era
tan impulsivo como incapaz de terminar algo, aunque hubiera sido su idea.
Sumergido en su trabajo y sus amiguitos del futbol, yo era un apéndice, un
asunto muy por detrás de muchos otros intereses suyos. Siempre debí luchar para
pasar tiempo juntos, para captar su atención. Pero era encantador cuando
lograba que estuviéramos juntos.
—No creo que seas el más indicado para hablar de
amor. Defraudaste a todas las que cometieron ese error con vos— le dije, apenas
disimulando el enojo.
Yo misma estaba en esa lista. Pero él no dijo nada
respecto de mis palabras. Siempre callaba sobre aquello que no le convenía
hablar y seguía como si nada. Tal como hizo al volver a hablarme.
—Lo mejor que puede pasar con alguna gente es que
no esté en tu vida.
Por lo visto, insistía en aconsejarme. Tal como
antes, como siempre que nos tratamos. Me refrené para no mandarlo al diablo.
Hubiera sido un exabrupto que revelaría hasta qué punto me seguía pudiendo
conmover. Ni loca le iba a dar esa satisfacción.
—¿Lo decís por vos?—se la devolví, adicionando a
las palabras una mirada de reproche.
—Sé que no tengo derecho…
—Exacto—lo interrumpí, algo exasperada, también por
estar conversando con él como si nada, después de tanto tiempo y tanto ignorarnos—.
No lo tenés. Lo perdiste hace rato.
—En todo caso, eso no justifica que te dejes tratar
de esa forma.
—Él me quiere.
—En vez de arreglarte tanto para agradarle a quien
te hace esperar, ¿por qué no solo sos vos?
Ser yo. Fue una buena pregunta. Incómoda, también. Creo
que me era más fácil dar lo que esperaban otros de mí que tener la amabilidad
de otorgármelo a mí misma. Necesidad de
aprobación, de afecto, miedo a estar sola, que se yo. Sentimientos que había
tenido también con él, hacía mucho tiempo. Era con el primero que había
mendigado afecto, antes de incurrir en una conducta similar con otros.
Era increíble como las palabras podían tener un
efecto tan potente en la vida y los sentimientos. Oírlo aconsejarlo fue como
ser insultada. No tenía ningún derecho en lo que a mí implicaba.
—Como sea, es cosa mía—le enrostré.
Observé su reacción. No parecía molesto sino
herido, hasta diría que preocupado. Por mí, al parecer. Debía estar alucinando
o ser víctima de un espejismo.
—Que estés resentida conmigo, no significas que
dejes que otros te traten tan a la ligera.
No contesté nada a eso. Él me mantuvo la mirada por
unos instantes mal.
—A veces dañamos a quienes queremos sin darnos
cuenta—prosiguió—. Por estar demasiado metidos en las cosas de uno. Cuando se
termina de verlo, ya es tarde y el daño está hecho. Algo difícil de reparar y
mucho más de perdonar.
Asentí. Era la primera vez en la charla que
concordaba en algo con él. Parecía emocionado, aun tratando de mantenerse en
dominio de sí mismo. Me pasaba algo parecido.
—No fui justo con vos.
—No, no lo fuiste.
Descubrí que estaba emocionada al decir eso.
—Pero eso no quiere decir que no puedas ser feliz.
O que tengas que dañarte con otros que no te merezcan.
Era cierto lo que decía, pero demasiado incómodo
para reconocerlo en mi presente situación. Sobre todo, a él.
—Preferiría estar sola.
Era mi turno de rechazar su afecto. Como ese
alguien había sido indiferente al mío por tanto tiempo.
Él movió la cabeza, como asintiendo, para luego levantarse.
Era tan escondedor de sentimientos que como yo. También en eso, como en otras
cosas me había moldeado. Más para mal que para bien.
—Me gustó verte.
—No puedo decir lo mismo—le dije, sin estar muy
segura que eso fuera verdad.
Lo vi alejarse como si no quisiera hacerlo. Al otro
extremo de la barra, cambió unas palabras con el barman como si fueran
conocidos. Luego siguió hasta desaparecer tras la puerta que daba a la calle.
Una que me quedé mirando más de la cuenta, luego que se cerrara.
Traté de volver a lo que estaba, antes que hiciera
su acto de aparición. Miré mi trago a medias, sin poder quitarlo de dentro de
mí. Muchas cosas se me removían por dentro.
Pese a todo lo sufrido por él, era asombroso como seguía
teniendo una poderosa influencia en mí. Siempre había tenido ese don de
percibir las cosas como eran y de no dudar en decirlo. En su momento lo había
admirado por eso. Ahora descubría que seguía sin ser inmune a sus benditos
consejos.
Todavía podía estar muy herida con él, por todo
cuanto me había hecho. Y más aún, por aquello que no hizo o dejó de hacer. Pero
no podía dejar de aceptar que tenía razón con muchas cosas.
La pantalla del celular se iluminó de repente, al
tiempo que el aparato se movió al compás de un único zumbido. Era un mensaje de
Andrés por el WhatsApp: “Me entretuve con
unos amigos. Llego en media hora”.
Mientras lo leía, me pregunté por qué antes había
aceptado ese tipo de cosas. No una, sino muchas veces. Estaba en ese lugar por
una ocurrencia de él, que al parecer había dado a esa idea suya, o al hecho de
ser nuestro aniversario, mucho menos importancia que yo.
Seguí un impulso y en vez del habitual mensaje de
aceptación y de que estaba todo bien, como en muchas ocasiones similares
anteriores, esta vez escribí: “Mejor, lo cancelamos”.
Terminé mi whisky e iba a guardar el celular cuando
recibí otro mensaje suyo: “Estoy yendo. Esperame
Gordi”.
Antes de la incómoda pero esclarecedora
conversación con cierto hombre muy particular para mí, hubiera claudicado. Me
habría sentido incapaz de contradecirle. Hubiera permanecido allí, mirando cada
dos minutos la puerta, esperándolo a que llegara. Embroncada y dolida, pero
también necesitada que estuviera conmigo.
Pero esta vez mi respuesta fue un lacónico “No”. Luego apagué el celular. No estaba
furiosa con Andrés. De pronto, no me movía nada el estar o no estar con él.
Simplemente pensaba, extrañada, lo fácil que era poner fin a las cosas que me
enervaban de él. Olvidos, frialdades y plantones.
Miré por unos instantes a las dos copas delante de
mí en la barra. No podían ser más distintas. Tal como Andrés y yo. Solo mis
continuos amoldamientos y resignaciones habían mantenido algo entre nosotros.
Todavía me sentía tocada por lo que me había dicho
alguien que no podía quitar de mi cabeza. Una conversación que había iniciado
por una copa vacía.
Me solté el pelo, que cayó, libre y volviendo a sus
ondas. Con una servilleta de papel me saqué el rojo de los labios. Esperaba
volver a verme como era todos los días. Mucho más simple, mucho más natural.
Pedí la cuenta. El barman me miró, cómplice.
—El caballero con el que estaba ya la pagó.
Por algún motivo, ese gesto me hizo sonreír como
hacía mucho tiempo no lo hacía. Dejé una propina y salí del bar, apresurada. Ni
yo entendía el porqué de ir a encontrar a quien había echado de mi lado y con
el que permanecía resentida.
No tuve que buscar mucho. Estada a solo unos pocos
metros de la puerta. En el borde de la acera, mirando a la calle, con el brazo
derecho inquieto. Estaba buscando un taxi, supongo.
Me acerqué, tímida como sobre él podía ponerme. Lo
llamé, algo avergonzada. No sé por qué. O, sí, lo sabía. Con todo lo que
pudiera reclamarle, el siempre sería el primer hombre de mi vida. Aun no
estando en ella. Incluso sin poder yo, ni querer, perdonarle ciertas cosas.
Asuntos por los que él tampoco había pedido, ni buscado, perdón alguno.
Me miró, con extrañeza. Nunca pensó que yo estaría
allí, buscándolo. Vi cómo se le nublaban los ojos. Pero sus sentimientos no
pasaron de ahí. Aunque era mucho más de lo que me había demostrado siempre.
La nuestra siempre fue una relación de silencios,
de distancias. Mis ojos se nublaron también.
Fue entonces cuando me acerque y lo abracé. Él se
sorprendió mucho por ese gesto. Llevaba años sin hacerlo.
Lo besé con cariño, algo torpe por la emoción, un
poco debajo de la oreja. Luego le dije en un susurro:
—Gracias, papá.
No hay comentarios:
Publicar un comentario