InspirarARTE Festival de la Palabra 21/02/19
Luis Carranza Torres
María Laura Castro
La magia de un estacionamiento
Salís afuera. De la luz a la
oscuridad. Lucas te saluda en la puerta; vagás, errante, por el parque
convertido en playa de estacionamiento. Atrás tuyo, las luces y la música de Le Freak se extinguen. Todavía llevas el
olor a madera quemada en la nariz. En el boliche sigue la música. Con toda la onda, ese sábado por la noche. Suena The Bangles y
el hit del momento, «Walk Like an
Egyptian». Te encantaría estar haciéndote la discípula de cleopatra con el pasito ese
que todos hacen cuando empieza a sonar la canción. El que imita la pose rígida
representada en los relieves del antiguo Egipto y que has visto en el manual de
historia del colegio. Ese de monjas que acabás, a Dios gracias, de terminar.
Y sí, querrías. Bailar y
divertirte. Todo se daba para salir a festejar esa noche. Se acabó el secu y en
el futuro la facu. Hasta el pibe con el que saliste, con el que estás de novia
hace una semana, es un sol para todas. Guille. No hay amiga que no te lo
envidie. Bueno, respetuoso, atento, siempre puntual. Te tiene allá arriba, como
una reina. Está visto que se muere por vos. El tema es que a vos, a diferencia
de tus amigas, no se te mueve un pelo por él.
Todas te dicen que estás loca,
pero es así. No hay magia, no hay nada. Y eso que él le pone toda la onda. Pero
vos, ni modo. No va. Y se lo decís. Lo cortás, se acabó. Él parece desconsolado
y eso te hace sentir peor. Una bruja hecha y derecha.
Necesitas aire, por eso te vas.
Encima, el pibe te pone la campera sobre los hombros por el fresco. Buenazo
hasta cuando lo has cortado en seco. Eso no mejora en nada las cosas. Ni como
te sentís por dentro.
Ya podes escuchar a tus amigas,
diciéndote de todo por tratarlo así. Pero preferís seguir tus sentimientos. En
este caso, no seguir con lo que no sentís.
¿Qué te pasa, nena? Te lo
preguntás a vos mismo sin obtener respuesta.
Aspiras la campera y la tocás
como buscando algo. Algún aroma, alguna textura que te despierte un mínimo
afecto. Y no conseguís nada. Ni un momento lindo, ni un momento feo. Nada.
Perdida, sin saber qué querés.
Así te sentís. Hay muchas emociones por dentro que no entendés. Eso te
martiriza, te saca de eje. Sos una desconocida por vos misma.
Seguis vagando como alma en pena
por ese espacio de tierra, entre árboles, convertido en estacionamiento. Te
apoyas contra un Renault 12 y mirás a la luna. Redonda, inmensa, brillosa,
áurea. Pero a veces las nubes la esconden y parece una medialuna tostada. Juega
a cambiar de forma, delante de vos. Dicen que ese tipo de lunas tienen magia,
que podes pedirle lo que quieras. Y entonces le pides que te entiendas a vos
misma.
A lo mejor, deberías volver y
hablar con Guille. Es lo que te dirían tus amigas. Él siempre entiende. O no,
pero es comprensivo. Cero rencoroso. Se olvida fácil de cualquier cosa que ella
le haya dicho. Cuando intenta hablar de ciertas cosas, de lo que ella siente,
de lo que quiere ser o, especialmente, de aquello en que no quiere convertirse,
él la escucha con atención. Pero siempre, invariablemente, sabés que no te
comprende. Que es como hablarle en chino. Se esfuerza por captarla, pero nunca
lo logra.
Entonces, una mano áspera te
roza. Se te ha acercado sin que lo notaras. El pibe es rubión, de barbita. Te
lleva un par de años y una cabeza en altura. Lo conoces de vistas y oídas. Francisco,
Fran para algunos, alias Pachi como nombre de noche y de guerra. Algo así como
un barman, dentro del boliche. Y el lancero más agitado de las inmediaciones. Ya
se le tiró a tres en la noche, dos de esas amigas tuyas, mientras estabas
adentro decidiendo por qué Mauro no te provocaba nada.
Encima, Pachi es medio primo
tuyo. El te tapa la luna y acerca el rostro al tuyo. Lo esquivás. Tener algo
con él es, desde el vamos, un error. El tipo es un pasional, pero se le termina
rápido el sentimiento. Todo lo contrario de ese que acabás de plantar. Se te
cruzan mil temores por la cabeza. Y él, entonces, te dice: “Olvidate”.
Solo eso. Todo en una palabra.
Como si pudiera verte por dentro y saber lo que pensabas. Y vos, sentís que la
sangre te entra en ebullición. Entonces, lo entendés todo. Los chicos traqui,
los pibes “buenos” no son para vos. Te gustan los terribles, capaces de hacerte
sentir a pura adrenalina. Esos que te sacan canas verdes. Como tu vieja, que
siempre se mete con el tipo equivocado y ya se separó dos veces.
Los labios de él se lanzan en
busca de los tuyos y vos, lejos de oponer resistencia, vas a su encuentro. Parece
que tiene garras en lugar de manos por cómo te abraza. El pibe te mueve todo
pero es un desastre total. Es peor entre los peores. Un diablo super simpático
y atractivo, pero al que hasta podés verle la cola y el tridente.
No es, para nada, ni de lejos, un
buen prospecto. Sabés que te estás equivocando, que no va a durar mucho y que
te va a hacer sufrir.
Pero ni tenés veinte años y te
sentís con el derecho, incluso con la obligación, de equivocarte. Sobre todo,
para no errarle más adelante.

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