INSPIRARTE
2019
Festival
de las colectividades – Alta Gracia
Escribe:
Fernando Medeot
Artista
Plástica: Mariana González
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Lo
confieso, no soy un amante de la música. La escucho, la percibo, me moviliza,
pero nunca le di demasiada importancia. Jamás podría diferenciar un Mi Bemol de
un Re Sostenido. Carezco de oído musical y siempre me sorprende la gente que
realmente vive con y para los sonidos combinados, incluso más allá del sentido
comercial que asume la mayoría de las veces.
Insisto,
valoro la existencia de la música, admiro a quienes la hacen y a quienes la
disfrutan, pero en ninguna etapa de mi vida generó en mí una pasión desbordada.
Tal vez me he perdido algo, pero a esta altura...
Sin
embargo, amo las letras de las canciones. Un tema bien escrito es capaz de
producirme sensaciones que cuesta explicarlas. Por lo general, me gustan al
margen de la música misma, me encanta leerlas escritas en papel o en la
pantalla luminosa de una computadora. Si adhiero a la propuesta, si realmente
me devora el contenido, las convierto en algo muy mío que protejo del paso del
tiempo, con el único recurso de guardarlas en mi mente. Es como si fuese un
astrónomo que en lugar de analizar los planetas, solo me dedicara a investigar
sus lunas. Tienen el encanto, la magia, la frescura que necesito para
inspirarme cada vez que enfrento un día.
Y
en ese tren de enamoramiento de las letras de las canciones, pienso en el
talento de quien escribe esos temas que perduran por encima de los viajes
temporales, de esos poetas que entregan a la humanidad sus generosas vertientes.
Por eso, con sus versos y sus coplas, con su alma de juglar a cuestas, Serrat
siempre vuelve a mi vida. Este afectuoso catalán, que ya superó la cima de los
setenta, me genera una empatía inmediata hacia sus letras. Con todas ellas. Conozco
algo de su historia y sé que es consecuente con las cosas que escribe. Defensor
de la savia vital, del amor, de la libertad, de la amistad por encima de todo.
A
partir de fragmentos de una canción escrita por él, encontré sentido a muchas
cosas que tenía girando en mi cabeza. Logré acomodar ideas, perfilar
sentimientos y disfrutar lo que la vida me estaba entregando. “Nunca es triste la verdad, lo que no tiene
es remedio”, dice en una de sus bellísimas creaciones. Como dije antes, yo
prescindo de la música, me quedo con la luna de su letra.
Esa
frase es tan profunda en lo que enuncia, como en el universo que deja abierto para
que los sentidos bailen. Aunque suene simplista, ella me ayudó a eclipsar muchos
miedos que vagaban por mi mente y encontrar una vía de escape donde la libertad
y el amor iban de la mano. Tomando la veracidad por encima de las excusas, de
los titubeos, de las dudas, aprendí a ser libre de la cabeza, viviendo con
intensidad mis secretos y perdonando los errores sin memoria.
Me
ayudó a encontrar al amor de mi vida, hurgando entre los recuerdos, luchando
para que el remedio que clama esa verdad me permitiese redescubrir a esa
persona de la que, por el devenir caótico y desordenado de la vida, me había
alejado. Superando las distancias de las diferencias y con la franqueza como
estandarte, pude derribar muros y achicar los espacios que me separaban. Esa parte
de una canción, esa frase minimalista fue un estímulo para que la imaginación
hiciera el resto. Encontré el amor para siempre y por fin me sentí libre, de
libertad absoluta.
A
veces la realidad puede ser más simple de lo que uno imagina. La simplicidad puede
estar agazapada tras la letra de una melodía. Basta encontrar el disparador que
active su ritmo y, con música o sin ella, las cosas se acomodan. Como los
melones en el carro.
Escrito en la edición
de “Inspirarte” / 04/02/19 / Espacio Cultural Encuentro de Colectividades Alta
Gracia / Artista plástica: Mariana González


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