jueves, 7 de febrero de 2019

POR CULPA DE UNA CANCION




InspirARTE 2019
Escritor: Luis Carranza Torres
Artista: Cecilia Testa

Sale de la pelu, después de retocarse las raíces y volver a ser una rubia completa, prolija, sin solución de continuidad. Y, como es costumbre, él no está.
Le manda mensaje por el celu: “dondeeee estaassss”. Mirá que le dijo, que hasta se le recordó dos veces. Pero no hay caso, siempre pasa lo mismo. Justo a ella le tenía que pasar. Tan puntillosa como es y ha sido siempre con el tema de los horarios.
Encima, el señor no contesta los mensajes. Le llegó, claro que le llegó. Están las dos tildes. Y para peor, azules. Trata de mantener la calma. Ella, que bien podría pasar por hija de un relojero suizo, meterse con tremendo impuntual.
Todo por una canción. Una maldita canción que encima ni se acuerda, con la bronca del momento, cual era. Había muchas y buenas, en los ochenta que le gustaba a ella. La música era entonces, como lo es ahora, una parte central de su espíritu. Hace memoria, no puede ser que no se acuerde. Le parece que era de Belinda. El paraíso es un lugar en la Tierra o algo así. Sí, era esa.
Ella acababa, esa noche en los ochenta, de mandar el diablo al pesado con el que había ido al boliche. Y, con toda la bronca encima del rompimiento, iba a irse y ya. Clausurar de una la noche. Cuando no va, no va. Mejor volverse a casa a dormir. Entonces, escapando de la pista, alguien la agarra del brazo.
“Flaca, ¿querés bailar?”, le preguntó, gritándole en el oído por la música estridente que los envolvía.
No tenía mucha facha ni demasiado cuerpo como le gustaban a ella. Le dice que no, le insiste él.
Entonces cambia la canción y suena Belinda. Le gustó el ritmo. Un temazo, del que no tenía noticia y que nunca la había bailado antes. Estaba buena. Aceptó más por la canción que por él. Era como si la música pegadiza la incitara a bailarla. Estaba realmente buena.
Aceptó. “Dale, uno solo porque me tengo que ir”. Con cara muy seria, como para que no se hiciera otras ilusiones. Pero no contó con la simpatía tan particular de él. El tipo era un niño en varias cosas y bastante grande en otras. Infantil, entrador, sinvergüenza, ocurrente. Desestructurado a full.
Descubrió, esa noche con esa canción, que era su talón de Aquiles en materia de tipos. Al tema le siguió otro, y otro. Le sacó el teléfono con una maestría que la asombró. Quedaron en verse de nuevo. Se vieron de nuevo. La segunda vez le cayó con un CD de Belinda Carlisle. Real se llamaba. Uno que nunca había salido para argentina. Vaya a saber cómo lo había conseguido, pero le encantó. El gesto y el CD.
Pegaban onda y le siguieron pegando. Ella que se preocupaba por todo, que se la pasaba haciendo planes, al lado de otro que iba viendo como hacía sobre la marcha. El Ying que equilibraba a su Yang.
Probaron de vivir juntos. Nada muy formal. Como para probar. Las familias de los dos pusieron el grito en el cielo. Aunque ya empezaran los noventa. El niño interior de él conjugó bien con el instinto maternal de ella.
Y así seguían, al día de hoy. Varios años después. Todo por una canción. Una primera causa que había detonado a muchas otras. Ella adoró esa canción y terminó adorándolo a él. Le sigue gustando, pero cada vez que se tardaba cuando quedaban en encontrarse, la odia. Y a él más. Y el paraíso no es un lugar en la tierra, sino un purgatorio por la espera.
Detesta que la hagan esperar. Y más todavía a los culpables de eso.
Al final, el señor llega. Con la sonrisa de siempre, como si no la hubiera hecho esperar media hora parada ahí. Y ella trata de mantener la cara de molesta, pero tiene el impuntual, ese don de cambiarle el humor.  Aun contra su voluntad.
“Que te hiciste. Estás re-linda. Igualita a esa cantante que te regalé el CD cuando nos conocimos. Se llamaba… ¿cómo se llamaba Gordi?”
Le tira dos o tres alabanzas más y ella se rinde como una adolescente inexperta. Tiene llegue, tiene chispa. Mal que le pese.
Todo por esa canción. Y, mientras se va con él, diciéndole el nombre de Belinda Carlisle por decimo séptima vez, se promete que es la última vez que va a perdonarle el dejarla esperando. Que la próxima, se va de una y se pudre todo.
Se lo promete como las otras veces. Sabiendo, de antemano, que probablemente va a cambiar de opinión como ahora, cuando él te tire dos o tres ocurrencias con esa sonrisita a prueba de defectos.


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