PALABRAS DEL PUBLICO:
PROVIDENCIA – LUNA – BORRACHOS – SOLIDARIDAD – CERVEZA – PLACER – FELIZ – GOL – AMISTAD – AMOR – EMPAPADO – SOMBRA – MIERDA – MISTERIO – BUENAVENTURA
PROVIDENCIA – LUNA – BORRACHOS – SOLIDARIDAD – CERVEZA – PLACER – FELIZ – GOL – AMISTAD – AMOR – EMPAPADO – SOMBRA – MIERDA – MISTERIO – BUENAVENTURA
Ella sale al escenario con paso
seguro, aplomado, de vestido largo azul Francia. Los aplausos discretos de la
sala la escoltan. Se para delante del micrófono de pie, estilo clásico, vintage, onda retro de los cincuenta.
Lleva el cabello color avellana peinado impecablemente, recogido, con rizos
voluminosos que enmarcan el rostro, de maquillaje discreto. Apenas una sombra
mínima en los ojos y los labios pintados muy rojos.
Sonríe al público
sentado en las mesas más allá del escenario. Hombres de traje y mujeres de
largo. Tras un gesto mínimo de agradecimiento, ante los aplausos que no cesan,
rompe a cantar.
Se trata de una
canción romántica, clásica. De esas que gustan a todos. De aquellas que no
incomodan a nadie. Una ejecución tan perfecta como vanal.
La observo desde
una de las mesas más alejadas, sin terminar de convencerme de lo que veo. Es y
no es ella. Demasiados recuerdos desordenados en mi mente. Vuelvo a estar EMPAPADO
del pasado.
Es difícil verla
así e imaginar que dos décadas antes vestía campera de cuero negro con tachas,
llevaba grandes collares al cuello hechos con eslabones de cadenas y su cabello
era estilo punk, con mechones de colores como el fucsia y el azul.
Parece FELIZ.
Como siempre que canta. Como cuando lo hacía conmigo.
Todo con ella empezó
como AMISTAD. Nos unía el AMOR por una música distinta y el desprecio por la MIERDA
de nuestra existencia diaria. SOLIDARIDAD del uno por el otro, reconociéndonos
iguales: nuestras vidas sonaban igual. Con los mismos tonos de expectativa y
similares ruidos respecto de nuestras insatisfacciones.
Tomo un trago mi CERVEZA
y siga recordando. MISTERIOS de la vida, como había podido darse la BUENAVENTURA
de esos años, de esa banda de a dos, tocando bajo la LUNA, BORRACHOS de
nuestros propios sonidos, en que nada nos daba más PLACER que llamar a la PROVIDENCIA
rectora de los ritmos y sonidos. Mucho mejor, todavía más satisfactoria que
cualquier GOL que pudiera meter en un arco.
Sigo a su SOMBRA
sobre el escenario para no mirarla a ella. Me descubro incapaz de hacerlo. A lo
mejor porque sigo en la mía, en la música de pocos, fiel al metal. Ella, se fue
de mi lado y también emigró de ese estilo para adoptar otro más comercial.
Yo me mantengo siendo
un rebelde en todo, especialmente respecto de la música. Toco lo que me gusta
cuando tengo ganas. A ella las disqueras, las promesas de éxito la terminaron
por domesticar. La hace cantar lo que quieren, que es lo mismo que decir que
canta aquello que está de moda.
Entonces me ve,
desde arriba del escenario y la voz le tiembla por un instante mínimo. Cuando
el tema acaba, se interrumpe y les dice a todos quien soy. La gente me aplaude,
más por compromiso que por convicción. Porque lo hace el de al lado que porque
me conozca. Mi pasado de rebelde en la música, creando, no es tan público como
haber pateado por necesidad una pelota para un club famoso. Con algo tenía que
vivir. Y lo dejé apenas pude. No era lo mío. Uno debe ser fiel, en lo que hace,
a lo que siente.
Ella sigue interpretando
la canción. Un bodrio sobre dos fulanos que se quieren pero no pueden estar juntos.
Igual a otras veinte mil. La música es igual de predecible, una colección de
lugares comunes.
No me saca la
vista de encima. Canta para mí. Y yo, a estas alturas, no pienso sino en
descubrir dónde queda la salida.
Uno de los mozos se
acerca a donde estoy, llevando un espumante de su parte y me dice que ella me
quiere ver. Que si la puedo pasar por el camerino que tiene asignado, cuando
termine de cantar.
Le digo que sí y
apenas se va, me encamino exactamente en la dirección contraria. Me dirijo hacia
la salida, hacia fuera de todo eso, que nada significa para mí. En cada paso,
me insulto a mi mismo por haber venido, por haber cedido a la tentación de ir
allí para verla.
No la he visto,
aunque esté ahí. La que canta no es ella. Es otra, vendida a la música
comercial. Alguien que lo hace con técnica, pero no con el alma como cuando
estaba conmigo.
No tendría que
haber venido, me reprocho una vez más, al salir del selecto local. Los recuerdos
quebrados, rotos en pedazos son aun peores de llevar que aquellos que
atesoramos, nostálgicos, aunque sepamos que se trata de algo que fue pero ya no
es. Volver a toparnos con quien los ha engendrado tiene el riesgo de lo que
precisamente me ha ocurrido: caer en el doloroso pozo sin fondo de comprender
que lo que ha sido ya nunca podrá volver a ser.
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